Mamá Catalina

Mamá Catalina

¿Qué chapoteas, mujer? ¡Ya hay bastante humedad fuera y ahora tú aquí trayendo más a la plaza!

Una señora rotunda, enorme, como una catedral de Salamanca, se desplomó a mi lado en el banco, ocupando casi el doble de mi espacio.

¡Qué calor hace hoy, hija! Y encima la lluvia, que en vez de limpiar, ha dejado el aire como una sauna. ¡No es ni la una del mediodía y ya parezco el charco de la Plaza Mayor tras las fiestas! Ni estrujarme haría diferencia

Catalina, porque después sabría que así se llamaba, buscó en su bolsa de tela una botella, la destapó tras forcejear y me la ofreció.

¿Quieres? Dicen que el agua calma los nervios A mí no me hace ningún efecto. Bebo cubos enteros y sigo igual, corazón.

Yo miraba a Catalina horrorizada, preguntándome en qué rincón kafkiano de Castilla la Mancha había despertado aquella mañana para sumergirme en semejante sueño retorcido. ¿Por qué la vida, o los cielos, decidieron tirarme este castigo extra? ¿Un castigo mullido, sudoroso, inesperadamente maternal?

Nunca pude con las personas grandes. Su presencia me llenaba de una melancolía barroca. ¿Cómo se puede uno desquerer así? ¿No es tan simple como pasearse por el Retiro o subirse a la bici camino de casa de la abuela? ¿Por qué abandonarse, con esas camisas amplias, ese sudor, ese aroma intenso…? Recordé de repente, como un eco de sueños apoyado en las esquinas de la memoria, aquella escapada de spa con mis amigas, y la vez que una señora volumétrica nadaba con nosotras en la piscina.

¡Yo paso de meterme! protestó Lorena, la más pija y estilosa. Bastante tengo con mirarla, no me quiero acercar, ¡me repatea!

Y así, en ese banco de una ciudad-plaza española, yo estaba sentada, pegajosa, junto a una versión monumento-viviente de aquellas pesadillas de infancia, y la señora no paraba de hablar. Mi cuerpo era puro sueño: incapaz de moverme, como si el banco pegara las rodillas al mármol y la vida se arrastrara en círculos de relojes dalineanos.

Catalina me observó con picardía.

Eres guapa, guapa de verdad. No traes maleta, ni bolso… No será que esperas a nadie, ¿verdad? ¿O es que tampoco encuentras a dónde ir?

Miré la pared y luego, sin saber cómo ni por qué, la miré de frente.

Aquellas mejillas enormes, casi de muñeca manchega, le brillaban. Su sonrisa de pan recién sacado del horno se fue al ver que rompí a llorar, a saltos, en ese modo onírico donde los recuerdos fluyen como cartas troceadas. Catalina me sostuvo y yo solté la cabeza sobre la blusa fresca de tela fina. Noté que no olía a sudor, sino a un perfume de campo, como si la lavanda y la manzanilla de los Montes de Toledo la envolvieran. De pronto tuve miedo y me aparté, sobresaltada. Lo supe: así olían las manos de mi madre, aquella que murió, según cuentan, cuando yo tenía solo cinco años. Lo único que recordaba era el olor de sus manos haciendo coronas de flores y tarareando coplas.

¿Pero qué te pasa, hija? ¿Te han hecho algo?

Negué, luego asentí. Catalina chasqueó la lengua.

¡Vaya cuajo! Metiéndose con una criatura. Toma, anda.

Sacó bocadillos y una manzana roja de esas que venden en los mercados ambulantes camino al Duero.

¡Coge! De jamón cocido, hecho por mí. Venga, que eres un fideo.

No como carne… tragaba saliva, el hambre mal disimulada.

¿Y eso quién lo dice? ¡Anda, calla! y me puso el bocata en las manos, partió la manzana y me la acercó.

Mirando sus manos de uñas sin pintar, caí en la cuenta: la idea de coger un tren era absurda. Comí y la felicidad, simple y carnosa, se me desmadejó dentro.

¿Ves? Lo demás son pamplinas.

Catalina se acomodó, entre suspiros, mientras yo devoraba el siguiente bocadillo. Me miró con interés.

Anda, cuéntame. ¿Qué hace una joven sola, en una estación, sin maleta y ni una moneda en los bolsillos?

El llanto volvió, pero ya no importaba. Le conté mi vida: la huida de casa tras enterarme, esa noche, de que no era hija biológica de mi padre, los desencuentros con su nueva esposa, Inésigual de joven que yo, los silencios, los papeles tumbados como fichas encima del escritorio, la revelación que se atragantaba. Después, el vacío, la bolsa olvidada, el móvil sin batería, y un runrún perpetuo de esas frases de autoayuda cutre que a veces repiten en la televisión: Ámate a ti misma y que te resbale el mundo; así, lograrás el éxito. Y, perdida, me aparecí en la estación, a esperar que algo quizá mi madre, quizá un hada manchega con voz de cigarra me diera una señal.

Catalina, sin interrumpir, secó lágrimas y rebuscó en su inmenso bolso.

Toma, niña. Esto hay que hablarlo con tu padre, pero todo a su tiempo. ¿Tu teléfono funciona?

Se ha muerto.

Pues toma este.

Era un móvil anticuado, gris y con botones bien grandes.

¿No es moderno, dices? A mí me encanta, mi hija me lo compró. Llama a tu padre o mándale un mensaje. No será el mejor, pero es tu padre; que no se le ahogue el alma buscándote.

Me observó suave, recogiendo la blusa húmeda, y se irguió con solemnidad.

Me llamo Catalina, vivo en un pueblo cerca de Ávila. ¿Te vienes conmigo, moza? No tienes adónde ir…

¿Por qué haría eso? No me conoce de nada…

Catalina me tocó el mentón, sus dedos cálidos y blandos como pan candeal.

Niña, no hay hijos ajenos. Y no se puede dejar a una chiquilla sin alas.

Salimos hacia la taquilla antes de que pasara el tren. Así desperté supuse en esa casa-museo llena de niños y voces, en un pueblo soñado, construida de retales de familia y caricias que huelen a caléndula.

A partir de ahí, los días se volvieron una danza extraña. Catalina no preguntaba nada; sólo estaba, deja que le cuentes cuando quieras, dice que meter mano en el alma es como podar olivos: requiere su tiempo.

Dormí en el tren, y al llegar al apeadero de El Barco de Ávila, una joven larguirucha nos recibió, abrazando a Catalina como a una matrona salida de una zarzuela.

¡Mamá Cata, pensé que no veníais hoy! Pues nada, vamos que tengo el coche en doble fila, ¡como siempre!

Nos montamos en un viejo SEAT verdoso decorado con un gato pintarrajeado, chistes y sonrisas. Más que coche, era barco de sueños.

¿A que mola? Esto lo pintó mi hermano Santiago, sin estudiar ni nada.

Vaya artista me lancé yo sin pensar.

Y la casa de Catalina era una fiesta de pequeños pies corriendo, gentes que entran y salen, saludan, besan, y niños y más niños, todos con nombre sencillo, de los que llenan los patios de los pueblos españoles: Martina, Celia, Ismael…

Todos mis niños, reina Catalina avanzaba a duras penas, saludando, tan madre o más que la mismísima Duquesa de Alba. Pero tú tranquila, sólo vivo yo aquí; esto es familia elegida, el pueblo es así. Venga, entremos.

Conocí a la familia de Catalina en una semana, imposible entender los lazos. Unos hijos, otros adoptados, otros rescatados de recuerdos rotos, primos, tíos de cariño. Un día, en la merienda, la hija mayor, Clara, me explicó:

Casi todas llegamos igual que tú, perdida. Yo a los trece me fui de casa porque mi madre, pobrecilla, tenía sus demonios. Catalina se me apareció en la estación, me dio un bocata y me trajo. Luego adoptó a Santiago y nos crió entre todos. Aquí no hay sangre, sólo pan y cariño, ¿ves?

Vi el mantel de la mesa, bordado de flores. Cada puntada, la historia de una hija; cada bordado, el nombre de uno adoptado entre estación y estación.

No tienes que quedarte me confesó Clara mientras recogíamos la mesa, pero si quieres, aquí hay sitio. Mi madre dice que la familia no es sólo sangre, sino almas distintas que deciden compartir sueños.

Me enteré luego del secreto de Catalina: nunca pudo tener hijos; la enfermedad le hinchó el cuerpo y el corazón. La miré de otra manera, comprendiendo su dulzura inmensa.

Hija me decía, el mundo está lleno de niños sin brazos a quien agarrarse. Por eso tú estás aquí.

Y cada tarde, cuando el sol rozaba los tejados, se sentaba en su banco de madera, regalo de los hijos, y la casa se llenaba de risas, de juegos y confidencias.

Pasaron los meses. Volví una y otra vez, compartiendo historias, cenas largas, paseos por la dehesa, hasta que mi padre vino a buscarme, tras hablar largo y tendido con Catalina. Le pedí ayuda, pero no volver a casa: quería andar mi propia vida, estudiar a distancia y trabajar, convertirme en psicóloga, la mejor de Ávila, ayudar a quienes tienen el alma hecha jirones.

El tiempo trajo a mi padre un hijo, y me alegré por él. Nuestra relación se distanció, no por rencor, sino porque encontré, en el banco de Catalina, mi verdadera familia.

Cuando Catalina cayó enferma y la vida la mantenía quieta en la puerta de su casa, fui yo quien dejó todo para cuidarla. Fueron seis meses duros, extraños y blandos, el tiempo líquido y cálido de las cosas importantes.

Catalina logró volver a caminarun poco, aunque la voz le salía a veces de otro tiempo y otra boca, y los niños de la casa, ahora adultos y pequeños, la coronaron reina del banco, la madre de todos, entre aplausos y olor a bizcocho.

¿Cómo está su trono, alteza? ¿Le apetece un matecito o mejor una infusión de manzanilla?

Y en esa plaza, yo entendí, como los personajes de los sueños: «La familia se escoge a la orilla de los bancos, por quienes te arropan cuando el tren, la vida, el aire no saben a dónde van.»

Cuando me casé, lo primero que hice fue invitarla. Y ella, en mi sueño-castillo, me besó la frente:

Siempre, hija. Siempre estaré contigo.

Y el dulce perfume de aquel campo, el de las manos de mi madre perdida, volvió entre nosotros, cubriéndonos, como un recuerdo intacto de otra vida o de un extraño sueño de verano en la Castilla profunda.

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