Contrato sobre el amor

Contrato de Amor

Clara estaba sentada en una enorme mesa llena de revistas nupciales. Las hojas pasaban veloces entre sus dedos, y ella se detenía con embeleso en cada fotografía. Le brillaban los ojos al ver esos pequeños detalles exquisitos: aplicaciones de encaje, bordados delicados, tules ligeros. Tardaba minutos contemplando los vestidos blancos, imaginando cómo le quedarían puestos. En esos segundos, sentía una cálida anticipación creciendo en el pecho: ya se veía a sí misma cruzando el pasillo para encontrarse con su novio, sintiendo la atención de todos y el nudo de emoción en la familia.

Qué bonito susurró, sin despegar la vista de un vestido especialmente llamativo, de falda voluminosísima y finos tirantes. Aquello parecía la materialización de un cuento: vaporoso, luminoso, con destellos de satén bajo la luz del estudio.

Pero la ilusión no le duró. Dejó la sonrisa en el aire, suspiró y apartó la revista, levantándose despacio. Se plantó ante el gran espejo de marco tallado, se inspeccionó con detalle. Se giró de lado, inclinó la cabeza, como si viese su propia imagen por primera vez. No podía dejar de pensar en que los sueños de los catálogos suelen tener poco que ver con la vida real.

Pffff Ojalá me sentase bien uno así dijo con voz algo más firme, casi resignándose al destino. Mi figura no acompaña.

Giró una vez más, imaginándose dentro de esa silueta tan voluminosa. Visualizó mentalmente: falda de princesa, corpiño apretado, capas y capas por todas partes Pronto torció el gesto.

No, mejor algo sencillo razonaba en alto, como hablando con una amiga invisible. Los vestidos pomposos están descartados, parecería una bola. ¡Y tampoco quiero uno soso! Que por algo esto no se repite cada día

Se pasó la mano por el pelo, notando la ansiedad subiendo por dentro. Tantos modelos, tantas ideas bonitas, y nada terminaba de encajarle. De nuevo repasó las revistas desparramadas por la mesa, deseando que alguna página milagrosa le diese la inspiración. Pero solo se sentía más cansada y perdida.

Necesito, pero ya mismo, hablar con alguien masculló sentándose en el borde de la silla. Antes de que me vuelva loca con los preparativos.

El golpe brusco de la puerta rompió el silencio y la hizo sobresaltarse. Apartó la vista de los bocetos para clavarla en el pasillo, con el corazón encogido un instante. ¿Quién entraba tan temprano? Sólo dos personas tenían llave: su padre y Rubén, su prometido. Pero los dos estaban liados: su padre tenía una reunión con unos socios, Rubén iba a una junta en la oficina, se lo había dicho por la mañana.

Clara se quedó muy quieta, agudizando el oído. Por su mente corrían escenas inquietantes: ¿y si era alguien intentando entrar a robar? Normalmente a estas horas estaría en su estudio, dejando el piso vacío. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Se levantó con sigilo, conteniendo hasta la respiración. Bajó silenciosa hacia la primera planta. Desde el salón, donde las puertas acristaladas daban buen ángulo al recibidor, se asomó apenas, cubierta por la pared.

En cuanto vio la figura en la puerta se le quitaron todos los nervios: era Rubén. Su silueta, tan familiar, fue suficiente para tranquilizarla. Él no se había percatado de su presencia; se quitaba los zapatos con desgana y los tiraba bajo el banco del hall, silbando una melodía que ella no reconoció.

¿Rubén? susurró extrañada. ¿Pero qué hace aquí? ¿No estaba en una reunión?

Se fijó, inquisitiva. ¿Había venido para sorprenderla? ¿O con quién hablaba justo entonces?

Cariño, aguanta un poco más dijo el hombre, con un tono que ella nunca le había oído, casi tierno. Clara se quedó quieta, petrificada. En nada cumplo con mi parte del trato y estaremos juntos.

Sintió cómo se le helaban las entrañas. Clavó aún más las uñas en sus palmas, controlando la respiración para no hacer ruido. ¿Un trato? ¿Quién era esa tal cariño?

¿Cuánto más? Pues, seis meses justos siguió Rubén, ahora más frío, casi de negocios. Sí, la boda es en un mes; luego vivir juntos unos meses sin dar la nota Al decirlo se le traspasó el asco en la voz, como si tragara algo amargo.

Clara cerró los ojos, intentado asimilar. ¿La boda, su boda, era parte de un trato?

Después de eso, lo que haga Don Jacinto me da igual Rubén parecía desahogarse, liberándose de una carga. Yo recojo todo y me largo apenas reciba mi pago pendiente en el banco.

Lo último fue como un bofetón. Clara se tambaleó y se agarró al marco de la puerta. En su cabeza sólo repetía una y otra vez: ¡Mentía! Todo era mentira

Retrocedió despacio, pisando con calma para no delatarse. Sabía, como en un puzle grotesco, que su padre estaba metido en todo aquello. Trato, dinero acordado, medio año Se dibujaba ante ella una escena aterradora, que le daban ganas hasta de gritar.

Aun así, decidió escuchar un poco más. Puede que todavía quedara algo por descubrir

Rubén se acomodó en el sillón, estiró las piernas y siguió la charla, inconsciente de que Clara estaba a un par de metros oyéndolo todo. Él creía que no había nadie en la casa; hablaba sin filtro, con total despreocupación.

¿Pero por qué te agobias? A ti te adoro, eso lo sabes iba diciendo, negando levemente con la cabeza. Por ti me metí en esta movida. ¿No quieres un piso en el centro? ¿Ir de compras, joyas, todo lo que te apetezca? Hizo una pausa, como esperando una respuesta, y añadió entre risas bajas. ¿Lo ves? ¿Cuánto podría ganar yo para darte todo eso siendo solamente el asistente del jefe? En seis meses estaremos juntos, lo prometo.

No, antes vais a estar juntos interrumpió Clara, descendiendo las escaleras como quien atraviesa un muro invisible. Le temblaban las piernas, pero se sostuvo.

Rubén giró como un resorte, transformándose en cuestión de segundos; la sonrisa desapareció, los ojos se abrieron de espanto. Se le cayó el móvil al suelo de un golpe, ni llegó a terminar la frase.

¿Clara? balbuceó, incorporándose del sillón sin pensar, con la voz mezclada de susto y desorientación. ¿De qué hablas, amor?

Se acercó un paso, casi intentado tocarla, calmarla como tantas veces. Pero Clara reculó, mantuvo la barbilla en alto con dureza. No había en su mirada ni dulzura ni confianza: sólo una gélida claridad cargada de amargura.

¿De verdad te crees que soy sorda y no me he enterado de nada? casi murmuró, con toda el dolor que le inundaba por dentro contenido en aquel apodo amor.

Se plantó delante de él, aun temblando de los nervios. Le sostuvo la mirada, buscando en los ojos de Rubén alguna señal de arrepentimiento, algo de humanidad; sólo encontró inquietud y una desesperada agilidad para buscar excusas.

La cariño ¿Es aquella chica que decías que era tu hermana? le habló con tono plano, pero helado.

Rubén palideció. Fue a recoger el móvil del suelo, como si aquello pudiera salvarle. Las manos le temblaban.

Te estás liando, Clara, no sé de qué hablas logró decir al fin, fingiendo tranquilidad. ¿Qué cariño? No tengo ni idea

Dio un paso más, intentando tomarle la mano. Pero Clara se apartó, reforzando su determinación.

No me hagas reír, lo he oído todo se le escapó una media sonrisa amarga, tan dolorosa que Rubén bajó la vista. ¿Cómo le hablabas? Qué asco. Ni siquiera soportaba seguir escuchándote.

Tragó saliva, manteniendo el tono. No pensaba mostrarle hasta dónde la hería. Todos los sueños, los planes, los recuerdos dulces todo se derrumbaba por segundos y ella se sentía la tonta de la historia.

Rubén callaba. Sabía que escapar era imposible, que él mismo era el único responsable, por haberse confiado y ni revisar si estaba ella en casa Pero reconocerlo en voz alta le paralizaba. Hasta el último instante, deseó encontrar una forma de volverlo a encarrilar y borrar lo ocurrido.

Como comprenderás, no habrá boda dijo Clara con rotundidad, y en esa frase sintió Rubén un vacío horrible. Pero antes de echarte de mi casa, quiero la verdad. Toda la verdad. Sin trolas, Rubén.

No titubeó, aunque temblaba por dentro. Se cruzó de brazos, protegiéndose de nuevos golpes emocionales. Ni una lágrima, sólo una determinación gélida de enterarse de hasta dónde llegaba aquel engaño.

¿La verdad? repitió Rubén, ya sin ninguna careta, con desprecio. ¿Quieres la verdad? Bien: nunca habría reparado en ti si tu padre no me hubiese ofrecido el trato. Su tono era cortante, sin un gramo de pena. Hacía el paripé, salía contigo, halagos en público y me aseguraba trabajo fácil, bien pagado, además del plus en negro. Ya ves, sueldo doble.

Hablaba como quien desglosa la lista de la compra: monótono, distante. Pero cada palabra la atravesaba a ella como si fuese un cristal roto.

¿Todo era por dinero? susurró Clara, sintiendo cómo se le helaba el alma.

¿Y tú pensabas que alguien iba a enamorarse de ti así? Rubén se rió, sin pizca de dulzura. ¿Te has visto últimamente? Acércate al espejo, anda, fíjate.

Fue aún peor que un insulto. A Clara le cosquilleaban los ojos, estaba al borde del llanto, pero apretó los puños con fuerza. No pensaba ceder ante él.

Le sostuvo la mirada unos segundos. Sentía cómo todo, la vida entera, perdía su sentido y sus colores. Sus recuerdos, sus citas, los deseos tan bonitos Resulta que sólo era un guiñol, un papel entre dos actores, donde ella era la ingenua.

¡Fuera de aquí! le espetó Clara, sorprendida de la firmeza de su propia voz. Te mandaré tus cosas por mensajero. ¡Fuera!

Rubén le dedicó una última mirada despreciativa, casi repugnante, como si quisiera grabarse su cara humillada a fuego para siempre. Luego se giró despacio, se puso la chaqueta con parsimonia, fingiendo tranquilidad absoluta. Giró la llave y la dejó, allí sola, con el peso del mundo en medio de un silencio que daba miedo.

Al cerrar la puerta tras de sí, Rubén sintió cómo la ansiedad se iba abriendo hueco. Ahora sólo le preocupaba cómo enfrentarse a Don Jacinto. Sabía bien que aquel hombre era duro, nada indulgente con los traidores. Por su hija haría cualquier cosa, y Rubén era muy consciente de las consecuencias. Menuda estupidez, refunfuñaba, bajando por las escaleras. Pero luego recordaba los billetes ya ingresados y algo, mínimamente, le calmaba.

Bueno, al menos no ha sido por nada susurró saliendo a la calle. Esperemos que no me pidan devolver la pasta; las horas las he echado, al fin y al cabo.

Mientras tanto, en el piso que acababa de abandonar, Clara marcaba el número de su padre con las manos aún temblorosas. Muchas veces se confundió de dígitos antes de que por fin conectara la llamada.

¡Papá! le gritó nada más la voz de Jacinto contestó. ¿¡Cómo has podido!? ¿¡Cómo has sido capaz de hacerme esto!?

No dejó ni que él preguntase, ni que esbozara una excusa. Las palabras le salían atropelladas, todas de golpe, llenas de pena y rabia:

¡Has montado este teatro! ¡Lo contrataste, le pagaste, le obligaste a fingirse mi prometido! ¡Ni siquiera te molestaste en preguntarme si quería aquello! ¡Tú creíste saber mejor que yo lo que debía hacer!

La voz le temblaba, rota de la emoción, pero continuaba, incapaz de contenerse:

¡Confiaba en ti! ¡Creía que que él me quería! ¡Y todo era una mentira! ¡Has convertido mi vida en una función!

Por mucho que Jacinto intentara responder, Clara ya no podía escucharle. Vomitaba todas las frustraciones, las inseguridades, el dolor tras esos meses de sentir cómo le habían robado su propia felicidad.

¡Jamás! ¡No vuelvas a meter la nariz en mi vida privada! ¡No lo permito! ¿¡Entiendes!? ¡Nunca más!

Colgó de un manotazo, lanzó el móvil al sofá y ya, sin poder aguantarse, rompió a llorar. Las lágrimas rodaban por su rostro; se cubrió la cara y no pudo evitar los sollozos. Se sentía otra vez una niña pequeña, traicionada, sola y arrasada por la pena.

No lloraba sólo por Rubén. Tras años de complejos y dudas, de miedo y falta de seguridad en sí misma, se veía como siempre: incapaz de gustarse en el espejo. Tantas veces deseó otras curvas, una cintura más fina, algo más de lo que veía en los anuncios de moda y las películas. Pero su reflejo, sin importar lo que digan otros, nunca la convencía.

Había llegado incluso a considerar la cirugía estética, imaginando cómo sería su cara y cuerpo tras esas mejoras. Pero la imagen de su madre siempre la frenaba.

Su madre, o Isabella, como le gustaba que la llamasen con ese nombre tan musical, que a ella le sonaba a elegancia y misterio, algo casi cinematográfico. Y durante muchos años lo fue: guapísima, con facciones perfectas, melena abundante y ese aire especial que atraía miradas.

Todo eso cambió el día que Isabella confió en una eminencia, recomendada por amigas, para retocarse apenas la nariz. Un desastre: la operación salió mal, el cambio fue irreversible. Lo intentó con otros médicos, gastó fortunas en arreglarlo pero empeoró. El entusiasmo desapareció de su vida. Dejó de mirar espejos, de salir a la calle. Solo quedaba la depresión y la costumbre de esconderse: gafas grandes, sombreros amplios, habitaciones en penumbra y poco a poco, nada. Una simple nota para Jacinto: No aguanto más. Perdona. Y se fue, sin despedidas, sin huella, dejando a Clara sólo con su padre.

Clara creció viendo fotos de aquella Isabella luminosa, alegre, radiante. Para ella, su madre seguía congelada en esos recuerdos: la sonrisa acogedora, la mirada cálida. Pero la realidad fue otra. Cada año, la distancia entre la madre míticamente bella y la madre antes de irse se hacía más dolorosa.

Clara muy pronto empezó a compararse con ella, siempre perdiendo esa batalla: Mamí tenía los pómulos perfectos, yo sólo mejillas redondas; sus cabellos caían como seda; los míos, rebeldes y encrespados. Observaba la nariz, los labios, la silueta… Cualquier defecto era razón para machacarse. Por mucho que le dijeran que era guapa, no se lo creía: sólo veía la sombra de la mujer que todos admiraban alguna vez.

Inseguridad que invadía todas las parcelas de su vida. En el colegio era tímida, pasaba desapercibida. En la universidad, intentaba no salir a la pizarra para que nadie le viera los defectos. Y en el amor peor. Apenas ningún chico se interesaba, y los pocos que sí, la olvidaban rápido. Y ella siempre lo achacaba a lo mismo: su físico.

Si fuera más guapa, todo sería diferente se repetía, sin darse cuenta de que justo esa falta de autoestima era lo que los demás notaban y lo que realmente la alejaba de los chicos.

Y entonces arribó Rubén. Apareció como una luz en tanta oscuridad, fijándose en ella, regalándole miradas de esas que hacen sentir especial. Sus halagos nunca eran genéricos; elogiaba su sonrisa, su risa, cómo atendía a los demás. La sacaba a tomar café, le regalaba flores sin que hiciera falta una fecha, recordaba pequeños detalles sueltos en conversaciones. Con él, por vez primera en mucho, Clara creyó que podía ser guapa, o al menos suficiente, ser digna de algo bueno y de amor.

Por eso la caída fue tan dura. Lo que escuchó aquel día por casualidad no solo le rompió el corazón; le destrozó esa frágil autoestima que tanto le había costado construir. Todo era teatro. Nada era cierto. Peor aún, era idea de su padre, el que más quería

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Clara estaba en un probador frente al espejo y, al mirarse, sentía algo inesperado: no era emoción, ni euforia, sino una aplomada serenidad. El vestido blanco caía sobre su cuerpo, realzando los hombros y ensanchándose suave al bajar. Al moverse, el tejido susurraba y el encaje de las mangas dibujaba sombras delicadas. Por primera vez no buscaba fallos, ni se juzgaba a diario. Ese día había decidido aceptar su reflejo, simplemente ser ella misma.

Una hora después, Clara cruzaba el pasillo entre los invitados, cabeza alta, espalda recta, paso firme. No lucía la ensoñación habitual de las novias: tenía una mirada clara y decidida. Escuchaba los murmullos, las alabanzas, los susurros de extrañeza por su serenidad tan poco habitual. Clara respondía con leve sonrisa, pero su pensamiento estaba lejos de ese bullicio festivo. Recordaba la conversación con su padre meses atrás.

Papá, he decidido decir sí a la propuesta de Gabriel le dijo entonces, mirándole de frente.

A su padre, con la taza de café en la mano, la noticia le sorprendió.

¿Lo tienes claro, hija? Es un paso importante.

Lo tengo. Ya no quiero esperar una historia de amor que quizás nunca llegue. Busco estabilidad, respeto, una familia de verdad. Eso, Gabriel sí me lo ofrece.

Pero el amor empezó él, pero ella le cortó:

El amor está bien, pero he terminado de esperar milagros. Quiero hacerme cargo de mi propia vida.

Y ahora, rumbo al altar, repetía para sí esas palabras. Gabriel la aguardaba, nervioso pero sereno. No había pasión loca en su expresión, pero sí simpatía genuina, afecto y respeto; para Clara, eso valía mucho más ahora.

Cuando la funcionaria empezó el tradicional discurso, Clara pensó: no, no se arrepiente. No es una película romántica, pero es su decisión libre, madura y consciente.

Quizá Gabriel no me ame hasta la locura reflexionó ella, pero me respetará. Y quién sabe a veces el amor nace después, despacio, en la convivencia.

Eso le dio coraje. Le sonrió a Gabriel, no por la galería, sino de verdad, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que estaba dando el paso correcto. Al fin y al cabo, hay muchos tipos de amor. Tal vez el suyo acababa de comenzar, no con fuegos artificiales, sino con la base firme sobre la que se puede construir algo de verdad.

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