Sin derecho a la debilidad
Nicolás estaba tan nervioso que no podía quedarse quieto. Corría de la ventana a la mesa, pegaba la nariz al cristal, y luego volvía junto a su gigantesca caja de construcción, que rozaba el límite de lo que cabía en sus pequeños brazos. La abrazaba como si fuera el Santo Grial, temiendo que alguien viniera a arrebatarle su tesoro.
Mamá, ¿cuándo viene papá? repitió, saltando de impaciencia. ¡Dijo que iba a jugar conmigo! ¡Íbamos a construir una ciudad espacial entera!
Lidia, al ver la chispa que brillaba en los ojos de su hijo, se arrodilló a su lado. El corazón se le encogía viendo la ilusión de Nicolás. Le revolvió el pelo con cariño, eligiendo las palabras con pies de plomo para no aplastar de un plumazo la esperanza infantil.
Cariño, comenzó bajito. Papá hoy va a tardar. Tiene mucho lío en el trabajo. Pero mira, ¿sabes quién viene? Javier. Te cae bien, ¿verdad? ¿Te hará ilusión verle?
La cara de Nicolás cambió al instante. El labio le tembló y los ojos se le llenaron de lágrimas. Había esperado ese momento ¡toda la semana! Había traído buena nota de la guardería, se había comido hasta el último guisante y, cuando su compañero destrozó sin querer su manualidad, ni siquiera protestó; solo suspiró y prometió hacer una nueva. Todo para que papá, por una tarde, jugara con él.
Pero me lo prometió… susurró Nicolás, la voz a punto de romperse.
Lidia sintió un nudo de congoja. Lo abrazó fuerte contra sí, diminuto, como si pudiera protegerlo de todo lo malo.
Te entiendo, cariño; de verdad. Pero papá no puede decirle que no a su jefe, porque ya sabes, aquí el que manda es don Ricardo, y si se mosqueara, igual le tocaba currar el sábado y el domingo también.
Se quedó callada un momento, recordando los preparativos de la cena. Encima de la mesa, los ingredientes esperaban en formación militar: verduras, carne, especias, todo listo para el show de cocina. Lidia forzó una sonrisa y volvió a ver a su hijo.
Oye, ¿y si me ayudas a preparar la cena? ¡Serás mi pinche estrella! Después, entre los dos, damos vida a la ciudad espacial. Ya verás, Javier se va a poner verde de envidia. ¿Qué me dices?
Nicolás miró la caja, luego a su madre, luego otra vez la caja. Las lágrimas seguían ahí, pero se asomaba cierta curiosidad. Asintió despacio, aunque en el fondo aún soñaba con que, por arte de magia, su padre apareciera por la puerta.
Vale… aceptó en voz baja. Te ayudo.
Lidia sonrió aún más y lo cogió de la mano.
¡Eso es! Venga, al lío. Tenemos mucho que hacer y juntos somos invencibles.
Nicolás frunció el ceño, cambiando el peso de un pie a otro. La caja de la construcción seguía atrayéndolo como si fuera un billete de lotería premiado, prometiéndole galaxias y planetas jamás explorados. Todavía sentía rabia, porque otra vez papá iba a llegar tarde, pero la sonrisa cálida de su madre y la promesa de jugar un rato juntos empezaron a derribar el hielo. Respiró hondo, asintió de nuevo y colocó la caja en el alféizar, ahí donde no se le perdía de vista. Por si acaso…, pensó, imaginando su ciudad espacial brotando sola encima de la ventana, como por arte de magia.
Sentado en la banqueta alta junto a la encimera, Nicolás miraba fascinado cómo su madre se movía por la cocina. Cocinar, para él, era cosa de brujas: mezclar, cortar, batir y, de pronto, un manjar. Aspiró el aroma del sofrito y sonrió. En casa, el olor siempre era especial, olía a refugio.
La tía Inés no cocina así, pensó, lleno de orgullo mientras observaba a su madre. Ella también hace comida, claro, pero no le sabe igual. Por educación me como un par de cucharadas, aunque luego me arreglo en casa. Recordó la cara de tía Inés, ceñuda mientras removía la olla, y se rió para sí: mamá lo hacía todo cantando y bailando entre sartenes.
Pásame dos tomates bien bonitos, pidió Lidia, disfrutando de cómo su hijo seguía cada movimiento como si asistiera a un espectáculo.
Nicolás los examinaba con lupa, dándoles vueltas, descartando los que tuvieran manchas sospechosas. Quería elegir los mejores del mundo y que su madre volviera a felicitarlo. Al final, tras mucho examen, entregó dos tomates brillantes, redondos, perfectos como rubíes.
Lidia los miró, los aceptó y sentenció con solemnidad:
¡Perfectos! Eres todo un chef.
A Nicolás se le hinchó el pecho de orgullo. Se irguió, convencido de que era el asistente más importante de la cocina de todo Madrid. Ya imaginaba: primero una cena riquísima y luego, ¡por fin!, ciudad espacial.
La media hora pasada voló. La cocina era un paraíso de olores y zumbidos. Nicolás no perdía detalle: cómo se trocea el perejil, cómo burbujea una salsa, todo. Y siempre sonriendo, como si aquello fuese la cosa más bonita jamás vista.
Cuando por fin la cena apareció en la mesa, el estómago de Nicolás rugió como un dragón. Era un plato de colores vivos, humeando suavemente, cubierto de una costra dorada. Se le hizo la boca agua, listo para arrasar media fuente, pero recordó las buenas formas: hay que esperar a mamá.
Lidia se secó las manos en un trapo y llamó al marido por teléfono. En la sala, silencio absoluto; solo el tictac del reloj marcaba el ritmo.
Álvaro, ¿te queda mucho? preguntó sin dejar entrever el fastidio. Nicolás se va a comer la comida hasta la última miga.
En el teléfono, la voz de su marido sonó hastiada. Al otro lado se oía a niños jugando, gritos y risas de fondo.
Hasta dentro de un par de horas nada respondió Álvaro. Tengo que llevar a Inés al aeropuerto y luego vamos para casa. Picaremos algo por el camino.
Lidia apretó el teléfono, pero la voz le salió suave:
Si os entra hambre, ya sabéis dónde está el microondas. Y, por favor, acuérdate de disculparte con Nicolás. Le prometiste que jugaríais y…
¡Javier también es mi hijo! la cortó él, irritado. ¿Qué quieres que haga, dejarlo solo? ¡Si solo tiene trece años!
Lidia respiró hondo, dispuesta a no perder los nervios.
Tiene la abuela justo en el edificio de al lado contestó tranquila. Podría haberse quedado con ella.
¿De verdad? ¡Voy a dejarle con esa mujer! ¡A saber cómo lo malcría!
Es tu hijo, Álvaro, claro que sí. Pero Nicolás también lo es. No lo olvides.
Cerró la llamada, un profundo suspiro escapándosele. Lidia se asomó un momento a la ventana antes de volver a la mesa, donde Nicolás la miraba con ojos de pregunta.
¿Podemos cenar ya? insistió él, chupándose los labios.
Lidia le regaló la sonrisa más cálida que tenía.
Por supuesto. Lavémonos las manos y a comer.
Por fin, Nicolás se abalanzó sobre su plato. Dio un par de cucharadas, y los ojos se le llenaron de felicidad.
¡Delicioso! proclamó. Mejor que el arroz de la tía Inés.
Lidia soltó una carcajada, y por un rato las tensiones desaparecieron. Miró la carita feliz de su hijo y el pecho se le llenó de ternura. Sí, el día no había salido como planeó, pero aún podía terminar bien
*************
Cada quince días, Javier pasaba el fin de semana con ellos. Al principio, Lidia había creído que los niños llegarían a llevarse bien; Nicolás se hacía ilusiones siempre. Pero pronto veía claro que a Javier le importaba un pimiento jugar con él. Más bien parecía buscar pelea, como si se divirtiera poniendo a prueba los límites ajenos.
No era malo ni grosero de verdad, pero tenía la habilidad de meter el dedo en la llaga con precisión matemática. Si el padre se sentaba junto a Nicolás, Javier resoplaba lo bastante fuerte para que todos lo oyeran. Si alguna norma le parecía rara, dejaba caer mi madre no haría eso, mirando a ver quién se daba por aludido. Para rematar, sentenciaba: En casa todo es distinto, subrayando que aquí nada estaba bien.
Esta vez, Javier estaba espatarrado en el sofá, móvil en mano, pero atento a cada movimiento de Nicolás. Este, ajeno, correteaba a lo suyo con una caja de rotuladores. Al fin y al cabo, mamá le había dado permiso para dibujar en el espejo del recibidor: un hito histórico. Ya había pintado espirales, estrellitas y hasta una especie de nave galáctica, cuando Javier, sin levantar los ojos del móvil, soltó:
A mi madre jamás le dejan pintar en el espejo.
Desde la cocina, Lidia, tranquilamente, siguió picando verduras para la ensalada.
Pues yo creo que es importante dejar que los niños se expresen comentó sin inmutarse. Se limpia en dos minutos y ya está.
Javier dejó el móvil y se paseó por el piso, inspeccionando como si fuera forense de CSI. Se detuvo especialmente en el zapatero, donde las zapatillas aparecían desparramadas.
¿Y todos estos zapatos por el suelo? En mi casa eso no pasa.
Lidia levantó la vista y, sin perder la calma, zanjó:
Eso es culpa de tu padre, que trajo a Roco, el cachorro. El perro lo esparce todo por ahí.
A Javier no le valió la respuesta y buscó otra queja:
¡Podríais recogerlo! ¿O es que aquí os gusta vivir en el caos?
Lidia inspiró profundamente. Sabía que Javier solo repetía frases robadas de su madre, imitando tono y discurso. Pero, vamos, ¿para qué tanto teatro?
¿Tu perro lo revuelve todo? Pues a recogerlo tú. Cuando no venís, aquí no hay ese jaleo.
Javier se puso rojo como un tomate, de rabia y vergüenza. Cerró los puños y buscó palabras grandilocuentes que sonaran reivindicativas, pero a la vez no demasiado insolentes.
¡Eso es explotación infantil! saltó indignado.
Ni pestañeó Lidia. Plantada firme, brazos en jarras, lo miró con calma, pero en sus ojos refulgía esa chispa que sale cuando el límite está, de hecho, superado.
Si no recoges, saco a Roco al rellano para que se busque casa nueva. Te lo has buscado tú solito con tanto protestar.
Javier supo que iba en serio. Intentó protestar, pero ella ya salía hacia el salón.
Vuelvo en diez minutos, quiero verlo recogido.
Se quedó de pie, sintiéndose vilipendiado. No entendía por qué Lidia le saltaba así a la mínima. Pero si solo decía lo que veía…, pensó. Protestar otra vez era inútil: ella ya ni caso.
Pues nada… que se lo arregle sola… murmuró entre dientes.
Tardaba una eternidad en mover cada zapatilla. Interrumpía la labor mirando hacia el salón, por si le perdonaban el castigo, pero no. Cuando, por fin, Álvaro entró en casa le habían llamado para solucionar un marrón en el banco, Javier se le tiró al cuello en cuanto el padre colgó la chaqueta.
¡Papá, me manda recoger y encima amenaza a Roco! ¡Dice que lo echa a la calle!
Álvaro levantó las cejas. Ni había cerrado la puerta y ya se veía envuelto en bronca. Cruzó el piso dispuesto a retomar la tropa.
¡Lidia, no te pases! Es un adolescente, hay que tratarlo con cariño…
Lidia ni giró la cabeza; siguió viendo su serie, imperturbable.
Haz el favor, que me tapas la tele. Esta es mi casa y aquí decido yo. Si Javier no quiere acatar las normas, pues que os veáis en el parque.
Álvaro intentó interrumpir, pero Lidia zanjó moviendo la mano:
Ya está bien, Álvaro. Me canso de que cada vez que viene Javier sea un show. Si no te gusta, búscate otro sitio para las visitas.
El hombre mascullaba confuso, mirando a su esposa y al chico, sin saber cómo salir del atasco.
¿Y si el próximo finde me voy con Inés? intentó provocar.
El finde que viene, lo que quieras contestó Lidia, encogiéndose de hombros. Pero me parece que a Inés se le ha reactivado la vida social…
Álvaro se quedó pensativo, sabiendo que probablemente tenía razón, aunque le costaba admitirlo.
Vale, hablaré con Javier rezongó, molesto. Pero tú, prométeme que lo tratarás igual que a Nicolás.
Lidia alzó la vista con serenidad y habló despacio, cada frase un dardo bien dirigido.
Nicolás es mi hijo. Javier, no. Además, hay la tira de diferencia entre ambos y estoy harta de que lo único que haga es criticar y quejarse. Y, otra cosa, que no vuelva a traer a Roco. A Nicolás le da alergia.
Todo lo dijo sin elevar la voz, pero con tal seguridad que Álvaro retrocedió un paso. Por primera vez Lidia habló sin pelos en la lengua. Antes temía quedar desplazada por el hijo y la ex. Temía ser invisible. Pero ahora… ahora sí que le daba igual. Se acabó callar más.
Javier, a lo lejos, sonrió como un zorro. No intervenía, pero tomaba nota para la próxima batalla. Sabía que su padre no le daría la espalda. Solo tenía que aguantar… y pronto, si todo salía como planeaba, Nicolás dejaría de estorbar.
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Pasó una semana y Javier volvió el fin de semana. Nada más entrar, proclamó que echaba de menos a su padre. Brillaba la sinceridad en su rostro; la sonrisa le llegaba de oreja a oreja. Álvaro, blandito, se dejó convencer por su entusiasmo: propuso ir a pescar juntos, como hacían antes.
Pero el destino tenía otros planes. A la mañana siguiente Nicolás despertó pálido, con voz de estar en pleno drama. Primero solo se quejaba de debilidad; luego, fiebre y dolor de barriga. Lidia lo pilló en las primeras y, sin vacilar, empezó a preparar la bolsa para urgencias.
¡Pues que se cojan un taxi! protestó Javier, mirando a Nicolás, que lloraba hecho un trapo. Para él, que le estropearan los planes por culpa del hermano pequeño era tragedia griega. ¡No sé por qué hay que suspender todo! ¡Casi nunca te veo, papá!
Lidia lo fulminó con la mirada. Saltó en ella un volcán de ira fría jamás visto.
Una palabra más y no vuelves a poner los pies aquí. Ya tienes edad para arreglártelas solo. Hoy no hay pesca ni nada. Anda, vete para casa.
Javier abrió la boca para replicar, pero Lidia ya abrochaba la cremallera y enfundaba a Nicolás la chaqueta.
¡Pero no puede ir solo! intentó mediar Álvaro, algo perplejo. Que lo acerquemos, como mínimo…
Tiene trece años. Es de día. Son diez minutos al portal, el barrio es seguro y la parada del autobús está al lado,cortó Lidia, ya con la bolsa al hombro. Vamos, que Nicolás necesita de una vez ayuda.
Álvaro bufó, pero la discusión ya no tenía recorrido. Ayudó a llevar a Nicolás al coche; Javier salió de la casa resoplando, pateando piedritas, furioso. Por dentro rugía: ¿por qué siempre tenía que ceder él? ¿Por qué todo el foco era para Nicolás?
En el hospital, Lidia estaba hecha un mar de nervios. Abrazaba a Nicolás, le acariciaba el pelo, le susurraba frases que solo pueden decir las madres españolas en momento crítico. Álvaro caminaba arriba y abajo como un león enjaulado, echando miradas a su hijo y su mujer, sabiendo que ambos estaban perdiendo la paciencia.
¡Unos minutos no cambiaban nada! saltó, por fin. ¿Y si a Javier le pasa algo por el camino?
¡Cállate! explotó Lidia. Javier se busca la vida solo muchas veces. Hay buses cada cinco minutos. Céntrate en Nicolás.
Salió un médico, rostro tranquilo, y los condujo a su despacho.
No se preocupen dijo. No parece grave, pero déjenlo ingresado por precaución y se quedarán más tranquilos.
Lidia sintió que el peso en el pecho remitía. Agarró la mano de Nicolás y entró en la consulta. Álvaro se quedó aún mascando qué decir para arreglar las cosas con el hijo mayor…
*************
Esa noche Nicolás tuvo que quedarse en el hospital, bajo observación continua. Lidia ni barajó volver sola a casa: solo pensar en dejar a su hijo allí, como si nada… imposible. Dormitó en una butaca infame al lado de su cama; tenía la espalda hecha trizas, pero no se apartó ni un segundo. Se pasaba ratos acariciando la muñeca de Nicolás, susurrándole nanas y palabras tiernas hasta que caía en un sueño inquieto. De vez en cuando, comprobaba si respiraba, si estaba bien tapado, si tenía la frente fresca. Las lágrimas iban y venían, pero su deber era mostrarse fuerte.
Álvaro no sabía dónde meterse. Quería irse, claro, porque también debía dar la cara ante su ex y explicarse con Javier, que aún no superaba el divorcio. Viajando hacia casa de Inés, repasaba discursos y excusas en la cabeza, dispuesto a decir lo que fuera para apaciguar al adolescente, aunque en verdad intuía que ninguna explicación iba a reparar lo que se había roto años atrás.
Pasaron dos semanas. Llega, por fin, el día más esperado de Javier. Amanecía y ya estaba plantado al pie de la puerta de su padre, ni había desayunado de los nervios. Nada más abrir Álvaro, entró como un tifón; el salón entero se revolucionó: risas, portazos, carreras de un lado a otro, Javier revisando cañas y cebos, exultante.
Pero el destino, que siempre se ríe de los planes, tenía preparado otro giro. De repente, suena el teléfono de Álvaro. Trabajo. Otra vez. Álvaro mira a su hijo, ve cómo se va apagando el entusiasmo y tiene que aguantar la mirada de desilusión.
Solo serán un par de horas, te lo prometo. Después nos vamos al Retiro. Mañana, ¡te doy mi palabra!, pescamos sí o sí.
Javier le clava la mirada con una última gota de esperanza.
¿Solo tú y yo? insiste, queriendo estar seguro.
Solo los dos. Sin reservas afirma Álvaro, serio.
Javier suspira hondo, intentando disimular la rabia. Aprieta la mandíbula, parpadea y asiente.
Vale. Pero vuelve pronto, ¿eh?
Lidia arrastraba los pies de pura fatiga, arrambla en la cocina huevos y pan como autómata. No podía con la vida, menos con la hiperactividad de Javier antes de las ocho ni con el ruido de fondo. Todo lo que quería era un café y cinco minutos de silencio.
Nicolás, viendo el humor de su madre, se acercó de puntillas.
Mamá, ¿puedo ver dibujos? le preguntó, suavito, tocándole el brazo. Tú haz cosas de mayores, que yo me apaño.
Lidia le sonríe, agotada y agradecida.
Por supuesto, cielo. Pero no des guerra, ¿eh?
Nicolás se instaló contento con la tablet. Al principio reinaba la paz; sus risas infantiles y los dibujos de Dora exploradora mecían la casa. Lidia ya estaba poniendo la mesa cuando, de repente, un chillido lanzó la alarma desde el salón.
Sobresaltada, dejó caer un plato, que saltó en mil añicos; en la mano hubo un corte, le sangraba pero ni lo notó. El corazón le martilleaba a cien por hora mientras corría al salón, resbalando casi por el pasillo.
Lo que vio se le grabó en la memoria. Javier, con cuerpo de adolescente hecho y derecho, estaba encima de Nicolás, aplastándole la cara con un cojín. Nicolás pataleaba, intentaba quitarse de encima a su hermano; era evidente que no tenía ninguna oportunidad.
El tiempo se detuvo. Lidia, poseída por la furia maternal, empujó a Javier con tal fuerza que el chaval chocó contra la pared de espaldas, soltando el cojín instintivamente.
¡Nicolás, corazón! ¿Estás bien? ¡Dime algo! le temblaba la voz, las lágrimas a punto de saltar. Se arrastró hasta él, retirando el cojín, tocándole la cara, buscándole el aliento.
¡Mamá! lloriqueó Nicolás, lanzándose a sus brazos. Temblaba todo, con la cara desencajada de pánico. Se agarró con desesperación a la camiseta de su madre, como un náufrago a una boya. ¡Me ha hecho daño!
¡¿Cómo te atreves a tocar a mi niño?! bramó Lidia, levantándose y clavando una mirada gélida a Javier. Los puños apretados, el pecho agitado.
Javier, boquiabierto por el empujón, se sentó en el suelo frotándose el hombro. Un segundo pareció que se le asomaba el arrepentimiento, pero enseguida frunció el ceño y sacó el morro.
Estábamos jugando replicó. Incluso gesticuló escandalizado. ¡Casi me partes un hueso! ¡Voy a llamar a mis padres! ¡Y a la policía! ¡A ver si te meten en la cárcel!
Lidia, haciendo acopio de calma mientras le temblaban las manos, sentó a Nicolás en el sofá.
Quédate aquí, ¿vale? No tardo, solo tengo que acompañar a Javier a la puerta.
Pero Nicolás negaba con la cabeza, incapaz de apartar la vista de su hermano, horrorizado. Murmuraba, casi sin voz, mamá, no te vayas. Lidia lo entendía, pero el pulso ya estaba echado.
Javier, por su parte, se dejó caer en el sillón, cruzando las piernas, con aire desafiante. A propósito, le lanzaba miradas de matón a Nicolás y hacía muecas de ogro. Disfrutaba viéndolo temblar.
Lidia no podía más. Buscó en la mesa la primera cosa dura a mano: el cable del cargador de móvil. Sus ojos lanzaban puñales y le salió un rugido bajo, amenazador:
No te imaginas de lo que es capaz una madre por su hijo.
Y, sin pensarlo, le zurró un latigazo en la pierna. Javier chilló, se levantó como un rayo y se miró la roja marca con horror. Cuando vio que ella levantaba la mano otra vez, echó a correr al pasillo.
¡Se lo voy a contar a mi padre y a la poli! ¡A ver si ahora te quedas sola! gritó, rabioso.
A los dos minutos, el teléfono de Lidia sonó como si lo quemara el diablo. Era Álvaro, fuera de sí.
¿Pero cómo se te ocurre pegar a un niño? ¿Es que has perdido la cabeza?
Lidia inspiró hondo. Contuvo sus temblores y habló con la voz más fría que tenía.
Te puedes largar con tu queridísimo hijo donde quieras. Si llego a tardar treinta segundos, tu hijo estrangula al mío. ¿Entiendes lo que digo? Lo pillé a tiempo. ¿Quieres que lo denuncie yo también? Porque, por si no lo sabes, tengo una cámara grabándolo todo.
¡Sólo estaban jugando! protestó Álvaro, sin creer nada.
Por eso quiero que te vayas ya. El divorcio te lo firmo yo, y pediré que pierdas la custodia. Lo de hoy no tiene nombre. ¿No se te ha pasado por la cabeza que igual tu hijo le quita la vida al mío? Tengo pruebas, vídeo y todo. No intentes jugármela.
Dicho esto, colgó. Corrió al salón, abrazó a Nicolás, que sollozaba en el sofá.
Ya ha pasado todo, amor. Mamá está aquí. Nadie te va a hacer daño nunca más.
El niño se agarró con fuerza, empapando la camiseta de lágrimas. Lidia lo apretó más, le acarició el pelo y le susurró las palabras más dulces que halló.
Para Lidia, su hijo era el tesoro más grande, su única bandera. Recordaba la primera vez que lo tuvo en brazos, los lloros, las primeras risas, los primeros pasos, las noches sin dormir y el amor infinito que sentía cada día. Sin Álvaro saldría adelante, claro que sí. Pero sin su niño… eso jamás. Sabía, sin la menor duda, que por Nicolás lucharía hasta el final. Porque nada, absolutamente nada, era más importante que sentir el calor de esos bracitos y oír el suspiro tranquilo de su hijo, ya a salvo, acurrucado en su pecho.







