¡Marina, cariño! ¡Tenemos una noticia nueva con papá!
María volvió a sentar a su hermanito Arturo en la trona, le metió otra cucharada de papilla y le limpió la barbilla con tanta rapidez que ni se le notó la falta de sueño.
¿Qué noticia?
¡Vamos a tener otro bebé! Ya estoy de cuatro meses. ¡Qué felicidad, hija! su madre, Carmen, la abrazó por los hombros. ¡Otro niño más! ¡Ya seremos siete! ¡Una familia de verdad!
Marina se quedó muda, las manos le cayeron al regazo, olvidándose de Arturo, que, como si intuyera algo, en vez del berrinche de siempre, se puso serio y la miró con los ojos muy abiertos.
¿Y a ti qué te pasa, Marina? seguía la madre insistiendo. ¡No te veo muy contenta, la verdad! Marina, hija, no hay que ser tan egoísta. No me des disgustos, ¿eh? Carmen la besó en la coronilla y se salió de la cocina.
¡Ma, ma, ma! balbuceó Arturo, estirando los brazos hacia su hermana mayor.
Marina volvió en sí y le dio otra cucharada.
¿La felicidad existe de verdad esa palabra?
La única vez que Marina recordaba haber sido realmente feliz fue de pequeña, tendría cinco años, cuando todos se fueron a pasar el día al campo, a las afueras de Salamanca. Carmen estaba embarazada entonces de Alejandro, y aprovecharon para respirar aire puro. Había un montón de niños correteando por la finca, pero Marina, bien pegada a su madre, no se separaba. Hasta que papá la llevó a ver los caballos. Y ese momento de felicidad pura fue cuando Pablo, su padre, la subió a lomos de uno. Por un instante, le dio miedo, pero luego le entró una sensación como de volar, como si le hubiesen salido alas. El caballo movió una pata, se agarró fuerte a la crin y se echó a reír. Y, como por arte de magia, el caballo relinchó suave, contestándole. Los padres no pudieron contener las carcajadas.
¡Pero mira que conversación!
Durante una temporada, Marina suplicó ir a clases de equitación. Pero nació primero Alejandro, después Olga, y no hubo dinero para tanta actividad. Al preguntar, Carmen siempre respondía:
¡Marina, no seas egoísta!
La vida en la familia Sánchez siempre fue de muchos líos. Marina era la mayor, cumplió dieciocho hace poco, Alejandro tenía trece, Olga acababa de hacer cinco y Arturo, el pequeño, solo uno.
A Carmen y a Pablo los presentó una amiga común, Alicia. Al principio, hubo mucha complicidad, hasta que se casaron y se instalaron en el piso de la abuela de Salamanca. Durante unos años, con la bisabuela viva y la abuela ayudando, Marina lo llevaba todo medio bien. Le tocaba, eso sí, cuando nació Alejandro: libros pintarrajeados, deberes arruinados por el pequeño, cosas perdidas y, aun así, la frase siempre era la misma:
¡No seas egoísta, Marina!
Pero lo cierto es que nunca lo fue. Ni entonces, ni después, cuando llegaron los hermanos pequeños. Se repetía esa frase en la cabeza cada vez que le tocaba encargarse de los niños. En su casa, pensaba que no había nada propio, ni objetos, ni habitaciones para estar tranquila, ni siquiera tiempo.
Sois familia, cariño, y tú eres mi mano derecha decía Carmen, abrazándola mientras ella dejaba lo suyo y echaba una mano con los peques.
Cuando Olga fue al cole, Marina respiró un poquito. Alejandro ya no daba tanta guerra y, aunque Olga enfermaba seguido y tenía que cuidarla, se sentía menos desbordada. Pero cuando anunciaron el cuarto embarazo, Marina no imaginaba que su vida tranquila tocaba a su fin. Tras nacer Arturo, prematuro y con todo tipo de miedos, a Marina le cayó el mundo encima. Carmen iba arriba y abajo con médicos y pruebas, mientras la casa recaía entera sobre la hija mayor.
Nunca lo mencionó en voz alta, pero muchas noches, mientras fregaba el último plato, se imaginaba lejos, donde nadie la pidiera ayuda y pudiera simplemente dibujar o escuchar música.
En sus mejores recuerdos estaba la bisabuela, que la llevaba a clases en una escuela municipal de arte. Solo fue un curso, pero ese mundo de color se le quedó grabado. Cuando faltó la bisabuela, ya nada volvió a ser igual. No hubo dinero ni tiempo para cursos o materiales, aunque a Marina le valía cualquier libreta y unas acuarelas para perderse en su mundo. Allí era una princesa, una guerrera incluso, o una niña en medio de un cuento. Sus dibujos eran tan vivos y llenos de fantasía, que los hermanos se pasaban horas mirándolos. A los dibujos añadió historias; así, por las tardes, la habitación de los niños era puro cuento. Hasta los pequeños se quedaban callados viéndola dibujar.
¡Dibújanos un cuento! le pedían.
Pero luego llegaba la rutina: preparar desayunos, llevar a los niños al colegio y al parvulario, repasar deberes, tareas de casa Marina ya no salía con las amigas al cine ni a tomar algo por la plaza, porque sabían lo que iba a decir:
No puedo, tengo que ayudar en casa
Solo el mes pasado el neurólogo dio el alta a Arturo, y Marina soñó con tener más tiempo libre. Pero sabía que eso nunca pasaría.
Suspiro y siguió. No había otra. Alimentó a Olga, le ayudó a vestirse y se le echó el tiempo encima.
¡Venga, Olguita, vamos!
¡No te olvides de pasar por el súper! le gritó Carmen desde la cocina.
Marina asintió con la mano y salió a paso corrido. El día voló entre una cosa y otra, y por la noche recordó el secreto. No pudo mirar el correo antes, así que apartó a Alejandro del ordenador:
Son dos minutos, ¿vale? ¿Has hecho los deberes?
No empieces solo me queda un nivel.
Verás cuando venga mamá. ¿Necesitas ayuda?
Bueno, sí con álgebra no me aclaro. Pero, venga, déjame acabar.
Un minuto, Alejandro abrió el correo y ahí estaba, el tan esperado mensaje de la editorial donde había mandado sus historias y dibujos. Casi ni se atrevía a abrir.
Un grito le salió del alma, asustando a Alejandro, que casi tira la taza que llevaba para su hermana.
¡Ha salido, Alejandro, ha salido!
¿Qué ha pasado? no se acostumbraba a ver a esa Marina seria brincando por el salón.
Marina le dio un beso en la nariz, le quitó la taza y dijo:
Ya te lo cuento luego, tráeme el libro de álgebra que te ayudo.
Mientras Alejandro iba a buscar el libro, Marina releía una y otra vez: la invitaban a una entrevista. Su sueño, por fin, parecía posible, pero debía convencer a los padres y reunir dinero para el billete de tren a Madrid, porque en casa no sobraba nunca un solo euro.
Mamá, si me han llamado es que algo han visto en mis historias, ¿no?
Quizá. Pero sabes que no podemos permitírnoslo. A Arturo le toca tratamiento otra vez, y ya hemos hablado de lo importante que es tener ahorros para eso. Piensa en nosotros un poco.
Marina bajó la mirada. Era cierto.
Podría buscarme un trabajillo. Silvia me contó que buscan camareras en la cafetería del centro.
¿Y la casa? ¿Y los peques? Yo sola no puedo con todo, Marina. No insistas más.
Carmen se fue con Arturo al baño, y Marina se sentó con su libro, limpiándose las lágrimas para que nadie la viera. Pero Olga le pilló al vuelo, se le subió al regazo y le rodeó el cuello.
No llores.
No voy a llorar más.
Se puso a pensar. Tenía un mes para organizarse antes de que caducara la invitación.
Llamó a Silvia.
Oye, ¿hay turno de mañana en la cafetería?
Sí, pero tú tienes la uni, ¿no?
Estoy en época de exámenes. Por la mañana, clase y luego puedo cubrirte las tardes.
Vale, intento hablarlo con la jefa. A mí me viene de perlas, que no puedo ir últimamente.
No le prometió nada, pero a la semana siguiente Marina acababa de camarera suplente. No era mucho, pero ahorrando cada euro le llegaba para ir a Madrid.
Entonces les volvió a hablar a sus padres del viaje, ya con dinero ahorrado.
Papá, mamá, porfa, dejadme intentarlo. Si va mal, por lo menos lo habré intentado.
¡¿Otra vez, Marina?! Carmen golpeó la mesa. No lo entiendo, hija. Hay ilustradores buenísimos. ¿Qué aporta lo tuyo?
No solo es por los dibujos. También son mis historias, mamá.
Muchos estudian años, cariño, ¿de verdad quieres exponerte a que te rechacen?
Pero al menos lo habré intentado dijo bajito, mirando el suelo.
Y sorprendentemente, entonces Pablo saltó:
Carmen, déjala. Tiene derecho a probar. Si sale mal, pues se aprende. Marina, tenemos algo guardado para las vacaciones, lo pondremos para esto.
Pero la playa, papá llevamos dos años soñando con ir Marina no pudo evitar llorar.
Ya habrá tiempo para el mar, hija. Esto ahora es importante para ti.
Carmen solo pudo asentir, rendida.
Dos días después, toda la familia la despedía en la estación con besos y abrazos.
¡Llama cuando llegues! le susurró Carmen emocionada. Suerte, hija.
Una semana más tarde, Marina volvió a casa con la seguridad de que, aunque solo fuera una versión modesta, su primer libro saldría. Dos cuentos y unas ilustraciones, pero sería el comienzo. Ya no dudaba.
¿Quién anda ahí? entró en el piso.
A la carrera apareció Olga, se le lanzó al cuello:
¡Has vuelto! ¡Y vamos a tener una hermanita!
Un segundo tardó en darse cuenta y la abrazó fuerte.
¡Eso es genial! Ahora te toca ser hermana mayor.
¡Guau! los ojos de Olga como platos. Entonces tengo que ser más valiente, que igual a la peque le da miedo.
No le dará, porque la tendrás a ti al lado.
¡Claro! cerró el puño Olga.
¡Hermanita guerrera! le acarició el pelo Marina. ¿Dónde está todo el mundo?
Nos estaban preparando una sorpresa. ¡Ven!
Olga la llevó al dormitorio, que había cambiado por completo: con unas mamparas móviles tenía su pequeño rincón para estudiar y dibujar, lejos del bullicio.
Hija, queríamos que tuvieras tu espacio, lo necesitabas dijo Carmen, abrazándola. Lo siento si alguna vez no te lo puse fácil.
Mamá, estáis haciendo todo lo que podéis gracias.
Vamos, que hemos preparado una merienda con tarta y todo les gritó Alejandro desde el pasillo.
Esa noche, Marina sintió que otro día feliz más se añadía a su cajón de recuerdos. No les contó todavía que tenía idea de irse a Madrid más adelante, compaginando estudios y la ayuda en casa, sobre todo ahora con el bebé en camino. Lo tenía claro: tenía derecho a su propia vida y a querer ayudar, pero de otra manera.
Cinco años después, Olga le acariciaba la cabeza a Catalina, la benjamina, mientras Arturo ya dormía, abrazado a sus cuentos favoritos. El que más, escrito y dibujado por su hermana Marina, aunque ahora viviera lejos y solo pudiera venir algunos fines de semana. Cuando venía, Olga se le acurrucaba y en voz baja pedía:
¿Puedo ser pequeñita otra vez?
Esa noche, Olga cerró el libro, miró a Catalina y sonrió:
Ser princesa es difícil, ¿sabes? Esperar siempre que te salven Mejor los cuentos de Marina, que aquí la princesa es valiente y salva el reino y hasta vence al dragón.
¡Sí! bostezó ya medio dormida Catalina.
La hermana mayor solo puede enseñar cosas buenas ¡hala, todos a dormir! El sábado viene Marina y a lo mejor trae otro libro. Así veremos si la princesa encuentra príncipe o hace falta otra aventura.
Olga, para sí, pensó que seguro que lo encontraba. Pero eso sería otra historia. Tapó a Catalina, apartó un cochecito de la almohada de Arturo para que no se hiciera daño y puso el punto de luz bajo la fotografía de Marina, vestida de novia, que, en ese resplandor, parecía una reina de cuento.
Reina, no princesa susurró Olga, rozando el cristal, y se metió en la cama. Mañana tocaba madrugar, no fuera a dormirse y Catalina llegara tarde al cole.







