— Katia, ¿irías tú a la tienda a comprar pan? — La mirada perdida de la dama de cuarenta y cinco años ya no lograba fijarse en la silueta delgada de la niña de siete.

Aurora, ¿podrías ir a la panadería a por una barra de pan? La mirada vidriosa de la madre, de unos cuarenta y cinco años, apenas lograba enfocar la silueta delgada de la niña de siete, que tragó saliva con ganas al oír hablar de pan.

Claro, mamá
Aurora esperaba paciente la moneda, esa con la que la panadera del colmado de la esquina, la tía Carmen, suspirando siempre le vendía la barra de pan. A veces, además, le metía a escondidas una onza de chocolate con leche o un puñado de caramelos en el puño, que apretaba hambrienta.

Ay, pobrecilla, con esos padres, y la niña tan buena solía lamentarse Carmen entre sorbo y sorbo de café instantáneo.

Aurora corría a casa deprisa, haciéndose la fuerte contra el olor delicioso de la corteza recién horneada. Si se portaba bien, mamá siempre le daba la punta crujiente y, encima, dos o tres sardinillas en aceite que chorreaban oro líquido y empapaban el pan blanco. Aurora comía poco a poco, despacito, saboreando su manjar sencillo. Por las botellas vacías imaginaba que hoy habría invitados y que no habría otra cena. Así que, ahora, lo fundamental era desaparecer sin hacer ruido; si la veían rondando podía caerle una buena. La última vez, su padre le soltó tal azote que tuvo dolor de cabeza dos días y sangrados de nariz.

Aurora salió del portal, con un cuarto de barra y una sardina entera aún guardadas. Hacía una tarde primaveral más bien templada, y aunque apenas había gente, se oía música alegre desde alguna ventana. En el bolsillo, dos caramelos de chocolate le hacían compañía para después. Era una noche estupenda para pasear, y si se daba el caso, podía incluso pasarse por el colmado de Carmen, que seguro le invitaba a un vasito de leche con cacao y un bollito.

Avanzaba despacio, mirando distraída las ventanas encendidas y soñando con tener una amiga, alguien con quien compartir pensamientos y sueños, o simplemente con quien pasear esos días que en casa no se podía estar. Pero el llanto lastimero que salió de los setos junto al contenedor la paró en seco. Se asomó con cuidado entre los trapos viejos y allí, en una caja rota de zapatos, encontró un gatito atigrado y diminuto, que maullaba bajito. Aurora le tendió la mano y el animalillo la olió. El aroma de las sardinillas lo volvió loco, empezó a relamerle los dedos con ansia. La niña se echó a reír, cosquilleada.

¿Tienes hambre? ¡Mira lo que tengo! Anunció Aurora, colocando ceremoniosa la sardina delante del gatito y metiéndose el resto del pan en la boca. Toma, come.

El futuro minino devoró el regalo con entusiasmo, gruñendo bajito y bufando si Aurora intentaba acariciarlo.

Tranquilo, no te atragantes, que luego te dolerá la tripilla; eso ya lo he aprendido yo le sonrió al nuevo amigo.

¿Quieres que te lleve a casa conmigo? Te voy a llamar Listadito y siempre voy a compartir mi comida contigo dijo, y levantó al pequeño, ligero como una pluma, guardándolo contra el pecho.

Las farolas, amarillas como la miel de mayo, iluminaban la acera por donde iba la niña, charlando animada con la cabecita que salía de su chaqueta y maullaba ronroneando.

***
En casa había calma. Solo quedaban en la cocina botellas vacías, platos sucios y ceniceros llenos. El termostato zumbaba, el reloj marcaba el tiempo sin prisa. Aurora se sentó y puso a Listadito encima de la mesa. El pequeño husmeó un vaso vacío con recelo.

¡Fuera de ahí, Listadito! Eso es asqueroso, no pruebes ni una gota, que si te da por beberlo cada día, ya no podremos ser amigos le advirtió y lo abrazó fuerte contra la cara. El gato respondió con un ronroneo y le plantó las cuatro patas suaves en la nariz, como diciendo “tranquila, estamos juntos”.

Aquella noche, Aurora durmió como los ángeles. Soñó con cosas bonitas, a sabor de helado de plátano y bollos de cereza, y Listadito acurrucado a su lado, tarareándole nanas de gato.

Al amanecer, el padre la descubrió con el gato y montó tal escándalo que ordenó que esa “bestia” no se le volviera a ver por la casa. La madre, agotada y cabizbaja, se fumaba un cigarrillo con una toalla mojada en la cabeza. Le pidió a Aurora, con voz ronca y enferma, que sacara al gato, “por si las moscas”.

Aurora, tragando lágrimas de rabia, se sentó en el portal, Listadito en los brazos, sin saber qué hacer. No podía dejarlo en la basura, un amigo así de especial no se deja atrás. Llorando, se encaminó al colmado. Allí, entre sollozos, le contó lo sucedido a Carmen, suplicándole que acogiera a Listadito, prometiendo ir a visitarlo cada día, darle de comer y enseñarle modales. Las buenas mujeres del barrio no supieron negarse y el minino se quedó a vivir en el almacén. Le prepararon una vieja chaqueta pelada y un cubo de mayonesa recortado como cama.

Toda la primavera y verano Aurora visitó a su Listadito, partiéndole un trozo del pan que compraba. Por eso en casa recibía más de una regañina, pero ¿qué importaba si tenía un verdadero amigo? Pasaba horas contándole todo cuanto le pasaba, el gato se acomodaba en sus rodillas flacas y le ronroneaba mirando con ojos azulados. Carmen, que le daba de comer lo que sobraba, un día exclamó:

¡Madre mía! ¡Menudos ojos tiene este gato! Parece que mira a otro mundo, ¿verdad, Estrella?

Y ambas se quedaban admirando aquellos ojos llenos de cariño auténtico, mientras Listadito, satisfecho y redondo, ronroneaba satisfecho.

Cuando llegó el otoño, Listadito era todo un señor gato, peludo y majestuoso, con la mirada de un personaje de cuento. Algunos clientes quisieron adoptarlo, pero él tenía clara su lealtad: solo se acercaba a su pequeña dueña.

Un día, Aurora no apareció ni por el pan ni por Listadito. Carmen empezó a preocuparse. Pero finalmente la niña llegó: pálida y con moratones amarillentos en las mejillas, una postilla en el labio, y al recibir preguntas, solo se excusó diciendo:

Me he caído.

Detrás del colmado, taponando el llanto en la barriga peluda del gato, Aurora le contó sus penas. Se quedó dormida abrazada a Listadito. Carmen la recogió con mimo y la dejó dormir cubierta con una manta raída en el sofá del almacén; luego, llamó a don Pedro, el policía del barrio, pero él solo resopló diciendo que sería imposible probar los malos tratos y él no quería líos. Carmen lloró, se le partía el alma viendo a esa cría desamparada. No tenía hijos propios y alguna vez había soñado con tener una niña así.

Listadito daba vueltas inquieto alrededor del sofá, oliendo cuidadosamente la carita de Aurora, hasta que, de repente, desapareció. Aurora durmió toda la noche en el colmado y ni sus padres la buscaron. Al despertar, Carmen le preparó bocadillos y té dulce, y la dejó a cargo del mostrador con Estrella mientras ella iba a asuntos importantes. Aurora aceptó encantada y la mujer, decidida, se fue a hablar con los padres. Pero en la puerta la paró don Pedro.

Quietecita, ¿dónde vas? Hay un crimen en el edificio, mejor aléjate. Dime, ¿has visto anoche a la chica, la pequeña Márquez?

¿Aurora? ¿A quién han matado? Carmen miraba angustiada las ventanas del bloque.

Pues parece que a sus padres. Pensamos que puede estar en algún lado escondida.

No, está en mi colmado, durmió allí, está bien. ¿Y quién fue?

Ni idea, seguramente alguno de sus amigotes de vino, ya sabes cómo van esas cosas Oye, Carmen, ¿te importaría quedarte unos días con la niña hasta que localicemos algún pariente, para evitar que acabe en un centro? Que estos trámites tardan y en nada siempre aparece alguna abuela perdida.

Por supuesto, ni lo dudes Carmen sintió el corazón latirle con fuerza, no sintió remordimiento por los padres de Aurora. Acudió al colmado feliz de poder cuidar a la niña. Ella y Estrella decidieron no contarle nada a Aurora sobre la tragedia, solo le dijeron que su madre había dado permiso para que se quedara unos días con Carmen. La niña no cabía en sí de alegría y preguntó si podía ayudar en la caja.

Desde ese día, Listadito no volvió a aparecer. Aurora lo buscó semanas, repasando cada rincón de basura, pero el plato de su amigo quedó siempre lleno.

Carmen temía el momento en que tuvieran que separarse. Finalmente, se armó de valor e inició los trámites para adoptarla, pero la administración le ponía pegas: soltera, sin pareja, y trabajando turnos de noche. Se sentía acomplejada y volvía a intentarlo una vez tras otra. Pasaron dos meses. Aurora se adaptó: aprendió a hacer tortilla francesa, a leer en voz baja y a dejar la tienda reluciente y ordenada, para darle alegrías a Carmen cuando volvía agotada del trabajo.

Al llegar el primer copo de nieve, el 3 de noviembre, Aurora cumplió ocho años. Soplaron unas velas clavadas en una tarta de miel de la tienda, y se giró hacia Carmen:

Ojalá vivamos juntas siempre y seas mi mamá la abrazó con fuerza.

Yo también sueño con eso, Aurora susurró Carmen, emocionada.

Llamaron a la puerta. No esperaban visita. Al abrir, apareció un joven trajeado.

Buenas tardes, soy del departamento de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid. He recibido los papeles y solicitudes y vengo a conocerlas en persona dijo, tendiendo la mano.

Pase, estábamos con la merienda Carmen lo invitó a la cocina.

¿Le ofrezco un té? Este tiene sabor a frutos tropicales, ¡seguro que no lo ha probado nunca! dijo Aurora, poniéndole la taza delante. Y tarta.

¿Esa es tu tarta? sonrió el hombre.
¡Sí! Hoy cumplo ocho. El año que viene voy al cole de mayores afirmó con seriedad.

Eso está fenomenal. ¿Y cómo te sientes aquí? Cuéntame el hombre sorbía su té, atento.

Muy bien respondió ella alegre.

La charla se alargó entre trozos de tarta y sorbos de té tropical. Aurora y el joven, amablemente, compartían la mesa mientras Carmen observaba la escena, con la mano en la cara y la sonrisa llena de paz.

Bueno, me tengo que marchar, anunció el visitante. Sacó una carpeta gruesa de su maletín.

Carmen María Pérez, con estos papeles deberá ir mañana al juzgado del distrito, hablar con la secretaria y presentar solicitud. Tranquila, le explicarán todo. Es un trámite puro. Y podrá quedarse con Aurora.

¿Quedarme…? Carmen dudó, sin palabras para agradecer. Aurora se colgó de su cuello repitiendo:

¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Gracias… musitó Carmen, conteniendo las lágrimas.

Cuídala mucho le dijo el hombre. Ella se quedó helada al ver sus ojos: de color violeta profundo, llenos de cariño y comprensión, igual que los de ListaditoEsa noche, Aurora se acurrucó junto a Carmen en el sofá, las dos cogidas de la mano y arropadas por una manta de cuadros con olor a hogar. Afuera comenzó a nevar despacio, cubriendo el barrio con una seda blanca y silenciosa. Carmen le besó la frente, y Aurora sintió por primera vez que pertenecía a un lugar, que era esperada y querida, sin miedo ni sobresaltos.

Antes de dormirse, entre sueños dulces y la promesa de los días por venir, Aurora recordó a Listadito. Mirando por la ventana empañada, creyó ver una sombra ágil cruzar la calle, saltando entre copos, los ojos brillando como dos farolitos en la nevada. Aurora sonrió. Sabía que, donde quiera que estuviera, su pequeño amigo la había traído hasta ese instante de felicidad.

Buenas noches, Listadito susurró, cerrando los ojos.

En la cálida tienda, mientras las campanas de la iglesia daban la hora, Aurora sintió que al fin tenía un futuro. Un lugar al que volver y una familia elegida, tejida de cariño, pan y sábanas limpias. Y en algún rincón del barrio, bajo la luz dorada de una farola, un gato atigrado ronroneaba su bendición, velando los sueños de su niña valiente.

Porque a veces, el verdadero hogar es el que construimos con quienes nos salvan y a quienes elegimos amar. Y así, entre tazas de café, trozos de pan y ronroneos lejanos, Aurora, por fin, comenzó a crecer feliz.

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— Katia, ¿irías tú a la tienda a comprar pan? — La mirada perdida de la dama de cuarenta y cinco años ya no lograba fijarse en la silueta delgada de la niña de siete.
Marina ya estaba a punto de acostarse cuando, de repente, alguien llamó a la puerta. Se puso la bata y fue a abrir; su marido, Esteban, la siguió. En el umbral estaba Nicolás, el chico del vecino: —Tío Esteban, ¿puedes venir a casa?—dijo Nicolás—, mi madre quiere hablar contigo. Esteban se vistió y fue a ver a la madre de Nicolás, murmurando por el camino: —¿Qué querrá María de mí? Se sentó junto a su cama y ella le confesó: —No me queda mucho, Esteban, pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba, desconcertado, sin comprender nada. Esteban siempre fue un muchacho atractivo desde joven, aunque solo amó a una mujer en su vida: su esposa Marina. La quiso desde sus años escolares y desde entonces no dejó de quererla. Vivían unidos, criaban a tres hijos: Miguel y Juan, y una niña, Tatiana, la pequeña. Esteban, de buen carácter y manos de oro, era el mejor carpintero de la zona. Trabajaba mucho para mantener a su familia, vestir a los niños, mimar a su esposa. Si algo bonito llegaba a la tienda—ropa, algún pañuelo elegante—siempre lo compraba; o traía perfumes caros de la ciudad. Antes de dormir, Marina se sentaba frente al espejo con su blusa blanca, peinando y trenzando su cabello mientras Esteban la admiraba desde la cama, bajo la luz de la lámpara: era su felicidad. ¿Cómo lo hacía todo? La casa siempre limpia, desayuno, comida y cena listos, el huerto impecable. El trabajo pesado, sí, era suyo, con ayuda de los chicos, que hacían todo lo que su padre ordenaba. A Esteban le gustaban los niños. No los mimaba en exceso, pero les enseñó disciplina y respeto por su madre. Tatiana era aún muy niña, de apenas tres años, igual de ojiazul que Marina. Con ella sí que era imposible no consentirla. Dondequiera que iban, la llevaba sobre los hombros. En casa, nadie osaba hacerle daño. Su felicidad familiar parecía casi vergonzosa. En todas las casas había peleas y quejas; pero en la suya todo era armonía. Hasta que, hace poco, el menor, Juan, discutió fuerte con Nicolás, el chico robusto de la vecina. Marina lloró e hizo compresas frías para Juan… Entonces, Esteban se pasó por el patio de los vecinos. Nicolás, regañado por su madre, estaba triste en el poyete. Al ver a Esteban, se apartó. Daba lástima, y algo se movió en el alma de Esteban, ya fuera compasión por el chico o dolor por su hijo. Su Juan tenía padre y defensor; Nicolás no. Lo acompañó, se sentó y le habló: —No me mires así. ¿Sabes que hiciste mal? —el niño callaba—. Lo sabes, así que tendrás que responder. Reinó el silencio. A Esteban le pudo otra vez la compasión. —Tú, Nicolás, no molestes a mis hijos, ¿entiendes? El chico asintió. Esteban le dio una palmada en el hombro y se fue. Solo notó que su madre, María, lo observaba tras la cortina. Pero, en vez de volver a casa, sus pies lo llevaron al bosque. Ahí afloraron los recuerdos… …Tenían casi dieciocho: él, Marieta y Marina. Recién graduados. El club del pueblo celebró fiesta para las dos escuelas rurales, con limonada y pastelillos, música, baile. Todos arreglados y guapos; la más bella, Marina, con vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y trenza hasta la cintura, mejillas sonrosadas, brillante alumna. Aquella noche, Esteban pensó declararse: llevaba enamorado desde quinto curso y la amaba aún, y pronto se iría a la mili sin confesarlo. Pero no pudo ser. Nadie había reparado antes en que el hijo del director, Vicente, llevaba tiempo interesado en Marina. Él no la soltó en toda la noche, y ella feliz, reía y bailaba valses con él—Esteban nunca aprendió a bailar. A un lado, abatido, y fue entonces cuando Marieta se le acercó y lo invitó a bailar. Él retiró la mano y salió al exterior. Marieta fue tras él. Pasearon así hasta el amanecer. Fueron al río, se sentaron en la orilla; ella se le acercaba, pero él solo pensaba en Marina. Ese otoño, antes del servicio, llegó el rumor de que Marina se casaría con Vicente. Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirlo. Gran mesa, todos invitados. Pero a su lado estaba Marieta, no Marina… Y esa noche, entre cantos y bailes del pueblo, Marieta lo llevó a su casa, cuando él ya estaba alegre… Lo que pasó, apenas lo recordaba después. Volvió al amanecer, bajo las miradas de sus padres, y se fue a la cama. Por el servicio apenas escribió cartas, sólo a sus padres, que le contaron que Marina se casó y Marieta fue a la ciudad a estudiar. Adiós a la juventud. Y ella quedó atrás. Para siempre… Al regresar, Esteban ya era hombre, con pelo corto y barba incipiente. Marina tenía a Miguel, y esperaba otro hijo. La encontró embarazada y triste. —¿Cómo estás, Marina?,—le preguntó temblando. —Bien. Nada de qué quejarme. De sus padres supo que Vicente era un juerguista incorregible: ni trabajaba, ni trataba bien a Marina. Al padre de Vicente lo quitaron de director y ahora enseñaba. No les iba bien… Al nacer Juan la desgracia los golpeó: Vicente se fue alegre al río, y murió allí. Nada lo salvó… Marina, viuda, sufrió su luto. Entonces Esteban pidió su mano: se casaron, con dos hijos de ella. Justo entonces acababa su casa, con ayuda de sus padres, terreno y materiales. Sus manos eran expertas en la construcción. Llevó a Marina y los niños al nuevo hogar, que olía a madera. Poco a poco, se instalaron y criaron a los chicos. Marina le contó que Marieta se casó en la ciudad, tenía un hijo, y venía de visita a sus padres a veces. Y parece que lo presintió: a menos de un mes, Marieta volvió al pueblo para siempre. Su hijo, algo mayor que Miguel. Con el marido no se entendió: se divorciaron. Al principio, Marieta paseaba orgullosa por el pueblo, pero luego la salud empezó a fallarle. La pobre mujer se consumía, y no ocultaba su envidia hacia Marina, que al fin se llevó a Esteban, a quien ella tanto amó. Él la rechazó. Se casó con Marina, con dos hijos, y luego otro más. Ahora los chicos habían crecido, hasta peleaban. Él no quiso hablar con Marieta; ella estaba dolida, sin razón evidente. Nunca cruzaban palabra ni se paraban a hablar. Todo era silencio y desdén. Llegó el invierno con nieve y ventisca. Los chicos ya no peleaban, pero evitaban a Nicolás. El hijo de Marieta se volvió huraño y ansioso. Entonces se supo que Marieta estaba grave. Una noche, ya entrada la hora, Marina iba a dormir cuando sonó la cancela y llamaron a la puerta. Marina, sorprendida, se puso el batín y fue a abrir; Esteban la acompañó. En el umbral estaba Nicolás. —Tío Esteban, ven a casa. Mi madre quiere contarte algo,—dijo, apesadumbrado. Marina lo invitó a pasar. Esteban se vistió y fue con Marieta. —¿Para qué me llama?—refunfuñaba. Marieta, agonizante, lo recibió sentada entre almohadas. Se sentó junto a ella. —No me queda mucho, Esteban,—dijo por fin—. Pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba perplejo. —Te voy a pedir algo,—continuó Marieta—. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas aquella noche, después de la despedida para la mili? Pues bien. Nicolás es tu hijo. Mi marido lo supo y me aceptó embarazada como esposa. Por eso no nos entendíamos… Al decirlo, lloró en silencio… …Esteban volvió a casa confuso, dolorido y triste. Aquella noche medio olvidada, y toda la vida rota de la pobre Marieta… No tardaron en enterrarla, todo el pueblo acudió. Tras el funeral, Esteban tomó a Nicolás de la mano y lo llevó a casa. —Nicolás vivirá con nosotros,—anunció, y Marina se sentó en el taburete, brazos cruzados. No explicó nada. Sólo dijo que Marieta le pidió no enviarlo al orfanato. Se perdería allí. Nosotros lo criaremos bien… Hicieron todo como mandan las normas. Así vivieron, gran familia. Tatiana tenía tres hermanos que la cuidaban. El padre trabajaba, Marina se ocupaba de la casa, y los chicos, tras el colegio, hacían todas las tareas domésticas. Esteban asumió que era su hijo, y hasta se le parecía si se miraba bien. En aquella época ni se oía de pruebas y comprobaciones. Ni le importaban… No habría dejado solo al chico, fuera suyo o no…