Los vecinillos.

Vecinillas.

Saturia dejó el cubo en tierra y se secó las manos en su falda larga y colorida, la que siempre lleva cuando va de faena. Sus nervios hacían quiebros como anguilas entre los dedos.

¿Y dónde demonios se ha metido ahora Encarnita? murmuró entredientes. Mi vecina sinvergüenza, perezosa, inútil. Ayer bien le dije que las malas hierbas del huerto de ella se me están colando al mío, y ni caso. Por lo visto, las malas hierbas oyen mejor que Encarnita.

Saturia caminaba por el corral, pisando el polvo, los ojos clavados tras la valla con duende vigilante. El cerdo chillaba en el corralón, en la cocina reinaban ollas y tareas sin fin, y las palabras afiladas se le escapaban de la boca antes de pensar. Todo por la cabeza hueca de su vecina, que no da palo al agua y duerme hasta las tantas, seguro, soñando con aceitunas y barro.

Por fin divisó la silueta larguirucha de Encarnita, esa mujer más alta que una vara de olivo, enfundada en su batín perpetuamente sucio. Menuda rabia había ido amasando Saturia, esperando ver aparecer a su rival.

No se privó ni un segundo y empezó su arenga sabida de memoria, bien alta para que escuchase todo el caserío:

¡Si eres tan vaga, Encarnación, contrata a alguien para desbrozar la huerta! ¡Te avisé ayer, que tu maldita grama se me mete en mis ajos!

Encarnita contestó sin dignarse mirarla, con la voz pegajosa como el orujo, levantando apenas el mentón hacia la cancela:

Pues si te molesta, contrata tú. O ven tú misma y arráncala. Si total, la puerta está abierta.

Y se metió a tirar un cubo de agua sucia al campo, quedándose su voz colgando como un monigote de carnaval.

Saturia abrió la boca, redonda de asombro y rabia. Temblaba. Pero tenía que esperar el regreso de la víbora para atizarle la réplica.

Cruzó la mirada con el palizón del otro lado, pensando seguro que la vieja Justina se chupa toda la bronca. Luego irá al bar y lo contará:

Ay Encarnita, qué repaso le dio a Saturia…

Había que salvar el honor, pero la otra parecía clavada en el huerto como un espantapájaros.

En Borrajuelos, el pueblo, las mujeres sabían pelear con la lengua afilada. De ahí el nombre del sitio, decían, pues donde hay campo hay pleitos. Había sus raras que nunca chillaban, tan sosas que de ellas nadie hablaba: ahí estaba Adora la callada, que por no protestar ni la recordaban en misa. Y de las ilustres como Saturia, se decía siempre: ¡Esa es fuego puro! No se le sube nadie a las barbas.

Ningún día pasaba sin un rifirrafe, una chispa en cualquier esquina: el mercado, la iglesia, la era, el círculo de costura, y en la cola del camión de pescado, ni hablar. El cansancio, aunque fuerte, no podía apartarlas de la contienda sabrosa.

Las peleas se relataban con pelos y señales, palabra por palabra, de cocina en cocina, mientras se pelaban patatas o se fregaba el suelo. Y entonces ella, y la otra va y le dice….

Una vez, Saturia, en pleno mercado de Colmenar, casi le parte la cara a Mariluz la de los Torneros. Qué bronca. Todo el pueblo en vilo, como si dieran una función en el teatro; allí se juntaron todos, del alcalde al tendero. Cada una quería ser la estrella principal, entre insultos, chascarrillos y referencias, incluso se sacaban los trapos familiares entre los dientes.

Pero la pelea, aunque feroz, se iba apagando como trueno de tormenta de agosto.

¡Eres más mala que el demonio! ¡Ni las campanas te llorarán! escupía una.

Antes de morir me orino en tu sepultura, víbora, ¡eso seguro! respondía la otra, y tan tranquilas.

Con Encarnita llevaba Saturia años en esa guerra de la frontera. Hablaban pestes una de otra, levaban chascarrillos al mercado, y ni se inmutaban. Bah, que diga lo que quiera esa boba, se decían. Pero la chispa siempre prendía.

Por fin, esa tarde, Encarnita apareció por detrás del corral; Saturia estaba ya al acecho.

Tienes que estar más seca que una pasa para ni quitar las malas hierbas. ¿Qué haces, hija? ¿Blanqueando el cobertizo? ¿O los nietos te tienen atada?

Yo he criado bien a mi hija: los nietos, a su madre soltó Encarnita, muy campante.

Oh, proverbio del campo: Donde no llega el demonio, manda una mujer. Esa pulla resonó en Saturia. Sus nietos siempre estaban pululando por casa.

Eso será porque tu hija sabe que aquí salen los críos roñaos y esmirriados. Ni el perro te confiaría…

Yo no les cuido como joyas, ni me rompí la espalda criando blandengues…

Y era cierto: hace poco, Saturia le ató el cordón al nieto, que ni agradeció el gesto porque mascaba una manzana.

Encarnita, ojo avizor, no olvidó el detalle.

En mi casa, el paraíso para los críos. Por eso vienen, no como otros…

Vienen porque no tienen a dónde ir; y mejor vigila a tus gallinas, que se cuelan a mi patio. La próxima vez las guiso, ¿eh?

Tira, tira; échales caldo, a ver si se te mejora el pellejo y consigues atiborrar al marido.

La cabeza les corto si las pillo.

¿Y qué van a picotear, si en tu jardín ni la hierba asoma? Si acaso, que pastoreen un poco, y los huevos son para ti…

¡Que no quiero ver tus huevos ni en pintura!

Salieron a curiosear los maridos, Severiano y Román. Se sentaron en la banqueta de siempre, justo en el linde.

Mira cómo se atizan, joder, comentó Severiano.

Dios creó tres males: la mujer, el demonio y el chivo dijo el otro, ofreciendo tabaco.

Mientras la gresca seguía, comentaban sobre la fábrica, el bosque, el nuevo jefe, y escuchaban de reojo las voces de las esposas.

En fin, si nos tiran más días libres, así se nos revolucionan más las santas.

¿Y si les decimos que paren? sugirió Román con desgana.

¡Tú estás loco! Mejor darle caña a un mastín que a estas fieras.

Volvieron al tabaco. Ellos sabían cuándo era hora de entrar y calmar el ambiente: en cuanto las fuerzas de sus mujeres se agotaban, la paz llegaba.

Como en un extraño rito, la discusión marcaba el arranque de la jornada: después de una bronca, cada una redoblaba el paso en sus quehaceres, como queriendo probar quién era verdaderamente la dueña.

Saturia luego continuaba refunfuñando por casa, encendida, mientras se movía a toda prisa, barriendo, cocinando, arreglando. Encarnita prefería el silencio agrio, colorada y mohína, pero también se esmeraba delante del marido, demostrándole que Saturia sólo exageraba.

No te calentes, Encarnita, susurraba Severiano.

¿Yo? ¿Caso a las tontas? Que atienda lo suyo, yo lo mío.

Pero Severiano sentía la rabia acumulada. ¿Por qué no podían convivir en paz? Encarnita, traída al pueblo desde Torreguijo, era más despistada, a años luz del mando doméstico de Saturia, que siempre tenía la ropa blanqueada, las sábanas tiesas, la casa reluciente. Encarnita no corría tanto: cuidaba su niña, le leía cuentos sobre la colcha, no se partía la espalda ante el barreño.

A los hijos de Saturia no les fue bien en la escuela, y así fueron creciendo las rencillas. Los niños, sin embargo, seguían tan amigos. Los maridos, también. Las casas una junto a la otra, los problemas y alegrías compartidas. No había mejor manía que la del vecino cercano.

Encarnita tenía una hija, que estudió y al final se marchó a la ciudad. Los hijos de Saturia seguían por el pueblo o los alrededores. ¡Con lo fácil que sería llevarse bien! Pero el tiempo libre trajo más excusas para pelearse.

Ya era voz pública en Borrajuelos: las enemigas de renombre, Saturia y Encarnita, andaban siempre midiéndose. Si no era por huertos, eran los olivos, si no, el ganado, si no, la cuestión de la vieja banqueta compartida en mitad de las dos casas. Hasta el perro vetusto, Leoncio, que repartía su tiempo entre los patios de ambas, se mudó con el solitario Eusebio para no aguantar tanta disputa.

*

Entonces, el desastre entró en casa de Encarnita. Un día dejó de salir al patio. Saturia esperaba, miraba, mascullaba que la otra se había vuelto rematadamente gandula y todo lo endosaba al marido. Se relamía pensando en el huerto vecino abandonado y la grama lista para invadir su campo.

Pero corrió la noticia: Encarnita a la capital, ingresada. Trajín, la hija iban y venían con gesto mustio, ojo mojado.

No había que preguntar nada: el pueblo es pequeño, todo se sabe.

Dicen que la traen de vuelta, rumoraban en la tienda. Ha sido operada, y mal asunto. Cáncer, dicen.

Encarnita volvió débil, casi azul. La hija arregló que la viniese a cuidar Benita, una mujer menesterosa por unas monedas, para cubrir los huecos cuando Severiano estaba en la fábrica.

El marido, apocado, casi ni hablaba. Sólo a veces compartía banco y silencio con Román.

¿Cómo va la cosa? preguntaba Román a Severiano.

¿Cómo va a ir? y daba una larga calada, un suspiro.

Bueno, aquí estamos. Si hace falta algo, dilo.

Qué va. Además, tu mujer que coja fresas, que ahí han crecido entre la maleza.

No las cogerá. Bien sabes cómo son ellas.

Entonces dile a Benita. Al menos que se aproveche de algo, que a mí se me pudren.

Román se acordó al detalle, justo cuando Saturia hacía mermelada. Le comentó la oferta, preparándose ya para la andanada de reproches.

Pero Saturia no abrió la boca. Revolvía el dulce con el cucharón y no miró atrás. Román cambió de tema.

Días después, Saturia le hizo preparar una bolsa enorme para llevar a los vecinos:

¿Esto qué es?

Tres tarros de mermelada, bien envueltos en papel de periódico.

¿Que has cogido sus fresas?

Eso hice. Y arranqué la maleza también. Dos días de trabajo me llevó; tenía eso hecho una selva. Mira cómo tengo las manos.

Román empezó a replicar, pero mejor se calló. Cargó la bolsa y fue.

Benita charlaba sobre los males de la sanidad y de la vida, sin parar. Román asomó la cabeza en la habitación: Encarnita, con una palidez de marfil, lo invitó a pasar.

Buenas, Encarnita. Mira, Saturia te manda la mermelada, y que le arrancó la grama y todo.

Gracias. Siempre le sale rica la mermelada.

¿Te falta algo?

Aquí lo tengo todo. Severiano compra lo esencial… Si Saturia ha recogido la fresa, que quite la chapa, que entren las gallinas de ustedes. Mi huerto, mira, abandonado ya…

Ya, pero esto apenas…

Encarnita suspiró, dándose la vuelta.

No guardes rencor, Román. Esas peleas…

¡Por Dios! Que han sido cosas de vosotras, mi Encarnita…

Se fue con el alma plomo. Peor enfermo uno en casa que uno mismo.

Esa noche, le contó todo a su mujer. Saturia callaba mientras, de espaldas, seguía removiendo la olla. A Román le dolía que ni así mostrase ternura por la desgracia ajena.

Dice que tu mermelada, siempre la mejor.

Ella se detuvo un segundo. Después, siguió con el trajín.

Al día siguiente, Saturia preparó una olla de cocido, una empanada y una botella de vino dulce. Compuso el hatillo y, tras sentarse un rato en la puerta, se encaminó sin más a la casa de Encarnita.

No encontró a nadie en la entrada.

Benita, ¡Benita! llamó.

¿Quién anda ahí? voz apagada dentro.

Soy yo, Saturia. Traigo cocido y vino. ¿Dónde está Benita?

Encarnita estaba sentada en la cama, las piernas flacas y desnudas, la camisa bajada, los huesos saliendo del escote. Saturia miró a la cortina, sin atreverse a fijar la mirada.

Ha ido por leche a casa de los Mirones. Ya volverá.

Vale. Te dejo esto aquí. Que aproveche y recupérate.

Al ver los tarros de mermelada aún en el suelo, Saturia bufó.

Pero ¿por qué sigues aquí los tarros, mujer? ¡Te los bajo yo al sótano!

Sin esperar réplica, los agarró y bajó a la despensa. El suelo era arena pura: Benita, ni barrer. Saturia ya la tenía cruzada.

Saturia, un poco de vino, que ando sedienta…

No faltaba más.

En cuanto metió las narices en la casa, vio claro que Benita no era nada de fiar para atender a nadie. Saturia, a partir de ese día, tomó el mando: limpió, ordenó, cocinó para todos, y vigiló las medicinas.

Se los contó a las mujeres del pueblo:

Pues hoy Encarnita se ha metido dos platos de cocido, ¡buenísimo, oye! El médico dice que ya puede cerdo y todo. Se levanta, ya lo veréis.

Encarnita apenas tenía fuerzas. Saturia le exigía ejercicios, comida, limpieza, pero cuando le salían las lágrimas, Saturia aflojaba.

¡Venga, mujer! No llores tú ahora. Dos cucharadas más y sanas.

Hasta Severiano notó que la tristeza verde de la casa se iba desvaneciendo. Saturia, con su genio, trajo vitalidad, esperanza, charla, y hasta broncas renovadas. Él mismo apañó el patio, arrancó broza, y cada día se sentía menos muerto.

¿Cómo aguantas a la tuya? le preguntaba Román.

Ah, donde no llega el demonio, entra Saturia.

Encarnita mejoró. Arrastraba los pies, pero ya conversaba, se vestía sola. El médico confirmó el avance. Y la esperanza, un bichito coleando, les asomaba en los ojos.

Hoy paseamos anunció Saturia, sacando una chaqueta de ganchillo.

Que yo no salgo, que hago el ridículo.

Pero Saturia ordenó que la sentaran en la banqueta limítrofe, bien agarrada por los hombres. Había satisfacción en airear la recuperación de Encarnita, un triunfo frente al pueblo que ya la creía difunta.

Sentadas las dos, compartían los rayos oblicuos del atardecer.

He pensado mucho estos días, Encarnita dijo Saturia. Fíjate. Nos matamos en broncas y, al final, ¿qué? Las casas juntas, los hijos criados, los maridos compañeros. Aquí seguiremos, tú y yo, las tardes en la banqueta.

La puso mi suegro, justo entre medias, dijo Encarnita, ajustándose el chal.

¡Sí hombre! Mi padre la talló, y la puso con sus manos.

Que no, que la pagó mi suegro, y ya está.

Tira, mujer, si la vi con estos ojos montar. ¡Mentira!

La banca era de los míos; te lo repito.

Y enseguida, la bronca creció como espuma de mar.

¿Y qué sería del pueblo sin esas peleas de banca?

Detrás del cobertizo, Severiano y Román, fumaban en silencio.

Román rio flojito, y luego, secándose una lágrima, dijo:

Cómo se nota que Encarnita se mejora…

Vuelve a ser como antes, susurró Severiano, y dio otra calada.

La trifulca se encendía y apagaba. El perro viejo, Leoncio, pasó, se detuvo, y eligió la banqueta como antes, tumbándose ante ellas, cabeza rendida.

Al caer el sol, el viento trajo frescura y un halo de extrañeza. El cielo de Castilla, repujado por nubarrones de bronce, miraba en silencio los hondos pensamientos de dos mujeres que, entre sillas y desafueros, descubrieron su destino compartido.

Rayos dorados acariciaban los perfiles de esas dos vidas sentadas, inseparables.

Sobre la banca, la suerte de ambas quedó unida para siempre.

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Los vecinillos.
Descubrí que mi exmarido me estaba siendo infiel porque de repente empezó a barrer la calle. Suena absurdo, pero fue exactamente así. Él era electricista y trabajaba desde casa. Tenía el taller en el garaje y pasaba el día entre cables, herramientas y clientes. Nunca había sido hombre de tareas domésticas. No era por otra cosa, simplemente no le gustaba. Cuando tenía tiempo libre, prefería descansar: ver la tele, tomar una caña con amigos o encender la barbacoa. Era una persona tranquila, nada fiestero ni agresivo, y jamás alguien capaz de despertar sospechas con facilidad. Nuestra calle era de tierra: ancha y flanqueada por árboles grandes. Siempre estaba llena de hojas, polvo y barro. Barrer era casi una tarea diaria. Normalmente lo hacía yo a primera hora, mientras preparaba el desayuno. Hasta que, de pronto, se mudó a la casa de al lado una nueva vecina. Nada fuera de lo común: esa casa siempre estaba en alquiler y la gente cambiaba a menudo. Pasaron algunos meses desde que ella llegó y él empezó a decirme: “No, hoy ya barro yo, tú no te preocupes.” Al principio me pareció un detalle. Aprovechaba el tiempo para hacer otras cosas: lavar los platos, limpiar el baño, ordenar la casa. No le vigilaba, no tenía motivos. Pero empezó a hacerlo cada día. Y no solo eso: siempre a la misma hora. A las 7 en punto de la mañana. Ni antes ni después. Empecé a notarlo porque, hasta entonces, él nunca seguía horarios fijos salvo para el trabajo. Un día, por pura curiosidad, miré por la ventana. Y le vi. De pie, con la escoba en la mano, sin barrer. Charlando. Sonriendo. Y delante de él, la vecina. “Casualidad”, pensé. Pero al día siguiente se repitió. Y al siguiente. Siempre que él salía, ella estaba fuera. Como si se hubieran citado. Empecé a observarles más. No era solo por la mañana. Un sábado, él dijo que salía a tomar algo con unos amigos. Lo normal. Al abrir la puerta, noté algo raro. Miré por la ventana y vi cómo la vecina salía justo entonces. Ella gritó: “¡Hola, vecino! ¡Qué pases buena noche!” Él le contestó con total naturalidad. Y ella añadió: “¡Vaya coincidencia, yo también voy por allí!” Y se marcharon juntos. Al fin de semana siguiente dijo que iba a jugar al fútbol, algo que apenas hacía. Salió y, minutos después, la vecina salió también, hablando por el móvil y siguiendo su misma dirección. No tenía pruebas. No había mensajes, ni fotos. Nada. Solo pautas. Horarios. Coincidencias que ya no lo eran. Un día me planté. No pregunté, fui directa: “Lo sé, estás con la vecina.” Se quedó sorprendido. Al principio lo negó, pero le dije: “Os he visto. Todos los días. No me mientas.” Se calló. Bajó la cabeza. Y dijo: “Sí. Estoy con ella. Me he enamorado.” Le grité que se fuera de la casa. No teníamos hijos y no había nada más que debatir. Y lo más irónico vino después: él se mudó justo a la casa de al lado, con ella. No aguantaron mucho tiempo allí. Quizá dos meses. Después se marcharon. Nadie supo muy bien qué pasó. Se fueron de la ciudad y nunca más supe de ellos. Los vecinos hablaban, la familia también, pero yo no quise saber nada más.