Nuestro hijo único nos ha dejado atónitos al anunciar que quiere casarse ¡y eso que solo tiene 22 años! Pero mi marido y yo decidimos no oponernos, ya que nosotros también nos casamos muy jóvenes: él acababa de cumplir 22 y yo apenas tenía 19. Así es la vida. Además, la novia nos caía bien: Lucía estudiaba con nuestro hijo en la misma facultad de la Universidad Complutense de Madrid. Cuando comprendimos que la decisión estaba tomada, empezamos a preparar la celebración. Pensamos que, siendo Víctor nuestro único hijo, merecía una buena boda.
Como manda la tradición, fuimos mi marido y yo a visitar a los padres de Lucía, nuestra futura nuera. En realidad no sabíamos mucho de la chica, solo la habíamos visto algunas veces acompañando a nuestro hijo. Nos contó que vivía con su madre en una pequeña localidad de la Sierra de Guadarrama, cerca de Madrid. Así que nos desplazamos hasta allí para formalizar el compromiso. Por supuesto, avisamos con antelación a la que sería nuestra futura consuegra.
Mi marido compró un ramo de flores y yo preparé una tarta casera; partimos rumbo a conocer a la familia, por así decirlo. Al llegar, lo primero que nos sorprendió fue el patio tan limpio y cuidado.
La casa, aunque antigua, también estaba impecable y muy ordenada. Nos recibió en la puerta nuestra futura consuegra, Carmen. Nos cayó bien desde el primer momento: atractiva, amable y simpática. Carmen nos invitó a pasar y puso la mesa con esmero. Todo estaba delicioso, se notaba que lo había preparado con cariño. Pasamos una tarde estupenda; Carmen demostró ser una mujer encantadora, pero del tema de la boda no logramos avanzar mucho. Carmen nos explicó enseguida que no podía aportar dinero para la celebración. Al escuchar eso, notamos enseguida la incomodidad de Lucía. Nuestro hijo también se quedó desanimado, pues quería la boda no tanto para él como porque sabía cuánto la ilusionaba a Lucía. Decidimos entonces que nosotros asumiríamos el coste, y que la vida ya traería lo demás.
Dijimos a Carmen que invitase a las personas más importantes de su entorno, que la gente no vendría con las manos vacías; lo que dieran en sobres ayudaría a pagar el cubierto de sus mesas en el restaurante. Carmen dudaba si aceptar nuestra propuesta, pero al final la convencimos de que lo importante era apoyar a los jóvenes.
El miércoles anterior a la boda llamaron a nuestra puerta. Era Carmen. Nos extrañó su visita inesperada, la invitamos a tomar un té. Carmen estuvo un rato sin saber cómo empezar, hasta que, finalmente, sacó de su bolso un sobre blanco lleno de billetes de euro. Resultó que se sentía tan incómoda por nuestra generosidad que fue al banco y pidió un crédito para poder aportar algo. Le rogamos que devolviera ese dinero al banco, pues cuando visitamos su casa vimos lo humildemente que vivían ella y su hija, no queríamos que se endeudara por la boda. Pero Carmen fue tajante: ya lo había decidido.
La boda fue maravillosa y los chicos quedaron encantados. Durante la celebración, Carmen nos sorprendió aún más; no solo es una mujer sensata, sino también muy guapa. Tiene 45 años, lleva mucho tiempo divorciada y crio sola a su hija. En la boda la vimos transformada: el peinado, el maquillaje y el vestido la hicieron brillar. No solo lo notamos nosotros: también mi cuñado, Javier, que estaba entre los invitados. Javier tiene 46 años, también divorciado, y lleva una década trabajando en Barcelona. Ese día había venido solo para la boda de su sobrino. Se pasó toda la noche observando a Carmen y, después de la fiesta, nos dijo que se quedaría unos días más en la Sierra de Guadarrama. Pronto entendimos el porqué Al domingo siguiente, volvimos al pueblo, pero esta vez para pedir la mano de Carmen. A Javier y Carmen les fue muy bien y se casaron; tras algunos meses, Javier se llevó a Carmen con él a Barcelona. Así, mi consuegra se convirtió también en mi cuñada. Carmen es una mujer maravillosa y, sin duda, se merece toda la felicidad del mundo.






