«Me voy con una jovencita», anunció el abuelo de 65 años mientras hacía la maleta; una hora después volvió entre lágrimas.

Que me voy con una jovencita soltó el abuelo, con 65 años a sus espaldas, mientras rebuscaba en el armario para meter el batín a cuadros en la maleta. Lo dijo con esa voz de quien anuncia que va a embarcarse en un viaje a la Luna o a descubrir un nuevo continente. Alto, dramático, esperando una reacción que hiciera temblar la casa.

Pero ni trueno, ni relámpago. Nada. Ni siquiera una ceja levantada.

Su mujer, Pilar Rodríguez, estaba en la tabla de planchar, pasando con calma la plancha por la camisa de los domingos, la de él. El vapor silbaba, llenando el piso de su familiar aroma.

Te he escuchado, Julio le contestó ella con todo el aplomo, sin apartar la vista . ¿Te has llevado los calzoncillos largos? Que estamos en noviembre y tu “jovencita” no va a preocuparse de que no cojas frío en los riñones.

Se le congeló la mano en el aire, con ese calcetín de lana apretado como si fuera su última esperanza. Esperaba cualquier cosa: el estrépito de los platos, un ataque de ansiedad, lágrimas, gritos, “que vengan los niños” Cualquier cosa salvo esa frase tan rutinaria sobre la ropa interior.

¿Pero qué tendrán que ver los calzoncillos, Pilar? chilló, con la cara encendida . ¡Te estoy hablando de amor! ¡De nueva vida! ¡De un renacimiento!

Al final, a base de empujar con todo el cuerpo, logró cerrar la maleta. Chirrió, como sus propias rodillas.

¡Y tú por ahí, a lo prosaico! suspiró resignado . ¡Eres tan terrenal, tan aburrida! Y allí, en cambio ¡Allí hay pasión! ¡Energía!

¿Y esa energía tiene nombre, o sólo la tienes guardada en el móvil como Conejita? preguntó Pilar, colgando la camisa en una percha y tendiéndosela.

Se llama Carla se irguió él, hinchando el pecho . Y no es una mujer cualquiera, es mi musa.

Pilar puso la misma cara que quien escucha hablar de poesía a alguien que no lee más que las esquelas.

Es un nombre bonito. ¿Y cuántos años tiene tu musa?

¡Veintiocho! disparó él, con mirada de desafío.

Pilar dejó la plancha, lo miró largo y tendido como si evaluara la puerta del armario favorita de toda la vida, que de repente chirría y se descuelga.

Julio, tienes sesenta y cinco. Se te resienten las lumbares si te demoras en el baño y te han puesto dieta blanda por el hígado.

Suspiró y añadió:

¿Y qué vas a hacer con una Carla de veintiocho? ¿Recitarle poemas?

Eso no es asunto tuyo se defendió, agarrando la maleta . ¡Vamos a viajar, a pasear bajo la luna! ¡A disfrutar de la vida! ¡Todavía tengo mecha, mujer!

Intentó levantar la maleta de un tirón, pero casi se le sale la espalda. Apretó los dientes: no iba a mostrar debilidad No delante de la ex. Porque ahora ya era casi ex.

No te olvides las pastillas de la tensión, don Juan le soltó Pilar, volviendo a la faena . Están en el cajón de arriba, y la pomada para el lumbago en el segundo.

¡No necesito medicinas! mintió espantosamente, con el corazón saltándole en la garganta . Con ella me siento como de treinta. Adiós, Pilar. Te dejo el piso, que soy generoso.

Vaya sacrificio respondió ella, impasible . Deja las llaves en la entrada. Y ya que sales, llevas la basura.

Eso lo remató. Ni escenas, ni súplicas. Solo lleva la basura.

Cogió la bolsa y, con el mentón bien alto, salió por la puerta; ésta no se cerró con un portazo, sólo el frío clic de la cerradura.

Ahí estaba, en el portal, oliendo a humedad y a la tortilla de patatas de la vecina. La maleta le pesaba una barbaridad, la espalda ya ni te cuento; en el bolsillo vibraba el móvil. Era Carla. Seguro.

Llamó al ascensor, y revisó el mensaje mientras esperaba, el corazón latiendo a mil: Cielo, ¿tardas? He reservado sitio para cenar. Por cierto, tengo un problemilla

El texto: Cariño, necesito que me pases 500 euros enseguida para mi madre, que tiene que comprar medicinas y tengo el límite de la tarjeta a tope. ¡Cuando llegues te lo doy, te lo juro!

Bueno 500 euros. Qué raro. Ayer fueron 300 para el taxi. Antes de ayer, 200 para la fibra. Y la semana pasada, 1000 para un curso de creatividad.

Entró en el ascensor, espejo de por medio: ahí estaba, un señor mayor con boina, cara colorada y expresión de primo lejano. Y la frase Me voy con una jovencita ya no sonaba tan épica.

En la calle, chispeaba y el viento arrancaba las últimas hojas. Arrastró la maleta hasta la parada del bus. Carla vivía en un bloque moderno al otro lado de Madrid.

Sentado en el banco mojado, los dedos congelados, trató de hacer la transferencia bancaria. Tenía 480 euros en la cuenta. La pensión llegaba la semana siguiente.

Mierda masculló.

Escribió: Carla, cielo, no me llega la cuenta. Te llevo el dinero en mano cuando llegue, que tengo guardado en casa.

La respuesta llegó en segundos: emoticono poniendo los ojos en blanco, y luego: Julito, de verdad, ¿me vas a hacer esto? ¡Pídeselo a alguien! ¡Si me quieres de verdad, búscate la vida!

Julito. Ni Julio, ni querido. Julito. Como el gato del vecino.

Una sensación incómoda le cruzó el pecho. No era amor. Más bien todo lo contrario.

Le vino a la cabeza que nunca había hecho una videollamada con Carla. Siempre era la cámara está rota, el wifi fatal. Eso sí, las fotos del perfil, de modelo en Instagram.

Intentó llamarla, sólo por oír su voz. Largos tonos y nada. Mensaje: No puedo hablar, estoy llorando.

Allí estaba Julio González, en la parada, abrazando la maleta, con los coches dejándolo perdido de salpicones.

Se calaba hasta el alma, y la ropa no abrigaba lo suficiente. Le dolía hasta el último hueso.

Carla murmuró, probando el nombre. Sabía a plástico.

Vibró el teléfono: ¿Has hecho la transferencia? Si no, no vengas. No quiero a un hombre que no puede resolver un problemita de nada.

Miró la pantalla. Las letras se emborronaban.

Pensó en Pilar. Cómo le había puesto la pomada, en silencio, la noche anterior. Cómo cocinaba esas albóndigas al vapor, que odiaba pero comía porque el hígado es el que manda.

Cómo siempre sabía dónde estaban los calcetines, incluso mejor que él propio.

Yo no necesito un hombre

Imaginó el salón de Carla, ese olor raro, ese sofá desconocido, las reglas nuevas. Tener que estar siempre a la altura. Pagar, pagar y pagar. Todo para sentirse joven.

¿Y si en medio de una lumbalgia, iba a ser ella quien le echara la crema? ¿O le diría qué asco y se largaba al móvil?

Se levantó despacio, las rodillas crujiendo. Vio llegar el autobús, el que iba hacia los pisos de Carla, pero ni se movió del sitio.

Se marchó el bus, escupiéndole el humo a la cara.

Un rato mirando la calzada, luego se giró, cogió la maleta birriosa y desanduvo el camino a casa.

Subió escaleras como quien remonta el Himalaya: no funcionaba el ascensor, cómo no. Pisando fuerte. Cada planta una pausa, resoplando, sudoroso.

Llegó a la puerta de su casa, aparcó la maleta, y tocó el timbre. Silencio. Otra vez. Más fuerte.

¡Pilar! gimió . ¡Pilar, ábreme!

Se oyó la cerradura y ahí estaba ella. Tranquila, con el batín, como si nada.

Él, chorreadísimo, la boina hecha un guiñapo, las lágrimas de pura rabia saliéndole a borbotones.

No podía contarle la verdad. Decirle que Carla sólo quería el dinero, que le había visto el plumero. Qué vergüenza, por dios.

Pilar lo miró, luego a la maleta. Suspiró.

¿Tiraste la basura?

Se asomó a la mano libre. Nada. La había dejado en el banco de la parada.

Se me olvidó masculló cabizbajo.

Pilar negó suavemente y le dejó paso.

Pasa, Romeo. Que se enfría el té. Y lávate las manos, que estás hecho un cuadro.

Entró en la entrada, con ese olor a sábanas limpias y a medicamentos que era lo más parecido a sentirse en casa.

Se quitó los zapatos, se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo: un viejo cansado.

Cuando llegó a la cocina, Pilar ya le ponía el té en esa taza enorme que sólo él usaba. Albóndigas en el plato.

Pilar Perdóname. He sido un imbécil. Una pájara.

Come le atajó ella de espaldas . Se enfría.

En serio. ¿Una Carla? ¿Una musa? Sin ti no sé ni dónde guardo los papeles del seguro.

En la carpeta marrón, cajón de arriba respondió, sentándose delante . Julio, sólo te pido que no montes de nuevo este numerito. Has vuelto, lo demás me da igual.

Masticó la albóndiga, que de pronto le sabía a gloria bendita.

Por cierto, esa Carla resultó un fiasco. Fuma como un camionero y suelta cada palabrota

Pilar le observó por encima de las gafas, con una chispa en los ojos.

Qué horror dijo seria . Para un romántico, intolerable.

Pues sí, le largué: Señorita, su lenguaje no casa con su imagen. Y ella En fin, que era vacío puro.

Mejor que te dieras cuenta en la parada y no en el registro, Julio.

Se levantó, sacó el tubo de Voltaren y se lo dejó en la mesa.

¿Te ha hecho pupa la espalda con la maleta?

Un poco.

Quítate la camisa. Te echo pomada.

Él, con quejidos, se quitó la camisa y sintió aquellas manos callosas y seguras en la espalda.

Picaba, pero a gusto.

Pilar murmuró.

Sí.

¿Tú sabías que volvería?

Por supuesto.

¿Por qué?

Pilar le pegó un golpecito en el hombro bueno.

Porque en la maleta no llevabas ni calzoncillos ni calcetines, ni tus medicinas.

Sonrió apenas por las comisuras.

Lo único que conseguiste fue meter el batín ¡y mi abrigo de visón viejo! Que llevo semanas diciéndote que lo bajes a la tintorería.

Julio se quedó de piedra.

¿El abrigo?

Sí, el abrigo. Sin gafas no ves un pimiento, anda.

Pausa, para digerir la escena: y él yéndose a una nueva vida con la manta y el abrigo de la mujer.

De pronto empezó a soltar una risilla tonta, que fue a más, y a más. Pilar le miró, y casi sonríe también.

Eres un caso perdido suspiró . Anda, termina la albóndiga. Mañana vamos a la casa del pueblo a bajar los botes al sótano. Eso sí que es hacer ejercicio.

Iremos, Pilar. Claro que iremos asintió él, secándose las lágrimas de risa.

Le vibró el móvil de nuevo: Carla: ¿Dónde estás?? ¡Mi madre se muere! ¡Mándame aunque sea cien euros!

Pulsó bloquear. Luego, eliminar chat. Lo dejó boca abajo en la mesa.

Pilar, ¿y si este año pasamos de los botes? ¿Y si hacemos un asado en el jardín? Te prometo que lo preparo yo, con cebolla como a ti te gusta.

Pilar alzó las cejas. Hacía diez años que Julio no tocaba la barbacoa.

¿Un asado? ¿Y el hígado?

Que le den al hígado soltó . Una vez en la vida.

La agarró de la mano esa, dura por los lavados y el trabajo y se la besó, torpemente.

Gracias por abrirme, Pilar.

Ella apartó la mano, pero sin brusquedad.

Come, don Juan. Que se enfría del todo.

Fuera, el chaparrón arreciaba, las ramas chocaban en la ventana, pero en la cocina había tibieza y luz. En la silla colgaba la camisa de los domingos, olía a pomada y a té.

Y ese era el mejor perfume del mundo.

Julio miró a su mujer, pensando que veintiocho años estarían muy bien pero nadie sabría mejor que él puede meter tu abrigo por error en una maleta y, aun así, te deja volver a casa.

Pilar.

¿Qué?

Lo del abrigo. Mañana sí lo llevo a la tintorería. De verdad.

Llévalo accedió ella . Pero antes deshaz esa maleta. Y saca la manta, que me estoy quedando helada.

Julio asintió y le hincó el diente a la albóndiga como si fuera caviar.

La vida seguía, oye, y tampoco era tan mala.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

12 − 4 =

«Me voy con una jovencita», anunció el abuelo de 65 años mientras hacía la maleta; una hora después volvió entre lágrimas.
¡Hijo, no quiero que te divorcies por mi culpa! ¡Llévame a una residencia de mayores!