Después de cuatro meses de mensajes, al fin acepté quedar con un caballero de cincuenta y dos años y empezó la conversación con cinco reproches.
Ya sabes lo que dicen: a veces la ilusión antes de una cita es más dulce que el propio encuentro. En la historia de Lucía, la espera se alargó casi cuatro meses y se convirtió en una especie de telenovela digital, con capítulos nuevos cada día.
Durante ese tiempo llegó a saber los gustos de Javier casi al dedillo, memorizó el nombre de sus amigos del colegio y hasta se acostumbró a su manía de poner tres puntos suspensivos después de cada buenos días.
Lucía tenía cuarenta y cinco esa edad en la que ya no vas a una cita con nervios en las piernas sino con la curiosidad irónica de quien explora. A ver, a quién me encontraré hoy, pensaba mientras se preparaba.
Era de esas mujeres que saben llevar un simple jersey de cachemir como si fuera una capa de reina y tenía la autoironía suficiente para desarmar cualquier momento incómodo.
Javier recién cumplidos los cincuenta y dos en los mensajes parecía un hombre serio, sensato, algo bromista, y lo que más tentaba muy fiable.
A nuestra edad, Lucía, le escribía Javier en esas conversaciones tardías, ya no buscamos fuegos artificiales, buscamos calor. Lo importante es estar con alguien a quien no tengas que explicarle todo.
Pues si toca estar en silencio, se está, se reía Lucía, dándose un último retoque a las pestañas. Solo esperaba que las palabras que sí se dijesen no le diesen ganas de salir corriendo.
Quedaron en una cafetería pequeña y acogedora, con una luz cálida y olor a canela. Lucía llegó puntual segura, tranquila, preparada para pasar una buena tarde. Estaba impecable.
Javier apareció cinco minutos después. En persona era un poco más bajo que en las fotos y tenía una mirada como si acabara de detectar un fallo enorme en un informe de auditoría.
Se sentó enfrente, esbozó una sonrisa breve y saludó.
Nada de cumplidos ni un me alegro de verte.
Él la miró con detenimiento, casi como si estuviera haciendo una inspección. Luego sugirió pedir café y algo dulce eso sí se lo concedió.
Lucía empezó él, con voz de jefe de estudios en una reunión de profesores, llevo tiempo analizando nuestra relación. Casi cuatro meses. Y ahora que te veo en persona, creo que es mejor dejar claros ciertos puntos. Tengo cinco cosas que no me convencen de ti.
Dentro de ella sintió un clinc, como cuando algo bueno se rompe sin razón. Apoyó la barbilla en la mano y asintió.
¿Cinco cosas? Suena divertido. Venga, dime.
Javier no pilló la ironía y dobló el primer dedo.
Primer reproche: las fotos
En una de tus fotos, en la que llevas vestido azul, tienes la figura diferente. Te veo y eres más rotunda. Esto puede confundir a un hombre. A nuestra edad, una mujer debería ser más sincera.
Lucía rió para sí: Rotunda no está mal, peor sería monumental.
Segundo reproche: tardanza en contestar
A veces tardas mucho en responder. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y no contestaste hasta las 16:40. A los hombres no nos gusta esperar. Es una falta de respeto.
Ese día estaba en una reunión empezó ella, pero Javier ya pasaba al siguiente dedo.
Tercer reproche: el sitio del encuentro
¿Por qué aquí? Este sitio es demasiado pijo. Yo sugerí una cafetería más sencilla. Que hayas elegido éste dice mucho de tu afán de aparentar.
Lucía miró su café y pensó en echárselo encima. Pero la curiosidad pudo más.
Cuarto reproche: el look
¿Por qué ese vestido? Sólo veníamos a tomar café. Es demasiado llamativo para la tarde. Las joyas tampoco hacen falta. Una mujer debe seducir por su interior, no por los brillos. A mi edad busco fondo, no escaparate.
Quinto reproche: independencia
Has elegido tú el sitio, siempre dices que puedes sola. No dejas que un hombre se sienta hombre. Yo quiero a una mujer que pida consejo, no que presuma de autosuficiente. Si llegamos a algo, tendrás que cambiar de actitud.
Se quedó esperando, brazos cruzados, como si quisiera gratitud por su sinceridad.
Lucía le observó y por fin entendió: cuatro meses de mensajes solo servían como disfraz para un perfeccionista que busca una muñeca de trapo. No quería cariño, quería alguien que le diera la razón.
Mira, Javier le dijo suave, casi dulce, yo también he hecho mi análisis. Me han bastado cinco minutos para sacar conclusiones.
¿Y cuáles son? preguntó él entrecerrando los ojos.
Eres todo un ejemplar: has cruzado media ciudad para pasarme factura por mi gusto, mi físico y mi forma de ser. Eso sí que es confianza y lo demás tontería.
Él frunció el ceño:
Solo quiero ser honesto.
No, negó Lucía no eres honesto, eres infeliz y te empeñas en medirlo todo con una vara torcida. ¿Que no te gustan mis fotos? Vete al museo, allí los cuadros no cambian. ¿Que tardo en contestar? Cómprate un tamagotchi. ¿Que el vestido no te convence? Me lo he puesto para mí, no para ti.
Se levantó, ajustó el bolso y le miró tranquila:
Por cierto, si tu ego se tambalea al oír yo sola, no necesitas novia, sino terapia. Con cuarenta y cinco años valoro demasiado mi tiempo para desperdiciarlo con alguien que empieza contando mis defectos.
¿Te vas? ¿Y el café? balbuceó Javier.
Te lo tomas tú solo, así ahorras. Y un consejo: si quieres que te miren la boca, pide cita con el dentista.
Nada más llegar a casa, Lucía bloqueó a Javier en todos lados. A su edad, el confort era mucho más que una manta y silencio: era un móvil sin nadie intentando meterla en su cajón roto.
Y dime tú, ¿crees que esto era torpeza en el ligue o un numerito bien ensayado? ¿De verdad merece la pena seguir conociendo a alguien cuando desde el primer minuto te facturan por ser tú misma?







