El gatito de cristal

El Gatito de Cristal

Las tres hermanas junto a la ventana…

Mamá, es justo como vosotras, ¿verdad?

Isabel suspiró despacio.

Casi. ¿Vas a dormir hoy, Almudena? Que tengo que trabajar un rato. Mañana vas a estar con sueño en tu fiesta.

¡Vale, vale, duermo ya! La pequeña Almudena se hundió bajo el edredón, pero asomó después su naricilla redonda. ¿Va a haber globos? ¿Vendrá Jimena? ¿Habrá?

Isabel atrapó a su hija, la envolvió bien en la manta y la llenó de besos, ignorando las pataletas fingidas.

A dormir. ¡Mañana lo sabrás todo!

Dejó el osito favorito en las manos de la niña, encendió la luz tenue y cerró la puerta detrás. Almudena seguía sin atreverse a dormir sin la casa iluminada, y ella vigilaba que ninguna bombilla fallara.

Bajó a la cocina y encendió el portátil. La noche se extendía como una sábana sobre la casa de ladrillo antiguo de un barrio de Salamanca, pero Isabel solo se quedó quieta unos minutos, recogiendo pensamientos dispersos. Mañana sería un día extraño, y no solo porque su niña cumplía años. Tener que organizarlo, la ilusión, la espera… pero luego, los familiares. Eso se le clavaba como una espina torcida en el zapato.

Sacudió la cabeza, se preparó una taza de té y extendió sobre la mesa el dossier de contabilidad. Menos mal que había hecho caso a su abuela, la vieja Carmela, y estudió para ser contable. Si hubiera seguido su deseo fugaz de oceanografía, sería otra vida, otra Isabel. Más romance, menos certezas, ¿quién lo sabe? Cerró los ojos un instante y respiró olor a sal marina donde las olas, entre sueños, le rozaban la cara. Muy pronto Isabela y Almudena volarían a la costa de Cádiz de vacaciones, si no ocurría alguna desgracia más. Exhaló, volvió a la cocina y empezó a trabajar.

Isabel nació en la familia de Lucía y Ricardo Segovia. Tan esperada, que no cabía la alegría en el pecho de los abuelos. Todos repetían lo mismo:

Hay que tener otra enseguida, para que juegue aconsejaban las abuelas, y Lucía cedió.

Con Clara, la mediana, solo hubo año y poco de diferencia. Fueron amigas y rivales como mandan los cuentos clásicos. Avanzaban siempre una tras otra, empeñadas cada cual en superar a la hermana. Lucía les repetía que no tendrían nunca a nadie más cercano en el mundo. Hasta convenció al director del colegio y las sentó juntas en el pupitre el primer día de septiembre, las botas nuevas chocándose como cosquillas bajo la mesa. Estoy aquí, no tengas miedo, decía Isabel sin palabras.

Era ella la nerviosa, la cuadriculada. Clara, en cambio, podía dejar los deberes de lengua tirados a medias y ponerse a contar pájaros desde la ventana. Mientras Isabel no se levantaba del escritorio hasta terminar todo, hasta el último ejercicio, letra perfecta.

¡Isa, pásame tu cuaderno! Acabas antes, así copio y salimos.

¡Hazlo sola o te separan otra vez en clase! ¿Te ayudo, por lo menos?

Clara resoplaba, enfadándose solo un ratito, que pronto quería convencer a Isabel de ir a patinar o tirarles pan a los patos en el río.

Cuando llegaron a sexto de primaria, nació la pequeña Teresa. Lucía no quiso tener tercera hija, ya dos eran suficientes. Pero ocurrió. Y en vez de alegrarse, se agarró la cabeza entre manos.

Otra vez empezar con pañales, Ricardo. Estoy cansada y vieja, no puedo.

Tenemos ayuda, tienes dos chicas, y yo. Además, podría ser un chico, ¿te imaginas la sorpresa?

Pero no. Fue Teresa. Llanto fuerte, carácter feroz, tan distinta de sus hermanas que Lucía se quedó sin saber manejarla. Pronto Isabel y Clara intuyeron quién sería la reina de la casa: la benjamina.

Lucía sintió la diferencia entre criar con veinte años y tener a Teresa. Lo que antes era agotador, ahora era lo único que quería. Y lo demás, incluido el tiempo de las mayores, quedó en segundo plano. En ese descuido creció también la primera sombra.

La sombra tenía nombre: Javier. Vivía en la manzana de enfrente y a las niñas no les importaba hasta que Isabel cumplió dieciséis. Salía corriendo de atletismo y al doblar la esquina, Javier la paró.

Isabel, espera, tengo que decirte algo… le temblaban los dedos bajo el farol del portal.

Ella lo miró largo, al final sonrió dulce:

Tengo prisa. ¿A las seis en la plaza?

Los ojos del chico se iluminaron.

Me gustas.

Ya lo noté, rió la muchacha y se alejó bailando por las aceras.

¿A quién le iba a contar ese roce nuevo e inexplicable, tan propio de los sueños, el vértigo del primer beso, la cita donde no sabes dónde meter las manos? Al cabo de semanas se lo dijo a Clara, que notó el cambio y tiró de ella hasta oír toda la historia de Javier.

Y entonces, algo raro se posó sobre Clara. Sin saber cómo, sintió que tenía que conquistar a Javier, sin quererlo, sin necesitarlo. Solo por llevárselo. Isabel tardó en entender, pero cuando descubrió a su hermana besándose con él bajo los naranjos, simplemente siguió caminando, muda.

Llegó a casa, se encerró en el cuarto. Teresa golpeaba la puerta, Lucía exclamó:

¿Qué te pasa, hija? ¡Deja pasar a Teresa!

Abrió, aunque tenía los ojos secos de rabia, y le pidió a su madre:

Ayúdame a hacer la maleta, mamá. Me voy a casa de la abuela unos días, no aguanto aquí.

Clara entró, agitada, mientras Isabel bajaba por la escalera con la maleta.

¿Pero dónde vas?

No hubo respuesta. Cerró la puerta detrás y nunca volvió a vivir allí.

En la casa Segovia nadie sabía pelear mucho tiempo. Lucía reconcilió pronto a Clara, pero Isabel tardó años en volver a dirigirle la palabra. Cuando Lucía enfermó, no les quedó más remedio que unirse, y allí, en la sala de espera del hospital, el mundo real se sentó a su lado.

Perdóname, Isa… Clara, con las manos trémulas, miraba al suelo.

A quien recuerda el pasado, le pesa contestó Isabel, con media sonrisa.

Se sentaron codo con codo, unidas por el silencio y el miedo. Cuando salió Ricardo, ya las tres hermanas eran de nuevo equipo.

El tiempo separó sus destinos: Isabel se fue a Segovia a cuidar a la abuela Carmina, quien le dejó, a los pocos meses de fallecer, su piso inmenso y soleado y un consejo entre toses:

Decide tú. Hasta la gente más tuya puede volverse extraña si hay intereses, hija.

Isabel nació para no confiar gratuitamente. Se calló los detalles de su vida privada y, años después, se casó con Mateo, sin fiesta, sin invitados.

Una vida sencilla, que solo se veía ensombrecida por el hecho de no tener hijos. Lo habían intentado, pero el tiempo pasaba y nada ocurría.

Ya vendrá el niño, Isa decía Mateo con determinación.

Pensaron en adoptar, pero la vida tenía otros planes.

Los contactos familiares eran cartas breves, alguna llamada por Navidad. Cuando iban a ver a Lucía y Ricardo, Mateo no lograba encajar, e Isabel frenaba cualquier intento de manipulación.

Le he elegido yo.

Bueno, es tu vida. Pero con tu talento, tu belleza, podrías haber tenido lo que quisieras suspiraba Lucía.

Nadie más que Isabel sabía lo bien que se sentía junto a Mateo. Era alguien a quien podía mirar sin miedo, en quien confiar hasta el fondo. Compartían el peso de la vida cotidiana, sin preguntarse quién mandaba. Cuando alguna vez Isabel enfermaba, Mateo la cuidaba como si fuese de cristal y le devolvía la risa.

Te ha salido bueno el hombre solía decir Clara, intentando controlar a su pequeño ejército de hijos.

Clara estaba en general satisfecha con su vida. No tanto Teresa. Ella crecía despampanante, acaparando las miradas incluso en las reuniones familiares, vestida y altiva en la butaca mientras las otras preparaban la mesa para los cumpleaños.

Tere es la reina decía Lucía, y la chica se limitaba a aguantar el tipo hasta escaparse, harta de tantos parientes, tras el decoro de los diez minutos justos.

Terminó el instituto y dejó claro que no pensaba estudiar más.

¡Voy a ser modelo! anunció. Así lo decidió, así empezó.

No aguantó mucho esfuerzo antes de dejarse conquistar por el primer empresario que la deslumbró. Que tuviese esposa y dos hijos le trajo sin cuidado. Cuando Lucía intentó hacerle entrar en razón, Teresa cortó de raíz:

No te metas en mi vida si quieres que vaya a comer de vez en cuando.

Tanta independencia le costó caro. En cuanto quedó embarazada para retenerlo, el hombre desapareció como arena entre dedos.

Tienes lo tuyo. Piso y dinero tendrás, pero esto es asunto tuyo. Y no se te ocurra aparecer con el niño.

Teresa, perpleja, vio los sueños romperse como copas caídas. Ella, que nunca escuchó un no, se encontró con nada.

De tanto girar en círculos, nació Almudena. Teresa fue una madre desorientada, unas veces pegada a la cuna, otras días desaparecida, y Lucía se hizo cargo de la nieta. Hasta que una noche, en una fiesta demasiado larga, Teresa fue y no volvió.

Murió en un accidente, y con ella parte de Lucía, que dejó de cuidar y se entregó al duelo. Ricardo oscilaba entre su esposa ida y la nieta de ojos curiosos y tímidos. Cuando pidió ayuda a Clara, la hermana le cerró la puerta:

Bastantes problemas tengo ya, papá.

Así que llamó a Isabel. Ella no dudó. Dejó el trabajo, se instaló en Madrid y, en un mes, lo legalizó todo. Almudena se fue a vivir con ella y Mateo, que había vendido el piso para reformar su casa de campo en Collado Villalba.

¡Mateo, es como un palacio! Isabel recorría las habitaciones y pensaba en la nueva vida.

La pequeña Almudena llenó el hogar de música y caos. Nueve años pasaron como una ráfaga luminosa.

El contacto con la familia se había enfriado. Solo en fiestas se reunían bajo la mirada inquisidora de Lucía, que era cada vez más agria.

Te la dieron, Isabel. Te vigilo, que lo sepas. Mejor hubieras pensado en los demás y quedaros aquí.

Isabel intentaba no tomárselo a pecho. Sabía bien que, aunque su madre quería a las tres, solo Teresa fue su auténtica debilidad.

Al final, Lucía se rendía ante la nieta.

¡Qué niña tan linda! le temblaban los ojos de emoción. No la reprimas. Déjala ser feliz.

Isabel cogía la mano de Mateo, pidiéndole con la mirada que no estallara.

No hace falta, Mateo.

¿No será mejor aclarar las cosas?

¿Y herir más? Ya suficiente tiene con su tristeza.

El único terreno sagrado, eso percibía Isabel, eran los sentimientos de Almudena. Jamás Lucía la heriría.

Esa noche, al cerrar el portátil, Isabel se estiró. Pasaba de medianoche. Apuró su té, se asomó a la ventana, envidiando la calma de la noche y la promesa del retorno de Mateo, que andaba fuera por trabajo, pero que anunciaba un regalo.

Sorpresa, ya verás. Os encantará a las dos.

La sonrisa le brotó sola y se metió en la cama con una nube arremolinada en la cabeza.

Amaneció el cumpleaños con Almudena saltando:

¡Mamá! ¡Es mi cumple! Y el tuyo, por tenerme.

¡Felicidades! Isabel atrapó aquella carita y el abrazo fue largo. Crece sana y feliz, cariño mío.

¿Ya soy mayor?

¡Diez años! Pero para mí sigues siendo mi pequeñaja.

Menos mal, porque los pequeños siempre reciben más amor.

Rieron, pelearon en broma y llegó el momento de los regalos. Isabel sacó una pequeña caja azul.

Cuidado, ábrela despacio.

Almudena levantó la tapa y vio la figurita de un gatito de cristal. Sabía que era el tesoro antiguo que le había dado el abuelo Ricardo a Isabel.

¿Dijo para la hija mayor?

Así es.

¡Gracias! Acarició las orejitas brillantes y le susurró. Pero yo no tengo hermanos…

Isabel sonrió. En ese instante, los ojos de Almudena se llenaron de luz.

¿De verdad?… ¿Voy a ser hermana mayor?

La afirmación suave de la madre arrancó un grito de alegría. La niña brincó abrazando el gatito. Isabel se levantó, cogió otro paquete, y le entregó un vestido de vuelo.

Se arreglaron deprisa porque todo el día era ya fiesta, y al mediodía comenzó a llegar la familia. Los corrillos en el salón, el pastel de almendra, el bullicio de primos.

¿Qué tal todo? preguntó Lucía, caída en el sillón.

Almudena acabó el año con sobresaliente, también en música. Un sol.

Valora ese regalo de la vida fue la respuesta, cortante.

Por suerte, en la cocina entró Clara y el ambiente cambió. Hablaron de hijos y de aficiones. La noticia era que la mayor, Jimena, también cerró el curso brillante y el pequeño Nico ganó una medalla en boxeo.

El grito de Almudena las dejó mudas. Isabel corrió a la habitación y encontró a la niña chorando. El vestido blanco, manchado de sangre. Rápido, pidió a Clara el botiquín.

¿Qué ha pasado? preguntó, vendando y sofocando el susto.

Solo cuando la niña se calmó en su regazo, Isabel oyó el susurro roto:

Todo era mentira me ha mentido ¡me ha mentido!

¿Quién te ha mentido? preguntó Isabel, esperando respuestas que, como en todo sueño, se disolvían entre las líneas del tiempo y del recuerdo, donde los cristales reflejaban más que espejos, y las heridas solo marcaban el inicio de nuevos deseos.

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El gatito de cristal
Dos veces por semana, mi padre salía de casa durante unas horas y regresaba lleno de energía y de buen humor. Cuando yo tenía 10 años y mi hermano 12, descubrimos el secreto de nuestro padre. Por aquellos días, mi hermano solía pasar mucho tiempo en la calle con sus amigos, mientras que yo ayudaba a mi madre con las tareas del hogar y mi padre trabajaba hasta tarde en una fábrica. Al volver a casa, nos reuníamos en torno a la mesa del salón y, tras la cena, papá se ponía sus zapatos de piel reluciente, se detenía un instante frente al espejo y salía sin decir nada. Esto ocurría dos veces por semana. Mi madre siempre miraba hacia la puerta tras su marcha, dejándome adivinar su reacción y preguntándome a dónde iría mi padre. Un día, movida por la curiosidad, decidí seguir a papá cuando salió esa noche. Fue al Centro Cultural y entró en el edificio. Dudé un poco, pero al final me atreví a entrar. Allí vi a una mujer hermosa, famosa por ser una reconocida cantante de ópera. Luego entré en una sala repleta de público. Para mi sorpresa, en el escenario estaba mi padre, cantando como un auténtico tenor de ópera. Ese era su gran secreto. Cantaba con una pasión desbordante, completamente ajeno a mi presencia entre el público. Me llené de felicidad y no pude contener las lágrimas. El público le dedicó una larga ovación y, al terminar, el escenario se llenó de flores. Tras el concierto, mi padre y yo paseamos un rato por el parque, ambos de excelente humor. Al llegar a casa, le susurré a mi madre que papá no tenía ninguna novia, y ella me respondió en voz baja: “Lo sé”. En ese momento comprendí que ella conocía su secreto y el motivo de sus enigmáticas salidas nocturnas. Desde aquel día, me sentí orgullosa del extraordinario talento de mi padre, valorando nuestro pequeño secreto y agradecida por la felicidad que su maravilloso don traía a nuestras vidas.