Diario de Javier, 27 de febrero
Hoy cumplo 45 años. No dejo de pensar en cómo, después de tantos años juntos, todavía mi mujer, Elena, tiene que recordar a diario las fechas importantes de nuestra vida. Pero este año decidí no decir nada. Quería ver si por fin, tras veinticinco años de matrimonio, mi aniversario tenía peso propio en su memoria.
Esa mañana de viernes, Elena corría de un lado a otro del piso, recogiendo cañas, la mochila, los carretes. ¿Javier, has visto mi termo? Los chicos ya me esperan abajo. Hoy vamos al embalse de San Juan, la temporada de pesca está en su mejor momento. Volveré el domingo, dudo que haya cobertura. me dijo apenas mirándome, dándome un rápido beso en la mejilla.
No te agobies, cómprate algo rico, ¿vale? añadió mientras salía y cerraba la puerta tras de sí.
Me acerqué al calendario de la cocina. Mi cumpleaños estaba marcado en rojo. Ni flores ni mensajes. Y justo ese día, ella había decidido irse de pesca. Había olvidado mi aniversario completamente.
Primero sentí ese dolor frío en el pecho. Después se fue tornando en indiferencia. Entonces se me ocurrió una idea bastante traviesa para recordar a Elena el valor de ciertos detalles. Sabía perfectamente que ella tenía una pequeña caja fuerte en su despacho, donde ahorraba para cambiarse el coche. El código lo conocía porque su memoria prodigiosa a veces fallaba.
Eran muchos ahorros, casi treinta mil euros. Abrí el pequeño cofre de la cómoda y, sin dudar, tomé una decisión.
Ese fin de semana me permití lo que jamás me había consentido. Contraté un catering de mi restaurante favorito, invité a mis mejores amigas, decoré todo el salón con flores frescas y guirnaldas de luces. Hubo risas, música, cava Al día siguiente, cenamos en un restaurante con vistas a la Gran Vía y después disfruté de un circuito de spa. Y para redondear, me compré aquel broche antiguo que hace meses miraba en las vidrieras del Rastro, pero siempre posponía por esos planes comunes.
La noche del domingo, escuché la llave girar en la puerta. Elena entró con una sonrisa de oreja a oreja y un cubo lleno de peces.
¡Mira qué jornada! Ha sido espectacular dijo, sin detenerse en el salón.
Pero justo al ver botellas vacías, cestas de flores y bolsas de las tiendas más exclusivas sobre el sofá, se quedó parada.
¿Aquí ha habido juerga o qué? ¿Hemos tenido fiesta?
Sí, cariño. Hoy ha sido mi cumpleaños. Cuarenta y cinco. ¿Recuerdas?
Elena enmudeció, soltó aire como si le faltara el aliento.
Jo Javier, es que con el lío de la pesca de verdad se me ha pasado. Lo siento, de veras.
No pasa nada. No quise entristecerme, así que lo organicé todo yo solo. Tampoco elegí regalo contigo, esta vez.
De repente, miró hacia el despacho. La puerta de la caja fuerte estaba entreabierta. Pálida, se fue directa, volvió en segundos con los ojos vacíos.
¿Dónde está el dinero? ¡No queda ni un céntimo! ¿Dónde están mis ahorros?
Están aquí. Le mostré la casa, las flores, las bolsas. Me los he gastado en celebrar mis 45 años. Veinticinco años juntos, Elena. Y esta vez quise darme el homenaje que merecía.
Se sentó en el sofá, mirando alternativamente el cubo de peces, la caja fuerte y a mí. No podía enfadarse: al fin y al cabo, el dinero era de los dos.
Limpió los peces sin decir palabra.
Han pasado seis meses. Ella vuelve a ahorrar para su coche, pero ahora pone recordatorios en el móvil: con un mes, una semana y un día de antelación a cada fecha señalada. Aprendí que a veces las lecciones cuestan caro, pero esta vez, a ella no se le olvidará jamás.






