Diario, 27 de febrero
Hoy cumplo 45 años. Nunca pensé que escribiría esto con el corazón dividido entre el desconcierto y la resignación. Veinticinco años juntos, y aún así Alejandro ha conseguido olvidarse de mi cumpleaños. Justamente hoy, el mismo día que decidió irse de pesca al embalse de San Juan con sus amigos.
Siempre ha tenido una memoria envidiable para lo que le interesa. Nunca olvida cuándo debe llevar el coche al taller a cambiar el aceite, ni las fechas de las quedadas para pescar en el río Tajo, ni siquiera pierde la noción de cuándo empieza la temporada de la trucha en Castilla. Pero las fechas familiares, como nuestro aniversario o mi cumpleaños, parecen borrarse de su cabeza.
Otras veces lo he salvado con indirectas, con papelitos en la nevera o preguntando claramente. Pero este año quería algo distinto. Sin recordatorios, ni súplicas. Pensaba que después de toda una vida juntos, algo habría aprendido.
Esta mañana, el viernes de mi cumpleaños, Alejandro no paraba de ir de un lado a otro recogiendo cañas y el termo.
Carmen, ¿has visto mi termo? Los chicos ya me esperan abajo. Nos vamos al río, ahora es la mejor hora. Vuelvo el domingo; tendré poca cobertura.
Me dio un beso en la mejilla sin prestarme mucha atención.
No te aburras. Date un capricho.
Y cerró la puerta. Miré el calendario de la cocina, donde había marcado la fecha en rojo: 27 de febrero, mi cuarenta y cinco cumpleaños. No era que se hubiera despistado. Había elegido precisamente este día para marcharse.
Primero me dolió. Después, sentí una calma fría. Pensé que era el momento de darle una lección, una que no olvidaría jamás. Mientras él lanzaba la caña con sus amigos, yo tramé mi pequeño ajuste de cuentas. Sabía exactamente qué hacer cuando regresara.
Verás, Alejandro tenía un rincón secreto en casa: ese dinero que iba ahorrando a escondidas para comprarse el nuevo motor para lancha. Guardaba los billetes cuidadosamente en una caja fuerte de esas que dice que sólo él conoce la clave, aunque su memoria perfecta falla más de lo que cree.
Había allí casi treinta mil euros, ahorrados céntimo a céntimo. Abrí la caja fuerte y tomé una decisión.
Ese fin de semana, me di el homenaje de mi vida. Contraté un catering para un almuerzo con mis amigas, adorné el salón con flores frescas del mercado de San Miguel, descorchamos cava y brindamos entre risas. Al día siguiente, cena en un restaurante elegante con vistas a la Gran Vía, y después una tarde de spa para mimarnos. Y como colofón, compré ese broche antiguo que tantas veces deseé, pero siempre posponía pensando en el futuro.
El domingo por la noche, cuando Alejandro volvió con el cubo de pescados y cara de satisfacción, la escena era otra.
¡Venga, mira qué lubinas he traído! exclamó.
Entró al salón y se quedó de piedra. Botellas vacías, ramos de flores marchitándose y bolsas de tiendas caras sobre el sofá.
¿Qué ha pasado aquí? ¿Has tenido compañía?
Sí, le respondí tranquila. Fue mi cumpleaños. Cuarenta y cinco. ¿Lo recuerdas?
Se detuvo, tragó saliva y soltó un suspiro.
Vaya, Carmen, se me pasó completamente. He estado a mil cosas. Ya sabes cómo soy…
Lo sé, le interrumpí. Por eso no quise preocuparme ni esperar. Me organicé yo sola. Hasta elegí mi propio regalo.
Vi cómo miraba hacia el despacho. La puerta de la caja fuerte estaba entreabierta. Corrió hacia allí y volvió blanco como el papel.
¿Dónde está el dinero? Eso era para el motor… ¡Llevaba dos años ahorrando!
Está aquí, le señalé con la mano el salón. Invertido en recuerdos. Yo llevo veinticinco años esperando que te acuerdes de mí, Alejandro. Este cumpleaños no lo olvidarás.
Se sentó en silencio. Miró el cubo de peces y después, la caja fuerte vacía. Ni siquiera protestó demasiado; al fin y al cabo, el dinero era de los dos.
Limpió los peces cabezbajo, en completo silencio.
Medio año ha pasado. Ahora vuelve a ahorrar para ese motor y ha puesto alarmas en el móvil para cada fecha importante: con un mes, una semana y un día de antelación. A veces las lecciones cuestan caro, pero ésta quedó grabada a fuego.
Hoy entiendo que uno tiene que regalarse a sí mismo también el lugar que merece. Porque a veces, si no te celebras tú, nadie más lo hará.





