Siempre estaré a tu lado

Siempre estaré contigo

¡Por favor, no empecemos otra vez! ¡Hemos hablado de esto mil veces! ¿Por qué hay que volver a lo mismo? suspiró Alba, moviendo la mano con cansancio mientras volvía a centrarse en la sartén.

El día había sido un auténtico desastre desde el principio. Se había despertado a las cinco de la mañana porque Martín, su hijo, entró en su cuarto, dándole toques en el hombro:

¡Mamá! ¡Me duele la garganta!

Alba, aún medio dormida, le rozó la frente con los labios y en seguida sintió la fiebre y el sueño desapareció de un plumazo.

Tienes fiebre, hijo. Ven, vamos dijo cogiendo a Martín en brazos y cerrando la puerta para no despertar a Jorge, que era muy susceptible cuando alguien interrumpía su descanso.

Le tomó la temperatura y le dio un paracetamol infantil, lo arropó en la cama, y, al ver la hora, decidió que ya no tenía sentido intentar dormir más. Mejor esperar a que abran el centro de salud y llamar a la doctora. Cuando Martín cayó de nuevo dormido, Alba se hizo un café y se asomó a la ventana.

Este año el invierno en Madrid estaba siendo especialmente frío y nevado, cosa rara por aquí. El patio del bloque estaba cubierto bajo una manta de nieve casi intacta, tan solo cruzada por unas pocas huellas de los más madrugadores que iban a trabajar. Alba se distrajo viendo cómo el gato de la vecina, la tía Carmen, saltaba por los montones de nieve, metiéndose hasta las orejas y saliendo de un brinco todo digno y ofendido. No entendía cómo el tal Rufino tenía ganas de salir con aquel frío, pero ese gato era de los que se negaban en rotundo a usar la arena en casa. Tía Carmen no tenía más remedio que abrirle la puerta según lo pedía, y lo suyo sí que eran maullidos… Si alguna vez tardaba en abrir, se enteraba toda la escalera.

El día anterior, al ir a recoger a Martín del cole, Alba se había cruzado con tía Carmen y su dichoso gato, que maullaba como si fuera el dueño de la casa.

¡Venga, sigue, sigue! Siempre protestando… ¡Buenos días, Albita! Mira a este bribón, cualquiera diría que soy yo la que vive en su piso.

Buenos días, tía Carmen. Sí que le tiene a usted bien enseñada.

¡Ese es mi karma! Criar hombres muy serios

Alba sonrió, asintió y continuó su camino. Tenía poco que añadir. El hijo de tía Carmen, Mateo, era serio de narices, aunque también muy listo y con un sentido del humor muy sutil. Una pena que casi nadie se fijara en él; la mayoría solo veía a un chico delgado, bajito y con gafas, que pasaba desapercibido para las chicas. Alba era su amiga desde que tenía uso de razón y él siempre estuvo ahí, especialmente cuando falleció la madre de Alba.

La madre de Alba, Irene, murió atropellada cruzando un paso de cebra. Cruzaba correctamente, pero en este mundo ni respetar las normas te garantiza seguridad. Aquello fue lo que más le impactó, porque siempre le habían inculcado que, cumpliendo con todo, no había nada que temer.

Ambos, Alba y Mateo, tenían entonces diez años. Ella no tenía ni idea de lo que era perder a alguien tan importante, entró en shock, dejó de hablar, sólo lloraba, y ni quería abrazos ni consuelo. Evitaba a todos y se encerraba sola en la bañera o en cualquier rincón de la casa, donde terminaba durmiéndose.

El psicólogo a quien la llevó su padre alertó de que aquello era peligroso; el estrés se le estaba metiendo dentro y empezaba a afectarle físicamente.

El que tiró de Alba para arriba fue Mateo. Que ya había perdido a su padre dos años antes y, quizá por eso, entendió mejor que ningún adulto lo que sentía ella por dentro. Se quedó a dormir muchos días en casa de Alba. Tía Carmen tampoco ponía pegas, todos los vecinos intentaban ayudar en lo que podían: unos traían comida, otros se quedaban con la niña cuando el padre tenía que ausentarse. Ella permitía que Mateo hiciera lo que hiciera falta para que Alba no estuviera sola, le ayudara con los deberes, le leyera cuentos, consiguiera convencerla de ir a gimnasia o baile, donde la había apuntado su madre insistiéndole siempre en que debía mantenerse ágil y sana Poco a poco, con esa compañía y esa ternura silenciosa, Alba fue recuperándose.

Cuando un día recogieron de la calle a un gatito recién nacido y lo llevaron a casa de tía Carmen, Alba pidió leche para el animal y fue la primera vez que habló desde la tragedia.

¡Gracias a Dios, vuelve a estar viva! susurró tía Carmen al poner en manos de la niña el biberón para el minino.

El gatete se quedó con Mateo, porque al padre de Alba, don Luis, le diagnosticaron alergia.

Desde entonces Mateo era la sombra de Alba: la acompañaba donde podía, él cubría todo lo que ella echaba de menos por ser hija única. Se entendían sin palabras, a veces uno empezaba la frase y el otro la terminaba, y los adultos, aunque les pareciera curioso, nunca pusieron límites a esa amistad. Sabían que, casi huérfanos ambos siendo tan pequeños, eran el mejor apoyo posible uno para el otro.

Los problemas de verdad llegaron cuando iban a acabar el instituto. Alba se hizo una chica muy guapa, lista y sociable, y le sobraban pretendientes. Mateo lo veía todo sin decir nada, pero su silencio era cada vez más largo, hasta que surgió Javier. Le conoció de la manera más tonta: tropezando en las escaleras del polideportivo.

¿Estás bien? Espera que te ayudo le dijo un chico alto, atractivo, cuando ella se cayó. Estas escaleras siempre resbalan ¿Te has hecho daño?

Alba miró a Javier y sintió esas mariposas de las que siempre renegaba. Decía que lo del flechazo era una tontería, pero ahí estaba, comiéndose sus propias palabras.

¡Estoy loca Mateo! Me he pillado como una cría Es especial.

¿Especial en qué? refunfuñó Mateo, pero Alba ya estaba en las nubes.

No sé explicártelo… ¡Es el mejor!

Claro que me alegro por ti, Alba dijo Mateo atragantándose con la sonrisa, y se fue diciendo que tenía cosas que hacer.

Alba ni se fijó. Salía con Javier desde hacía más de tres años, hasta que, convencidos de que ya eran mayores para tomar decisiones, se fueron a contárselo a sus padres y presentaron los papeles en el registro civil.

Lo que me fastidia es que tenga que buscarme una dama de honor. ¿Para qué quiero yo eso? ¿No podrían dejar que viniera mi amigo? Alba se probaba el vestido de novia delante del espejo, mientras Mateo la miraba desde el sofá.

El sastre se confundió pensando que Mateo era el novio, hasta que Alba aclaró entre risas que era su amigo de toda la vida. Él la acompañó, ayudó a escoger la tarta y cuando terminado el día, agotados, recordaban esa boda sencilla, Alba miraba atrás y no entendía cómo no vio desde el principio todo lo que le desconcertaría de Javier años después.

Acostumbrada a tener siempre a un caballero salvador, Alba pensó que eso era lo normal y que sería su cuento de hadas particular. Pero los príncipes, ya se sabe, no siempre encajan en el cuento.

El primer susto fue una simple amigdalitis, pocos meses después de casarse. Alba estaba hecha polvo, pero no quiso alarmar a nadie, hasta que los médicos le recomendaron muchos análisis, algunos privados.

¡¿Qué dices?! ¡Tenemos ese dinero guardado para las vacaciones, Alba! Eres joven, no te van a salir ahora achaques. Solo quieren sacar más dinero protestó Javier.

Ella le miró incrédula.

¿En serio?

Claro. Te vas a poner bien, ya verás, en cuanto toquemos la playa. Estás agotada, mujer.

Le pagó el chequeo su padre, sin decir nada a Javier. El resultado fueron complicaciones de corazón que terminaron incluyéndola entre los embarazos de alto riesgo. Alba fue madre pese a todo y aunque Martín nació sano, el embarazo y el parto pasaron factura. Y salvo su padre y, cómo no, Mateo que siempre estaba, Javier, su marido, ya empezaba a vivir su vida muy a su aire.

Cuando supo que Alba había dado a luz, Javier se fue con los amigos a celebrarlo y estuvo tres días sin aparecer y sin contestar el móvil. El padre de Alba, con cara de querer comerse a alguien, la tranquilizó, y Alba entendió de golpe que aquello no era su cuento de princesas, pero aun así se quedó cuando vio cómo miraba Javier al niño: con ese asombro de padre primerizo, dedicándosele a fondo, cambiando pañales, llevándolo de paseo, jugando Eso hacía que a veces, cuando el niño le ponía de los nervios, bastara un rato para volver a ser el mejor padre. Esos altibajos confundían a Alba, pero la balanza todavía se inclinaba del lado bueno.

En pareja, la distancia se fue haciendo enorme. Ya no compartían casi nada, solo el piso y los gastos, porque trabajar a tiempo completo Alba ni podía entre bajas, médicos y llevando sola casi todo lo de Martín. Por suerte el piso era de su padre, que se había ido a vivir a la casa de campo, y así casi no pagaban alquiler. De coches ni hablamos: el suyo era de segunda mano, regalo de don Luis, que la ayudaba en todo. Jorge apenas se hacía cargo de nada, y el padre de Alba, aunque no decía nada, lo veía todo.

Un día, exhausta tras varios días con Martín enfermo, Alba cayó dormida antes de llegar al sofá y su padre se la quedó mirando hasta que despertó.

Alba, hija, no voy a decirte nada, ni a darte consejos ni a preguntar. Solo quiero que sepas que no estás sola. ¿Me entiendes?

Lo sé, papá. Pero ahora todavía no puedo Mientras, Javier es mi marido.

Don Luis la abrazó y no preguntó más.

Entre todos, el único que estaba allí cuando se le necesitaba siempre era Mateo. Conseguía medicinas, la recogía del médico si su coche no arrancaba, se encargaba de cualquier marrón. Alba sabía que a veces se pasaba aprovechándose de esa ayuda, pero era la única persona en la que confiaba cien por cien.

Esa mañana, pensando en el patio nevado, Alba recordó que Mateo volvía de Zaragoza de una reunión por trabajo y quizás podía pedirle el favor de llevarlos al médico, porque su coche ahora sí que pensaba morirse del todo. Dinero tampoco sobraba: Javier decía que todo el dinero se lo llevaba la empresa, y lo de Alba daba solo para lo básico.

Alba miró el reloj y llamó a la consulta del centro de salud. Por suerte su médica de siempre había vuelto de vacaciones y le dieron cita enseguida.

Dejó el móvil y empezó a hacer el desayuno, cuando apareció Javier, recién levantado.

¿Otra vez la misma historia? ¿Por qué habéis estado dando vueltas toda la noche?

Martín se ha puesto malo Alba, escueta.

Y eso justifica que no dejéis dormir. Bueno, en fin, no tengo tiempo, voy a la ducha y luego desayunar rápido, tengo el día lleno.

Alba, en silencio, preparó tortitas, pensando en Martín, el enfermo del siglo, que le gustaban especialmente en esos días de bajón. Y sabía que a Javier también, así que imaginó que tampoco se quejaría del desayuno.

¿Hablaste con tu padre?

No.

¿Y por qué lo pospones tanto?

Ya te dije que no voy a hablar con él de eso, ni le voy a pedir que nos pase el piso a nuestro nombre.

Tu cabezonería me saca de quicio. Yo pago todo aquí y sigo de invitado. Siempre hay una excusa, o falta dinero, o hay que pagar algo tuyo o del niño. Yo matándome a trabajar y siempre fatal.

Javier siguió protestando pero Alba ya no le escuchaba. Notó que algo dentro de ella se rompía, como una cuerda que hasta entonces todavía la ataba a él y a todo su pasado. Sin subir la voz, dejó la espátula sobre la encimera y se giró.

Solo te lo voy a decir una vez, escucha bien. Hoy haces las maletas y te vas de casa. Nos vamos a divorciar, Javier. No puedo más siguiendo así, ni tú tampoco. No pienso discutir por dinero ni por el piso, solo por Martín. Él se merece a sus dos padres, aunque sea por separado.

Javier se quedó boquiabierto, intentó responder con alguna estupidez, pero al final se largó tirando el tenedor sobre la mesa.

Piénsate bien la burrada que acabas de soltar. Aún tienes el día para darle vueltas.

No, Javier. Lo que he decidido, lo he decidido. Y tú sabes lo que significa eso cuando me pongo así.

Pues demuestra que te falta un tornillo, ya me dirás quién te va a querer a ti Una madre soltera, ni más ni menos Y cuando lo pienses, me avisas, estaré en casa de mis padres.

Lo que tú digas.

Se marchó dando un portazo, y Alba, por fin, se sentó y se dejó llorar en silencio por todo lo guardado, hasta que oyó los pasitos arrastrados de Martín.

¿Vas a desayunar, campeón?

No tengo mucha hambre, mamá. Ahora me duele también la cabeza.

¿Y si te hago tortitas? Dicen que con mermelada curan lo que sea.

¡Eso sí!

Tras la visita de la doctora, que le recetó medicamentos y reposo, Alba fue a prepararse para ir a la farmacia. Justo cuando iba a llamar a don Luis, sonó la puerta. Solo podía ser Mateo: nunca usaba el timbre, era su pequeño código.

¡Hola!

¡Hola! ¿Cómo andáis por aquí? Mateo le enseñó una caja con un coche de juguete. Alba pensó que no recordaba la última vez que Javier le había regalado algo al niño. Los regalos siempre los compraba ella, mientras que Mateo nunca venía con las manos vacías.

Martín está pachucho otra vez. ¿Te quedas con él un momento? Voy un momento a la farmacia.

Venga, pásame la lista y me acerco yo.

Alba sacó la nota del bolso y se la dio.

No había salido Mateo cuando sonó el teléfono fijo.

¿Alba Martínez?

Sí, soy yo.

Llamamos del hospital general. Su padre ha ingresado.

¿Qué le ha pasado? Alba apretó tanto el teléfono que le dolían los dedos.

Ha tenido un infarto. Su estado es grave.

Voy para allá.

Se puso a dar vueltas por la casa, sin saber qué hacer, desbordada por el miedo. Su padre nunca se había quejado del corazón. Se dio cuenta de la facilidad con la que se puede perder en un segundo a quien más quieres.

Por instinto, cogió el móvil y marcó el número de Javier.

¿Qué quieres ahora, que has cambiado de idea?

Javier, mi padre está en el hospital. Un infarto.

¿Y? ¿Qué esperas de mí? ¿No te ibas a divorciar?

Alba no dio crédito y colgó.

Mateo, al regresar, la encontró en el pasillo, abrigada ya para salir.

¿Qué pasa?

Mi padre un infarto. Está grave.

Él no preguntó más. Fue a buscar a su madre, tía Carmen, que se quedó con Martín, mientras Mateo acompañaba a Alba al hospital.

Allí pasó el resto del día, esperando alguna noticia. Sentados en la sala de espera, callados, hasta que Alba murmuró:

Gracias Eres mi mejor suerte.

Siempre estaré contigo, Alba.

Lo sé, Mateo. Ahora sí que lo sé.

Cuando, una hora después, salió el médico y les vio, Alba dormía con la cabeza apoyada en el hombro de Mateo. Él la despertó suavemente para darle la noticia:

Hemos pasado lo peor. Está en planta y ahora sólo queda recuperarse. Id a casa, descansad, y mañana, preguntad en el control de horario para visitas.

Alba abrazó a Mateo y, por primera vez en mucho tiempo, dejó que el llanto se llevase toda la angustia de esos largos años.

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Siempre estaré a tu lado
Me casaré, pero jamás con este guapo. Sí, es un chico estupendo en todos los sentidos. Pero no es para mí. Otra vez mi madre aparece con su pareja y otro hombre… ya van algo bebidos — Irina se esconde en el rincón, tras la mesilla. — Y no tengo dónde ocultarme, ya ha caído la nieve fuera. Estoy harta de todo. En verano, acabaré cuarto de la ESO y me iré a la ciudad. Entraré en la Escuela de Magisterio y seré profesora. Aunque la ciudad está sólo a diez kilómetros, viviré en la residencia. Mi madre y sus amigos se acomodan en la cocina. Suena el borboteo de la bebida al llenar los vasos, huele a embutido. Sin querer, me dan ganas de comer. — ¡Eh, tú! — grita mi madre. — ¿Por qué te haces de rogar? — Si sois dos… — No es la primera vez que estamos con dos — dice Miguel, el pareja de mi madre. Se oye el estrépito de los vasos, el murmullo y resoplido. Me agazapo más en el rincón. De repente, todo se calma. — Miguel, ella se ha quedado dormida — suena la voz del pareja. — Decías que es buena chica, pero a mí… — Que conste que tiene una hija… — ¿Qué hija? — Irina, que ya es adulta, estará escondida en la habitación. — Tráela aquí — responde con alegría el hombre. — Irina, ¿dónde estás? — entra el pareja en la habitación, me encuentra y sonríe de forma desagradable. — Ven, siéntate con nosotros. — Estoy bien aquí. — ¿Qué te da vergüenza? — Miguel intenta abrazarme. Cojo el jarrón de la mesilla y se lo estampo en la cabeza. Resuena el cristal roto. Salgo corriendo de la habitación. — ¡Cogedla! — suena el grito de Miguel. Llego a la puerta, no me da tiempo a ponerme los zapatos; en calcetines, viejos pantalones cortos y camiseta, salgo a la calle. Tras de mí salen los hombres. Por la plaza del pueblo todo está desierto. ¿Dónde ir con la nieve y de noche? Oigo gritos detrás. En la gran casa hacia la que corro, ladra un perro. Alguien le grita. Me acerco a la verja y llamo. Abre un hombre de unos cuarenta años. — Ayúdeme — le digo bajito, mirándole suplicante. — Entra — me mete en la casa y cierra. — Oleg, ¿quién hay? — sale una mujer al porche. — Mira, — asiente hacia mí — unos hombres la perseguían. — ¡Rápido, adentro! — la mujer me lleva de la mano. — Luego nos cuentas. — ¡Irina, ven aquí! — grita Miguel desde la calle. — ¡Oleg, no te metas! — chilla la señora. — ¡Entra en casa! Se oyen gritos, ladridos. — Hay que llamar a la policía — la mujer coge el móvil. — Polina, no hace falta. Yo lo arreglo. Son de aquí. — ¿Y cómo piensas arreglarlo? — Razonando. Tú tranquiliza a la chica. El dueño prepara una bolsa con una botella y embutido y sale con el perro al exterior. Miguel le encara: — ¡Devuélvenos a Irina! — Toma esto y largo de aquí. — ¿Qué hay? — abren la bolsa, sonríen. — Vámonos, Miguel. *** — Bueno. Me llamo Polina Serghiova — dice la señora mientras pone la tetera. — Siéntate y cuéntame todo. — Soy Irina — empiezo a hablar, temblando — vivo justo al final de esta calle. — ¿Eres hija de Kira? — Sí. — Aunque vivimos aquí poco, ya hemos oído hablar de tu madre. Agacho la cabeza y rompo a llorar. — No llores, anda. La mujer me abraza. Ese gesto es nuevo para mí. La abrazo y lloro con más ganas. — Tranquila, mujer. Ahora toma un té. Entra el señor de la casa: — Ya está. Los he echado. — ¿Y con esta belleza qué hacemos? — Polina sonríe. — Mañana lo hablamos. Ahora té y luego a la ducha. — ¿Quieres comer algo? — Polina me pone un vaso de té y sonríe. — Veo que tienes hambre. Sacaron bocadillos y un poco de pastel. — ¡Come, come! — sonríe el dueño mirándome. No me interrogaron más, y me dejaron tranquila. Al terminar la cena, Polina me lleva al baño: — Dúchate, ponte este albornoz. *** Sólo quiero no acabar de nuevo en la calle esta noche. La bañera caliente es una bendición; qué frío estará fuera. Pero hay que salir, ellos esperan. Salgo. El matrimonio se sienta en el sofá. Sonrío tímida: — ¡Gracias! — Verás, Irina — comienza la señora — creo que nadie te va a buscar. No quieres volver a casa. Agacho la cabeza. — Mañana temprano nos vamos… — Lo entiendo — digo avergonzada. — Vas a estar sola; no abras a nadie. Nuestro perro Jack no deja entrar a extraños. ¿Entendido? — ¡Sí! — exclamo. — Puedes preparar un buen cocido cuando lleguemos — sonríe Oleg Romanovich — ¿Sabes hacerlo? — Sí, sé cocinar. Y limpiar también puedo. — Pues limpia la planta baja, si no te importa — acepta Polina. *** Me despierto junto a los dueños, pero sigo temiendo que me echen. Oigo el coche en el patio. Luego, silencio. Me levanto. Me lavo. En la cocina hay té caliente, pan, embutido y queso. En la mesa, costillas de cerdo. Desayuno. Lo recojo todo. Limpio el suelo. En el pasillo veo la aspiradora. La enciendo y paso por toda la casa. Acabo de apagarla… — ¿Qué significa esto? — alguien pregunta detrás de mí. Me doy la vuelta. Un chico guapo de dieciocho, ojos oscuros y curiosos. — Estoy limpiando — digo. — ¿Quién eres? — Vaya… — él cabecea y saca el móvil. — Mamá, ya estoy en casa. ¿Quién es ella? — Hijo, deja que esa chica se quede unos días. — Me da igual. Guarda el móvil, me mira de arriba abajo y va a la cocina. — ¿Te preparo té? — le pregunto. — Me manejo solo. *** Recojo la aspiradora. Sigo limpiando y escuchando cada ruido de la cocina. El chico desayuna y va al baño. Sale afeitado y oliendo a loción. — ¡Eh, jefe, tráeme otra botella! — se oye desde la calle. — ¿Eso qué es? — va a la ventana. — No les abras — grito asustada. Él me mira curioso, sonriendo, y sale. Miro por la ventana; fuera están el pareja de mi madre y el amigo, gritando. Me da miedo. Sale el hijo de los dueños. Ellos se lanzan y de pronto… caen en la nieve, los dos. Él se inclina, les dice algo. Se levantan cabizbajos y se van hacia mi casa. *** Vuelve el chico. Me mira. Se acerca: — ¿Estás asustada? Sin darme cuenta, me apoyo en su pecho y lloro. — ¿Cómo te llamas? — pregunta. — Irina. — Yo soy Ruslan. No llores, ya no vuelven. *** Ruslan sube a su cuarto y no baja en todo el día. Yo preparo un cocido, me siento en la cocina y pienso. Claro que quiero quedarme con esta gente tan buena, pero sé que he cruzado límites. Regresan los dueños. Polina mira el orden sorprendida. Oleg aprueba mi cocido. — Creo que debo irme — suspiro. — Gracias por todo. — ¡Irina, quédate unos días! — Gracias, Polina, pero debo regresar — insisto. Voy hacia la puerta, pero me detengo. Llevo puesto su albornoz y zapatillas. — Ven — la señora me lleva al salón. Abre el armario, rebusca, saca vaqueros, jersey y un abrigo deportivo. — Ponte esto, somos del mismo tamaño. — No hace falta… — No vas a ir desnuda. Ponte, anda. No me voy a arruinar. Me visto. Miro de reojo el espejo. Jamás he tenido ropa tan bonita. En el pasillo me obliga a llevar gorro y botas de invierno. — Irina, disfrútalo. — ¡Gracias, Polina! *** La vida vuelve a la normalidad. Bueno, algo. Mi madre trabaja en la granja; su pareja ha desaparecido. Llega la primavera. Un día, estoy haciendo deberes cuando llaman al portón. Miro y veo a Ruslan. Me hace un gesto: ¡sal! No salgo, vuelo. — ¡Hola! — sonríe él. — Buenas. — Mi madre te busca. *** Entro en esa casa donde pasé un día feliz. — ¡Hola, Irina! — Polina me recibe y abraza. — Buenas, Polina. — Ven, vamos a por un té. Polina me sirve té, se sienta. — Tengo que pedirte algo. Mi marido y yo nos vamos un mes a Turquía — sonríe soñadora. — Mi hijo está poco en casa. ¿Puedes cuidar la casa? Hay que dar de comer al perro Jack y al gato, regar las plantas. Tengo muchas. — Por supuesto, Polina. — Perfecto — saca dinero. — Toma veinte mil euros. — ¿Por qué, Polina? — Acéptalo, que no nos arruinamos. Ven, te enseño todo. Presto atención para recordar las macetas, la comida de gato y perro. Luego llama a Ruslan: — ¡Ruslan! — él sale del cuarto. — Ve y presenta a Irina a Jack. — Vamos — Ruslan pone suavemente la mano en mi hombro. Salimos, suelto a Jack y paseamos. Ruslan me habla de la universidad, karate y negocios familiares. Pero yo pienso en otra cosa: sé que entre él y yo hay un abismo, igual que entre mi madre y sus padres. Son buenas personas, pero esto no es un cuento de hadas, es la vida. «En dos meses haré la prueba de acceso al instituto, tengo que aprobar. Estudiaré, trabajaré y me buscaré la vida para ser alguien. Me casaré, pero no con este guapo. Sí, es un chico genial, pero no es mi tipo. Agradezco a Polina la ropa y los veinte mil euros. Al menos podré sobrevivir al principio en la ciudad». Siento que en este momento acaba mi dura infancia. Ahora empieza la vida adulta, igual de difícil, donde todo depende sólo de mí. Llegamos al chalet. Acaricio a Jack, sonrío a Ruslan y vuelvo a casa. Mañana empieza mi trabajo aquí. Sólo trabajo, nada más.