La compasión de una madre

Suena el móvil, es la alarma. Ascensión se estira en la cama.

¡Ay! ¡Qué día más bonito! Abre los ojos y ve las sábanas nuevas, negras, ésas que llevaba mucho tiempo queriendo. Se las regaló Lara por su cumpleaños. Gracias, hija mía.

Fuera llueve. Pues nada, lluvia toca. El día sigue siendo bueno: hasta la una está en consulta con don Alejandro, San Alejo, ese traumatólogo tan positivo, que, después de cruzarse con un par de enfermeras jovencitas, poco hábiles y menos simpáticas con los pacientes, se aferró a Ascensión como a un clavo ardiendo. Y después, las visitas a domicilio.

Trabajaba en una clínica privada de Madrid y, además, en el botiquín de un cole público del barrio. Unas veces complementaba haciendo curas, inyecciones y cosas así a domicilio. Como llevaba tanto tiempo, tenía clientes fijos. En el distrito la conocían y se recomendaban unos a otros. Eso era fundamental siendo mujer sola: gracias a esos extras pudo reformar el piso y, si podía, echaba un cable a los hijos. Sobre todo a Lara, que vivía cerca y, de baja maternal en baja maternal, encadenaba crianza tras crianza.

Se puso sus queridas zapatillas grises, después el culo en el sillón favorito. Café, maquillaje rápido, un poco de laca para domar el encrespado, vaqueros pitillo y, como siempre, fuera pensamientos de dieta…

Salió camino del trabajo, paraguas en mano, una sonrisa puesta de serie. Era positiva por naturaleza.

Eres como un rayo de sol, Ascen. Cuando entras aquí, se ilumina la casa, se anima el ánimo y hasta la enfermedad parece menos grave le decía una paciente. Se nota que eres feliz.

¿Feliz? Ascensión soltaba una risilla. Bueno, sí, lo soy, claro asentía.

¿Y por qué no aceptar que sí?

Ascensión siempre pensó que uno decide ser feliz o desgraciado según lo que tenga en la cabeza, no por lo que pasa de puertas afuera. Nadie sabe si eres feliz, la vida da muchas vueltas.

Su hijo fue muy enfermizo de niño, nació arrastrando secuelas de parto. A tal punto se habituó a pelear y a buscar soluciones para todo que actuar se le hizo modo de vida.

El marido, en los años mozos, le dio alguna sorpresa: se fue con otra. Tres años distanciados. ¿En quién iba a confiar, si la dejaron sola con dos niños? Más aún, siendo de Salamanca y habiendo recalado en Madrid con su pareja después de estudiar. Lejos quedaban su madre, su hermano. Y allí, en casa, también había problemas: su madre bastante afanaba manteniendo a flote a su hermano, que bebía demasiado.

Pero en los peores años, Ascensión tiró del carro sin amargarse. Consiguió sacar a la familia adelante. El marido regresó tras más de un año pidiendo perdón… y lo acabó perdonando. Esa mancha oscura del corazón la tapó, como de costumbre, pensando en lo bueno.

Ahora rozaba los sesenta, viuda hacía cuatro años. El hijo en Gijón, montando su vida, la hija con la familia apenas a un par de bloques. Los problemas nunca faltaban, pero, bueno, ésa es la vida: que uno decida llamarla feliz o infeliz ya es cosa personal.

¡Buenos días, don Alejandro!

El médico llegaba para la consulta y Ascensión ya lo tenía todo preparado.

Buenos, buenos, para los caracoles y para las plantas… Hoy toca subida de pacientes, Ascensión. Aunque esté por demostrar que la lluvia agudiza el reuma, la gente cree que sí, así que… paciencia.

Ascensión amaba su trabajo. Nunca le rondaba en la cabeza lo del retiro. A veces quedaba con su mejor amiga, Pilar, para charlar en casa o salir a tomar algo. Pilar, maestra, también iba de un lado para otro, ayudando a los nietos, así que no se veían mucho, pero cuando lo hacían, lo disfrutaban.

***

Un día de repente, la vida de Ascensión dio un giro: llegó el momento de traer a su madre a vivir con ella. El hermano había fallecido hacía algunos años, y su madre ya necesitaba ayuda para casi todo. La trajo desde Salamanca.

¡Ay, Ascen! ¿Y Víctor y Eugenio, sin mí, qué van a hacer? ¿A quién recurrirán? Pobres… unos desgraciados…

Anda, mamá, no digas tonterías. Son jóvenes, con salud, tienen todo el futuro por delante. Mejor preocúpate de cuidarte tú. Aquí vas a descansar de problemas.

La madre iba sentada en la litera de abajo del tren y negaba con la cabeza. Daba pena dejar atrás a los nietos, a los hijos de su hijo difunto, a las vecinas de Salamanca, su tierra… Había pasado la vida pendiente de los demás, pensando que lo del autocuidado era egoísmo. Ella necesitaba tener a alguien por quien preocuparse.

A Ascensión le costó un mundo poder llevársela al final. Tuvo que pedir días en el trabajo, de los dos trabajos, vamos. La traía como quien rescata. La madre se quedó machacada intentando salvar a su hijo, el que se perdió en la bebida. No pudo, le faltaron fuerzas. El hermano murió de frío borracho en una pesca otoñal.

Y, encima, la culpa por la muerte hizo que incluyera a sus nietos entre sus tareas: cuidarles, hacerles meriendas, darles dinero, resolver todo.

La madre de los niños no tiene tiempo ni para prepararles un bocata. Vienen conmigo, qué voy a hacer. Yo, por la mañana, hago un cocido, un bizcocho, y luego a la compra. El pequeño es muy de queso fresco.

Mamá, ¿no crees que te sobrecargas demasiado? Ya van todos los días a comer contigo.

Que no, hija, no exageres. Y si, encima, me alegro…

Desde Madrid, Ascensión trataba de hacerle ver que su ayuda pasaba a ser una losa, pero los problemas de los nietos nunca se terminaban.

Es que Víctor todavía estudia y, sin padre, de dónde va a sacar su madre. Le di dinero para unas zapatillas deportivas. Dice que son de marca, ¡y qué contento estaba!

Ascensión, cada tanto, miraba por las redes cómo los sobrinos y su madre vivían muy bien: viajaban, iban a restaurantes, y la mamá, arrastrando el carro, se quedaba sin pensión por dejarse la vida ayudando.

Así que, al final, entendió que allí no le quedaba más remedio que acoger a su madre en Madrid. Pero fue difícil tomar la decisión.

¡Llévatela ya! le impulsaba Pilar cada vez que Ascensión le contaba la película de Salamanca.

¿Qué pasa, piensas que es una maleta? Esto no va así. No quiere venir, Pili, no hay manera…

Sólo al empeorar la salud, accedió a marcharse con la hija.

Se fueron acostumbrando poco a poco. La madre, al nuevo barrio y su ritmo; Ascensión, a convivir con mamá y ese no poder decidir por sí misma a los sesenta. Tuvieron sus más y sus menos, era lógico. Ambas se habían acostumbrao a hacer y deshacer a su aire. Ahora, hasta pedir permiso para salir una tarde con Pilar le parecía un mundo.

¿A dónde vas? Ya es de noche. Quédate en casa.

Hombre, mamá, tampoco es para tanto.

Algún que otro morros hubo, sí, y conversaciones cortadas durante días.

Pero así poco a poco las rutinas cuajaron. Doña Cándida, la madre, colgaba mucho al teléfono con Salamanca, hablaba con los nietos, con su nuera, con las amigas, pedía a Ascensión transferencias de dinero cada dos por tres Y la hija obedecía, hasta donde podía.

Poco a poco, la madre se fue dando cuenta: los nietos sobrevivían bien sin su intervención e incluso empezaban a olvidarse de llamarla. Ahora tenía cerca a su hija, y comenzó a interesarse por la vida de Ascensión, por sus altibajos y problemas.

Y ahí apareció un nuevo objeto de pena.

Ascensión volvía reventada por las tardes. Entre el trabajo en el cole, las gestiones de pacientes, y ayudar a su hija con los críos, acababa molida. La mayoría de los pacientes no estaban cerca, y había que subir escalones y aguantar de todo. Sabía apañárselas, pero al final, el cansancio pesaba igual.

Antes, llegaba, se sentaba con las piernas en alto un rato, hacía la cena y, tras todo el trajín, disfrutaba sus ratos a solas. Ahora, al llegar, antes de quitarse los zapatos, la madre ya andaba dando instrucciones desde el umbral.

He pelado patatas, pero mejor cocínalas tú. Mira, aquí tengo unas pastillas que no entiendo Hablé con Víctor, tiene novia nueva, ¿lo sabías?… y vuelta, y vuelta.

Así que tuvo que ponerle límites y pedir media hora de descanso al día.

Las primeras veces, durante ese descanso, escuchaba desde la otra habitación el monólogo auto compasivo de su madre.

Está otra vez agotada. ¿Se puede vivir así, hija mía? Si al menos te tocase la lotería A ver si llega la jubilación y así aflojas. Pero aún te parece poco, siempre igual, con lo cansada que estás…

Entre bostezo y bostezo, Ascensión notaba la pesadez. Se dejaba arrastrar. No era joven, no, y no le pagaban tanto, y encima nadie agradecía nada. Con los López fue doce veces y ni cobraron, y encima mirada de reproche. Parecía incluso su culpa que el abuelo no dejase de toser.

La pena maternal puede mucho.

Cada vez la mamá insistía más:

¡Ascen, por Dios, si es domingo! ¡Quédate tumbada!

Que ya me he espabilado, mamá.

Pues descansa, no hay prisa. Toda la semana corriendo, yo ya me apaño.

Así que Ascensión se tomaba el café en la cama, y para qué negar que daba gusto. Que ya no tenía treinta años. Decía a Lara que hoy no iría: me quedo a descansar.

En cuanto le veía, la madre insistía:

¿Por qué te metes ahora con las ventanas? Deja, mujer, que se limpian otro día

Y las ventanas, claro, se quedaron sin limpiar.

Mamá, este finde me llevo a Arturo y Elisa. A Lara y Jorge les han invitado a una boda.

Anda pues te los llevas. No descansas ni el domingo resoplaba la abuela. Yo ya no sirvo de ayuda y tú tanta pena da verte, hija. Menuda vida te ha tocado

Bueno, tampoco es tan mala

¡Ay! Mañana, pasado. Es un sin vivir. A tu edad deberías pensar más en ti, que ya no eres una chiquilla

Esa energía que transmitía su madre, ese filtro de pesar, se colaba dentro. Ascensión cada vez se notaba más desganada. Hasta la vida se le antojaba más gris, sentía que la castigaba el destino.

Empezó a pasar de todo, la casa se iba dejando, total La madre barría un poco, y ya. La familia sobreviviría, nadie vendría a mirar.

En nada, Ascensión dejó de ir a la escuela, pidió la baja voluntaria. Bueno, pues mejor, había que cuidarse.

Una de sus pacientes viejas, doña Consuelo, la notó seria:

¡Ay, hija! Qué cansada estoy de tanto tratamiento.

¿Y yo de venir al cuarto piso cada vez? Ya no puedo, y encima venga a quejarnos. A ver si me cuidan a mí, por fin.

Doña Consuelo la miró sorprendida. Nunca había visto a Ascensión perder la sonrisa.

¿No te estarás poniendo malita tú también, cielo?

Salud, bueno, la justa. A mi edad, ¿quién está completamente sano?

Si una no se cuida, nadie lo hará por ti respondió la señora, preocupada.

Pero dentro, la rabia por todo crecía. Por la hija, por el hijo, por los pacientes, por la vida. Si nadie la ayuda, ¿quién la va a ayudar a ella?

Medio año después, cortó las visitas a domicilio.

¿Ascensión Fernández? Hola, te llamamos porque cuidaste a mi madre en primavera. Ahora necesita otra tanda de inyecciones

Ya no hago servicios a domicilio respondía seca, dudando siempre si decir que sí o que no.

Bien hecho, hija, bien hecho asintió la madre. Todo el dinero del mundo no compensa.

Y Ascensión, con cara de circunstancias, se acordaba de sus achaques.

Ascen, hija, ¿qué pasa, que nunca quieres quedar ya? insistía Pilar, intentando montar una reunión con las amigas.

Que no me apetece, Pili, y tampoco me cae bien la comida

Ya, como si yo pudiera comerlo todo respondía Pilar, que tenía úlcera.

De verdad, otro día.

Ya ni dinero había para cafés, ni ganas. Ni pasaba por la peluquería: moño y fuera. Ahora, los fines de semana, vuelta a la cama, mirando los perfiles de hijos, nietos, amigos, sus historias… pero ella ya no publicaba nada. Nada digno de contar.

¿Sigues en la cama, hija? Pues bien. Quédate. Me apetece hacer torrijas decía la madre, velando por el descanso de Ascensión.

Vuelta a la rutina. Suena la alarma, otro día. Mira las sábanas negras, hace eternidades que no las cambia, ni las disfruta.

Llueve otra vez.

Madre mía, no he pegado ojo, toda la noche dale que dale la lluvia a la ventana, y ahora vas tú al trabajo, pobrecilla Qué vida más perra

Consultas eternas. Ahora el médico era otro, una especialista altiva, que sólo la desesperaba. Ascensión sentía aún más pena por sí misma y ganas de dejarlo todo.

¡Qué llegue la pensión ya, señor!

Porque esa imagen de mujer agotada, desgraciada, la que su madre llevaba años dibujando, de repente empezaba a pesarle. La compasión materna era sincera, de verdad quería que su hija descansara, que lo tuviera todo. Necesitaba tener una causa que cuidar, una razón para estar.

Pero Ascensión había caído en la trampa de la lástima. Le pesaba todo. Por las mañanas, lloraría. Por las tardes, la ira. Iban creciendo los enfados por cualquier cosa: por el desorden, los despistes, por no hacer nada como ella quería. La madre cada vez se recogía más en su cuarto, dolía más que nunca.

Doña Ascensión sentía que la tenían atrapada, en un aire irrespirable, y sólo valía compadecerse. Encima, aparecen mil dolencias: peso, digestiones pesadas, dolores pero el médico no veía motivo para alarmarse, puro malestar vital. Y la madre, más pena sentía por la pobre Ascensión.

Menuda vida la tuya, hija repetía la madre. Viuda, los chicos aún necesitan un mundo, uno de los nietos siempre malito, y sin descansar…

La primera en levantar la voz fue Lara.

Mamá…, ¿estás bien? Hasta Elisa ya ha notado que la abuela no le cuenta bromas y tú andas rara. Desde que vino la abuela, eres otra ¿Me equivoco? Piénsalo.

¿Pensarlo? Si todo era cuestión de edad Pero Ascensión se puso a reflexionar, claro. Y Lara tenía razón, toda la razón.

La madre se pasó la vida compadeciendo al hermano, que de la enfermedad, al colegio, a la bebida… siempre estuvo luchando por él.

¿Y a dónde lo llevó?

De joven, cuando pasaba los veranos en Salamanca, veía cómo el hermano se pasaba el día tirado en el sofá después de comer, mientras ella no paraba de arreglar, limpiar, ayudar. Él, en cambio, dos semanas enteras descansando. Su madre decía que era buho, que no encontraba empleo por la gente desagradable, por la mala suerte, por la política, por el país, porque la vida era un drama.

El drama terminaba cuando había dinero para salir de copas.

¿De verdad…? ¿De verdad el cariño y la compasión pueden hundirnos? No somos responsables de la felicidad de nadie, pero…

¿Por qué nos apagamos al lado de quienes nos ven derrotados y volamos con quienes nos consideran capaces? Nos gusta la gente que nos ve luminosos; con los que nos ven víctimas, empezamos a tenernos lástima.

De repente lo entendió de golpe: se había apagado a sí misma para encajar en el rol que su madre esperaba. Porque ser objeto de compasión es cómodo, nadie exige nada; hasta tú te compadeces a ti misma…

Le entraron hasta sudores.

Al final, la felicidad depende sólo de cómo miras, no de lo que pasa fuera, ¿no pensaba eso mismo hasta hace poco?

¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Acaso quería verla así su madre?

Al día siguiente, después de una charla con Lara, Ascensión escuchó en el pasillo a las enfermeras.

¿Has visto a Ascensión? Antes siempre riendo, y ahora está de bajón.

A lo mejor está enferma y no quiere contarlo.

¿Enferma de qué? De lástima, seguramente.

Aquel día le tocó consulta con el proctólogo. Entró un chico joven, muy cortado. Se notaba que era su primera vez con algo así. Volvió la Ascensión de siempre y, en pocos minutos, el chaval estaba riendo con ellos. El médico le recetó supositorios y explicó cómo se usan.

¿Y después qué hago? ¿La saco?

¿Sacarla? el médico se quedó parado. No, hombre, que se deshace.

¿Ah, sí? el chico miró a Ascensión, alucinando.

¿Tú cómo te lo imaginabas? bromeó ella.

Entre los tres acabaron llorando de risa. Y Ascensión volvió a encontrarse a sí misma. Bajo ningún concepto debía caer en la autocompasión. ¡Ni hablar!

Pidió cita en la peluquería. Luego llamó a doña Consuelo, para charlar y ver cómo iban los achaques. Anunció que volvía a aceptar visitas a domicilio, y al decirlo, pensó: cuánto había echado de menos a sus pacientes.

Pili, tenemos que quedar. Estoy harta de estar en casa.

¡No me lo creo! Esto sí que es una señal. ¡Bienvenida, mujer!

La madre se puso de morros:

¿Para qué tanta prisa? ¿No ganas ya bastante? No vas a salvar el mundo.

No es por la pasta, mamá. Me ahogo aquí metida. Así no soy yo.

Si tú no te quieres, nadie te querrá contestaba la madre.

Mira, tú ya te has encargado, y con eso basta. Ahora, celébrate un poco por mí, piensa que soy feliz. Eso también se pega.

¡Tonterías! suspiraba. Así vas, que te duele todo. A ver cuándo te entra en la cabeza que hay que parar…

No había quien la convenciera, pero tampoco hacía falta.

La madre perdía peso en su vida, porque ahora la hija no necesitaba tanto. La pena maternal necesita un objeto, y cuando lo pierde, cuesta encontrarle sentido a la vida, sobre todo después de los ochenta. Así que tocaba ayudarle a la madre a buscar nuevos intereses, sin renunciar a su propia alegría.

Volvió a sonar la alarma. Ascensión se estiró en la cama… ¡Aaaay, qué buen día! Miró la pijama nueva de leopardo, esa que tanto deseaba y que Lara le regaló. ¡Gracias, Luciérnaga!

No he dormido nada, con la dichosa lluvia escuchó lastimera la voz de su madre desde el cuarto.

Lluvia pues que llueva. Zapatillas, sillón, café, maquillaje exprés, un poco de laca, vaqueros ceñidos y, como siempre, dieta fuera de la cabeza

Y de camino al trabajo, bajo el paraguas… una sonrisa de oreja a oreja.

Porque el día, hoy también, sería estupendo.

El día de una mujer feliz.

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