Llevo ya quince años siendo ama de casa. No era exactamente lo que había planeado, pero cuando nació nuestro hijo Daniel, decidimos que yo me quedaría en casa para cuidar de él y del hogar.

Llevo ya quince años siendo ama de casa. No es que lo tuviera planeado, la verdad. Pero cuando nació nuestro hijo, Daniel, decidimos que yo me quedara en casa para ocuparme de él y del hogar, mientras mi marido, Javier, trabajaba en la oficina.

En ese momento, nos pareció lo más lógico. Él tenía un empleo fijo y alguien tenía que encargarse de la casa. Pensaba que sería algo temporal, pero los años han pasado y mi vida se ha quedado entre estas cuatro paredes.

Mi día siempre arranca antes de que salga el sol. Me levanto a las 5:30 para preparar el desayuno y dejar listo a Daniel para el instituto. Mientras la cafetera echa humo en la cocina, aprovecho para recoger el salón, ordenar lo que se quedó por ahí tirado la noche anterior y empezar con la comida del mediodía.

Cuando bajan a desayunar, ya está todo hecho, todo en su sitio. Javier rara vez se sienta conmigo; normalmente desayuna en silencio viendo el móvil. Muchas veces termina, se levanta y sale sin decir una palabra sobre si le ha gustado o no lo que he preparado.

Cuando ellos se van, se hace el silencio… y comienza mi segunda jornada. Pongo una lavadora, limpio el baño, recojo las habitaciones, reviso las facturas, bajo al supermercado, vuelvo a la cocina… Es como una rueda que no para nunca. A veces, en cuanto termino una cosa, ya tengo otra esperando.

Esta casa, de verdad, no se detiene jamás.

Cuando Javier regresa del trabajo, lo primero que pregunta es:
¿Qué hay para cenar?
Si no le gusta lo que preparo, no tiene reparo en decirlo abiertamente. Más de una vez me ha soltado:
¿Esto es lo mejor que se te ha ocurrido hoy?
O
¿Todo el día en casa y no te ha dado tiempo a hacer nada mejor?
Yo prefiero callarme. Discutir solo hace que el ambiente se ponga más tenso.

Y con Daniel, ahora que tiene catorce años, la cosa tampoco es fácil. Últimamente parece que cualquier cosa que hago le molesta. Si le pido que recoja su plato, me responde con mala cara. Si le recuerdo que ordene su cuarto, me dice que le deje en paz. A veces pasa a mi lado y ni se fija, como si fuera una lámpara más del pasillo.

El otro día pasó algo que me tuvo pensando toda la noche. Estábamos cenando los tres. Javier empezó a quejarse de lo cansado que viene de la oficina. Daniel, sin levantar la cabeza del móvil, dijo que él también estaba agotado del instituto.

Yo, casi en un susurro, comenté que cada uno está cansado a su manera.
Javier se rio y preguntó:
¿Tú de qué te cansas?
Si estás todo el día en casa
Daniel también se rió. No fue una carcajada, solo una risa corta y casi automática. Pero se quedó flotando entre nosotros, como si la pregunta no tuviera respuesta posible.

El resto de la cena fue en completo silencio.

Esa noche, mientras fregaba los platos, entendí algo que llevo tiempo intentando no admitir: en esta casa, todo lo que yo hago es invisible. La comida aparece en la mesa, la ropa está siempre limpia en el armario, el piso está recogido… pero para ellos, todas esas cosas simplemente están, como si ocurrieran solas.

A veces me pregunto ¿cuánto tiempo puede vivir una mujer en un sitio donde sus esfuerzos se han vuelto tan normales que ya nadie la ve?

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