Los restos de una amistad

Fragmentos de una amistad

Rocío volvió a casa tras un día que bien podría haber optado por acabarse antes de empezar. Abrió la puerta con esa mezcla entre autómata y ya si eso, me dejo caer en el felpudo, y se deshizo de sus botines con el mismo entusiasmo que despertaría la declaración de la renta. Movimientos cansinos, pero no tanto por el cuerpo, sino por algo bastante más profundo. En la entrada reinaba una calma tan rara que hasta se atrevería uno a pensar que el piso estaba deshabitado, salvo por el susurro lejano de la tele, desde la cocina.

Rocío vaciló un momento, como quien considera seriamente mudarse al trastero antes de afrontar el salón. Cambiar el chip del trabajo al hogar no era normalmente nada digno de novela, pero hoy la transición parecía requerir medalla.

Finalmente, se dirigió a la cocina. Allí estaba Jaime, su marido. Tenía delante un plato de sopa, que sorbía a paso de procesión, con la mira más puesta en la televisión que en la cuchara. Al notar la presencia de Rocío, levantó la vista con ese radar conyugal afinadísimo tras años de práctica.

Hoy te has escaqueado pronto, ¿todo bien? preguntó, con una mezcla de genuina preocupación y el nervio de quien intuye tormenta.

Rocío se dejó caer en la silla frente a él con la misma destreza que una croqueta al aceite. Se abrazó los hombros, como si con ese gesto pudiera contener todo lo que bullía por dentro. Jaime lo captó enseguida, ese sexto sentido del casado: aquí huele a drama.

No, la verdad. respondió, casi en susurro, con la mirada en el azulejo, por no lanzarla al vacío. Vengo de casa de Teresa. Creo que ya no somos amigas.

A Jaime se le fue el hambre en el mismo instante, dejando la cuchara flotando en modo salvavidas. No hacía falta preguntarle nada: estoy aquí, dispara, decían sus ojos.

¿Qué ha pasado? preguntó con esa calma que sólo tienen los que saben lo que hacen cuando alguien está a punto de explotar.

Rocío suspiró, como quien se prepara a confesarle a su abuela que no le apetece cocido ni hoy ni nunca más.

Todo por culpa de su marido, imagínate. Álvaro le ha puesto los cuernos. ¿Y qué hace ella? Pues en vez de hablar con él como dios manda, va y se tira a la yugular de la pobre chica con la que estuvo él. Llamándola de todo menos bonita, acusándola de saber que él era hombre casado y aun así, ya te puedes imaginar. La voz de Rocío tembló, pero continuó. Intenté hacerla entrar en razón, decirle: oye, el responsable es Álvaro, igual deberías hablarlo con él primero. Pero ni caso. Me gritó que no le apoyo, que estoy de parte de la traidora.

Jaime giraba la cuchara en el caldo como si esperara que el oráculo de la DGT le diera una señal. Claramente, el tema iba para largo.

Pero, ¿la chica sabía que era casado? preguntó, intentando poner orden al jaleo.

Rocío bufó, escenificando indignación sin reservas.

¡Para nada! exclamó, casi con las manos al cielo. Él le dijo que se había divorciado hace tiempo, vamos, la clásica. Y por supuesto el DNI ni asomó. Intenté que Teresa lo viera: que dejar de culpar a la chica por las mentiras de su marido. Pero nada, que defiendo a ese tipo de mujeres porque yo tampoco soy un angelito.

Jaime frunció el ceño, arrugando hasta el alma. Nada peor que esa gente que cuando mete la pata, salpica. Y encima, a dudar de tu integridad por deporte.

Esto se pone bonito, ¿y cómo acabó? preguntó.

Rocío esbozó una media sonrisa amarga. Pero ni pizca de gracia.

Pues peor. Teresa empezó a ir divulgando por ahí que defiendo mucho a la chica. ¿Por qué será?, insinuaba, como si tuviera yo también la conciencia un poquito sucia. Y claro, media corte de conocidos le sigue el rollo. Ahora me miran con cara de a ti te tengo calada. Y yo, que pensaba que tener una amiga era para que te apoyara en lo complicado, y resulta que me toca salir de villana de culebrón.

El silencio que siguió sólo lo cortaba el murmullo de las noticias, pero ni Jaime ni Rocío las oían. Ella estrujaba el mantel, buscando consuelo como quien busca las llaves bajando la basura: con fe ciega y cero resultados. Duele más que quien consideras tu aliada principal se pase al equipo contrario de un día para otro.

Si todo lo que hacía era intentar ayudar… murmuró mientras miraba la ciudad por la ventana, helada, viéndolo todo blanco menos la esperanza. Solo le pedía que pensara, que el que la había engañado era Álvaro. Pero ella, erre que erre. Ahora media pandilla cree que soy aliada de la adúltera. ¡Hay que ser malpensados!

Jaime se levantó, le pasó el brazo por los hombros, fijo en ese papel de ancla que cualquier psicólogo les envidiaría.

Sabes que tienes razón, ¿verdad? le dijo con voz de esos abrazos que quitan frío.

Lo sé, concedió Rocío, desviando al fin la mirada del ventanal pero no consuela. ¿Sabes los años de amistad? Y todo se va al garete por un cumulo de mentiras… Da mucha rabia, la verdad.

*******

Los siguientes días, Rocío optó por el modo hermitaña deluxe. Solo de imaginar encontrarse con conocidos en la escalera o en el Mercadona, le entraba la taquicardia. Oía cuchicheos, miradas de soslayo, incluso conversaciones que al entrar se cortaban como la leche al sol, y no hablaremos de lo que reconforta eso.

Entre barridos intensivos, reorganización de la estantería por cuarta vez esa semana y platos que jamás había tenido tiempo de intentar, Rocío seguía dándole vueltas al batacazo vital que acababa de vivir. Ni los documentales de animales conseguían distraerle el runrún de la cabeza. De repente, mudarse parecía la mejor idea desde comer churros sin importar las calorías.

Se imaginaba a sí misma subiendo a un AVE, rumbo a cualquier sitio donde no hubiera Teresa, donde sólo necesitara justificar el porqué de su acento, no su vida entera. Pero daba igual, aún era sólo fantasía.

Una noche, mientras el invierno se hacía fuerte al otro lado de la ventana y ellos pasaban la tarde en la cocina taza de té, luz cálida de la lámpara, nieve decorando ya casi por deporte, Jaime asomó con una de esas ideas bomba que parece simple pero remueve cielo y tierra.

He estado pensando… empezó con el tono de quien no sabe si está pidiendo mudanza o diciendo que hay que bajar la basura. ¿Y si nos cambiamos de barrio? O vamos, simplemente al otro extremo de Madrid. Cambiar de aires.

Rocío le miró como si acabara de proponer un safari por la Gran Vía. La sorpresa le mezclaba nervios e ilusión, todo a partes iguales.

¿Y crees que eso nos arreglaría la vida? preguntó, intentando sonar zen.

Seguro, respondió Jaime, más convencido que el menú del día. Necesitas dejar atrás la montaña rusa, respirar otras vistas. Aquí estás rodeada de fantasmas y de cotillas. Un cambio te va a sentar como la horchata en agosto.

La idea daba más miedo que la declaración trimestral, pero también tenía algo de esperanza. Imaginó el trabajo de empaquetar la casa, los trámites, decirle adiós a los pocos que aún le saludaban sin retintín. Aún así, con todo el vértigo, ese podría ser le sonaba más a tengo que hacerlo que cualquier otra cosa.

Vale. Probemos. dijo finalmente, con una determinación que sabía más a salto de trampolín que a convencimiento.

La mudanza, claro, inició el clásico desfile de pisos de fotos maravillosas y olor a humedad, barrios con promesas de parques y transportes y realidad de rotondas y obras. Rocío y Jaime recorrieron media comunidad, entre visitas surrealistas a pisos que parecían salidos de un thriller y llamadas eternas a inmobiliarias. El proceso era lento, pero al menos no tenía fecha de caducidad impuesta.

Entre tanto, Rocío no podía dejar de pensar en Teresa, esa amiga de quien había compartido casi todo, y ahora le había dejado la soledad como souvenir. Daba vueltas a sus años, a aquellas tardes tontas en la playa, las confesiones, las risas. Se preguntaba en qué momento todo se desmoronó y la amistad se evaporó como una caña abandonada.

Un día, fisgoneando cajas viejas, encontró una foto con Teresa, las dos en la Costa de la Luz, frente al mar, descojonadas. En aquel momento el futuro era otra cosa. Pensó que tal vez podría llamarla. Pero en cuanto revivió la última bronca, lo descartó. Algunas puertas se cierran para siempre; mejor eso que ver caer el marco.

Por fin, un mes después, lo consiguieron. Piso pequeño, luminoso, con ventanales y vistas al parque. Se lo alquiló una señora breve y directa del barrio de Chamberí, que les garantizó gente tranquila en el bloque, nada de líos. Era justo lo que necesitaban.

La mudanza fue su propia yincana. Entre cajas, muebles, y las bromas de Jaime de que aquello entrenaba la memoria mejor que el sudoku, acabaron por hacer hogar en su rincón de Madrid.

Rocío fue recomponiéndose. El dolor de la traición seguía, sí, pero también la certeza de que toda amistad que se rompe así, mejor lejos. Se reafirmó en la comodidad de la calma, el placer de las pequeñas rutinas, y sobre todo en la libertad de no deber ninguna excusa a nadie.

Un día, igual por justicia poética o por cerrar el capítulo, Rocío llamó a Álvaro, el marido de Teresa, para dejar bien claro que si había que poner las cartas sobre la mesa, que se pusieran todas. Quedaron en un café cutre y recóndito. Él llegó nervioso, repasando el cuello de la camisa como si esperase salir en portada de Cuore. Después de poner en común pruebas y verdades, Rocío le puso sobre aviso: aquí todo el mundo tiene esqueletos en el armario. Le entregó unos papeles sobre un viaje misterioso de Teresa y, con eso, cerró por dentro y por fuera la trampilla.

Álvaro agradeció el gesto honrado, ella respondió sin dramas. Tomó su abrigo, pagó su café y salió a la calle. Así, cerró la última herida.

************

Con ese último acto de cierre, Rocío hizo limpieza de contactos y likes. Borró el número de Teresa con un suspiro y la eliminó de las redes. No dolió tanto como pensaba. La nueva vida, con piso, parque y panadería de confianza, le sentaba bien: poco a poco, las fotos en la nevera empezaron a ser de días recientes.

Encontró trabajo remoto bendito teletrabajo. Jaime también le cogió el gusto al nuevo mundo laboral, y aunque tardaban más en llegar, las risas volvían a llenar la casa.

Descubrieron el barrio con la inquietud de turistas: café aquí, caña allá, charla con los vecinos de medio minuto y una sonrisa. Nadie le interrogaba en la carnicería, nadie cotilleaba en el portal. Y eso, después del último año, era como una tarde de piscinas en agosto.

Una tarde, con el sol entrando de lleno y Jaime apurando su café al lado, Rocío resumió su aprendizaje en una sola frase:

Lo mejor que me pudo pasar fue quitarme ese lastre. Con Teresa, con el barrio, con todo.

Él asintió, sin moralinas ni sentencias. No hacían falta.

Ahora, entre clases de acuarela y la búsqueda de la mejor tortilla del distrito, la vida empezaba a parecerse a ese paraíso cotidiano que nunca aprecias hasta que te lo amargan un poco. Jaime llegaba con pan del horno, ella preparaba la cena. Los dramas estaban para las novelas, no para su casa.

Un día le llegó un mensaje de Lucía, una excompañera: ¿Te has enterado lo de Teresa? Se quiso quedar con todo en el divorcio, pero va Álvaro, y la pilla con mensajes semi-románticos de ese viaje a San Sebastián y todo el barrio sabe ya quién mentía.

Rocío suspiró. No era alivio ni venganza: era justicia poética, aunque ya no le hiciera falta. Le dio igual ser reivindicada a posteriori. Ella sabía que al final cada cual acaba durmiendo con su conciencia.

Por la noche, tras otro paseo otoñal entre las hojas y las farolas, abrazó a Jaime:

Por fin siento que todo encaja. Que la vida no tiene que ser una novela de intrigas para valer la pena.

Con la calma del invierno tras los cristales y el olor a pan caliente, Rocío cerró los ojos. Tenía claro que no necesitaba que nadie validara su verdad; ahora solo quería lo que de verdad importa: honestidad, paz y la certeza de que en este capítulo, ya no hay fragmentos rotos. Solo queda seguir, y que le vengan los días como vengan: ella ya no los teme.

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