Un lugar en la cocina
¿Rosalía, te has quedado dormida o qué? ¡Que los invitados están ya sentados a la mesa, por cierto!
La voz de su suegra cortó el bullicio de la cocina como un cuchillo jamonero bien afilado. Rosalía Díaz de la Fuente ni se inmutó. A esas alturas, ya estaba más que curtida en ese tono. Ese por cierto era ya, en su vida, como un aderezo de todos los días.
Ahora mismo, Carmen Teresa, un minuto más.
¿¡Qué minuto ni qué niño muerto!? ¡Si llevas ya más de cuarenta!
Rosalía dio la vuelta a los filetes rusos en la sartén, sin emitir palabra. Empezó a chisporrotear aceite y a oler a cebolla y ajo bien pochados. Tapó la sartén, bajó el fuego y miró el reloj. Faltaban justo ocho minutos para sacar el segundo. Todo calculado con esa precisión de relojero que sólo se adquiere tras años de fogones y bodas de oro familiares. Como siempre.
Al otro lado del tabique, voces y carcajadas. Hoy no era un día cualquiera: los treinta y cinco años de matrimonio de Carmen Teresa y Amador Díaz. Allí estaban sus dos hijos, las nueras bueno, ella y Lucía, cuatro nietos y, cómo no, los vecinos de arriba, con cara de traer algo, pero sin traer nada. Rosalía llevaba levantada desde las cinco de la mañana. Primero, cocido madrileño. Luego, las ensaladas: rusa y una gorda de tomate y ventresca. Después croquetas de jamón, porque a Amador no le gustaban de otra cosa. Primero uno, luego otro, luego el postre. Y por supuesto, la tarta, de la de toda la vida: milhojas de crema, que para eso a Carmen Teresa no le valía otra.
Rosalía colgó el delantal, se acomodó el moño, cogió la fuente de filetes y pasó al comedor.
¡Hombre, por fin! dijo Carmen Teresa, no a ella, sino al mantel, o al vacío, como quien suelta la exclamación para la posteridad.
La mesa rugió con un ale casi al unísono. La vecinaPaqui, la del quintono esperó y pinchó el primero.
¿Y la guarnición, Rosalía? preguntó Antonio, su marido, sin despegar los ojos del móvil.
Ahora la traigo.
Vuelta a la cocina. Sirvió patatas panaderas con alioli y perejil, todo como le gustaba a la familia. Como le gustaba, sobre todo, a Amador. Y a Antonio.
Cuando regresó, el cotarro ya estaba a carcajada limpia con algún chiste. Uno de esos que no eran de ella.
Rosalía tenía cincuenta y dos años.
Veintisiete viviendo en la familia Díaz de la Fuente. Primero, piso alquiler con Antonio; luego, salto a la gran casa familiar, en Ronda del Olivar, cuando nació su hijo Martín. Así era más fácil, decían, los padres siempre ayudan. Rosalía, en realidad, ayuda veía más bien poca. Pero dar, vaya si daba ayuda. A diario, en fiestas. Cada domingo.
Rosalía, ¿puedes traer más pan? pidió Carmen Teresa.
Rosalía trajo pan.
Y la salsa brava, no te olvides.
Rosalía trajo la salsa brava.
Lo suyo era comer de pie, apoyada en la barra, porque en la mesa su sitio era en la esquinita, de donde había que levantarse cada dos por tres. Mejor no sentarse siquiera.
Luego vino la tarta.
Carmen Teresa la cortó ella misma, ceremoniosa. Amador le sostuvo la mano. Todos hicieron fotos y algún que otro oooh por el grosor de las capas.
¿Esto es de pastelería? preguntó Paqui.
¡Qué va! dijo Carmen Teresa, orgullosa. Es nuestra. Hecha en casa.
Nuestra, pensó Rosalía, que apuró el té y no dijo nada.
Vino el brindis de Amador. Habló mucho de la familia, de la fidelidad y de que la riqueza de verdad eran los hijos. Carmen Teresa sonrió con humildad profesional y todos aplaudieron.
Rosalía también aplaudió.
Luego, limpiar. Fregar, guardar sobras, recoger migas, limpiar encimera, tirar la basura. El broche habitual del festín familiar.
Antonio entró en la cocina ya tarde, cuando todos se habían ido.
¿Todo bien?
Bien contestó ella.
¿Cansada?
Un poco.
Antonio asintió, se sirvió un vaso de agua y volvió al salón, a ver la tele.
Una noche normal. No pasó nada. Pero algo se rompió, pequeño, minúsculo, como una fisura en la vajilla que sólo se aprecia cuando ya es demasiado tarde.
Rosalía apagó la luz, se quedó en la penumbra de la cocina, impregnada del olor de los filetes rusos y de ajo. El olor de su propio día.
Después, se acostó.
Las siguientes tres semanas, iguales que tantas otras. Desayunos, comidas, cenas. Colada, plancha, compra en el mercado, menú semanal que contentara a los gustos y manías de cada cual: que si Antonio no soporta los garbanzos, que Amador no come pescado entre semana, que Carmen Teresa está a dieta solo cuando le apetece. Rosalía con todo en la cabeza. Sin apuntarlo. Siempre.
Ella era contable en una oficina pequeña, tres días a la semana. El resto, a la casa.
Un viernes, el detonante fue una minucia.
Había cocinado pollo al ajillo para cenar. Receta de toda la vida, infalible. Pero ese día Carmen Teresa apareció sin avisarya era costumbrecon una bolsa de limones de su huerto.
Ah, pollo dijo fisgando en la cazuela. ¿Otra vez al ajillo? Si a Antoñito se le repite, ¿no lo sabías?
Sí que lo sabía respondió Rosalía tranquila. Esta vez solo tiene poco ajo y mucho limón, tal como él pidió.
Bueno, bueno, yo lo haría solo al horno, sin más.
Claro, lo tendré en cuenta, Carmen Teresa.
La suegra se sentó con el móvil y, sin levantar la vista, soltó:
Por cierto, hablé ayer con Teresa, la de la parroquia. Su nuera trabaja en una tasca estupenda. Y, fíjate, Teresa come caliente todos los días. Comida de verdad, fresca.
Rosalía esperó a ver por dónde acababa la historia.
Que igual tú deberías buscar algo más serio, ¿no? Eso de tres días a la semana, pues como que no mueve el mundo. Si trabajases de verdad, pues algo ganarías.
Rosalía removió el pollo, la miró.
Ya gano dinero, Carmen Teresa.
Tú misma, yo solo comento.
Ella siempre solo comentaba. Sin malicia, ni bronca. Así, al pasar. Como silbando.
Tampó la cazuela, bajó el fuego y notó esa presión interna tan conocida. Esta vez más fuerte.
Al día siguiente llamó a su amiga del alma: Margarita, con la que compartía confidencias desde el instituto. Margarita vivía al otro lado de la ciudad, en Carabanchel, era bibliotecaria y divorciada, y siempre decía estar feliz.
¿Qué tal, Margari?
Bien, ¿y tú? Tienes voz de sopa fría.
Nada, todo en orden.
Rosalía
Silencio.
Estoy harta, Margari. Solo eso. Harta.
Margarita didáctica no era. Preguntó simplemente:
¿Te vienes un día?
Cuando pueda, voy.
Ven ya. Hay té y conversación.
Rosalía sonrió. Por primera vez en días.
Y llegó ese sábado.
Antonio invitó en el último momento a su hermano Pepe y a Patricia, la cuñada dicharachera. Lo supo la noche de antes:
¿Te importa si mañana vienen Pepe y Patri?
¿A qué hora?
Sobre las siete y pico.
Vale.
Se levantó a las ocho, fue al mercado, compró carne, verduras, patatas, berenjenas. Ideó menú: jamón asado, ensalada campera, crema de calabacín, torrijas para el postre. Una cena de sábado como corresponde.
A mediodía, asado en el horno, crema al fuego Todo bajo control.
A las tres apareció, otra vez sin avisar, Carmen Teresa.
¿Qué, fiesta hoy y yo sin enterarme?
Vienen Pepe y Patri explicó Antonio.
Ajá. La suegra se metió en la cocina y levantó la tapa del asado. ¿Le has puesto especias?
Sí.
¿Cuáles?
Romero, tomillo, ajo.
A Amador nunca le ha gustado el romero.
Amador hoy no viene.
El silencio se posó un segundo. Carmen Teresa masculló:
¿Perdona?
Rosalía dio la vuelta al asado mirándola:
Hoy la cena es para Pepe y Patri. Amador no viene, así que el jamón lleva romero. Sale mejor.
La suegra la miró como si la viera por primera vez. Apretó los labios.
Entiendo. Y se largó al salón.
Rosalía escuchó murmullos con Antonio. Él apareció al poco:
Rosalía, ¿qué te pasa?
Nada. Estoy cocinando.
No hacía falta contestarle así.
No le he dicho nada malo.
Pero ahora está enfadada.
¿Por qué?
No hubo respuesta. Porque no la había. Pero Antonio la miraba como si la culpa siempre tuviese que ser suya.
Pepe y Patri llegaron alegres, con vino y una caja de pastas artesanas cuyo nombre prometía mucho glamour. La cena salió de escándalo: el jamón asado jugoso, la crema de calabacín en su punto
Rosalía, ¡qué arte tienes! dijo Patricia. Yo ni de broma cocino así, te lo juro.
Todo es ponerse.
Uf, me da una pereza Nosotros, delivery, poco más Patricia se descojonó. Menos mal que Pepe se come hasta las servilletas.
Así debéis comer respondió Pepe alegre.
Y aquí también, ¡mira qué platos! añadió Patri señalando la mesa. Rosalía es gente de las que se esfuerzan.
De las que se esfuerzan. Rosalía recogió los platos, sirvió torrijas, calentó el agua para el té
Rosalía, ¡siéntate ya! le obligó Patri. Basta de ir y venir.
Rosalía se sentó. Se sirvió un trocito de torrija.
De pronto, Pepe preguntó:
Oye, ¿es verdad que estáis pensando en reformar la cocina? Mamá dice que tú quieres cambiarlo todo, y que ella ni pensarlo.
Lo hemos hablado dijo Rosalía, prudente.
Mamá dice que tú te empeñas y ella no.
Carmen Teresa vive en su casa y yo en ésta. Son distintas cocinas.
Pues tienes razón rió Pepe.
Bueno intervino Antonio de repente Es su casa, al final.
Rosalía levantó la ceja.
¿De quién es la casa, Antonio?
Pues de la familia. Ellos la han hecho, la han cuidado.
Llevamos veinte años aquí.
Y qué.
Se hizo el silencio. Patri miraba su taza. Pepe atacó otra torrija.
Muy buenas las torrijas.
Tema agotado.
Aquella noche, Rosalía se quedó mirando al techo. Antonio dormía, respirando profundo. Ella pensó en lo de antes:
Es su casa.
No nuestra. No tuya. Suya. Es decir, ajena.
Veinte años. Veinte años cocinando, limpiando, planchando, fregando, y aún así ajena.
Por la mañana, café, gachas, la rutina de siempre.
Dos semanas después, la gran cena: aniversario de boda. Treinta y cinco años.
Rosalía comenzó con dos días de antelación. El menú revisado y refrendado con Carmen Teresa. Que si cocido, que si dos tipos de ensalada, que si empanada de atún porque le encantan a Amador, que si tarta sí o sí Todo anotado. Preguntó el número de comensales. Catorce, quince, no sé, ya te digo.
Aclaración de última hora: Diecisiete.
Rosalía calcula, vuelve al mercado, compra más.
El sábado, en pie a las cuatro. El cocido puesto la noche anterior, ya frío en el balcón. Quita la grasa, prueba el caldo: sabor potente.
Luego, masas: para la empanada, para ensaimadas Rosalía recuerda a su madre amasando, ya fallecida. Recuerda la harina en los codos y los viejos boleros que ya nadie escucha.
A las diez, empanadas listas; a las doce, ensaladas. Al horno la carne principal para las dos. Todo cuadraba.
A las tres, llegan los invitados.
Rosalía abría, colgaba abrigos, servía entrantes, pendiente de los fuegos, de la tetera. De todo.
Rosalía, ¿saco ya las empanadas o qué? se preguntó en voz alta, sin nadie más.
Las sacó, alegría general.
Oh, ¡caseras! exclamó doña Amparo, vieja amiga de la familia.
Sí, las ha hecho Rosalía dijo Pepe.
Una artista apuntilló Amparo, y miró a Carmen Teresa. Vaya nuera apañada, hija.
Bueno, se defiende respondió Carmen Teresa.
Rosalía retornó a la cocina.
A las cuatro, la carne asada. Fuente grande, pesada, entra con el hombro.
¡Pensábamos que te habías perdido! nitidamente, la suegra, a voces.
Se rieron. Rosalía, imperturbable, colocó la bandeja en la mesa.
¡Qué pinta! dijo Amador.
¿Las patatas aparte o todo junto? preguntó Antonio.
Ahora las traigo.
Y volvió a la cocina.
Y en ese paso, lo escuchó.
Amparo le preguntaba a Carmen Teresa, aprovechan el silencio de sobremesa:
¿Rosalía qué ha estudiado?
Contabilidad contestó la suegra. Pero solo trabaja tres días en una oficina. Pero nada, su sitio es este. La cocina. Y que no se mueva.
Su sitio es en la cocina. Y que no se mueva.
Rosalía se quedó parada. De espaldas al comedor, viendo la vitro.
Amparo rió, cortito.
Bueno, alguien tendrá que cocinar.
Eso mismo remató Carmen Teresa.
Rosalía respiró, cogió las patatas. Volvió, sirvió, dio las gracias.
Se sentó en su rincón. Agua, que el vino ya no apetecía.
Respondía lo justo. Sonreía por inercia. Tarta, sobremesa, recoger platos.
Su sitio es en la cocina. Y que no se mueva.
Aquella noche, otra vez insomnio.
Daba vueltas a esas palabras. No con rencor: como quien sopesa una piedra en la palma, para ver bien sus aristas. Lugar: la cocina. Veintisiete años. Madrugones. Manos en harina, en masa, en agua ardiendo. Manos que sostienen bandeja para diecisiete. Manos invisibles. Solo importa el resultado.
¿A dónde lleva el camino? Aquí, veintisiete años después.
Antonio dormía. Ella miraba su cara de siempre. Un hombre bueno. Más despistado que otra cosa.
Se levantó despacio, con bata. A la cocina.
Encendió la luz. Todo limpio. Todo acomodado. Por sus manos.
Se hizo un té. Sacó el móvil. Buscó a Margarita.
¿Despierta?
Cinco minutos después: No, leyendo. ¿Qué pasa?
¿Te importa si voy mañana?
Por supuesto que no. Te espero.
Por la mañana, desayuno típico: huevos, tomate, tostadas, café. Antonio bajó, se sentó.
Buenos días.
Buenos días.
Ella sirvió el café, lo miró:
Antonio, necesito hablar contigo.
Ajá.
Me voy a ir unos días.
¿Dónde?
A casa de Margarita.
Levantó la vista.
¿Por qué?
Por descansar.
¿Y aquí qué?
Hay filetes en el frigorífico, sopa de ayer y croquetas en el congelador.
¿Y después?
Ya os apañáis.
Salió ese domingo por la tarde, con una maleta no muy grande.
Margarita abrió la puerta y la abrazó sin más.
Vamos, que pongo el té.
Estuvieron en la cocinilla hasta medianoche. Una cocina acogedora, con geranios y lámpara de los setenta. Margarita puso té de menta. Sacó galletas. Rosalía largó: hablaba, callaba, volvía a hablar.
¿Y sabes lo peor? suspiró al final. Que no es que me enfade. Es que ya no puedo más de ser invisible.
Te entiendo replicó Margarita.
¿Y ahora qué hago?
No corras. Quédate aquí.
Rosalía asintió. Sujetaba la taza con ambas manos. El calor se colaba de la cerámica a la piel.
A los tres días, llamada de Antonio.
¿Cuándo vuelves?
No lo sé.
¿Cómo que no sabes? Aquí el frigorífico está vacío.
Ve al súper.
Silencio.
No sé cocinar.
Haz huevos.
Eso sé.
Colgó. Luego se rio. Hacía siglos que no se reía así.
Al cuarto día, Margarita le propuso:
Una amiga mía busca profe de cocina tradicional en una escuela. ¡Tú vales!
Yo no he enseñado nunca.
Cocinas mejor que todas las madres de Madrid.
No me veo.
Ve a hablar. Luego rechazas si quieres.
Un par de días después, Rosalía estaba sentada frente a Dolores, directora de Sabor en Marcha.
Margarita dice que cocinas de escándalo. ¿Qué dominas?
Cocina de la de casa. Pan, masa, asados, guisos. Algunos platos de fuera.
¿El pan lo haces tú?
Claro. Todo yo.
Dolores sonríe.
Bien. Da una clase de prueba. Si encajas, te contrato.
Clase de prueba, viernes: pan casero.
Cero sueño el jueves. Rosalía pensaba que era un disparate. ¿Quién era ella para dar clases? ¿Y qué diría Antonio? ¿Y Carmen Teresa?
Luego pensó: ¿y qué importa lo que digan?
Viernes llegó. Ocho alumnas. Distintas edades, una jovencita. Rosalía saludó, se arremangó.
Vamos al grano: el pan bueno sale cuando tocas la masa. Así. Tienes que notarla cediendo bajo tus dedos. Hizo el gesto. Cuando empieza a despegarse y está suave, ese es el punto. Nadie te lo enseña como tus manos.
Y así, explicando y amasando, el grupo la miraba, se reía, preguntaba.
¿Y si no sale a la primera? preguntó la más joven.
Sale a la tercera. O a la cuarta. El pan no guarda rencor.
Rieron. Muy de casa.
Dolores observó la escena.
Al terminar, le dijo:
Tú sabes explicar. Casi sin querer.
Nunca lo había pensado
Ahí está el mérito. Si te parece bien, empezamos.
Firmó el contrato el lunes.
Tres clases semanales, sueldo por hora, más que la contabilidad.
Coge excedencia en la oficina.
Llama a Antonio.
Antonio, tengo trabajo. En una escuela de cocina.
¿Qué? ¿Y cuándo vuelves?
Ya veremos.
Madre lo dice, que si estás enfadada.
No. Solo cansada.
Pausa.
¿De qué?
De no ser vista. De no existir cuando hay comida, camisas limpias, mesa puesta pero de lo mío, nada.
Silencio.
Te llamo luego acertó a decir él.
Hasta luego.
Pasaron dos semanas. Rosalía vivía con Margarita. Cocinaban juntas, riendo. Margarita agradecía de verdad.
Un día, Margarita le dijo:
Estás distinta.
¿Sí? ¿Mejor?
Sí. Ahora no parece que estés preparándote siempre para saltar.
Rosalía lo pensó.
Supongo.
En la escuela de cocina tenía éxito. Gente repitiendo sus clases. Dolores decía:
Lo tuyo es especial. Se nota que te dejas la vida.
Y por primera vez, los demás lo notaban.
Antonio apareció a la segunda semana. Avisó. Margarita le dejó la casa.
Rosalía, vente a casa.
Ella lo miró. Estaba más flaco. Ojillos tristes.
¿Para qué?
Es tu casa. Familia.
Antonio, llevas tres semanas solo. Yo, veintisiete años.
Bajó la cabeza.
No me daba cuenta.
Ya.
¿Entonces, nos separamos?
No lo sé. Pero yo ahora trabajo. Y no voy a volver a lo de antes. Ni para ti ni para tu madre.
Mi madre no lo decía con mala idea.
No hablo de intenciones. Hablo de lo que dijo: su sitio es la cocina. Y lo dijo delante de media ciudad. ¿Sabes lo que significa?
La miró.
Lo oíste.
Claro. Veintisiete años llevo oyendo cosas.
Silencio.
No estuvo bien, lo sé. Y yo tampoco he estado bien. Nunca te veía.
Eso es.
Y ahí, por un segundo, volvió a ser el Antonio sincero y despistado de quien se enamoró.
¿Qué hago ahora?
Empieza aprendiendo a hacer sopa.
Casi sonríe.
¿De verdad?
De verdad. Puedo explicarte. Ahora soy profesora.
La miró largo rato.
¿Volverás?
Rosalía lo pensó, de verdad. Sobre la casa en Ronda del Olivar, sobre ese olor a desayuno, sobre toda una vida a medias entre lo tuyo y lo prestado.
Quizá. Pero no ahora. Ahora necesito tiempo.
¿Cuánto?
El que haga falta.
Él se fue. Ella se quedó mirando la luz del atardecer. El geranio seguía allí, rosa, vivísimo. Octubre se descolgaba por la ventana.
Se levantó, sacó harina, huevos, mantequilla.
Hizo masa. Por puro placer. Para ella.
La masa era cálida. Viva. Suya.
Un mes después, Dolores le ofreció puesto fijo.
Te necesitamos. Tres módulos y un taller mensual. Las condiciones aquí.
Leyó. El sueldo era digno. No riqueza, pero libertad.
Acepto.
Firmó. Salió a la calle, respiró el aire otoñal.
Llamó a Margarita.
Tengo puesto fijo.
¡Rosalía! ¡Eso hay que celebrarlo!
Eso. Ya pensaré qué preparar.
¡Faltaría más!
Sonrió.
Con Antonio hubo más llamadas, nunca acaloradas. Él aprendió a cocinar huevos, luego le pidió receta de lentejas, luego de cocido.
¿Por qué la sopa me sale sosa?
¿Te acuerdas de la sal, Antonio?
Pausa.
Pues ahora sí.
Rieron. Rieron juntos.
A finales de octubre, vino con flores: crisantemos, que a Rosalía le recordaban sus veranos en la sierra. Por primera vez, él mismo los había comprado.
Son preciosos ella.
Sabía que te gustaría.
Hablaron largo rato, como antes: del nieto, de Pepe y Patri y sus mudanzas, de Amador y su extraña mejoría.
Al rato, Antonio soltó:
Mamá quiere hablar contigo.
Rosalía calló.
En serio. Algo le ha hecho click desde que te fuiste.
¿El qué?
Ha cocinado ella. Un bizcocho. No salió bien, pero lo hizo sola.
Rosalía sonrió.
Eso está bien.
Y me ha dicho que te debe una disculpa. De verdad.
Hablaré. Cuando esté lista. No hoy.
Vale.
Por primera vez, él no presionó. Había aprendido, por fin, a esperar.
Al irse, se detuvo.
Rosalía.
Sí.
Tenías razón. No te vi. Eso no está bien.
Lo sé.
Me da pena.
Asintió. No dijo no pasa nada. No era verdad. Pero quizá, poco a poco, pudiera llegar a serlo.
Llámame mañana. Me cuentas cómo te sale el cocido.
Hecho.
Cerró la puerta.
Rosalía se quedó en la entrada. Luego, fue a la cocina, puso agua para un té. Miró por la ventana el Madrid amarillo de otoño.
Pensaba en su próxima clase: pasta brisa. Hay que manejarla en frío, sin que la mantequilla se derrita. Es un detalle que muchos pasan por alto y se quedan sin la famosa textura crujiente.
Se lo enseñará. Se le da bien explicar, al final.
Vertió el té, se sentó al ventanal.
En algún lugar de la ciudad, su vida seguía: vieja y nueva, mezcladas. Aún no sabía qué haría. Si volvería a la ronda del Olivar. Si se instalaría con Margarita. O cualquier otra cosa que aún no veía.
Pero, en ese momento, bebía té junto a la ventana de Margarita, ganaba su propio dinero, enseñaba a otros a sentir la masa entre las manos.
Y con eso, le bastaba.
Al día siguiente, llamada de Antonio.
He hecho cocido dijo.
¿Y qué tal?
Pues hasta tiene color.
Eso es que no te has cargado los garbanzos.
Los eché al final, como dijiste.
Bien hecho.
Pausa.
Rosalía, ¿cómo estás tú?
Bien dijo ella. Y era verdad.







