La media azul

Medias azules

¡Marujita, hazme el turno mañana, por favor! Es el cumpleaños de mi suegra. Tengo que felicitarla.

Pero si hace un mes la felicitasteis por su santo, ¿no? María levantó la cabeza de la caja de fichas.

¡María! No te pongas tiquismiquis. Una cosa es el santo y otra el cumpleaños. Lo necesito, entiéndelo. ¿Te cuesta mucho? ¡Si no tienes hijos ni obligaciones, chica! ¡Sola como una monja! Uy Perdona, no quería

Irene se tapó la boca con la mano, pero ya era tarde. María miró al suelo, asintió y salió de la sala de lectura.

No ha estado bonito Irene encogió los hombros y miró de reojo a Lucía.

Con Lucía no había engaños. A ella, bibliotecaria de pura cepa, no le colaban esas trampas. Defendía que incluso la persona más culta debía saber plantarse. Eran ideas que asustaban a María, pero hacían reír a Irene hasta las lágrimas.

Pues ahí tienes, para que veas que no todas las bibliotecarias somos medias azules como tú, María. Mírame a mí o a Lucía. ¡Así se vive! ¿Y tú? Corriendo de la biblioteca a casa, entre bufandas y gatitos ¡Solterona! Perdóname la sinceridad, pero alguien te tiene que reconducir. ¡Si eres guapa, mujer! ¡Si tienes salud! Pero te miras y da hasta pena ¿Verdad, Lucía?

Lucía solía poner fin a aquellas charlas cortando a Irene.

¡Basta! Deja de echarte flores. Has tenido más romances que cromos y, ¿de qué te ha servido? Vives con tu Jorge: un día te pega, otro día está de farra. Y aún te crees quién para dar lecciones.

Al menos tengo marido. Y niños. ¿Y María? Otro gato más Pronto la echan de casa los felinos y acaba viviendo aquí, en la biblioteca. María, hija, ¿por qué no te buscas aunque sea un hijo? Ya que tus padres te dejaron una herencia, podrías criar un niño sola. Al menos no estarías tan sola.

Tras este tipo de conversaciones, Lucía ya no andaba con rodeos; Irene se marchaba a hacer cosas urgentes, y María se escurría al rincón más recóndito de la sala para disimular las lágrimas.

¿Por qué le caía todo aquello? ¿Era culpa suya que no le hubiera tocado otra suerte? Sus padres enfermaron, primero su padre y después su madre. Quince años de cuidados, lavadoras, escaras ¿Quién consentiría una vida así? Y, la verdad, nunca hubo nadie. María se miraba al espejo y comprendía que no era un bellezón, pero tampoco un monstruo. Una mujer del montón: ojos grises, rasgos correctos, una trenza espesa que cortó al morir su madre y cambió por un pelo corto, más práctico.

Por lo demás, María era normal Una mujer corriente y sin perspectivas.

Y tampoco se afanaba por tenerlas. Miraba a su alrededor y le aterraba lo que veía en la vida de sus amigas.

Irene, por ejemplo. Casada, sí, pero ¿a qué precio? Todos en el barrio sabían de la otra familia de su marido. Las pasiones entre Irene y Jorge ya eran motivo de murmullos en las cafeterías. Peleaban, se reconciliaban, volvían a discutir Y sin tapujos. Para Irene, la gente habla igual, mejor que sepan la verdad a que sean objeto de chismorreos. No tenía nada que ocultar. Era la esposa legal y ya está.

A María le costaba entender ese planteamiento. ¿Para qué gastar energía en eso? ¿Dónde queda el respeto a una misma? ¿Dónde el orgullo? Aunque Los manuales de vida de novela que leía María nada tenían que ver con la realidad, y lo sabía. El orgullo se tiene con villas y renta, no con dos niños, el salario de bibliotecaria y una madre enferma. Así que no juzgaba a Irene, como hacían otras, solo intentaba entenderla. No siempre lo conseguía, pero el dolor pasaba, y lo que antes le hería, ya no le importaba. Si a Irene le daba por aconsejar sobre la vida, pues adelante. Lo importante era que, cuando hacía falta de verdad, Irene estaba allí. Aprendió a poner inyecciones y goteros cuidando de su suegra, y cuando María buscó una enfermera para su madre, Irene fue por la noche y lo hizo todo. Volvía cada tres meses a casa de María para ponerle las medicinas. Y sin cobrar.

¿Quieres ofenderme? bufaba Irene cuando veía el billete en la mano temblorosa de María. ¡Guárdalo! ¿Te crees que me cuesta tanto? Mejor que somos vecinas. Salgo por la puerta, pongo la inyección y listo. ¿Para qué el dinero? ¡No me hagas esto!

A María le dolía hasta llorar. Pedía perdón e intentaba compensar llevando bufandas y gorros tejidos a los hijos de Irene. Las manoplas con petirrojos, que tejió durante un mes, la hija de Irene las reservaba solo para los días grandes, con miedo a perderlas.

¡Son tan bonitas! Y si se pierden

Irene, tras examinar la obra, le sugirió montar una tienda online.

¡Te las arrancarían de las manos! ¡Es una maravilla!

María lo pensó un poco, pero descartó la idea.

No puedo hacer tantas cosas iguales, hago piezas únicas.

Pues involucra a las yayas del portal. Tan ricamente ahí sentadas, que hagan algo útil. Les viene bien para la pensión y tú recibes ayuda.

Y resultó que la cosa funcionó. Irene tenía venita comercial, y así las abuelas se pusieron a tejer al atardecer en el banco del parque. María e Irene, mientras, ideaban prendas nuevas.

¡Mira esto, es de la última pasarela en Madrid! Tía Pilar me enseñó justo el mismo encaje Si cambiamos un poco, queda de fábula. Yo misma me pondría esa falda.

Y María se ponía manos a la obra. En dos semanas, Irene presumía de falda nueva y la foto salía en el catálogo.

No era un gran negocio, pero se ganaba algo. María hasta se sintió una empresaria. Quizá no era un desastre del todo

Lucía, entre sonrisa y sonrisa, también ayudaba. Su encaje de aguja era lo mejor del mercadillo de María, aunque tenía poco tiempo para tejer.

Mi abuela me enseñó. Decía que para algo serviría. Tenía razón.

Las manualidades de Lucía eran lo más cotizado del catálogo. Y a nadie en la biblioteca le molestaba que Lucía tejiera en la sala, dejando a sus amigas parte del trabajo. Sabían que ella también necesitaba ese extra.

El marido de Lucía se largó tras el nacimiento de los mellizos, artista bohemio, siempre buscando su sitio y nunca encontrándolo junto a Lucía. No trabajaba, pintaba cuadros y se marchaba, buscando quien apreciase su arte, decía él. Su hija mayor ya le llamaba ese señor.

Mamá, ha venido el señor Martín.

El marido se enfadaba ante aquello.

¡Me dejas en ridículo delante de mi hija! ¡Debe entender mi valor!

Al principio, Lucía callaba, fiel a la consigna de su madre: mejor padre propio que ninguno. Después, dejó de hacerlo.

¿Y tú qué has hecho por ella?

Y si fue por otro embarazo, o porque ya no podía más, lo cierto es que el bohemio huyó al enterarse de los mellizos, que nacieron sanísimos y chillones.

Lucía no tuvo tiempo para lamentarse. Tenía el trabajo, los padres en el pueblo que le ayudaban con las cosas del campo. No recordaba lo que era un verano fuera de la aldea, pero había que criar a los críos.

Por cierto, los hijos de Lucía salieron maravillosos. Viéndolos, María pensaba que, si supiera que los suyos iban a ser así, tomaría el consejo de Irene sin dudarlo.

Pero tener hijos por uno mismo le daba miedo. El mundo era un lugar solitario para María: sin familiares, y con amigas que, al fin y al cabo, tenían su propia vida. Si le pasaba algo, ¿qué pasaría con ese niño? ¿Un orfanato? ¿Una residencia? Inadmisible que una criatura pague las facturas de la soledad de su madre. Mejor bufandas y gatos. La responsabilidad primero.

María no imaginaba que el comité de abuelas, con Irene a la cabeza, llevaba tiempo buscándole marido en secreto. Había pocos hombres en la ciudad, se barajó toda opción posible, pero la adecuada no llegaba. Así que silencio: no incomodar a María. Solo de vez en cuando, a Irene se le escapaba alguna indirecta.

Y el candidato apareció. De manera tan imprevista, que ni Irene, ni las abuelas, ni la propia María lo habrían imaginado.

Una tarde, tras aceptar cubrirle el turno a Irene, María organizó casi todo el trabajo y decidió dedicar la mañana siguiente a subir fotos al catálogo online. El vestido de encaje blanco que había diseñado Lucía sería la joya de la tienda.

¡Qué maravilla, Lucía! ¡Tienes manos de oro!

Díselo a mis hijos Ayer casi destrozan la falda. Me despisté cinco minutos, y ya estaban con las tijeras. Recortaron tan bien, que ni lo noté al principio. Lo arreglé durante la noche.

¿Se nota algo?

No, cambié todo el motivo. Ahora está perfecto.

Todo el camino a casa, María daba vueltas a cómo describir aquel vestido en la web.

Subiendo las escaleras, se detuvo, atenta. Las ideas del vestido desaparecieron al oír, casi entre el ruido del portal, una voz amarga y lejana:

socorro

La llamada apenas se oía entre el barullo: vecinos celebrando cumpleaños, algún grito María silbó a unos niños para callarlos y volvió a escuchar.

socorro

Sin duda, alguien pedía ayuda.

El edificio era viejo. Gente mayor, muchos sin familia. María los conocía bien. Varios la ayudaron cuando cuidaba de sus padres, y ahora tejían o saludaban al pasar, deseando que encontrara marido y tuviera hijos.

Una de ellas era Doña Eulalia Ruiz.

Fue amiga de la madre de María y maestra de matemáticas. Cuando María le preguntaba por su salud, respondía siempre:

¡Eso ya no existe, Marujita! Pero mientras una viva, ¡bendito sea Dios! Anda, cuéntame, ¿cómo te va la vida?

Era curioso, pero María con ella se sentía algo menos reservada y recibía consejos acertados, sin injerencias.

Hija, vive como te dé la gana. Que los demás tienen su vida, y tú la tuya. ¿Quién ha dicho que hay una única forma válida de existir? ¿Quién quiere ese corsé? Ponte la ropa de otros, ¿te queda bien? No. Pues eso. Cada uno a lo suyo.

Eulalia se casó con su compañero de estudios y recorrió media España antes de asentarse en la ciudad. Nunca tuvo hijos, pero mantuvo contacto con alumnos que acudían a felicitarla hasta su vejez.

¡Esos son mis hijos! decía, orgullosa.

Su marido falleció dos años atrás. María, temiendo que la soledad le pudiera, le llevó un gatito.

Es huérfano ¿Qué dice, Doña Eulalia?

Y la anciana lo adoptó. María estaba segura de que ese gato, al que la maestra puso Bruno, prolongó su vida. Bruno exigía pescado fresco cada mañana, así que no había tiempo para disgustos ni pereza.

Vivían juntos: gato y anciana. Así, bien acompañados y contentos. A pedir ayuda, Eulalia no era dada.

Pero aquella noche, la voz suave que pedía auxilio venía de su piso.

Sin pensar, María saltó los escalones. Llamó a la puerta de Doña Carmen, presidenta de la comunidad.

¡Carmen, hay un problema! ¡Rápido!

Carmen tampoco dudó. En la ciudad, entrar en casa ajena era grave, pero viendo que ni bomberos ni policía respondían, se lanzó.

¡Que me detengan si hace falta! soltó resignada.

Guardaba copias de todas las llaves. Por si acaso.

La puerta se abrió, y un pequeño grupo de vecinos asomaba para ver el drama.

Doña Eulalia yacía en el baño. Se había caído, golpeado la cabeza, y al recobrar el ánimo, ni la pierna ni los brazos respondían. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Solo Dios. Cuando pudo, gritó. Y, entre todos los vecinos, solo María la oyó

María la socorrió, la llevó al hospital, la cuidó en casa cuando la dieron de alta cansada de tanto subir y bajar escaleras.

Irene, tras regañar a María por su altruismo, telefoneó de inmediato a amigos de la familia y llevó a casa jeringas y medicamentos.

No te vamos a permitir ponerte peor. ¡Aquí no se viene a sufrir!

Al principio, Doña Eulalia no quería incomodar a María, pero entendió que todo lo hacía de corazón, no por obligación.

¡Marujita, eres un ángel! Los terrenales no llegan a tanto. ¿No será que vienes del cielo?

Poco a poco, Eulalia mejoraba. María estaba limpia de soledad. La vida cambiaba: ahora, al llegar, Eulalia le contaba qué había hecho, separaba a los gatos y contenía las gamberradas de Bruno con las gatitas tiernas de María. Cuando Bruno sentía que el mundo era injusto, se quejaba a su dueña.

No te ofendas, Bruno. Las cosas cambian, los harenes pasaron de moda.

Bruno se acurrucaba, sabiendo que allí nadie le haría daño.

La vida pausada de María empezó a danzar un pasodoble alegre y absurdo. Los futuros cuidadosamente trazados se disolvieron, y llegaron otros sueños.

Todo empezó la noche que sonó el timbre.

¿Irene? María, extrañada, puso en pausa la película que veía con Doña Eulalia y fue a abrir.

En el umbral apareció un hombre. María lo analizaba, intrigada por la presencia de aquel tipo desaliñado y ceñudo: barba, chaleco de cuero, vaqueros gastados muy lejos de los hombres de la ciudad.

¿A quién busca?

Buenas noches. ¿Aquí vive Eulalia Ruiz?

¿Y usted quién es?

Un amigo. Quiero verla.

Mientras dudaba en dejarlo pasar, una sombra negra se lanzó entre sus piernas: Bruno, que ya se restregaba contra las botas del desconocido.

¡Hombre, Bruno! Una mano ancha lo recogió, y la seriedad del hombre se evaporó. Ahora sonreía: era otro. María, por supuesto, lo hizo pasar.

Eulalia entró en éxtasis al verlo.

¡Sergito, hijo mío! ¿Por qué me visitas?

Voy hacia Andalucía con la cuadrilla. Este año tenemos concentración motera. Pasé a verte. ¡Tenía muchas ganas!

Perdona que no llamara, tesoro. Ven, te presento. Esta es María, mi ángel custodia, la mejor mujer del mundo.

Sergio, cabizbajo, se sonrojó.

Encantado

Eulalia, que conocía bien a su exalumno, comprendió antes que María lo que pasaba. A base de artimañas, logró que ambos tuvieran ocasión de hablar largo y tendido.

Sergio se despidió dos días después, pero no por mucho tiempo. En cuestión de semanas, regresó, y María se encontró jugando a ser novia.

Pero, Sergio nos conocemos tan poco. ¿Es normal esto? María no podía creerlo.

¿A quién le importa, Marujita? ¿Tenemos que dar explicaciones? Ya somos adultos.

María compartió la noticia con Irene y Lucía. Ambas se impactaron, pero esta vez callaron.

María, ¿estás? No, ya no pregunto si le amas. Ya no tenemos edad para líos adolescentes Pero ¿es bueno el hombre?

¿Qué edad tengo yo, eh? María sonreía, y hasta Irene calló, mirándola.

¿Cómo es posible? Ayer una ratona gris, y hoy ¡una reina! Así cambia la vida con amor.

Creo que he hablado de más Sé feliz dijo Irene. ¡Lucía, quita ya el vestido del catálogo!

Ya lo he hecho Lucía guiñó un ojo, así que olvídate del atuendo.

La boda fue la comidilla de la ciudad. Un cortejo de motos atravesando la plaza mayor despertó curiosidad.

¿Y para quién es?

Marujita, la bibliotecaria, se casa.

¡No me digas! ¡Que Dios la bendiga! ¡Hace falta buena gente! ¿Es buen hombre?

Nada mal, parece serio

Tres años después, Sergio sujeta a Eulalia Ruiz, quien aparta su mano saliendo del coche:

¡Yo puedo sola! Anda ve a buscar a tu hijo, Sergio.

María se arregla el vestido nuevo, tejido por Lucía, se quita un mechón de la cara y ordena al fotógrafo:

¡A todos juntos! Quiero que salgamos todos.

No era fácil, pues había que acomodar en la foto a Irene y Jorge, Lucía con hijos, Carmen la presidenta y todo el comité de abuelas.

Como debe ser. La buena gente nunca sobra.

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