¿Y ahora somos amigos, verdad?

¿Y ahora, somos amigos?

¡Pero hombre, ¿no le da vergüenza?! exclamó la clienta dirigiéndose al carnicero en el Mercado de San Fernando, en pleno corazón de Madrid. ¿No ve que el perrito tiene hambre? Está tan flaco, el pobre Y usted, en vez de ayudarle, le grita.

¡Yo no hago caridad! gruñó el carnicero, arrojando el trapo sobre el mostrador. Aquí vendo carne.

Pues podría haberle dado un trocito, hombre. Tampoco le iba a arruinar.

¿Y a usted también le doy un filete gratis? Si tan generosa es, aliméntele usted misma.

La mujer, horrorizada ante semejante rudeza, giró sobre sus talones y fue directa a la siguiente caseta de carnicería, mientras el carnicero miraba con enfado al cachorro que, para él, solo servía para espantar la clientela con su presencia.

Frunciendo el ceño, salió del mostrador y fue en dirección al cachorro, que le miraba ajeno a los malos pensamientos del hombre.

******

Cada vez que Pipo, el cachorro de orejas caídas y alma noble, veía por la calle de Lavapiés al gato negro, no podía evitarlo: agitaba emocionado el rabo y, ladrando con todo el entusiasmo del mundo, corría tras él.

No se rían, que sus intenciones eran muy serias. Quería alcanzarle, cogerle y lamerle entero de arriba a abajo desde las patitas hasta el hocico. O al revés. Como saliera.

A nadie en el barrio le extrañaba el cariño de Pipo por el gato. En otro mundo, perros y gatos ni se cruzan miradas. Pero él, vaya, creía en otras cosas. Había visto en ese felino de ojos melancólicos un alma gemela. Sí, lo sentía en el pelaje. Y que le digan lo contrario: para Pipo, lo de la enemistad entre perro y gato era un mito absurdo.

Tanto él como el gato eran parias de la calle, desamparados por los humanos en algún momento de sus cortas vidas. La gente juega a la familia, pero cuando la convivencia aprieta, la solución más fácil es mirar para otro lado.

A Pipo lo echaron a la calle cuando sus dueños de Vallecas se hartaron de los paseos y los ladridos nocturnos. Que si el tiempo, que si cuesta mucho tener un perro Lo típico. Creyeron que siempre haría sus cosas en un empapador de papel, pero cuando creció, empezaron los problemas. Decidieron, después de muchas noches sin dormir, dejarlo lejos de casa, abrir la puerta del coche y decirle: Anda, ve a jugar. Y, sin más, arrancaron, dejando a Pipo solo en el barrio.

Cachorro, seis meses, sin entender nada.

El gato negro, al que sus antiguos dueños llamaban Sombra, tuvo un destino parecido. Le llevaron a casa de pequeño, cuando aún cabía en una mano. Les hacía reír, compartían vídeos suyos en el móvil Pero creció y, al aumentar las raciones de pienso y los maullidos, dejaron de verle la gracia. Una noche, la familia decidió que era demasiada molestia: lo metieron en el transportín y, sin que nadie les viera, lo abandonaron lejos.

Y así, Sombra y Pipo terminaron juntos en el patio de la comunidad.

Desde entonces, Pipo veía en Sombra un compañero de camino. Si lograba alcanzarle sería para pedirle amistad, compartir tropezones y pesares diarios de los que se cose la vida en la calle. Por muy pequeño, ya sabía que juntos sería más fácil.

Pero Sombra no pensaba igual. Rehuía cada encuentro y, cuando veía venir el escandaloso de Pipo, huía a la velocidad de rayo entre motos aparcadas y muros desconchados.

Pipo no perdía la esperanza. Seguía persiguiéndole por todo el patio, arrancando sonrisas a los vecinos.

Un día, Pipo no encontró a Sombra ni en la esquina de los cubos de la basura, ni en la cancha, ni subido en el limonero del fondo. Buscó y buscó, con una angustia que no le dejaba parar.

De pronto, entre los coches aparcados, notó un leve movimiento: esa sombra peluda, conocida ¡Sombra!

Sin dudarlo, corrió, ladrando con más fuerza para que su amigo notase que iba él. Sombra, acostumbrado a los sustos, bufó: ¡Madre mía, chico, parece que eres mi sombra! ¿No tienes otra cosa que hacer? ¡Déjame en paz ya!

Podría haberse quedado bajo el coche, sabiendo que el cachorro no podría alcanzarle. Pero la idea de aguantar todo el día los ladridos de aquel desgraciado de orejas caídas le hizo salir disparado al callejón.

De pronto, Sombra desapareció. Pipo llegó al lugar, frenó en seco y miró, sin comprender: ahí estaba, y de golpe, nada. Se había esfumado.

Tardó en descubrir que Sombra había caído al interior de una alcantarilla cuya tapa llevaba días abierta. Podemos estar tranquilos: el gato solo se había asustado y rozado una pata, pero estaba atrapado.

Y ahora ¿qué podía hacer Pipo? No podía ayudarle, ni tirarse al agujero.

Aunque… ¿No sería esa la ocasión de, al fin, alcanzar a Sombra y darle una buena lamida? De ahí no se le podía escapar.

¡Ni lo pienses! maulló Sombra al ver las intenciones del cachorro.

¡Eh, que hablas! se excitó Pipo. ¡Pensé que eras mudo!

Qué graciosete.

¿Ahora qué hacemos? ¿Cómo te saco de ahí?

Lo que quiero saber es por qué la vida me castigó contigo… ¿No entiendes que esto no puede ser amistad? Tú por aquí, yo por allá. Así debe ser.

Yo solo quiero ayudarte, gimió Pipo.

Eres demasiado joven para entender. Los perros no son amigos de los gatos.

Estoy convencido de lo contrario.

Anda, déjame solo. Así muero en paz, en silencio…

¿Morirte tú ahora? Pero qué tontería

Sombra suspiró: Hoy no pensaba morirme, pero visto lo visto Con tu ayuda, seguro que no salgo de aquí.

Pipo se agitaba. No quería dejarle allí; quería ser útil. Dio varias vueltas junto al agujero, pensativo.

¡Tengo que hacer algo antes de que tapen el agujero! ¡Si cierran la tapa de hierro, ya nunca volveré a ver a Sombra!

Oye, Sombra, ¿me escuchas? Quédate ahí, no te muevas, voy a pensar algo y te salvaré. ¡No te mueras aún!

¿Y cómo me voy a ir si estoy atrapado? Anda, vete, y no hagas más tonterías, que no servirá para nada.

Pipo miró a un lado y otro: a un costado, el patio; al otro, el mercado. Había mucha gente.

No te mueras, ¿eh? ¡Ahora vengo! ladró y corrió hacia el bullicioso mercado.

*****

Al llegar al mercado, se alegró: estaba a reventar. Seguro que alguien le ayudaría. Pero nadie le hacía caso. Intentaba llamar la atención y solamente recibió una patada de un hombre, también de mal humor.

El grandioso plan de Pipo se venía abajo. Nadie quería meterse en líos con perros callejeros.

De pronto, reparó en el robusto carnicero tras el mostrador, junto a el cartel del círculo rojo y el perro tachado: Prohibido perros. Pipo no comprendía qué significaba, pero pensó que ese hombre podría ayudarle así que fue directo al puesto.

Justo entonces, el carnicero estaba pesando un entrecot para una vecina con gesto impaciente.

¿Le vale esto, señora? masculló.

Parece bien, ¿cuánto pesa? Quiero justo un kilo.

La balanza: Un kilo ciento veinte gramos. No voy a cortar trocitos, ¿la lleva o no?

En ese instante, Pipo se paró frente a la caseta y atrajo la atención de ambos.

¿Y tú de dónde sales? ¡Fuera de aquí! le espetó el carnicero.

Pero hombre, ¿no ve que tiene hambre? ¡Qué flaco está! En vez de gritarle, déle un poco insistió la clienta.

Aquí no se reparte carne gratis, señora. ¡A la calle, perro!

¡Pues quédese con su entrecot! bufó la vecina y se fue, tan digna, a otro puesto. El carnicero, rojo de ira, salió por fin de detrás del mostrador, agarró a Pipo de la piel del cuello y, a brazo extendido, marchó hacia los cubos de basura.

Abrió la tapa y, casi enfurecido, lo arrojó dentro.

Gran ayuda, suspiró Pipo, intentando saltar del cubo azul, pero era imposible.

Gritó y ladró hasta que le faltó la voz, con la esperanza de que alguien le liberase. Pero el barrio se movía a lo suyo y Pipo solo encontró silencio por compañía.

*****

¡Martina! ¿Otra vez con los juegos? Llevo diciéndotelo todo el fin de semana… ¡Ni has desayunado!

Martina, con el pelo despeinado, miró a su madre desde la mesa del comedor.

Es que no tengo hambre. Paso este nivel y voy.

Siempre con la dichosa consola… Martina, hija, sé que mudarnos de Valladolid a Madrid te está costando, pero papá ha conseguido trabajo fijo en la ciudad. Ya harás amigos aquí.

Como si fueran a aparecer… murmuró Martina.

Hay un montón de niños en el parque. Sal, haz algo, conoce a alguien.

Jo, mamá…

Mira, baja la basura y de paso trae cebollas del mercado, que voy a hacer caldo. Te dejo diez euros en la entrada. El contenedor está justo junto al mercado. Así no das vueltas.

Martina cogió la bolsa de basura y el monedero. Salió arrastrando los pies, lamentando haber tenido que dejar amigos y a su querida Raquel de Valladolid.

Caminando por las calles nuevas de Lavapiés, pasó junto a la alcantarilla abierta y pensó: Qué peligro. Tiró la bolsa en el cubo y, al irse, un leve quejido la detuvo. Miró a su alrededor. Nadie.

El sonido venía de uno de los contenedores. Martina, haciendo de tripas corazón, levantó la tapa y vio, acurrucado y sucio, al cachorro Pipo, con el rabito entre las piernas y apenas fuerza para ladrar.

Vaya, ¿qué haces tú aquí, chiquitín? ¿Quién te habrá echado…? murmuró.

Un par de maniobras después, tras ponerse perdida, Martina rescató al cachorro. Dudó si dejarle, pero al ver cómo le miraba, tomó la decisión. Quizá su madre aceptase por fin un perro en casa

Mano tendida, pero Pipo se apartó: tenía algo importante que mostrar. Dio saltitos, guiando a Martina hacia la alcantarilla.

¿Adónde me llevas? preguntó al llegar al agujero negro y profundo.

Miró dentro y, al identificar el par de ojos reluciendo en la penumbra, exclamó:

Esto parece una película Primero te encuentro a ti en la basura y ahora un gato atrapado en la alcantarilla. ¡Vaya día!

¡¿Ves, Sombra?! Te dije que traería ayuda, ladró Pipo.

Lo dudo maulló Sombra desde el fondo. ¡Es una cría como tú! Como se meta abajo, no sube.

Martina, decidida, saltó al interior. Con esfuerzo, rescató al gato y lo puso sobre el asfalto. Pipo se lanzó a lamerle como había soñado. Recibió un zarpazo.

¡Ay! Solo quería ayudarte

Ayudarme Si no fuera por ti, yo no estaría aquí rezongó Sombra y se fue dando la espalda.

Pero el llanto de Martina, que no podía salir sola del agujero, le hizo parar. Sombra rodó los ojos y, junto a Pipo, corrieron a buscar a un operario de limpieza que pasaba cerca.

No fue fácil hacerse entender, pero a base de ladridos, maullidos y tirones del pantalón, el hombre les siguió. Al llegar, vio a la niña atrapada y la ayudó a salir.

¿Qué hacías ahí, chiquilla? preguntó extrañado.

Rescataba a un gato, y antes, saqué a este perrito del contenedor explicó ella, orgullosa.

Vaya, eres una pequeña heroína, sonrió el hombre, revolviéndole el pelo.

¿Y ahora qué harás con ellos?

Llevarlos a casa. Nunca me perdonaría dejarles aquí.

Martina llegó a casa con sus nuevos amigos, hecha un desastre. Sus padres, al verla entrar, no sabían si reír o lanzar un reproche.

Martina ¿Te mandé a por cebollas o a montar una protectora de animales? ¿Qué traes ahí?

La niña lo contó todo, desde el rescate hasta la última travesura de Pipo y el mal genio de Sombra. Sus padres, viendo la ilusión de su hija y la nobleza de los animales, aceptaron. Rieron, corrieron al mercado, y juntos bañarían a sus nuevos amigos, encontrando en ese caos inesperado un motivo para sonreír.

Esa noche, cuando la nueva estrella de la familia se durmió, Pipo, acurrucado a Sombra, le susurró:

¿Y bien? ¿Ahora somos amigos?

Amigos, sí amigos suspiró Sombra, bostezando aunque menudo día me has dado.

Y así, al abrigo del hogar madrileño, Martina soñó con aventuras lejos de la consola, Pipo y Sombra aprendieron lo que era un hogar, y la familia entera supo, por suertes y desgracias, que a veces la felicidad está en los encuentros más inesperados.

Y Martina, cuando crezca, será bombera, rescatista, veterinaria Ella, ese día, decidió que los héroes existen y no siempre llevan capa: a veces solo tocan el timbre y traen en brazos a dos nuevos amigos.

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