Mi vecina siempre venía a pedirme sal, azúcar y huevos, pero nunca devolvía nada. Cuando vino a por harina, le pasé la cuenta detallada de todos los alimentos que me debía.

Existe un refrán muy conocido en España: Eres más bueno que el pan, pero a los listos hay que darles la vuelta. Antes me parecía una exageración, pero la vida me enseñó justo lo que se esconde tras estas palabras.

Hace algo más de medio año, se mudó justo enfrente una nueva vecina. Una mujer de unos cuarenta, muy arreglada y siempre sonriendo. Coincidíamos en el ascensor, intercambiábamos saludos cordiales lo normal entre vecinos en Madrid.

La primera vez que llamó a mi puerta fue un par de semanas después de instalarse. Eran sobre las nueve de la noche. Al abrir, me encontré con Emilia, la vecina, con gesto de disculpa y una taza vacía en las manos.

Ay, perdona que te moleste dijo simpática. Imagínate, iba a preparar unas tortitas y justo se me acabó la sal. ¿Podrías darme un poquito? Mañana te la traigo sin falta.

¿Cómo negarse a una petición tan simple? Le eché media salsera y me dio las gracias antes de marcharse.

El segundo favor llegó pronto. Al cabo de unos días volvió, esta vez pidiendo azúcar.

Me apetecía un té contó arropada en su bata, pero con este frío y tan tarde… ¿Me prestas una tacita? Mañana mismo te la devuelvo, que bajo al supermercado.

No tenía problema, pero ya me inquietaba algo dentro. Vivía allí casi un mes, ¿cómo es que aún no había comprado lo básico? Sal, azúcar, aceite, cerillas… cualquier hogar español lo tiene de sobra. Pero preferí no darle más vueltas.

A la semana necesitó huevos. Después, un poco de aceite de oliva, cebolla, medio limón, una bolsita de té, una pastilla para el dolor de cabeza y hasta un rollo de papel higiénico.

Siempre era el mismo guion: venía al caer la tarde, con cara de apuro, inventaba que se le había olvidado comprar lo que le faltaba y prometía devolverlo al día siguiente. Pero nunca lo hacía. Emilia tenía una memoria selectiva prodigiosa: siempre recordaba que yo estaba en casa, pero olvidaba enseguida su deuda al cerrar la puerta.

Un día, a mí misma me faltaba zanahoria para el puchero. Sabía que Emilia estaba en casa y fui yo quien llamó. Escuchó mi pedido y puso cara de no haber roto un plato:

Uy, me quedan pocas y las iba a usar ahora… Lo siento, no te puedo dar.

Y cerró.

En ese momento recapacité. ¿Acaso mis productos son de uso común pero sus zanahorias son reservas estratégicas? Ahí decidí no prestar más. Ni una vez.

Abrí una libreta y, de memoria, anoté todo lo que la vecina me había pedido: azúcar, huevos, café, aceite, cebolla, medicina, limón, detergente. Eché cuentas y me salieron casi cien euros.

Dejé la lista en la mesita del recibidor, convencida de que pronto la necesitaría. No me equivoqué.

Ese sábado quería preparar una empanada. Justo entonces, suena el timbre. Por la mirilla, Emilia con un cuenco en la mano.

Me armé de paciencia, planté una sonrisa fría y abrí la puerta.

¡Hola, vecina! irrumpió alegre. Oye, ¡échame una mano! Me puse a hacer tortitas y se me acabó la harina, ¿tienes unos trescientos gramos? Ya sabes que yo siempre devuelvo todo.

¿Harina? Sí, claro que tengo.

¡Menos mal! ¡Te lo agradezco un montón!

Emilia, por supuesto. Pero antes, ¿te parece si repasamos nuestra colaboración de alimentos?

Le tendí la lista. Emilia parpadeó, sorprendida. Yo siempre se lo llevaba a la cocina sin mirar, y ahora le presentaba una contabilidad.

Mira le señalé, he anotado todo lo que me has pedido en los dos últimos meses. ¿Lo comprobamos juntas? Huevos: 15. ¿Correcto?

No sé no llevaba la cuenta balbuceó, y la sonrisa se desvaneció.

Yo sí. Azúcar: cuatro veces una taza. Aceite, café, detergente, limón, cebolla ¿te suena?

Emilia callaba, y sus ojos mostraron fastidio, como si yo estuviera rompiendo las reglas no escritas de la vecindad.

He sumado los precios medios proseguí. Te he hecho hasta un descuentillo. En total: noventa y cinco euros.

Extendí la mano.

Cuando lo resolvamos, te doy la harina. Si quieres, ya tamizada.

¿Hablas en serio? ¿Me cobras la sal y las cerillas, de verdad? ¿Estás bien de la cabeza?

Más que nunca afirmé. Si pides, luego lo devuelves. Si no lo haces, es una compra. Solo te pido que pagues lo que te llevaste.

¡Pero qué tacaña eres! Yo pensaba que éramos buenas vecinas, y mírate ¡qué cutrez!

Cutre es tener dinero para unas cañas, pero andar pidiendo papel higiénico a los demás le respondí tranquila.

La cara de Emilia se puso roja como un tomate.

¡Quédate tu harina! ¡No pienso pedirte nada más!

Dio media vuelta y cerró la puerta de un portazo. Yo me quedé de pie, con la lista en la mano, no molesta, sino con una extraña sensación de alivio.

Ya han pasado dos semanas. Emilia no me mira a la cara y en el ascensor pasa de largo con el móvil pegado al oído. He escuchado que le cuenta a la portera que aquí vivimos gente tacaña y rara.

¿Y tú, qué habrías hecho en mi lugar? A veces, aprender a poner límites te enseña que la generosidad también necesita respeto. Porque ayudar está bien, pero dejarse aprovechar no es de sabios.

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Mi vecina siempre venía a pedirme sal, azúcar y huevos, pero nunca devolvía nada. Cuando vino a por harina, le pasé la cuenta detallada de todos los alimentos que me debía.
De pequeños, mis hermanos y yo teníamos edades muy parecidas, y yo solía llevar ropa y cosas que heredaba de mi hermana.