Pajarito

¡Carmen! ¿Por qué tardas tanto? ¡Que llevo rato esperándote, mujer! ¡Venga, siéntate ya!dijo Luisa, mi vecina de toda la vida, acomodándose en el banco bajo el cerezo.

Y, ¿para qué quedarse en casa? Si en casa solo está la tele y mi gato, Don Gato. ¡Aburrimiento puro! En cambio, en el patio, la primavera ya estalla. Aunque solo sea abril, el calor invita y el cerezo que plantó mi difunto marido, Aurelio, hace años, está todo en flor. El banco, por cierto, lo hizo él mismo. Yo lo pinté hace poco, así que está como nuevo, esperando a que nos sentemos a hablar, como siempre. De los hijos, de achaques, de la vida y del amor.

¿De qué vamos a hablar las mujeres si no? Y aunque creas que lo sabes todo, siempre sale algo nuevo, algún detalle inesperado. Y tienes excusa para charlar. Que si los hijos crecen y las enfermedades aumentan; que si el amor viene y se va. ¿El amor? Siempre es poco, nunca es bastante. Por eso una espera oír alguna historia de alguien, para creer que sigue existiendo. Aunque en tu corazón haya silencio y vacío, si aún queda amor en el mundo, hay esperanza: sigue brillando, sigue dando calor.

Luisa, a la que todos en nuestro edificio conocen por Luisita, lleva siendo mi vecina, Carmen Gómez, desde que tengo memoria. Más de medio siglo compartiendo escalera. Cuando éramos niñas, nuestras madres ni cerraban la puerta con llave, porque sabían que, si no estábamos en una casa, estábamos en la otra. Claro que luego sí empezaron a cerrar, después de que nos diera por buscar la felicidad.

Tendríamos seis añitos.

Vino la abuela de Luisa de visita y nos contó que lo más importante en la vida es atrapar al pájaro de la felicidad y no soltarlo. Así, todo iría bien y la vida sería sencilla, con todos contentos. De la vida poco entendíamos, pero lo de tener contentos a todos sí que nos quedó claro. ¿Quién no querría que sus padres no discutieran nunca? Así que decidimos buscar ese pájaro.

Más porque Luisa estaba convencida de saber dónde vivía el pájaro. ¡En el bloque de al lado! En casa de un vecino cascarrabias con voz chillona. A veces sacaba el pájaro al patio: era precioso, todo de colores, grande y chillón. Pero seguro que era el pájaro de la felicidad. Porque ni en el zoológico habíamos visto uno igual.

Nos preparamos bien para la expedición.

Encontramos en el trastero de Luisa una jaula antigua, de cuando su abuela trajo un conejito del pueblo. ¿Dónde íbamos a meter al pájaro? No podíamos tenerlo siempre agarrado por la cola, se nos cansarían las manos y el helado que seguramente aparecería, una vez felices, no podríamos ni sujetarlo.

Cogimos pan, galletas, y tras pensarlo, yo metí un caramelo también. ¡Por si acaso! ¿Y si el pájaro no quería pan? Todo el mundo quiere caramelos, seguro. Qué disgusto si el pájaro no aceptara nuestras ofrendas.

No teníamos prisa. Era cosa seria. Ya se había marchado la abuela de Luisa, prometiéndole llevarla todo el verano con ella. Y mis padres empezaron a preparar las vacaciones. Nos íbamos con los vecinos, dos familias en el mismo coche, para ahorrar. Menos mal que hasta la playa hay solo un par de horas. Ni te da tiempo a echar una siesta. Y allí, en la casita que alquilábamos, aunque vieja, era firme y tenía un patio enorme, columpios y el mar a un paso.

Esperaba ese viaje y también mi estancia con la abuela, pero me daba pena Luisa. Ella no tenía abuelas. Ni una. ¿Cómo se puede ser niña sin abuela? ¿Quién la iba a malcriar, a contarle cuentos largos o a tejerle una pamela de ganchillo con un lazo bonito?

Yo pensaba: si atrapamos al pájaro, igual a Luisa le aparece una abuela también, como la mía. Hasta podríamos pasar el verano juntas. ¡Merecía la pena el esfuerzo!

El día antes de ir a la playa, avisamos a nuestras madres de que íbamos a casa de la otra a jugar y nos fuimos de casa. Cerramos la puerta sin hacer ruido para que no la azotara el viento. Bajamos la escalera aguantándonos la risa.

Nuestro patio, el del bloque de al lado… Ya estábamos frente al edificio gris que supuestamente guardaba nuestro pájaro.

El patio estaba vacío y silencioso. Aunque hacía calor, no se veía a nadie; estarían todos dentro o trabajando.

Nos miramos. ¿Y ahora cómo íbamos a buscar el pájaro si no había ni a quién preguntar? Luisa ya estaba a punto de llorar, pero yo no era de llorar a la mínima. Había que actuar, si no, ¡adiós abuela para Luisa, adiós helados y vestidos nuevos de lunares, iguales para las dos, como verdaderas amigas! Y lo principal: nuestros padres… Que volverían a discutir si fracasábamos en la misión del pájaro.

¿Por qué testarudo? Porque si fuera una pájara buena, estaría en el árbol del portal y no nos haría buscarla. Pero no estaba.

Miré alrededor, cogí a Luisa de la mano y fuimos al portal. ¿Para qué esperar? Mejor preguntar por las casas si sabían dónde vivía el pájaro.

Cuántos pisos había… Y solo estábamos en un portal. Había quien no contestaba, seguramente no estaban. Otros nos reñían, diciendo que estábamos jugando.

Seguimos, puerta tras puerta, golpeando donde no llegábamos al timbre.

¿Dónde vive el pájaro de la felicidad?

¡Qué gente más rara los adultos! Pregunta sencilla y nadie respondía bien. Sudaban, gritaban, una señora incluso levantó la mano para darnos una azotaina. Salimos corriendo, claro, y recordamos no volver a llamar a esa puerta verde con el pomo raro. ¡Allí no viviría ningún pájaro de la felicidad!

Solo en una casa tuvimos suerte. Abrió un chaval mayor y, ante nuestra pregunta, encogió los hombros:

¡Pasad!

No estaba el pájaro, pero había tantas cosas interesantes que se nos olvidó hasta a qué habíamos ido. Máscaras africanas en la pared, caracolas donde se oía el mar, una maqueta de un barco velero con marineros diminutos.

Eso lo hice con mi padre, es el Santísima Trinidad.

¡Como yo! dije, apartando el dedo del velero.

¿También te llamas Trinidad? Es nombre bonito, como el de mi madre.

¿Y tu madre dónde está?

Trabajando, pero vuelve pronto. ¿Por qué andáis solas? ¿No se enfadarán vuestras madres?

Solo entonces recordamos al pájaro, la horaya era tarde para comery el miedo a que nos estuvieran buscando.

¡Luisa, vámonos!

Salimos olvidando la jaula de los nervios.

¡Esperad!el chico nos alcanzó en la puerta.Aquí.

El par de plumas que nos dio era tan bonito que nos quedamos boquiabiertas, sin atrevernos a tocarlas.

¿Qué es esto?

Plumas de pavo real. Mi madre trabaja en el zoo y me las trae. ¡Llevadlas!

Las cogimos y salimos corriendo, sin ni siquiera despedirnos.

En casa, la tormenta.

Madres llorando en el patio, padres nerviosos fumando a la espera de que llegara la policía.

Al vernos, la madre de Luisa se desplomó en el suelo:

¡Aparecieron…!

Hubo de todo: lágrimas, besos, bronca y un par de azotes. Menos mal que, con los apuros, no hubo tiempo para más castigo.

Dos días después, en el columpio de la casita de la playa, hablábamos bajito, intentando encontrar la postura más cómoda:

Luisa, ¿sabes qué? No necesitamos ningún pájaro.

¿Por qué?

Porque la abuela decía que la verdadera felicidad es que te quieran.

¿Y qué?

Pues que si no nos quisieran, no habrían llorado como lo hicieron cuando nos perdimos. ¿O no? No tendrían miedo de que nos fuéramos para siempre.

Pues sí…

Entonces, ya somos felices, ¿no?

No lo sé.

¡Yo sí lo sé!

¿Y los padres?

¿Acaso han discutido estos dos días?

No…

Entonces pueden no pelear. ¡No necesitan ningún pájaro! ¿Lo entiendes?

Sí…

Aquel verano fue el mejor de nuestra infancia.

Recordando los años, siempre agradecí que tuviera a Luisa para compartir memorias. Era más fácil recordar juntas.

Ella siempre recordaba mejor que yo, más tranquila quizás. Yo era inquieta, eléctrica, siempre corriendo. Luisa, por el contrario, pensaba todo con calma antes de actuar. Y recordaba todo como si fuera ayer.

Curiosamente, conocí a mi futuro marido muchos años después y tardé en reconocerle. Estuvimos saliendo hasta que un día entré a su casa.

Santísima Trinidad…

Ahí estaba el barco, en el mismo estante donde lo miramos de pequeñas.

Ambas ya teníamos veintitrés años, Luisa ya estaba casada. Y yo, al ver el barco, me sentí otra vez la niña que tenía miedo a tocarlo para no romper nada.

Tras la boda, saqué de mi libro la pluma de pavo real que llevaba guardando tantos años y se la enseñé a mi marido.

¿Te acuerdas?

Nos reímos mucho, viendo cómo intentaba recordar.

Y fuimos felices. Mucho tiempo, casi treinta años. Con preocupaciones y alegrías: los primeros pasos de la niña, luego del niño, enfermedades en las que Aurelio me salvó a base de médicos y cariño, y el miedo pegado a la puerta los días valientes. Llegó el día en que todo se paró y dejé de respirar, olvidé cómo hacerlo, porque el aire y la vida se fueron con Aurelio. Menos mal que Luisa estuvo ahí, me sacó de mi tristeza de un par de bofetadas y me abrazó como a una hija.

¡Aguanta, mujer! ¡Tienes a tus hijos!

Desperté. Me quedó un consuelo a medias, de lo que Aurelio dejó. Los hijos ya mayores, pero perderlos a los dos tan seguido no era justo. ¡Eso no podía ser! ¿No decía la abuela que mientras haya alguien entre tu hijo y el cielo, no hay huérfano, es un niño feliz?

¡Cuánta razón! Había que seguir. Para hijos y nietos. Aunque cada cual vivía ya por su cuenta, yo sabía que seguía siendo necesaria y querida. Siempre puedo preparar la maleta, comprar regalos y hacer visitas: a mi hijo, a mi hija… Todos me reciben con alegría. O espero a las vacaciones y vienen los nietos a casa: risas, ajetreo, la cama grande y cálida que nunca está vacía.

La mayor se hace la remolona antes de acostarse, pero termina acurrucada conmigo, escuchando el cuento que finge no saber de memoria.

Y la calma vuelve al corazón. La alegría, ligera como una pluma, regresa, quizá no tan brillante como la de mi marido, pero valiosa igual.

No a todos les toca eso. Hay quien pide la felicidad al cielo y nunca llega. Nosotras, Luisa y yo, salimos afortunadas. No atrapamos ningún pájaro literal, pero nuestro destino sí. Entendimos lo que quería decir para una mujer la felicidad. En nuestro caso era eso: hijos sanos, lo demás ya vendría.

Luisa también lo logró, aunque le costó. No pudo tener hijos con su marido, Francisco, a pesar de quererse tanto como pocos. Siempre juntos, nunca discutían. Nosotras, las vecinas, criticábamos a los maridos y ella con Francisco era un remanso de paz. Ni una queja.

Yo antes pensaba que la gente mentía, que eso del amor para toda la vida no existía, hasta que vi a Luisa y a mi marido. Entonces entendí.

La familia de Luisa era complicada, sobre todo por las cuñadas y las tías de ambos. Ella sabía llevarlo, y su suegra, doña Mercedes, fue una bendición. La adoptó como a una hija. No le reprochó nunca nada.

Cuando la madre de Francisco vendió su piso en Valladolid para venirse cerca, sus hijas protestaron, pero Mercedes ni se mudó con Luisa y Francisco. Compró un piso al lado, para no estorbar, decía. Y aunque ya sabía que nunca podría tener nietos biológicos, nunca lo contó a las hijas ni a la familia.

Esto ayudó en lo que llegó después.

Gracias a Mercedes, Luisa pudo adoptar un hijo. Se fue a trabajar como enfermera a un hospital materno, allí vio a su nieto primero. Luisa y Francisco se trasladaron durante casi un año y volvieron con un niño pequeño. Nadie preguntó, ni dijo nada. Yo sabía la verdad y era la primera vez que vi a Luisa cerrar el paso a los chismorreos familiares. Detrás de Mercedes, que lo defendía, nadie se atrevió a decir nada.

Mercedes cuidó de su nieto con cariño especial. Sabía que estos niños necesitan aún más amor. Aportó lo mejor de sí para él, ayudando a Luisa.

Así fuimos tirando y la amistad continuó, creciendo las familias juntas, con las puertas abiertas, como siempre. Eso sí, ¡evitando perder niñas en busca de pájaros!

Después, mi Aurelio se fue. Lo mismo pasó más adelante con Francisco, sin nunca haberse quejado de saludun trombo, imprevisto, y ya. Trabajó en el hospital y aun así…

Luisa cayó en depresión. Me tocó devolverle el favor y sacarla de allí. Le recordé que tenía un hijo que cuidar y la responsabilidad con su madre, Mercedes, y que si ella no se mantenía en pie, ¿quién lo haría? De alguna manera, mis palabras o su propia determinación la devolvieron al mundo. Consiguió sacar a adelante a su hijo, Javier, que se hizo guardia civil. Aunque viaja entre destinos, no olvida a su madre, trayendo a la familia un par de veces al año. Cuando no puede, viene su mujer, Silvia, con los nietos.

¡Menuda relación la suya! Luisa aprendió bien de Mercedes, supo cómo ser una suegra sabia y no puso jamás pegas, ni cuando Javier trajo a casa a Silvia con un hijo de una relación anteriorbueno, casi ni matrimonio hubo. Silvia había sido abandonada por el padre de su hijo, pero Javier los adoptó a ambos; el padre biológico al final firmó los papeles sin problema.

Cuando vino a presentarla, Luisa apartó a Javier, cogió en brazos al pequeño:

Hola, soy tu yaya Luisa, ¿quieres una galleta? ¿No? Mira, hay regalos bajo el árbol, los dejó Papá Noel. ¡Ven, vamos a ver!

No se necesita tanto para derretir el corazón de una madre. Solo aceptar a su nieto como a uno más, y tienes a una nuera para toda la vida.

Por eso, ahora Silvia también es como una hija, y los nietos, todos incluso el mayor, que no es de sangre son sus nietos.

Oye, Carmen, ¿cuándo preparamos el viaje a la casa del pueblo? ¡Ya va haciendo calor!Luisa levantó la cabeza, buscando en la penumbra las flores del cerezo.

El finde, en cuanto termine de limpiar los cristales vamos. Ya es hora.

Cierto, que la Semana Santa viene temprano este año. Hay que poner todo a punto, ¿verdad?

Sí. Además, este año mis hijos pasan solo dos días, de paso. El mayor va a visitar la Complutense, que quiere estudiar allí. Ahora solo echan un vistazo, pero prometieron volver luego. Igual dejan a los peques conmigo un par de semanas, aún por decidir. ¿Y los tuyos?

Hasta verano nada. Ya están en el colegio, así que hay que esperar.

¡Si solo falta mes y medio!

Ya, pero a mí se me hace eterno…

Siempre pasa, cuando esperas algo bueno se hace largo, pero una vez llega pasa en un suspiro, y hay que volver a esperar. Pero te digo una cosa, Carmen…

¿Qué?

Que por cada segundo bueno que tienes, merece la pena todo. Si lo valoras y lo recuerdas, la felicidad no es poca, solo hay que darse cuenta.

¡Tal cual! ¿Te acuerdas de cuando fuimos a buscar el pájaro de la felicidad?

¡Claro!Luisa se echó a reír. ¡Estuve una semana sin poder sentarme! Mi madre se asustó tanto que mi padre me dio una azotaina de aviso. Pero bueno, ¡tú también andabas por allí tan campante!

Y tanto, pero ¿sabes qué, Luisa?

¿Qué?

Creo que sí que atrapamos aquel pájaro, sin darnos cuenta. Que todo este tiempo voló junto a nosotras. Si no, ¿cómo explicar que tengamos hijos, nietos, maridos así? Que hemos tenido de todo lo que tantas mujeres piden y no reciben. ¿No te parece?

¡Tienes razón! Habría que agradecerle al pájaro, que siga moviendo las alas y agite la cola, para que sean felices también los que queremosLuisa me sonrió, con esa ternura traviesa que la ha acompañado siempre.

Pues si lo atrapamos, que no se nos escape nunca, Carmen. Porque mientras estemos juntas aquí, bajo este cerezo, todavía hay mucha felicidad para repartir. Aunque solo sea en forma de galletas, cuentos, o recuerdos que una nieta se lleva a la cama.

En ese momento, el viento sacudió el árbol y una nube de pétalos blancos flotó alrededor, cubriéndonos el pelo y la ropa. Luisa atrapó uno al vuelo, se lo puso tras la oreja y me miró muy seria.

Ya ves, el pájaro sigue aquí: se disfraza de flor cada primavera para que no lo olvidemos.

Reímos bajito. Por el camino entraron nuestros nietos llamando a voces desde la puerta, y los gatos maullaron pidiendo cena. La tarde se vio llena otra vez: de risas, de voces y de vida. Y mientras la luz se iba apagando y la última brisa robaba un par de plumas al cerezo, supimos sin necesidad de palabras que el pájaro de la felicidad, ese invisible y testarudo, siempre encuentra la forma de hacer nido donde hay dos amigas que nunca se sueltan de la mano.

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