Sufrió un grave accidente de tráfico en el que resultó seriamente herido en ambas piernas. Y así terminó todo…

Diario personal, primavera en Madrid

Hoy he vuelto a pensar en lo que fue mi vida antes del accidente. Tenía un trabajo prometedor: me esperaban el puesto de director general y una buena nómina, de esas que no dejan dormir de preocupación. Planes de esquiar en Sierra Nevada con Clara, mi mujer, risas con amigos los sábados en terrazas de Huertas… Todo eso, de repente, se desvaneció.

Las piernas me las recompusieron como pudieron tras la colisión. Me enviaron a casa, ¿qué otra cosa podían hacer? Solo quedaba rezar y confiar en la suerte. Intentaba agarrarme a la esperanza, pero por las noches gritaba de dolor hasta quedarme sin voz. Solo los pinchazos dos veces al día, por la mañana y por la noche, me permitían dormir unos minutos.

No podía levantarme de la cama durante dos meses, así que dependía del orinal y de la paciencia infinita de Clara, a la que le debo la vida y el alma. Cuando por fin empecé a intentar andar con un andador, el dolor se multiplicó por diez.

¿Sabéis lo que es que te claven una inyección en el vientre para evitar trombos y úlceras, tras tanto tiempo tumbado? Os lo cuento yo, damas y caballeros. Es vivir pendiente de que cualquier estornudo, tos o simple deseo de ir al baño se convierta en una odisea. Hay que tener nervios de acero, y yo hacía tiempo que me quedé sin ellos.

Pero el tiempo pasaba y, poco a poco, aprendí a volver a andar. Torpe, tropezando y casi cayendo, sí, pero avanzaba.

Los amigos se esfumaron. No llamaban ni preguntaban. En la oficina ocuparon mi sitio, también el de director general, con otro nombre. Lo peor no era el dolor: era la pregunta constante de ¿cuándo terminará todo esto?, ¿en qué desembocará?

Mi ánimo estaba por los suelos. No veía más camino que el del invalidez y la rutina gris. Gracias a Dios, Clara nunca me soltó la mano…

La primera vez que salí a la calle, apoyado en las muletas y bajo su atenta mirada, el sol madrileño me cegó. Me quedé sin aire y se me escaparon unas lágrimas. ¿Quién era yo ahora? Solo un inválido deslucido… o eso creía.

Clara se apartó un poco, dándome unos minutos de soledad. Intenté unos pasos, entrecerrando los ojos por la luz y acostumbrándome de nuevo al viento primaveral. De repente, sentí un maullido. Miré al lado de mi muleta: allí estaba, un pequeño gato gris esperándome.

¿Qué quieres, pequeño? le pregunté.

Los animales nunca habían formado parte de mi mundo. El gato me miró y maulló con una tristeza casi humana.

Clara, ¿le traes una albóndiga, por favor?

Ella fue a la cocina, regresó y yo, con esfuerzo, ofrecí el bocado al gato, que lo aceptó mirándome respetuosamente antes de empezar a comer.

A la mañana siguiente, salimos al patio y allí me esperaban tres gatos. Debían de llevar rato esperando.

¡Madre mía, esto sí que no me lo esperaba! dije, y por primera vez sentí alivio. Clara protestó, pero fue a por tres albóndigas.

Al día siguiente, ya eran cinco gatos y dos pequeños perros los que nos aguardaban. Clara refunfuñó más fuerte, pero le pedí que comprara un kilo de salchichas en la tiendecita de la esquina, que repartí con mis nuevos amigos.

Los animales brincaban a mi alrededor, invitándome a ser uno más en su juego. A pesar del dolor, reía y andaba unos pasitos más. Los perros ladraban alegres, casi como si se rieran.

El tiempo cambió y cayó un churrasco de fina lluvia primaveral, pero insistí en salir. Clara protestaba, amenazando con esconderme las muletas, pero por primera vez en meses bajé por mi propio pie.

Me esperan le expliqué, ¿cómo no voy a venir? No puedo faltarles.

Ellos ya estaban allí, y juntos jugamos, los gatos, los perros y yo, bajo el chirimiri y la vigilancia risueña de Clara, apoyada en su paraguas.

Poco a poco, fui dejando primero una muleta, luego la otra. Ya me estorbaban para seguir el ritmo de mis compañeros. Un día me di cuenta de que hacía semanas que no sentía dolor.

En el trabajo no me necesitaban. No podían apostar por un cojo, me pagaron una buena indemnización y me despedí. Tenía tiempo. Decidí escribir sobre todo lo que había ocurrido. Salió una obra de teatro, más extensa de lo que pensaba. Visité varios teatros de Madrid, pero ni caso. Solo uno, un pequeño teatro popular junto al barrio de Lavapiés, me devolvió la llamada:

La vamos a montar me dijo el director, solo habrá que recortar y ajustar cosas.

Durante un mes discutimos y corregimos cada frase. Un mes después llegó el gran día. La sala era minúscula, quince personas en total, pero para mí eran el público más importante del mundo.

Estaba más nervioso que nunca, temiendo asomarme a la sala. Cuando cayó el telón, el silencio me heló. Pareció eterno, pero en realidad fueron segundos… hasta que una ovación explotó, tan cálida y sonora que los actores repitieron la escena final dos veces más.

La siguiente función fue a tope; la gente abarrotaba el pasillo y el hall, y el aplauso hizo temblar el telón. Pronto cambiaron a una sala céntrica y se llenaba función tras función. Ya me había comprado un buen traje, y subía a saludar al público del brazo de Clara. Es lo justo, no podría ser de otra manera.

Quizá os preguntéis, queridos lectores, qué fue de los dos perritos y los cinco gatos. Pues adoptamos dos perros y dos gatos. Los demás se fueron con admiradores del teatro.

¿De qué va esta historia? Quizá de nada. O quizás de lo importante que es encontrar, a tus pies, ojos llenos de esperanza. Porque cuando los tienes delante, ya no puedes rendirte. Tienes que seguir adelante.

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