Olga estaba preparando pisto para conservar cuando su marido volvió del trabajo. – Ya estoy en casa, – anunció Sergio al entrar en la cocina y se quedó de piedra.

Carmen estaba cerrando los tarros de pisto cuando su pareja volvió del trabajo.

¡Ya estoy en casa! gritó Juan, entrando en la cocina y quedándose de piedra. ¿Pero esto qué es?

¿Cómo que qué es? Pues el pisto, cariño, lo preparo como me pediste respondió Carmen sonriendo.

No, no… dijo Juan haciendo un amplio gesto abarcando toda la cocina. ¿A qué viene este caos, Carmen?

¿A qué te refieres, Juan? ¿Puedes explicártelo mejor? se sorprendió ella.

No te hagas la despistada, ya sabes perfectamente de qué hablo respondió él, soltando un bufido indignado.

Carmen le miraba perpleja, sin entender nada.

Salón-cocina, porque en España una pared de pladur ha separado muchas historias

Carmen, ¿has vuelto? ¡Qué alegría tenerte aquí! dijo Juan con voz esperanzada al verla aparecer.

No, solo he venido a recoger mis cosas. Te repetí que entre nosotros todo se terminó.

¿Pero cómo? Si yo te quiero, no quiero separarnos. Te he echado mucho de menos estos días

Una semana antes pasó lo que no debería haber pasado entre pareja: discutieron, y a Juan se le fue la mano tanto en palabras como en gestos.

Todo empezó cuando volvió a casa y encontró la cocina hecha un pifostio. Desde luego, para él era caos”. Para una madre española con experiencia, era simplemente cocina intensiva.

Carmen cerraba los tarros de pisto que harían competencia a los de La Rioja. Recipientes por todas partes: cuencos, platos, botes. En el fuego, una olla de las de la abuela con manchas de tomate rebelde, que se escapaba de vez en cuando. Aquí un platillo con ajo, allá otro con pimientos

Y Carmen, tan tranquila, picando pimientos como si nada.

Llevaban cuatro meses conviviendo. Juan, hasta entonces, había vivido solo y, por Carmen, renunció a su añorada soledad, dispuesto a probar suerte con eso llamado vida en pareja, aunque no calculó las consecuencias.

Ambos ya pasaban los cuarenta tras una vida con varias mudanzas y equipaje emocional. Carmen tenía una hija mayor, ya autónoma; Juan, un hijo de diez años del primer matrimonio, al que apenas veía porque vivía en otra ciudad.

Parecía que por fin habían encontrado a esa persona con la que estar tan bien como estando solo, pero mejor.

Al principio Carmen pensó que Juan era un tesoro. Dejó su pisito de alquiler y se mudó a su casa, tras una invitación que sonó a promesas de papeles y estabilidad.

Ella puso todo de su parte para ser la mejor pareja: platos caseros, mimos y detalles hasta quedarse sin energía. Y sí, a veces ni ella misma sabía de dónde sacaba tanta fuerza: eso, mis queridos, es puro amor o eso creía.

Llegaron los primeros cambios: tras unos meses, Juan volvía de mal humor del trabajo, cascarrabias por tonterías como una taza sin fregar, el suelo sin repasar o la cama mal hecha.

Carmen pensaba: ¿Crée alguien en la Península que una taza o una cama pueden tener más importancia que una cena casera y compañía?

Ella también trabajaba, ojo. Siempre llegaba una hora antes, y lo dejaba todo impecable… bueno, menos cuando el pisto entraba en acción.

Carmen ignoró el mal genio de Juan, esperando que fuera pasajero, pero la cosa pintaba tan oscura como una noche de tormenta en la Alpujarra.

Ella llevaba años aprovechando las ofertas para hacer conservas como manda la tradición, procurando hacerlo cuando Juan no estaba. Muchos findes él se iba a arreglar el coche con su cuñado Fernando y no volvía en todo el día. Pero aquel día, por arte de magia (o mala suerte), volvió a media faena y se encontró aquello: una promesa de tarros de pisto envueltos en mantas, y la cocina como si hubiera pasado una guerra.

Juan montó en cólera:

¡Carmen, esto va a quedarse así siglos!

¿Alguna vez has visto que deje un desastre tras cocinar? ¿Y a ti qué te molesta tanto?

Hace un calor infernal, la casa huele a pimientos y tomates ¡esto parece un invernadero manchego!

Pues vete al salón, ponte el fútbol. Ahora mismo recojo y te caliento la cena.

¿Vas a calentarme otra vez macarrones con filetes de pollo, los mismos desde hace tres días?

No puedo hacerlo todo a la vez. El pisto no se cocina solo. Fue tu idea, ¿recuerdas? Estoy reventada, he ido dos veces al mercado cargada como un burro, y encima aguantando tus quejas.

¡No me grites!

¡Si eres tú el que no para de refunfuñar! Yo solo intento tranquilizarte. ¡Ya basta!

Ahí Carmen perdió la paciencia, que hasta entonces era de santo.

¿Qué te agobia tanto? ¿Llegar a casa y encontrarte la comida hecha? ¿Dormir en sábanas limpias? ¿Qué te reciba con una sonrisa aunque estés insoportable? ¿O soy yo misma la que te molesta? ¡Dímelo!

¡Sí, Carmen, me cansas! ¡Ni cenas, ni sábanas, ni tu pisto me hacen falta!

¡Pues mira, tú también me tienes hasta el moño! Todo te parece mal, eres un pesimista profesional. Dejas tus cosas por todas partes y encima la culpa es mía, porque cocino. Te pedí ir al mercado a por verduras, pero preferiste irte con Fernando. ¡De verdad, tú sí que me agotas!

A Juan le sentó tan mal la crítica que bueno, ni explicó ni se explicó.

Carmen respiró hondo.

¡Hasta aquí hemos llegado! declaró y salió de la cocina.

Se puso a recoger sus cosas con manos temblorosas, lo que pudo metió en dos maletas, pantalón vaquero, bolso y adiós.

Juan lo vio todo en absoluto silencio, ni un lo siento, ni un quédate.

Aquella noche Carmen durmió en casa de su amiga Teresa, y al día siguiente alquiló un piso pequeñito gastando un dineral en el depósito, la comisión, y en cuatro cosas mínimas para sobrevivir en su nueva casa.

Ni se le pasaba por la cabeza volver. Al principio.

Pero al cabo de tres días, la melancolía le pudo. Repasaba las palabras, el desastre y le dolía. Sabía que perdonar aquello era de género tonto, pero el corazón, a veces, tiene otras leyes.

Juan no llamó, ni escribió Solo aquella noche le llegó un mensaje:

¿Y qué hago yo con el pisto?

Pues lo que te dé la real gana, Juan respondió ella furiosa. ¡Me da igual!

Le daba pena el pisto, claro. Se había dejado media paga extra en tomates. Con un poco de tiempo y cabeza fría, todo habría sido distinto.

Aunque no quisiera reconocerlo, esperaba en el fondo un mínimo arrepentimiento de Juan, una llamada, unas disculpas Pero nada.

Pasó la semana. Carmen se fue acostumbrando a estar sola. Decidió que llegaba el momento de recoger lo que le quedaba en casa de Juan y devolverle las llaves.

Podría haber entrado cuando él estaba fuera, pero prefirió dar la cara. Media hora antes le avisó por WhatsApp. Juan la recibió en la puerta, con cara de San Juan en la procesión: arrepentido, pero para ella ya era tarde.

Él empezó con el discurso: que si te quiero, que si no quiero perderte, pero una ya se conoce la historia.

Si le hubiese querido tanto, ¿no se habría molestado en buscarla o llamarla en esa semana de silencio?

No, Carmen ya no podía autoengañarse.

Juan, déjate de excusas. Si me hubieras querido de verdad, ahora estaríamos hablando de futuro, no de pisto.

¡Perdona, Carmen! No sé qué me pasó ese día

Pues te quedas con el pisto y la culpa. Yo estoy a lo mío.

Carmen fue empaquetando sus cosas: los champús y cremas caras del baño, el té inglés que a Juan le sabía a rayos, su querida taza rosa regalada por su hija, el plaidecito de ganchillo que le tocó por su cumpleaños

Ella lo llevaba al recibidor, cerradito y listo para el taxi. Juan la seguía, pidiendo perdón, pero esa novela ya se la sabía.

Una semana de silencio era suficiente para entenderlo todo. Si le hubieses querido tanto, ni pelota ni fútbol, habrías mandado.

Con todo metido en bolsas, Carmen bajó la app y pidió un taxi. Juan se plantó en la puerta:

Por favor, no te vayas. Sin ti, no soy nadie.

Y yo, contigo, desaparezco sentenció ella, apartándolo delicadamente para salir.

Carmen se fue, y él se quedó plantado, cara de no haber entendido nada. Y nunca más se vieron, a pesar de los te quieros desperdiciados días antes.

Carmen, desde el taxi, miró por la ventanilla. Afuera, pleno otoño. Supo que dos semanas después era su cumpleaños, su estación favorita.

Todo irá bien, se susurró y sonrió. De verdad, todo irá bien.

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Olga estaba preparando pisto para conservar cuando su marido volvió del trabajo. – Ya estoy en casa, – anunció Sergio al entrar en la cocina y se quedó de piedra.
A un mismo río no se entra dos veces: Historia de un amor apasionado y tormentoso, segundas oportunidades, secretos familiares y la lucha contra el alcoholismo en el corazón de Castilla