Subía a la escalera para podar las ramas secas del árbol, cuando de repente mi perro comenzó a ladrar insistentemente y a tirar de mi pantalón para que bajara: al principio pensé que simplemente se había vuelto loco o que estaba jugando y podía hacer que me cayera accidentalmente de la escalera 😱😢

Ayer por la mañana, tenía en mente podar de una vez las ramas secas del viejo manzano que tengo en el patio de la casa de mis padres, aquí en Segovia. Así que, con el café todavía haciéndome compañía, coloqué la escalera bien firme contra el tronco. El día empezaba raro, el cielo gris plomo, ni una brisa, y ese aire húmedo que te avisa que en cualquier momento cae un chaparrón. Aun así, pensé: “Más vale que lo termine ya, que llevo posponiéndolo semanas”.

Y justo cuando estaba a media escalera, a punto de cortar la primera rama con mis tijeras de podar, mi perro, Lucas, empezó a ladrar como un loco. Ni te imaginas, pensaba que estaba jugando o que se había vuelto completamente tarumba. De repente noté cómo tiraba de mi pantalón, pero con una insistencia que vamos, que por poco me hace caer de un susto. Al principio me salió la vena borde: “¡Lucas, qué haces! Baja ya, anda”. Le moví la mano para que dejara de molestarme, pero él nada, que sigue a lo suyo, intentando subir a la escalera con las patas resbalando por los peldaños y los ojos como platos, clavados en mí.

Me enfadé un poco, lo reconozco, hasta le reñí y lo llevé refunfuñando al corral, cerrando la puerta para poder trabajar tranquila. Lucas bajó la cabeza, como si se sintiera mal, pero yo solo pensaba en acabar de una vez y meterme a casa, que ya olía a tormenta.

Y mira tú por dónde, en el momento en el que vuelvo a colocar el pie en la escalera, se oye arriba un crujido seco, brutal, que me pone los pelos de punta. Alzo la vista y veo una rama, enorme y mortecina, cayendo justo donde estaba mi cabeza un segundo antes. Se hizo añicos contra el suelo y pasó rozándome, a medio palmo. Me entraron unos temblores que tuve que sentarme, porque las piernas ni me sostenían.

Me quedé allí, helada, escuchando sólo mi corazón retumbando en las orejas. Me giré hacia donde estaba Lucas, y al otro lado del vallado, él me miraba fijo, tranquilo, con la cola moviéndose despacito, como diciendo: “¿Ves ahora por qué te paré?”. Me acerqué, abrí el corral y me arrodillé a su lado. Lucas se pegó a mí y yo lo abracé con un nudo en la garganta: “Me has salvado, chico”, le susurré.

Desde ese día, te juro que si Lucas siente algo, yo paro el mundo y le hago caso. Hay cosas que los animales captan antes que nosotros, será ese sexto sentido, pero vaya si sabe. No vuelvo a dudar de su instinto, ni locos.

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Subía a la escalera para podar las ramas secas del árbol, cuando de repente mi perro comenzó a ladrar insistentemente y a tirar de mi pantalón para que bajara: al principio pensé que simplemente se había vuelto loco o que estaba jugando y podía hacer que me cayera accidentalmente de la escalera 😱😢
NO SUPE AMAR —Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lilia? —preguntó la joven, mirándonos a mi amiga y a mí con picardía y curiosidad. —Soy yo, Lilia. ¿Por qué lo preguntas? —respondí con extrañeza. —Toma, Lilia, una carta. Es de Vladimir, —la desconocida sacó de su bata un sobre arrugado y me lo entregó. —¿De Vladimir? ¿Y dónde está él? —pregunté sorprendida. —Le han trasladado a un internado de adultos. Te esperaba, Lilia, como agua de mayo. Se dejó los ojos esperándote. Esta carta me la dio para que revisara las faltas, no quería que te causara vergüenza. Bueno, me voy, es la hora de la comida. Trabajo aquí de educadora, —dijo la chica, suspiró, me miró con reproche y salió corriendo. Un día mi amiga y yo, dando un paseo, nos adentramos sin querer en el recinto de un centro desconocido. Teníamos dieciséis años y el verano se nos hacía infinito, poblado de aventuras. Svetlana y yo nos sentamos en un banco cómodo, charlábamos y reíamos. Sin darnos cuenta, se acercaron dos chicos. —¡Hola, chicas! ¿Aburridas? ¿Os apetece conocer a alguien? —dijo el muchacho, tendiéndome la mano—Vladimir. Yo respondí: —Lilia. Y ella es mi amiga Svetlana. ¿Y el amigo callado cómo se llama? —Leonardo, —susurró el segundo chico. Los dos nos parecieron anticuados y demasiado formales. Vladimir, serio, comentó: —Chicas, ¿por qué lleváis faldas tan cortas? Y Svetlana con ese escote tan atrevido… —Hmm… Chicos, no miréis donde no debéis. O se os van a “descolocar” los ojos, —reímos Svetlana y yo. —Es imposible no mirar. Somos hombres, al fin y al cabo. ¿Y acaso fumáis también? —continuó inquisitivo el virtuoso Vladimir. —Claro que fumamos. ¡Pero no nos atragantamos! —bromeamos las dos. Fue ahí cuando Svetlana y yo nos fijamos en que algo no iba bien con las piernas de los chicos. Vladimir apenas se movía, Leonardo cojeaba ligeramente. —¿Vosotros estáis aquí para trataros? —supuse yo. —Sí. Yo tuve un accidente con la moto, Leonardo saltó mal desde una roca al agua, —contestó Vladimir apresurado, como si recitara una historia aprendida. —Pronto nos darán el alta. Por supuesto, Svetlana y yo creímos la “leyenda” de los chicos. En aquel momento ni imaginábamos que Vladimir y Leonardo eran discapacitados de nacimiento. Estaban destinados a una larga estancia en el internado. Nosotras fuimos para ellos un soplo de libertad. Vivían y estudiaban en aquel internado cerrado a miradas ajenas. Cada uno de aquellos chicos tenía preparada una historia inventada sobre accidentes, caídas, peleas… Vladimir y Leonardo resultaron ser interesantes, cultos, sabios para su edad. Svetlana y yo empezamos a visitarlos cada semana. Por supuesto, nos daba pena su situación y queríamos animarlos. Pero además, aprendíamos de ellos. Los encuentros se hicieron rutina. Vladimir empezó a regalarme flores arrancadas de la rosaleda cercana; Leonardo siempre traía un origami hecho por él, que entregaba tímidamente a Svetlana. Luego nos sentábamos los cuatro en el banco; Vladimir a mi lado, Leonardo se giraba hacia Svetlana, y toda su atención era para ella. A mi amiga le sonrojaba la situación, pero estaba claro que le agradaba la compañía del tímido Leonardo. Charlábamos con los chicos de todo y de nada. El verano transcurrió cálido y luminoso. Llegó el otoño lluvioso, las vacaciones se acabaron. Teníamos por delante nuestro último curso en el instituto y, entre exámenes, campanas y fiestas de graduación, nos olvidamos totalmente de Vladimir y Leonardo. Terminados los exámenes, la última campana, la noche de graduación. El verano esperanzador comenzaba. Svetlana y yo volvimos a la residencia para ver a nuestros viejos amigos. Nos sentamos en el banco de siempre, esperando a que Vladimir y Leonardo se acercaran con sus flores frescas y sus origamis… Esperamos dos horas en vano. De repente, una joven salió del internado y se acercó directamente a nosotras. Ella entregó la carta de Vladimir. Abrí el sobre enseguida: “Querida Lilia: Eres mi flor fragante, mi estrella inalcanzable. Quizá no te diste cuenta, pero me enamoré de ti desde el primer momento. Aquellos encuentros fueron mi aire, mi vida. Llevo medio año mirando por la ventana esperando verte. Te has olvidado de mí. ¡Qué pena! Nuestros caminos son distintos. Pero te agradezco haber conocido el verdadero amor. Recuerdo tu voz aterciopelada, tu sonrisa cautivadora, tus manos delicadas. Qué mal estoy sin ti, Lilita. ¡Ojalá pudiera verte una vez más! Quiero respirar, pero no puedo… Este año Leonardo y yo cumplimos los dieciocho. En primavera nos trasladarán a otro centro. Dudo que volvamos a vernos. Mi alma está hecha trizas. Espero superarte y curarme de este amor. Adiós, mi tesoro”. Firmado: “Siempre tuyo, Vladimir”. En el sobre había una flor seca. Me dio muchísima vergüenza. El corazón se me encogió pensando que no se puede cambiar nada. Recordé el dicho: “Somos responsables de aquello que domesticamos”. Nunca estuve al tanto de la pasión que quemaba el alma de Vladimir. Pero no sería capaz de corresponderle. Por él no sentía nada elevado: simpatía, curiosidad ante un interlocutor diestro y culto, nada más. Sí, coqueteé un poco, jugué con él, avivando su ilusión. No imaginaba que mi ligero flirteo sería un incendio para Vladimir. …Desde entonces han pasado muchos años. La carta de Vladimir está amarillenta, la flor se convirtió en polvo. Pero recuerdo aquellos encuentros ingenuos, las charlas despreocupadas, las carcajadas sinceras por las bromas de Vladimir. …La historia tiene continuación. Mi amiga Svetlana se conmovió por la difícil vida de Leonardo. Sus padres lo rechazaron por su “diferencia”, tenía una pierna mucho más corta de nacimiento. Svetlana terminó Magisterio y trabaja en una residencia de niños discapacitados. Leonardo es su esposo, el amado de Svetlana. Tienen dos hijos adultos. Vladimir, según cuenta Leonardo, ha llevado una vida solitaria. Cuando tenía unos cuarenta años, su madre acudió al centro, vio a su hijo abandonado, lloró, se llenó de amor olvidado y se lo llevó al pueblo. Y después, se perdió el rastro… NO SUPE AMAR