Un ideal ajeno
Trinidad Alonso irrumpió en el salón con tanta energía que el bajo de su bata ondeó, como la vela de un barco en el viento. Se detuvo en seco junto a la puerta, se apoyó con las manos en las caderas y dirigió a su nieta una mirada en la que se leía un disgusto sin tapujos. Nuria estaba sentada frente al escritorio, mirando fijamente la pantalla del ordenador.
¿Se puede saber qué haces ahí plantada? el tono de la abuela fue cortante. ¡Tu clase de ballet empieza en media hora!
Nuria alzó la cabeza despacio. En sus ojos se adivinaba el cansancio y unas sombras se dibujaban bajo los párpados. Intentó contestar tranquila, aunque la voz le tembló:
Abuela, me encuentro mal. Ya he avisado de que hoy no puedo ir.
Por un instante, Trinidad se quedó parada, incrédula ante la respuesta. Frunció los labios en una fina línea y sus labios palidecieron. Después, suspiró con fuerza, casi sin poder contener el enfado que le hervía por dentro:
¿Y quién te ha dado permiso? ¡He dicho que vas, y vas! Que mal se encuentra… ¡Pero para estar delante del ordenador nunca está mal, ¿verdad?!
Nuria apretó el borde del escritorio con los dedos. Sabía bien que para su abuela el ballet no era un mero entretenimiento, sino una cuestión de principios: una prueba diaria de disciplina, constancia y cumplimiento de la palabra dada. Pero esa tarde su cuerpo no respondía: un leve mareo, dolor abdominal, náuseas Apenas tenía fuerzas.
Cogió aire como pudo y contestó, lo más firme que pudo:
Estoy terminando un trabajo de historia. Es para entregar mañana.
La tensión llenó la habitación. Nuria buscaba la mirada de su abuela, deseando que por una vez pudiera escucharla, entender que de verdad necesitaba quedarse en casa. Mejor aún si se preocupaba por su salud y la llevaba al médico.
Pero Trinidad dio un paso brusco hacia la mesa y, sin decir una palabra, pulsó con fuerza el botón del ordenador. La pantalla se apagó de golpe, cortando de raíz cualquier posibilidad de seguir.
Nuria dio un brinco, como si le hubieran dado una colleja. Abrió mucho los ojos y se quedó mirando el monitor negro, con la esperanza absurda de que la imagen regresara. Cerró los puños y los labios le temblaron de rabia contenida. Dos horas de trabajo concentrado cada palabra escogida, cada dato verificado se esfumaron en un segundo.
¡No he guardado el archivo! gimió Nuria, con una voz a punto de romperse. ¡Llevo dos horas escribiendo!
Miró a su abuela mientras contenía las lágrimas. En ese momento, se sintió indefensa, como un animalillo acorralado.
Trinidad ni se inmutó. Su rostro seguía rígido y su voz no admitía titubeos:
¡Venga, vístete, te he dicho!
Nuria apretaba el borde de la mesa para no derrumbarse. Sabía que era inútil discutir. Su abuela siempre imponía, sin preocuparse por los sentimientos de los demás. La convivencia con ella se había convertido en una rueda de exigencias, reproches y normas rígidas. Cada día pesaba más la sensación de amargura y rabia muda.
¡Eres igual que tu madre! siguió Trinidad, con un palo de resentimiento acumulado. ¡Esa también se pasaba la vida mirando la pantalla! ¿Y en qué acabó todo? ¿Dónde está ahora?
Movió bruscamente la cabeza, como para sacudirse un mal recuerdo. Su hija era un tema espinoso para Trinidad, una especie de error de crianza. Por entonces, si se permitió algo de ternura y flexibilidad, el resultado fue ese: su hija falleció joven, dejando a Nuria a cargo de su abuela.
Trinidad siempre sostuvo que la clave estaba en la disciplina y la agenda cumplida. Se quedó sola muy joven con una niña pequeña, y para mantenerla tuvo que trabajar sin descanso, enlazando mañana y tarde, reuniones y papeles interminables. No había tiempo para charlas íntimas, para paseos, ni siquiera para noches tranquilas con un libro.
Su hija, Teresa, creció casi por su cuenta. En el colegio la apodaban la niña invisible: pasaba horas en un rincón, leyendo o dibujando garabatos, sin mezclarse con otros. En clase, la cosa no mejoraba. Los profesores decían que tenía la cabeza en las nubes.
Con los años, el carácter rebelde de Teresa sólo fue a más. Rechazaba todo intento de su madre de orientarla hacia algo útil. ¿Ballet? Mucho esfuerzo para nada. ¿Música? No tengo oído y el piano ocupa media casa. ¿Pintura? No sé y no quiero. Incluso los talleres o extraescolares los abandonaba al poco, diciendo que eran una pérdida de tiempo.
Teresa prefería el ordenador. Primero juegos sin importancia, luego foros, chats y largas conversaciones con desconocidos. Trinidad intentó poner límites, pero cada vez acababa en discusiones: Teresa pegaba portazos y se encerraba en su cuarto durante horas.
¡Es una vaga! pensaba entonces Trinidad, viéndola una vez más delante de la pantalla. Sin ambiciones, sin metas, sólo sabe mirar esa maldita caja.
No alcanzaba a comprender por qué su hija no quería avanzar. Para Trinidad, una chica normal debía aspirar a ganar premios, reconocimientos, forjarse una carrera. Pero Teresa siempre parecía hacer lo contrario.
Así, cuando Teresa cumplió los dieciocho, soltó la bomba: se casaba. No con un ingeniero prometedor ni alguien con carrera, sino con un chico del barrio, mecánico, soñando con abrir su propio taller.
Aquello desató la furia de Trinidad.
¡¿Sabes lo que te haces?! gritaba, los puños crispados. ¡Eso no es ni marido, ni nada que valga!
Teresa sólo respondía encogiéndose de hombros:
Estoy bien con él. No necesito tus buenas perspectivas.
Y la siguiente noticia fue peor: dejó la universidad. Justo la carrera a la que Trinidad la había llevado, moviendo hilos, pidiendo cartas, convenciendo a profesores.
No quiero ser economista dijo Teresa con calma. No me interesa.
En vez de un trabajo decente, encontró empleo en una pequeña empresa de diseño web. Salario mínimo, futuro incierto, y el nombre de la empresa tan irrelevante que la propia Trinidad lo silenciaba en público.
He fallado, pensaba Trinidad con amargura. Se me fue de las manos.
No logró aceptar nunca que su hija eligiera un camino propio. Y nada podía corregirlo ya.
Con su nieta no pensaba permitir semejante fracaso. Nuria sería disciplinada, responsable y con objetivos claros. Ni sueños vacíos, ni ordenadores. Sólo orden, reglas y un futuro garantizado.
Nuria se irguió de pronto, llenándose de indignación. No soportaba oír hablar mal de su madre. Para ella, Teresa era mucho más que una madre: un ejemplo, una fuente de orgullo, alguien que logró mucho superando las adversidades.
¡Mi madre era una gran programadora! espetó Nuria, con la voz temblando de emoción contenida. Tenía su propio proyecto, la respetaban en el trabajo. ¡Podría haber conseguido mucho más!
Las palabras salieron en tropel, como si hubiesen estado años atascadas dentro de Nuria, temiendo exteriorizarse. Deseaba que alguien entendiese que su madre fue talentosa y valiente.
Y no tiene la culpa añadió, cerrando los puños de que aquel taxista perdiera el control y se cruzara en el carril contrario ¡Fue una tragedia, nada más!
La sala quedó sumida en un silencio pesado. Nuria respiraba agitada, mientras Trinidad seguía junto a la ventana, con los brazos cruzados.
Si me hubiera hecho caso, dijo la abuela, fría y monótona, se habría casado con alguien de su nivel. Hubiera estado en casa criando a su hija. Y nada de esto habría pasado.
Nuria sintió una última punzada. Las palabras de su abuela dolían más que cualquier grito. Todo giraba sobre lo mismo: si Teresa hubiera obedecido…
¡No lo entiendes! gritó Nuria, con lágrimas contenidas. ¡Mamá no quería quedarse en casa! Le gustaba trabajar, crear, pensar cosas nuevas. Era feliz programando y ayudando a los demás con sus programas.
Trinidad negó con la cabeza, como quien escucha desvaríos infantiles.
La felicidad es estabilidad sentenció. Saber que mañana será igual de seguro que hoy. Tener apoyo, familia, hogar. Lo demás es humo. Y tu padre… Tuvo la peor elección.
Nuria tiró la silla atrás de un empujón que sonó brusco. Ya no escuchaba más. Tenía el corazón encogido y sólo quería escapar. Su padre era su única esperanza en ese momento.
¡Papá es maravilloso! Cuando vuelva, me llevará con él…
Lo repetía para sí misma, como un mantra. Visualizaba el abrazo cálido, la sonrisa, la voz calmada de su padre: con él no tenía que justificarse por desear algo distinto.
Ya no valía la pena oír ni una palabra más. Corrió al armario, buscando el abrigo y las zapatillas de ballet. Sólo quería irse de ese piso lleno de órdenes y reproches.
¡Ojalá el contrato de papá acabara antes! pensaba, cerrándose la cremallera de la sudadera. Si no fuera por la abuela, seguro que me habría llevado con él
Recordó conversaciones a medias al otro lado de la puerta:
Déjala terminar el colegio. ¿Para qué traumatizarla con un cambio de ciudad?
Sabía que había sido la abuela quien lo convenció para dejarla quedarse. De nuevo, decidían por ella.
Trinidad la observaba desde el umbral con una sonrisilla satisfecha. Lo había conseguido otra vez. Era inútil discutir: Nuria ya estaba alterada y cualquier comentario sólo sería gasolina.
Como si tu padre quisiera de verdad llevarte murmuró con desprecio. Está rehaciendo su vida, olvídalo. Acostúmbrate a obedecerme por lo menos hasta que seas mayor de edad.
Como si le hubieran dado una bofetada, Nuria se quedó inmóvil sujetando las zapatillas, pero enseguida sacudió la cabeza. No era el momento de venirse abajo: tenía que irse. Ya.
Trinidad, con fingida dulzura, añadió:
Le pediré al vecino que te acerque. Date prisa.
No era una sugerencia, era una orden. Nuria asintió sin mirarla, se recogió el pelo en una coleta, cogió la bolsa y se dirigió directa a la puerta. La angustia la apretaba, pero prefería estar en clase, entre música y movimientos, que aguantando aquel ambiente.
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Nuria abrió la puerta del estudio de ballet despacio; la luz cálida de las lámparas la deslumbró unos segundos. Entornó los ojos y dio unos pasos vacilantes.
La profesora, Carmen Robles, estaba terminando de colocar las barras. Al ver a Nuria, enseguida se le ensanchó la cara de preocupación.
Nuria, hija, tienes mala cara le dijo, acercándose con auténtico interés. Estás muy pálida ¿Te duele algo?
Nuria bajó los hombros, derrotada. No quería quejarse, pero tampoco tenía fuerzas para disimular.
El estómago susurró.
¿Desde cuándo? preguntó Carmen, acercándose y poniéndole una mano en el hombro, con calidez.
Desde ayer
El tono era flojo, sin la chispa habitual.
Carmen frunció el ceño, meditando. Conocía bien el temple de Trinidad: su inflexibilidad, su fe en que todo se cura a fuerza de voluntad.
¿Se lo dijiste a tu abuela? quiso saber, tratando de mantener la calma.
Nuria soltó un suspiro, y una chispa de resignación apareció en sus ojos. Imitó la voz de su abuela, arrastrando las palabras:
¡Tonterías! Lo que no quieres es bailar
Carmen cambió la actitud. Se puso seria, el gesto firme, la voz resolutiva:
Esto no es broma, Nuria. Hay que ir al hospital. ¿Te duele mucho?
Nuria se llevó las manos al vientre y se dobló un poco. El miedo la recorría, mezclado con el agotamiento. Sólo atinó a asentir con la cabeza:
Sí y tengo náuseas
El rostro de Carmen se volvió grave. Buscó con la mirada a alguien más, pero estaban solas. Sacando el móvil, tecleó deprisa.
Voy a llamar a una ambulancia dijo, suave pero categórica. Mejor prevenir.
Marcó el número, respondió las preguntas del operador y describió la situación con pulso. Mientras, Carmen sentó a Nuria en un banco, cubriéndola con la chaqueta del chándal.
Quédate aquí, cariño. Todo irá bien.
Nuria intentó replicar, restar importancia, pero las palabras no le salieron. El frío le calaba y los latidos se le disparaban. Carmen se sentó a su lado, no soltándola de la mano, preguntando de vez en cuando cómo estaba.
En el estudio se olía a cera, la música sonaba lejana; todo quedaba en segundo plano. Solo contaban la mano caliente de la profesora, la voz tranquila, y el retumbar de su propio corazón.
En cuanto se oyó la sirena de la ambulancia afuera, Carmen apretó un poco más los dedos de Nuria.
Ya vienen. Te van a cuidar, ya lo verás.
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Nuria despertó por el pitido suave de una máquina médica a un costado. Abrió los ojos con dificultad, sintiendo pesadez y la suavidad de la almohada. La sala era luminosa, las paredes azul claro y una ventana desde la que se veía la copa de los árboles. Olía a desinfectante y ropa limpia.
Los recuerdos volvieron: cómo Carmen llamó a la ambulancia, el viaje en la camilla, las preguntas del hospital, las pruebas, la inyección para el dolor y el sueño.
La puerta giró despacio. Nuria se giró y vio entrar a su padre, Daniel, con gesto preocupado y el ceño fruncido. Detrás venía Trinidad, ceñuda y tensa.
Me llevo a mi hija cuando los médicos la den de alta dijo Daniel, firme. En mi casa estará mejor cuidada.
Trinidad se paró en seco, cruzó los brazos y soltó un bufido:
¿Y qué vas a darle tú? Si te pasas la vida fuera, ¿quién la va a vigilar? Acabará como su madre: delante del ordenador
Daniel apretó los puños, tratando de controlarse. Las paredes blancas y el eco de los monitores pedían calma, pero por dentro hervía.
¡Por lo menos estará bien! La voz apenas contenía la rabia. ¡Has estado a punto de mandarla al hospital por tu cabezonería!
Hizo una pausa, respiró hondo y continuó, mirando a Trinidad de frente:
¿Te has preocupado alguna vez de lo que le gusta? ¿De lo que quiere hacer con su vida? ¡No es tu muñeca de muestra!
Trinidad levantó la barbilla, desafiante. Ajustó la correa del bolso y replicó con desprecio:
Toda niña debe saber bailar, tener buena postura, entender de música. Saber cómo comportarse en sociedad. Pero claro, ¿qué sabrías tú de eso?
Lanzó una última puya, cargada de resentimiento:
Tu mujer nos la jugó, nos endosó lo que pudo
Daniel guardó la compostura. Sabía lo que Trinidad pensaba de él: jamás suficientemente bueno, ni posición, ni ambición. Pero en ese momento, ninguna discusión importaba más que Nuria.
Olvídate de imponernos nada. Nuria se viene conmigo.
Su voz sonaba calmada, pero no cedía.
Y si intentas intervenir, no lo permitiré añadió, con tal firmeza que Trinidad dio un paso atrás.
Ella abrió la boca, pero no le salían palabras. Solo pudo apretar el bolso y marcharse con paso airado.
Lo lamentarás alcanzó a decir al salir por la puerta.
Daniel no respondió. Se acercó a la cama, concentrado sólo en su hija y el nuevo capítulo que empezarían juntos.
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Trinidad salió del hospital y el taconeo resonó por el paseo vacío. El viento se llevó las solapas de su abrigo, pero ni lo notó, absorbida en su tormenta interior.
Allá ellos murmuraba, tensionando el bolso. No saben lo que pierden.
Las escenas de antes se repetían en su cabeza: Daniel diciendo que se llevaba a Nuria, Nuria mirando a su padre esperanzada, y ella quedándose al margen, relegada por quienes no entendían el valor de su entrega.
Se detuvo frente a un banco; no se sentó. Sacó el espejito del bolso, se recolocó el pelo y se frotó la cara, intentando borrar el rastro de rabia.
Un intento fallido, pensó. Pero no el último.
Ahora había otro plan: recordaba el edificio de la calle cercana, el centro de menores con el jardín bien cuidado. Quizás allí encontraría a una niña que soñase con una familia, deseosa de aprender a bailar, de recibir todo lo bueno que podía ofrecer.
Seguro que alguna estará agradecida imaginó, sintiendo otra vez esa misión en el pecho. Le enseñaré a ser una dama de verdad, una que sí lo valore.
Se encaminó hacia la parada del autobús, la cabeza ya trazando el nuevo plan detallado. El viento levantó una hoja amarilla y Trinidad la miró un instante antes de seguir su ruta. Solo tenía una convicción: Sólo hay que insistir una vez más.
A veces, por querer hacer de los demás a nuestra imagen, olvidamos mirar sus corazones. El ideal de uno puede ser la jaula del otro. Sólo cuando dejamos que cada uno elija su propio camino, puede nacer algo parecido a la verdadera felicidad.







