La sopa es comida de pobres, así lo pensaba Kira Petrovna, que torcía el gesto con desprecio cada vez que el abuelo Procopio, su vecino de piso compartido, preparaba un brebaje extraño en la cazuela.

La sopa eso es comida de pobres, pensaba siempre doña Mencía Salazar, y ponía cara de asco cada vez que el vecino del piso compartido, don Gregorio de la Fuente, se entregaba a sus extraños rituales junto a la olla. El buen hombre preparaba sopas con cariño de artesano. Cortaba con mimo zanahorias, puerros, patatas y hasta el poquito de chorizo. Mencía hacía el típico gesto de dar vueltas al dedo en la sien mientras él murmuraba palabras tiernas a sus caldos:

¡Hiérvete despacito, patatita bonita! ¡No te vengas abajo, repollo mío, que cuento contigo!

Claro, las sopas de don Gregorio eran todo un espectáculo. Y luego, él se las comía con un deleite casi obsceno: sorbía, paladeaba, cerraba los ojos de puro gozo.

Mencía, hecha una marquesa venida a menos, desfilaba por el pasillo mirando por encima del hombro, siempre con alguna ensalada de esas llenas de aguacate importado o, si estaba generosa, una piña rellena de pollo.

Qué se puede esperar, si es pobre. Pegado a sus sopas, porque no ve más allá. Yo, en cambio, siempre ando inventando algo especial; para mí es un placer y mis invitados no dejan ni las migas recitaba Mencía, convencida de su arte culinario.

El plato favorito de don Gregorio era el cocido madrileño, y conocía algún secreto que lo dejaba de rechupete. Y sucedió que, de pronto, cayó Mencía enferma. Se quedó en la cama, sin moverse.

Venía una amiga a visitarla, con manjares finísimos que, sin embargo, a la enferma ni le entraban; piel transparente y manos como de alambre. Don Gregorio observaba todo desde la puerta, entre ceja y ceja, y un día se plantó en el umbral con un plato humeante.

Ella quiso echarle, pero apenas le salía la voz. Él dejó el plato sobre la mesilla, y de pronto, ese olor a sopa casera (ese caldo sencillo que Mencía siempre despreciaba) le hizo cosquillas en el estómago.

Mira, vecina, déjame cuidarte dijo Gregorio, sentándose a su lado Yo sé que no te gustan las sopas, pero te hacen falta, corazón. El estómago hay que mimarlo. Te he hecho sopita de pollo con un poquito de hierbabuena. Ya verás cómo te pone de pie en un periquete.

Y así, cucharadita a cucharadita, don Gregorio fue alimentando a Mencía. Al día siguiente, le trajo sopa de lentejas. Luego una buena sopita de cocido. Y, entre un caldo y otro, Mencía fue recuperando el color. Volvió a andar por la casa.

Algunos decían que fue el tratamiento médico, pero la mayoría juraba por San Isidro que el secreto estaba en las sopas de Gregorio. Porque a un cuerpo humano no se le puede negar un buen caldo, vaya usted a saber.

Ahora, Mencía no pasa ni un martes sin sopita. Y jamás vuelve a decir que es comida de pobres. Ya sabe hacer cocido como nadie, gracias a su vecino. Y ahí están los dos, en la cocina, cuchara en mano, saboreando la felicidad que resulta estar, precisamente, en una humeante cazuela de sopa.

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La sopa es comida de pobres, así lo pensaba Kira Petrovna, que torcía el gesto con desprecio cada vez que el abuelo Procopio, su vecino de piso compartido, preparaba un brebaje extraño en la cazuela.
Mi marido me comparó con la vecina joven y dejé de atenderle: cuando la inspiración se va, la musa desaparece de casa