Perdóname, hijo.
Esta historia trata de una familia que muchos aquí en España llamarían “desestructurada”. Carmen está criando sola a su hijo Pablo desde que tenía menos de un año; se separó de su marido y desde entonces le ha tocado salir adelante sola. Ahora Pablo ya tiene 14 años y ella 34, trabajando como contable en una pequeña oficina de Madrid.
El último año ha sido un auténtico infierno para ella. Hasta quinto de primaria, Pablo era un buen estudiante, pero de repente empezaron a aparecer los suspensos. Luego, aún peor, y lo único que ella deseaba de verdad era que Pablo terminase la ESO y se sacara al menos algún ciclo formativo.
Los avisos del instituto eran constantes: la tutora nunca se cortaba, le echaba la bronca delante de varios profesores más, todos ansiosos de comentar las travesuras de Pablo y su falta de rendimiento. Humillada y agotada, Carmen volvía a casa con la sensación de que ya no podía hacer nada para cambiar la situación. Sus reproches y sermones los aguantaba Pablo en silencio, mirando al suelo y cada vez más distante. No hacía los deberes, tampoco ayudaba con las tareas del hogar.
Hoy mismo, al volver del trabajo, vio que la habitación seguía patas arriba, aunque por la mañana le había soltado una de esas órdenes que ya casi no tenían efecto: Cuando vuelvas del insti, recoge un poco la casa, por favor.
Con desgana y cansancio, puso la tetera en el fuego y empezó a recoger. Limpiando el polvo, de repente se dio cuenta de que faltaba la única cosa verdaderamente valiosa de la casa: aquel jarrón de cristal que sus amigas le regalaron por su cumpleaños (ella misma nunca se habría gastado el dinero en algo así). Su corazón dio un vuelco. ¿Pablo se lo habría llevado? ¿Lo había vendido?
Peores pensamientos iban atropellándose en su cabeza. Sí, últimamente le había visto con un grupo de chicos que no le inspiraban ninguna confianza. Cuando le preguntó quiénes eran, Pablo soltó un No son nada y se le quedó una mirada entre el desprecio y el rechazo: ¡No es asunto tuyo!.
¡Esa panda solo puede traerle problemas!, pensó Carmen, alarmada. ¡Dios mío! ¿Y si le han empujado ellos a hacerlo? ¡Mi hijo no es así! ¿Y si fuma? ¿Y si?. Se lanzó escaleras abajo, pero ya era de noche y el barrio apenas tenía movimiento. Vagó un rato antes de volver, abatida.
¡La culpa es mía, solo mía! empezó a martillearle la cabeza. ¡En casa ya no puede respirar! Hasta le despierto a gritos Y por la tarde, más reproches ¡Pobre hijo mío, qué madre tan desastre te ha tocado! Acabó llorando desconsolada largo rato. Luego, para no quedarse parada, se fue a limpiar aún más a fondo.
Detrás de la nevera, tropezó con un periódico arrugado. Lo tiró y oyó un tintineo extraño. Al abrirlo allí encontró los pedazos del jarrón de cristal, cuidadosamente envueltos.
Lo rompió ¡Lo había roto! Por fin lo comprendió y volvió a llorar, pero ahora de alivio. Así que Pablo, al romperlo, en vez de llevárselo o venderlo, simplemente lo había escondido y ahora no se atrevía a volver a casa. Y de pronto, Carmen se paró en seco. ¡No es ningún tonto! Se imaginó a sí misma encontrando el jarrón hecho añicos y explotando de furia Respiró hondo y se fue a hacer la cena. Puso la mesa, colocó los platos y unas servilletas.
Pablo llegó a casa al filo de la medianoche. Se quedó quieto en el umbral, en silencio. Carmen no pudo evitar correr hacia él: ¡Pablito! ¿Dónde has estado tantas horas? ¡Me tienes angustiada! ¿Tienes frío?. Le agarró las manos heladas, se las calentó y le besó en la mejilla: Venga, anda, lávate las manos, que te he hecho tu comida favorita. Pablo, perplejo, fue al baño.
Después fue a la cocina, pero Carmen le avisó: “Está puesta la mesa en el salón”. Allí todo estaba especialmente limpio y bonito. Pablo se sentó con sumo cuidado. Escuchó la voz dulce de su madre: Come, hijo. No recordaba cuándo fue la última vez que mamá le hablaba así. Sin levantar la cabeza, no tocó nada de la comida.
¿No comes, hijo?
Alzó la cabeza, con la voz temblorosa, y dijo:
He roto el jarrón.
Lo sé, hijo, respondió Carmen, no pasa nada. Todo se acaba rompiendo alguna vez, ¿no?
Entonces, Pablo, con la cabeza apoyada en la mesa, rompió a llorar. Carmen le abrazó y también ella lloró un poco en silencio. Cuando él se calmó, Carmen le dijo:
Perdóname, hijo. Te grito, te regaño… Estoy cansada, hijo mío. Sé que no vas vestido como los chicos de tu clase. Estoy agotada, el trabajo me desborda, y veo que hasta te traigo faena a casa. Perdóname, te lo prometo, no voy a volverte a gritar.
Cenaron en silencio, se fueron tranquilos a la cama, y a la mañana siguiente fue Pablo quien se levantó solo, sin que le llamase. Al salir para el instituto, Carmen en vez de su típico ¡A ver qué haces! le dio un beso en la mejilla y le dijo: ¡Hasta esta tarde, cariño!
Por la tarde, cuando Carmen volvió del trabajo, vio que el suelo estaba fregado y que Pablo había preparado la cena: una sartén de patatas fritas.
Desde entonces Carmen se prohibió a sí misma hablarle de las notas o del cole. Si para ella era incómodo ir de vez en cuando, para Pablo debía de ser un tormento.
Cuando un día Pablo empezó a decir que quería quedarse un año más y hacer bachillerato, Carmen se guardó todas sus dudas. Un día, a escondidas, miró su cuaderno: ni un solo suspenso.
Pero el día que guardará siempre en la memoria fue cuando, después de cenar, Carmen extendió sus facturas sobre la mesa y Pablo, sentándose a su lado, le ofreció ayuda con las cuentas. Después de una hora, Carmen notó la cabeza de Pablo sobre su hombro.
Se quedó quieta; recordaba cuando era pequeño, cómo se sentaba pegado a ella y acababa durmiéndose con la cabeza apoyada en su brazo. En ese momento, Carmen supo que había recuperado a su hijo.







