Sauces, ay, sauces…
¿Hola, centro de salud? Como quedamos, mandad a la enfermera a la Administración. Vamos a ver a Nicanora. Ya van llegando los del distrito militar.
A Sofía Nicanora la conocía casi todo el pueblo. Así la llamaban, Sofía, aunque ya rozaba los cuarenta y cinco años. Era de aquí, de toda la vida. Hubo un tiempo en que se casó, se marchó, pero la vida en matrimonio no le fue bien y volvió con sus padres. Volvió con Ivancito, su hijo.
Uno tras otro, se fueron su padre y su madre, y Sofía no volvió a casarse, entregándose del todo a su hijo. Trabajaba como educadora en la guardería del pueblo, por eso la conocían tanto los mayores como los más pequeños.
Y había otro motivo por el que Sofía era conocida: tenía una voz prodigiosa. Desde el colegio había cantado como solista en el coro local y después, aunque dejó de actuar en público por un tiempo, seguía cantando en casa. Sus padres se detenían a escucharla, les encantaba oír a su hija. Eran gente humilde, honrada, respetada en el pueblo. Incluso el pequeño Iván, entonces un niño, callaba para escucharla.
La madre de Sofía siempre le pedía que cantase su canción favorita, Ay, que el viento no es tarde y la rama se inclina, porque su hija la interpretaba con una dulzura especial. Y Sofía cantaba. Incluso en el funeral de su madre, cuando el ataúd reposaba en el patio de casa, se acercó y dijo:
Mamá, voy a cantarte tu canción, y empezó a entonar, suave, Aaay, que el viento no es taaarde, la rama se incliiina…
Y lloraron todos.
El pueblo se recostaba al borde de los ríos. Y la casa de los padres de Sofía quedaba justo sobre un arroyuelo. Los primeros sauces florecían en cuanto el deshielo abría las primeras manchas verdes. Las yemas se desnudaban y salían aquellos gatos, borlas doradas cubiertas de polen. Qué bonito brillaban los sauces en primavera.
De pequeña, Sofía y sus amigas corrían al río, bajo los sauces. El sendero todavía húmedo y resbaladizo, pero ellas ya estaban allí. En uno de aquellos sauces, el más doblegado sobre el agua, las niñas hicieron su refugio. Pasaban días enteros en la orilla las madres tenían que ir a buscarlas
Y en la juventud, fue cuando Sofía escuchó una canción. Y ya no la pudo olvidar. Comprendió de inmediato: hablaba de ella, de ellas. Apuntó la letra en su cuaderno y desde entonces era su favorita.
Ay, sauces, ay, sauces.
Verdes arbolitos,
¿Qué habéis hecho?,
Que creísteis en el amor
La cantaba sola en la orilla, bajo sus sauces favoritos, y sentía cómo las ramas bailaban al compás. La cantó cuando se enamoró, la cantó para su hijo, la cantó sobre el escenario del centro social, cuando la joven directora la invitó a formar parte del grupo tras oírle la voz.
Le daba pudor cantar sola, así que formaron un pequeño coro. Sofía guiaba la voz principal, arrastrando a las demás con su timbre claro.
Madre, con vuestras Sauces habéis recorrido toda la provincia, bromeaba Iván, no siempre generoso con los cumplidos, pero orgulloso, al fin, de su madre.
La vida seguía su curso. Había dificultades. ¿Y cómo no?
Alguna noche, la desesperación invadía a Sofía faltaba dinero, la soledad le pesaba, los problemas en casa, y encima Iván buscó pelea en el instituto. ¡Qué vergüenza! Se reprochaba su vida, por no poder ofrecerle a su hijo lo que tenían otros. Lloraba en su cuarto, pensando que Iván dormía y no la oía.
Pero él entró, se sentó en la cama y apoyó la cabeza sobre su muslo, abrazándola.
Mamá, ¿qué te pasa?
Soy mala madre. No valgo
Eres la mejor, mamá. ¿Sabes la suerte que tengo de que seas como eres?
Sofía sollozaba aún, y entonces su Iván, que nunca cantaba, empezó a entonar con su voz rota:
Junto al porche alto,
A un halcón encontré,
Le creí, le respondí,
y en el amor me sumí.
Secó sus lágrimas y se unió a cantar. Aquella noche cambiaron el final de la canción, dejándola diferente, con esperanza.
Barquita que se mece,
Llega pronto a la orilla,
Llega pronto a la orilla,
El amor no se termina.
Cantaron hasta la madrugada. El pueblo dormía, pero para ellos había canciones.
***
Al principio, el servicio militar de su hijo la consumía. Miraba el teléfono, que no sonaba. Localizó el número del capitán y, para su sorpresa, contestó. El soldado Iván Nicanora está bien. Tranquila. Iván llamaba los domingos, animado.
Pero llamaba más a su amiga de siempre, Catalina.
Catalina venía a casa de Sofía y todo el tema era Iván. Ella se alegraba de que fuese una chica del pueblo, conocida de toda la vida, quien esperara a su hijo.
Poco a poco, Sofía se acostumbró. Y entonces su hijo firmó el contrato.
Mamá, ¿qué hago yo en casa? Aquí tengo futuro, pronto me hacen sargento. Te mando euros. No te preocupes
Iván ¿y Catalina?
Ella lo sabe, ya lo hablamos. Nos queda todo por delante, mamá.
Su hijo era ya un hombre. Esa tristeza materna hubo que guardarla en lo profundo y sacarla sólo cuando ya no podía más.
Que su hijo estaba en combate no se lo dijeron. Se enteró después de que Catalina, sus padres y el mejor amigo de Iván, Javier, todos lo sabían, pero ninguno se atrevió a decírselo. Iván se lo había pedido.
***
¿Hola, centro de salud? Como quedamos, mandad a la enfermera a la Administración. Vamos a casa de Nicanora. Ya viene el del distrito.
Sofía estaba en casa desde el mediodía, ya se había turnado. Pensó en tumbarse un momento el trabajo la había dejado agotada, habían estado preparando la Fiesta de los Niños.
Llamaron a la puerta con fuerza. Una tos varonil.
Sofía se puso la bata y preguntó:
¿Quién es?
Señora Sofía Nicanora, soy Herrero, de la Administración
Sofía abrió la puerta, dio un paso atrás, inspiró y apretó los ojos. Detrás, un militar, la pobre Catalina con su madre, detrás Javier El corazón comenzó a golpearle sordo, las piernas le fallaron, retrocedió hasta el salón y se dejó caer en el sillón, tapándose la cara y negando con la cabeza.
Cuánto había temido aquel momento y cuántas veces lo había soñado con terror. No
Señora Sofía, tranquila, le acercó la enfermera. Sofía la miró con la mente nublada.
Sofía, no ha fallecido. Está desaparecido, nada más balbuceó, al fin, Lucía, la madre de Catalina, entendiendo que había que decir algo.
El militar lo confirmó. Nadie podía asegurar nada. Pero habían caído en una emboscada y hubo mucha confusión. Lo importante: no estaba en la lista de muertos. Y hacía ya más de diez días.
Javier repetía:
Está vivo, tía Sofía. Vivo, ya lo verá. No está entre los muertos.
¿De verdad le encontraréis?
Le encontraremos, respondían todos a la vez.
Le pusieron una inyección, Catalina se quedó, pero por la noche se marchó. Sofía corrió ante los santos, buscó el libro de oraciones de su madre, se arrodilló y suplicó
Señor, ayúdame. Que se encuentre con vida, por favor ni recitó las oraciones, sino que las cantó.
Y por la mañana La enfermera apareció otra vez. La vida de Sofía se dividió en un antes y un después. La misma casa, la misma calle, el mismo arroyo, los mismos sauces pero todo extraño. Porque el hijo ya no estaba.
¿Sin noticias? llamaba una y otra vez, a Catalina, a Javier, a la oficina militar…
No aguantó más; fue al distrito en persona. Que le explicaran, que le detallaran.
Le dieron pocas respuestas, sólo que aún era pronto. ¿Pronto? ¡Catorce días! ¡Catorce días que falta una persona!
¿Sigue vivo? Dígamelo, por favor, ¿sólo eso? notaba que gritaba de desesperación, pero no se controlaba. Quería escuchar un sí. Pero en la oficina sólo encogían los hombros y le pedían calma.
El dolor la atenazaba. No soltaba. Las medicinas no surten efecto. Acabó en el hospital.
El sufrimiento vivía en el rincón de la habitación y cada noche se extendía, aullando de rabia falsa.
Le pusieron inyecciones, no le daban el alta. Ya le daba igual todo.
Sofía dormía cuando sonó el teléfono. Era Catalina.
¿Tía Sofía, cómo está?
Bien la boca seca, casi no podía abrir los ojos.
No se altere, ¿vale? Pero le voy a mandar una foto. Mírela, por favor. Aunque seguramente no es Iván, estamos dudando… Mire primero, ¿sí?
Sofía se sentó, bajó las piernas. Aquella foto la acompañaría mucho tiempo, la perseguiría en sueños hasta el final de su vida.
El móvil vibró. Abrió el mensaje de Catalina. Era una imagen de un joven en una cama de hospital. La cabeza envuelta en vendas, medio rostro hinchado y lacio, la otra parte morada, un tubo sujeto con esparadrapo a la mejilla, los ojos cerrados.
Se quedó helada. ¿Es él? A los tres minutos llamaba a Catalina.
Catalina, ¿dónde está? ¿Dónde?
Dos vecinas se acercaron, miraron la foto también.
¿Cómo saberlo? No se ve bien
Es él, es mi hijo, ya se estaba vistiendo. Tenía que salir, viajar allá donde estuviese su hijo.
Tía Sofía, no sabemos dónde, estamos buscando. Es una historia curiosa
Las piernas le flojearon, se sentó en la cama, al lado las vecinas. Todas escuchaban el relato de Catalina.
Una historia muy rara. Alguien publicó esa foto en redes: Buscamos a los familiares de este soldado herido. Sin documentos, sin identificación, casi inconsciente.
¡Por favor, ayudadnos a encontrar a la familia!, ponía en el pie de foto. Alguien la copió y llegó hasta los amigos de Javier, que ya habían organizado la búsqueda por internet.
Sólo que ahora nadie sabía de dónde había salido, seguramente la foto ya había desaparecido del sitio original. Nadie podía saber en qué hospital estaba el herido.
No desespere, tía Sofía. El distrito busca también, aunque son lentos No lo dude, le encontraremos. Aviso a todos de que es Iván. Pero la verdad aún no estoy segura, Sofía
No dudes, Catalina dilo. Es Iván Nicanora, mi hijo.
Hace años, Sofía dejó a Ivancito solo en casa. Se acordaba mucho de aquel día. Fue a hacer un recado y le pidió que esperara. Tenía seis años. Solo se aburría, así que se entretuvo saltando entre sillas y mesas con una goma.
Cuando llegó la madre, Iván se sujetaba la frente, chorreo de sangre. ¡Menudo susto! Se abrió la ceja con el picaporte. La cicatriz fue suave, pero allí, en la ceja, quedó una calva minúscula. Apenas visible.
Y ahora, en ese rostro amoratado de la foto, lo que le hizo reconocerlo fue la ceja. De no ser por eso, ni ella le habría parecido su Ivancito
Catalina, tengo que irme… Recorreré hospitales Sofía preparaba la bolsa. Nadie la pudo detener; los médicos sabían ya que no la retendrían.
Fue al distrito.
He encontrado a mi hijo, anunció al vigilante. Le dejaron entrar.
Señora Sofía, estamos buscando a su hijo. Pero esa foto ¿sabe cuántas de esas corren por ahí? La gente se divierte así. No tenemos la seguridad de que sea verdadera, ni que no sea un montaje Pero lo estamos comprobando.
¿Un montaje? ¡Mi hijo no es ningún montaje! Decidme, ¿en qué hospital podría estar tras una herida así?
No le recomendaron viajar, le dijeron que ellos mantendrían el contacto, que lo averiguarían todo. Pero Sofía no iba a esperar fue a la estación a comprar un billete a Zaragoza. ¿Para qué quedarse? Tenía algo de ropa, el pasaporte, y la tarjeta bancaria. Y si hacía falta, ya se apañaría allá. Quedarse en casa era imposible.
Tuvo suerte: cogió un tren de cercanías, a las cinco llegó y a las seis ya iba en el tren hacia Zaragoza. Al día siguiente, al mediodía, estaría allí.
El tren avanzaba lento y Sofía no podía sentarse quieta, ni dormir. Parecía que iba despacio, que las paradas eran eternas. Desde la litera, revisaba una y otra vez la foto. Ahora sí: era su hijo y no un montaje.
Por la tarde llamó Catalina.
¿Tía Sofía, dónde está?, ¿en el hospital? Estoy fuera de su casa
Catalina, estoy en el tren, yendo ya hacia Zaragoza.
¿Qué? ¿Ya? ¡Yo quería ir con usted!
Salí directo, Catalina. Directo.
¿Y la bolsa?
Llevo lo necesario. Si es Iván, ya vendrás después.
¡Menuda eres! Catalina se asombró, Bueno, manténganos informados.
Por la mañana charló con un señor del compartimento. Había escuchado la llamada y miró la foto durante rato. Luego, despacio, observó:
Bueno, yo creo que sí se puede reconocer. Aquí parece que falta un poco de ceja ¿no le parece?
Sofía saltó y lo abrazó de la emoción.
¡Eso! ¡Eso! Se abrió la ceja de pequeño. Y no me creen
Otra vez, controles, preguntas eternas en los hospitales. Pero ya la imagen parecía abrir puertas; todos la miraban con atención.
No, el herido no estaba en aquel hospital. Primero le dijeron en urgencias, luego en consultas, luego, milagrosamente, le dieron bata y le dejaron pasar con una enfermera de sala en sala.
Con el corazón encogido, buscó entre los heridos. No estaba el chico de la foto.
Mire, aquí una periodista hizo lo mismo buscando a un paciente con una foto similar. Resultó tener seis años la foto, se formó un revuelo Son cosas terribles, señora, la gente juega con el dolor.
Sofía se negaba a creerlo. Estaba convencida: ese era su Ivancito.
No parece que sea verdad, señora, dijo el joven doctor, Con esa herida, le habrían rapado el pelo. Aquí se ven cejas enteras. No lo sé
Sin más opción, dejó el hospital. Lloviznaba, y sola se fue a la estación. No, a casa no iba a volver. Le dijeron que tal vez podía estar en otro hospital, en Valencia. Viajó allá.
Días de cansancio, de salud frágil. No había comido nada desde el día anterior. En el hospital le midieron la tensión, le pincharon algo. En la estación de Zaragoza, los altos techos la oprimieron. Cerró los ojos, buscando aire.
¿Se encuentra bien?
Unos jóvenes la ayudaron y la sentaron en un banco.
¿Llamamos a un médico?
No, gracias, ahora pasaré
Uno con mochila fue por agua. Bebió de un trago, estaba sedienta.
¿Va a Valencia? ¿Por qué?
Eran cuatro, dos chicos y dos chicas, seguramente universitarios. Les contó todo. Le pidieron la foto y ellos mismos la recircularon por el móvil. Luego le compraron el billete. Confiaba en ellos.
Cuando se fueron, miró el reloj aún tenía dos horas para el tren. No podía esperar; necesitaba fuerzas. Fue al bar de la estación, pidió una comida rápida y un café, luego pasó por la tienda a comprar víveres.
En el hospital de Valencia, otra decepción. No la dejaron pasar, pero le aseguraron que allí no estaba ningún herido compatible. Había más hospitales, yendo en trolebús hacia el siguiente, le sonó el teléfono.
Sofía, soy Violeta.
¿Quién?
Violeta, de la estación de Zaragoza. Le pasé la foto a unos conocidos.
¡Ah, claro! Ya no sé ni en qué día vivo.
Creo que en Valencia tampoco está su hijo, ¿verdad?
No, no. Pero sigo buscando
Está en Madrid, Sofía. Alguien me ha dicho que lo han visto en el hospital militar central de la Calle Serrano, en en el hospital grande Me dicen que perdió la memoria, que una conmoción
¿De verdad, Violeta? ¿Es él?
Es lo que me cuentan. No conozco a quien lo ha dicho. Estuvo en la habitación de al lado, de la tercera planta, recuerda el número.
Sofía se bajó al instante del trolebús, volvió a la estación.
Ya nada le daba miedo. Iría igual hasta el otro extremo de España, cualquier esperanza le bastaba.
Llamó a Catalina, se lo contó.
Catalina, me hacen falta euros. Esto de la tarjeta ya no da para más en Madrid.
Tía Sofía, nosotros le compramos el billete y le ingresamos más euros. Pero voy con usted. Me uno en el trayecto.
Y Catalina cumplió.
Qué alegría cuando se vieron en el andén. Ahora ya no estaba sola.
¡Catalina!
¡Tranquila! Ahora vamos juntas. He traído ropa, comida, incluso tu batín y deportivas. ¡Y mi madre me ha preparado cosas para ti!
Madrid amanecía, dorada y luminosa, reflejando destellos rosas en los cristales de las torres altas. Tomaron el metro hasta Serrano. Por el camino, Catalina le dijo que una familia madrileña les ofrecía una habitación en su casa.
A Sofía le temblaban los dedos. ¿Y si Iván muere antes de verla? ¿Y si queda discapacitado? ¿Cómo eso de perder la memoria? ¿Y si en el hospital no les dejan entrar?
En provincias pedía y lloraba, pero aquí era Madrid. Bien que estaba Catalina al lado.
Esta es nuestra parada, tía Sofía.
Aquel imponente edificio modernista la intimidó más. Pero adentro todo fue distinto. Los voluntarios les ayudaron nada más llegar y en veinte minutos todo estaba organizado.
Subieron a la sala indicada.
Pasen, enseguida viene el doctor.
Sofía se persignó, murmuró oraciones. Catalina no podía estar sentada, se movía de un lado a otro.
Un médico mayor, de rostro cansado, entró al poco rato. Miró la foto, asintió y habló bajo.
Sí es él.
Tranquilas, sonrió la voluntaria Ha aparecido su hijo. Respiren.
¿Dónde está? preguntó Sofía, al punto.
No aquí, el médico sorprendió, Necesitábamos liberar plazas, ha sido transferido al hospital militar de Barcelona. Allí hay excelentes neurocirujanos. Seguro que ya está operado.
¿Operado? ¿Qué le pasó?
Una herida grave en la cabeza, un milagro que viva. El doctor de allá se lo explicará todo. Ahora mismo avisamos a Barcelona. ¿Se atreven a viajar?
Ojalá pudiera salir volando
Y poco después, en ambulancia de traslado especial con otros heridos, pusieron rumbo a Barcelona. Sofía, agotada, se quedó dormida. Soñaba que caminaba junto a Iván por un sendero entre lilos y grandes sauces oscuros, sentados a la orilla, cantando como entonces.
En el hospital de Barcelona les esperaban. Pero había que esperar trámites y exámenes. Sofía, angustiada, dudaba: ¿será su Iván? ¿O todo esto es deseo? ¿Ya no habrá esperanza?
¿Quién viene por nuestro paciente sin nombre? la doctora les hizo pasar. Una vez más, el largo pasillo. Esta vez, casi insensible, como si el corazón hubiese alcanzado su límite de miedo.
Catalina, que había estado serena en todo el viaje, se echó a llorar, angustiada.
No sufras tanto, Catalina Sofía le cogió la mano en el ascensor. Y ese tono calmo la serenó.
Me llamo Aurora Jiménez, llevo este caso. Sufrió heridas graves, veremos luego detalles. Pero primero deben confirmar si es su hijo habló con firmeza la médico. Si se ponen a llorar, tendrán que salir. Miren con atención. No les reconocerá; ni habla bien ni ve con claridad, pero eso mejorará. ¿Preparadas?
Sí contestó Sofía, tranquila. Catalina, conmocionada, asintió.
Entraron. Dos camas. Un hombre en la derecha, muy lesionado.
En la izquierda, aquel joven al que llevaban buscando tanto. Parecía envejecido, consumido. ¿Se habría encogido Iván tanto? ¿Sería otro chico?
La doctora se acercó, ajustó la almohada. El joven giró hacia la voz, captando sombras.
No era O sí. Eso, esa cicatriz en la ceja Era él. Iván.
Le miraba, perdido, buscando la voz.
Sofía suspiró, miró a Catalina, que se tapaba la boca, empapada en lágrimas.
Doctora, es mi hijo, Iván Nicanora, declaró Sofía con aplomo. La médica sonrió y le invitó a sentarse a su lado.
Llámale por su nombre, háblale despacio, puede tomarle la mano.
Las manos del muchacho estaban rígidas. Sofía solo le sujetó la palma entre las suyas.
Catalina soltó un gemido de pena y salió de la sala.
Mejor que se calme fuera, dijo tranquila la doctora.
Vane, hijo. Has adelgazado. Pero lo recuperaremos. Catalina vino, Javier te espera, Tarzán echa de menos tus tirones Nos vamos a casa pronto, te lo prometo. Ya no te dejo solo. ¿Me oyes?
Sofía hablaba sin parar, Catalina regresó, el compañero escuchaba el relato.
Pero Iván, parecía ausente, miraba la ventana sin ver.
No crea que esto será para siempre. Saldrá adelante. Lo único, paciencia. Ha tenido una lesión cerebral, pero aquí tenemos de los mejores médicos. Una operación más, tiempo, y recuperará. Que hayan venido puede ayudarle. Necesita recuerdos, voces de su gente. Todo mejorará tranquilizó la doctora.
Pero Sofía no necesitaba consuelo.
Está vivo, ¿no es eso la felicidad?
Y todavía les queda mucho por vivir, a las dos, les respondió Aurora.
Catalina se sentó junto a Sofía.
Este verano en el pueblo, con los niños bañándose bajo los sauces susurró Sofía, con una luz nueva en el corazón.
De repente, sintió ese impulso de cantar. Empezó en voz baja, sostenida:
Ay, sauces, ay, sauces.
Verdes arbolitos,
¿Qué habéis hecho,
que en el amor creísteis?
Y todos vieron cómo Iván se quedó inmóvil, buscando la voz. Logró fijarse en su madre, no como antes, sino como reconociendo un recuerdo, arrugó la frente, atento.
Sofía siguió cantando. Tercera vez, una y otra vez.
El otro paciente se acercó. Miraba curioso.
Una lágrima resbaló del ojo de Iván, y los labios susurraron: Mamá
Sí, hijo, soy yo, tu madre
Cante más, pidió la doctora, vigilante.
Y Sofía cantó. Y, con sus labios, Iván la acompañó, casi mudo, con lágrimas.
Barquita que se mece,
Llega pronto a la orilla,
Llega pronto a la orilla
El amor nunca se acaba.






