Abandonado y traicionado: dejaron al gatito solo en pleno invierno por un simple análisis

Mira, te tengo que contar la historia de un gato que me tiene el corazón encogido Lo llamaban Estanislao, pero sus amigos le decíamos Tano. El pobre apareció de repente en el portal de su propio edificio, en pleno invierno madrileño, con un frío que pelaba. El pobre, desesperado, iba de un lado a otro, maullando bajito, arañando la puerta metálica helada y hasta dándole mordisquitos, como intentando entrar de vuelta a su casa.

Imagina, Tano nunca había pisado la calle, era la definición de gato caseromimoso, acostumbrado al sofá caliente y a estar pegadito al radiador. Se lanzaba encima de todo el que pasaba, fuera vecino de toda la vida o alguien que iba a comprar el pan, se frotaba contra sus piernas y se le notaba el miedo en el cuerpo entero Te juro que te miraba con esos ojazos como diciendo: Por favor, llévame a casa otra vez, que aquí fuera esto es un infierno. Y claro, todo esto, con la nieve y ese viento típico de la sierra que te cala hasta los huesos.

La razón por la que la dueña lo echó es de esas que te dejan flipando de lo absurda Resulta que la mujer se encaprichó de tener un segundo gato, vio un anuncio de uno de raza por internet y se puso en modo capricho máximo. La protectora le pidió que, antes de meter otro gato en su casa, les hiciera unas pruebas médicas al Tano. Total, que se las hicieron, y el análisis salió con que era portador del virus de inmunodeficiencia felina. Pero, ojo, que ni era contagioso para personas ni para perros ni para nada, solo entre gatos y de forma muy específica, y además el pobre Tano estaba perfectamente: jamás tuvo síntomas, solo era portador según los análisis.

Pero la dueña Nada, sin mirar ni preguntar ni entender lo que significaba, de repente no quería saber nada de un gato enfermo. Cogió al pobre Tano y lo sacó fuera con lo puesto, dejándole ahí en la calle, bajo el temporal, como quien tira un trasto viejo. Da una rabia

Por suerte, en el edificio estaba la conserje, doña Carmen, que no es de las que miran para otro lado. Cuando vio que Tano ya ni maullaba ni se movía, que estaba hecho un ovillo en la nieve, fue corriendo, lo cogió en brazos y se lo llevó al cuartito de la portería. Le puso su propia bufanda para que entrara en calor, lo arrimó al radiador viejo y compartió con él la comida que tenía para ella, una simple fiambrera de lentejas, que en ese momento supieron a gloria. Eso, el calorcito y el cariño le salvaron la vida al pobre Tano, de verdad.

Ya luego se lo llevaron a una protectora, le dieron tratamiento porque pilló una buena pulmonía, pero con cuidados y paciencia el tío salió adelante. Ahora Tano está como nuevo, hecho un chaval y vuelve a confiar en la gente. Está castrado, vacunado, con su cartilla del veterinario lista y todo en regla.

El tío es jovencísimo, tres añitos nada más. Es una ricura, solo quiere mimos: te abraza con las patitas, te susurra ronroneos al oído, y entre cabezazos y pequeños besitos deja claro que está hecho para la vida de sofá y caricias. Siempre se pone tristón cuando los voluntarios se van y tiene que volver a su jaulita. Es un gato cien por cien de piso, busca una casa donde lo quieran bien y lo cuiden como merece, con su manta y su sitio especial a la sombra del calefactor, vamos, lo que cualquier gato castizo querría.

¿No me digas que no te dan ganas de llevártelo a casa?

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