«…Cuando hubo que traer a mamá desde Polonia, todo el pueblo hizo una colecta, y ahora ella vive a lo grande, yendo de restaurante en restaurante…»

Diario personal, 12 de septiembre

No dejo de pensar en ese comentario que leí el otro día. Cuando hubo que traer a la madre desde Francia, todo el pueblo aportó dinero, y ahora va presumiendo, cenando en restaurantes… Sé perfectamente quién lo escribió, aunque después haya borrado el comentario. Por suerte hice una captura de pantalla. Esa persona suele saludarme con una sonrisa y desea lo mejor para mi hermana y para mí, pero yo solo le doy las gracias y sigo mi camino por otro lado.

La verdad es que cuando mamá falleció en Francia, trasladarla hasta aquí costaba una fortuna. No teníamos ese dinero. Pero mis vecinos de Valverde del Camino se volcaron con nosotras, y en dos días lograron reunir lo necesario, que pusieron en manos de mi abuela. De eso hace ya siete años. Desde entonces, mi hermana Laia y yo hemos conseguido salir adelante, aunque nos costó un mundo. Hace poco alguien, a quien conozco demasiado bien, escribió por error aquel comentario bajo una foto, criticando que ahora, gracias a ese dinero del pueblo, Laia y yo vayamos de cena en cena. Supongo que ni se dio cuenta de que lo mandaba por privado, pero suficiente para clavarme una espina.

Nosotras hemos vivido muchas cosas, juntas, desde muy pequeñas. Jamás nos rendimos, aunque algunas veces hubiese sido más fácil bajar los brazos. Pero parece que a la gente le escuece vernos continuar, ¡como si no tuviéramos derecho! Esa última frase, junto a mi foto en redes unas flores que me regaló mi novio y una pulsera preciosa de plata, prendió la mecha entre mis seguidores.

Empiezo mi historia desde el principio, porque todavía siento la necesidad de entenderlo todo. Mamá me tuvo nada más terminar el instituto. Papá, decían todos en el pueblo, era el típico vecino de al lado, pero nunca fue alguien en quien confiar. Solo estuvo con nosotras ocho años. Al año y medio de nacer yo, mamá tuvo a Laia. Tras la separación, papá se abandonó al vino, influenciado por sus amigos, y demasiado joven nos dejó huérfanas de padre.

Mamá se deslomó por nosotras, trabajando en dos sitios a la vez. Menos mal que teníamos a la abuela Pilar (la madre de mamá), porque los padres de papá nunca se interesaron mucho por nosotras, a pesar de vivir prácticamente a la vuelta de la esquina.

Cuando yo cursaba sexto y Laia quinto de primaria, mamá, acorralada, se fue a Francia a trabajar. Encontró empleo en un restaurante de Burdeos, limpiando, porque no tenía otra opción. Nosotras nos quedamos en Valverde con la abuela. Sabíamos perfectamente que mamá lo hacía todo por nosotras.

Un día la desgracia llamó a nuestra puerta. Mamá enfermó, pero no podía permitirse parar, no tenía tiempo ni dinero para tratarse. Cuando llegó a ingresar en el hospital ya era tarde. Pasó inconsciente tres días en la clínica antes de marcharse para siempre. Era tan joven pero sus manos eran las de una anciana.

Cumplimos aquello que manda la tradición: conseguimos traer a mamá de vuelta a España y despedirla como merecía.

Después, solo quedábamos Laia y yo. Era un pozo sin fondo, esa tristeza. Ni las palabras alcanzan. Pero seguimos adelante, porque ¿qué alternativa había?

Yo terminé el bachillerato y no pude permitirme universidad. Siempre me apasionó todo lo relacionado con la estética. Hice curso tras curso, y ahora tengo clientas propias. Bueno, nuestras, porque Laia también terminó su formación de peluquera y más tarde se especializó en manicura. Somos un equipo: yo me encargo del maquillaje, ella hace los peinados.

En la ciudad, alquilamos un pisito entre las dos y ahorramos, soñando con tener en algún momento nuestro propio hogar. El trabajo se valora aquí, y poco a poco nos hemos hecho un nombre entre las clientas más selectas.

Hoy en día, para crecer y progresar, no queda otra que mostrar algo de tu vida en las redes sociales. Nos guste o no, ese es el mundo moderno; por ahí nos llegan nuevas clientas que nos permiten seguir avanzando.

Hace unos días, subí una foto de unas flores y la pulsera que me regaló mi chico, más un pequeño vídeo de una cena especial en un bistró. Casi todo el mundo respondió con cariño, alegrándose por nosotras. Pero hubo un mensaje que me descolocó.

No sabía que la persona me lo estaba enviando a mí por error, supongo que alguna amiga le pasó la foto, pero yo leí bien claro el veneno: ¿Lo ves? Cuando hubo que traer a la madre desde Francia, el pueblo puso el dinero, y ahora ella va de restaurantes, le regalan flores y esas joyas caras….

Insisto, sé perfectamente quién lo escribió. Al poco, borró el mensaje. Pero ya estaba registrado. Ahora esa misma persona me sonríe por la calle y me desea lo mejor, y yo solo agradezco y me alejo.

He decidido no decir nada. Han pasado más de siete años desde que se fue mamá. ¿Tenemos que escondernos mi hermana y yo? ¿No merecemos, después de todo, un poco de alegría?

En esta vida solo hemos sentido el calor de mamá, nunca el de un padre. Para que saliéramos adelante, ella se fue a otro país. ¿Por qué hay gente que necesita hundir a los demás? ¿Por qué nos deben mirar así, como si aún estuviéramos en deuda con el pueblo?

A veces pienso en devolver ese dinero unos cuantos miles de euros y, por fin, que nos dejen en paz; aunque dentro de mí sé que esta persona, precisamente, ni un euro aportó, porque suele ser la gente más tacaña la que más critica.

Escribo y se me caen las lágrimas. ¿Por qué la vida es así? ¿Por qué nos tocó a nosotras…?

Laia, si lees esto algún día, no te rindas nunca. Nosotras sí merecemos vivir.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

9 + fourteen =