La Pequeñita

Pequeña

La llamé Pequeña desde el primer instante en que la vi, nada más dejarme caer en el sillón contiguo, tan rojo y de terciopelo, con las marcas y brillos de innumerables codos, igual que el que ocupaba Inés.

Me quedé un rato recorriendo el auditorio con la mirada antes de fijarme en mi nueva vecina.

¿Qué pasa, pequeña? ¿Aburrida? suspiré, intentando cruzar una pierna sobre la otra, pero el estrecho pasillo entre las filas del teatro no me lo permitió; la puntera de mi zapato chocó con el asiento de delante y el pie se dobló torpemente por el tobillo. Tuve que disimular el dolor con una mueca.

Inés fingió no escuchar, concentrada en mirar el escenario, donde, en realidad, no sucedía nada especial. Varias mesas alineadas, un atril, personas entrando y saliendo revisando el equipo de sonido. Lo típico de los congresos, acompañado de un calor sofocante.

A mí siempre me ha resultado incómodo sentarme rodeado de tanta gente, apretados hombro con hombro, con el sentimiento de no poder salir aunque quisiera.

Pues vaya panorama dije, rascándome la barbilla. Esto está muerto. Y, sabes, pequeña, aquí no vamos a escuchar nada nuevo. De verdad lo digo. Me he leído todos los informes, cosas del trabajo, ya sabes. Puro humo.

Inés giró la cabeza y me miró con seriedad.

Bien vestido, traje y corbata, los zapatos limpios. Pero se le notaba fuera de lugar, como si le hubiesen metido a la fuerza en esa ropa de adulto. Un gamberro, chistoso, caradura. El pelo, corto, siempre alborotado, y ese remolino doble en la coronilla que hacía que el cabello se le rizase juguetón.

Miguel, interrumpí su silencio ofreciéndole mi mano con decisión. ¿Y si nos vamos a comer? Estás tan pequeña, tan flaca Debería invitarte a un buen almuerzo. Sí, sí, así será. Vámonos ya.

Bajaron las luces, salieron al escenario los directivos, secretarios y empleados destacados; la gente empezó a aplaudir, y Miguel, sin inmutarse, tiró de su Pequeña, pisando pies ajenos, pidiendo disculpas a la par que recolocaba la corbata que se le resistía bajo la americana, como si quisiera ser vista por todos esos señores tan serios.

¡Pero bueno! ¡Suéltame, que necesito apuntes para el trabajo! intentó Inés zafarse, pero no pudo, y acabó siguiéndome a trompicones hacia la salida.

Salimos al vestíbulo justo cuando el ruido dentro llegaba a su punto álgido y el encargado intentaba sobreponerse al bullicio golpeando el micrófono.

¡Suéltame! Tengo que tomar notas, es mi obligación protestó Inés, oprimiendo contra su pecho el cuaderno, hasta que se le cayó el bolígrafo; se inclinó para recogerlo, pero Miguel se le adelantó.

Puedes olvidarte de todas esas notas, Pequeña. Te enviaré todos los informes por correo. Ahora lo que necesitas es comer algo. Y agua. Tienes mala cara y el pulso acelerado. Mira, ¡te lo dijo! afirmó con energía tras tomarle la muñeca. Aire, comida y fuera de congresos.

La verdad era que no me sentía nada bien, el corazón me latía a toda velocidad, tanto que lo escuchaba retumbarme en las sienes.

Nadie antes había cuidado así de mí. Más bien era yo quien siempre velaba por los demás: mi madre, mi marido, mi hija. Me parecía normal. A veces, claro, me asfixiaba, quería ser una cría sin preocupaciones, beber vino y reírme como en las comedias románticas, pero nunca llegaba la ocasión.

Miguel me la regaló.

No supe cómo, pero acabamos los dos sentados en una mesita de un restaurante a la vuelta de la esquina, y, en seguida, el camarero nos sirvió zumos recién exprimidos, de un naranja tan intenso que parecía haber exprimido el mismísimo sol español.

Bebe. Y un poco de agua también A ver, ¿qué vamos a pedir para comer? preguntó Miguel.

Debí de gustarle mucho. A mis años todavía conservo algo delicado y bonito en mi figura, aunque el cansancio y la tristeza se me notan en la cara. Familia, rutina, desgana No era una flor precisamente.

Pero a Miguel le gusté así, aunque mi única gracia fuera estar tan cansada.

No quiero nada. Cuando recupere el aliento, vuelvo a la conferencia y listo. dije tímida.

Verás contestó Miguel, primero una lubina con verduritas, luego una ensalada, y para beber ¿qué quieres, Pequeña?

Me observaba desde el menú, sonriente, rebelde, dejando escapar ese aroma a tabaco y colonia sabrosa, con los músculos bien esculpidos bajo la camisa.

Yo enrojecí y fruncí el ceño. ¿En qué estaba pensando? ¡Un desconocido me arrastraba a un restaurante, me pedía que comiese, me llamaba Pequeña! Y yo, en vez de rechazarle, me derretía. ¡De locos!

Donde él me tocó, sentí una corriente cálida recorrerme la espalda.

Bebimos vino blanco, y Miguel me explicó cómo de joven se fue a trabajar en obras, luego se marchó a Cataluña para proyectos importantes, y después

Luego, Pequeña, con mi amigo Iñaki, montamos nuestra propia empresa. Nada del otro mundo, casas de campo, cuadrillas de albañiles y así tiramos. Todo el mundo quiere comodidad y calor en casa. Y nosotros sabemos cómo darlo. Me animó a comer. ¡Venga, por ti, Pequeña! Desde que te vi pensé: a esta chica hay que alimentarla. ¿Quieres que pida más?

Negué con la cabeza. Me dejé llevar. Era la primera vez en años que alguien cuidaba de mí solo porque era una mujer cansada y menuda.

De pequeña, en casa, todo era distinto. Vivía solo con mi madre. Siempre en el trabajo, yo desayunaba sola, por la noche la esperaba, le calentaba la cena, fregaba los platos. Los fines de año mi madre, Ana, llegaba tensa, tarde, trabajaba en El Corte Inglés; a mí me tocaba arreglarle el vestido, hacerle un peinado bonito y salir juntas al salón.

Siempre había invitados vecinas, amigas, primos lejanos, todos riendo, brindando, y yo solo pendiente de que mamá no se durmiera después del primer chupito de orujo.

A mi madre solo le gustaba el anís. Decía que el champán era para flojas, el anís, eso sí, le calentaba el cuerpo. Pero el cansancio podía más; se dormía con la copa en la mano, y yo tenía que darle codazos para que despertara, aunque su alegría siempre era amarga. Allí no cabían niñas débiles, no era el lugar.

Me casé pronto, con Alberto, diez años mayor, muy formal, educado, pero seco, frío. Me incluyó en su vida como si encajara una pieza más en su engranaje, útil para las tareas, pero sin calidez.

Supongo que era suficiente. Al final, me acostumbré a estar sola entre gente, a no esperar emoción ni pasión. Al menos no estaba mi madre agotada, ni la vista de la basura desde la ventana, ni la habitación con paredes desconchadas. Tenía el piso de Alberto, grande, la terraza soleada, dos habitaciones y una biblioteca. Todo un lujo y, encima, lejos de la suegra, señal de éxito.

Siempre fui Inés o Inesita, o si acaso, Inés Sánchez.

Mi marido, mi madre, las amigas: todas me llamaban igual.

Y de repente, Miguel, Pequeña”. Vino, aperitivos, preguntas sobre mis deseos A alguien le importaba de verdad qué sentía la Pequeña.

Alberto nunca tuvo tiempo para eso. Hablaba conmigo de los asuntos de la casa o las vacaciones solo para informar de sus decisiones, mis objeciones se diluían con el aire fresco que forzaba a entrar por la ventana ya fuera invierno o verano, porque no soportaba los espacios cerrados.

Nada más llegar al restaurante, Miguel pidió que nos pusieran en una mesa recogida, nada de corrientes de aire.

Cuánto cuidaba.

Me preguntaba y yo, turbada, respondía. Sí, tengo marido. Sí, también una hija. ¿Cómo se llama? Carmen. Carmencita estudia Filologías Modernas, y gracias a una profesora particular buenísima que encontré, pronto se irá de Erasmus.

A Carmen ni la esperábamos ni la buscábamos. A Alberto ya le tocaba, según su madre, y como yo era joven, tenía que salir bien y rápido. Pero no llegaba, y la tarea se volvió casi laboral.

Cuando por fin me quedé embarazada, Alberto se distanció, nunca acarició la barriga, no entendía eso de hablarle al bebé como hacían en las películas. Todo era incómodo para él.

Cuando nazca, ya educaré. ¿Tienes cita con el médico? Te llevo en coche, si quieres.

Eso sí, cumplió. El día del parto vino con invitados, globos, un ramo enorme y las palabras gracias por la niña. Se encargó de la despensa, de la leche de la pequeña, la vacunó y hasta revisaba si la enfermera se lavaba bien las manos. Buen padre, decían.

¿No estás agotada? me preguntaba mi amiga Covadonga. Tener un bebé es una condena. ¿Te ayuda Alberto?

Yo encogía los hombros. Sí, ayuda. Pero todo me parece poco

En algún momento me acomodé en el papel de mártir, me compadecía la familia, criticaban al marido. Pero Miguel, no. Él me mimaba y me insistía con la comida, y yo, de vergüenza, intentaba rechazarlo.

¡Vamos, pequeña! insistía Miguel. ¡Come o no te dejo ir!

Le miraba con tristeza, pero comía.

Aquel día me acompañó hasta el metro, no quise más compañía, puse una excusa sobre trabajo pendiente.

Esa misma tarde tenía en mi correo los resúmenes de los informes, con el título: para la Pequeña de Miguel.

Cerré el ordenador deprisa. Pero Carmen, que lo había visto todo, resopló.

¡Qué apodos ridículos ponéis! protesté, quizás para tranquilizar mi conciencia. ¡En documentos oficiales y poniendo tonterías!

Creo que Carmen ya ni me oía, se puso los auriculares y subió la música.

¡Inés, Carmen, a cenar! oyó la voz de Alberto desde el recibidor.

Cansado tras el cercanías y el autobús, se quitó la camisa, se puso los pantalones cortos de palmeras y abrió el ventanal del salón. Olía a sudor, agrio.

¡Inés, no pienso ducharme cada día! Siempre me pica la piel luego, como si tuviera urticaria. Mañana me ducho. Basta.

Cenamos en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Yo en Miguel, en sus formas, su frescura

Miguel me llamó al trabajo al día siguiente.

¿Qué tal, Pequeña? ¿Has comido? su voz era clara y escandalosa en el móvil, temía que alguien me oyera.

No no he tenido tiempo balbuceé. Pequeña. Yo, Pequeña, vulnerable Me corría un escalofrío.

Deja todo, baja. Estoy en la cafetería de la esquina. Sitio normalito, pero hay que alimentarse. Venga, aquí te espero.

Murmuré cualquier excusa, me escaqueé de los compañeros, entré al ascensor. Sentía la cara tan encendida que me creía descubierta.

A partir de ahí empecé a pensar en Miguel como mi amante. Hasta el nombre me sonaba atrevido.

Ese día llevaba camiseta y vaqueros, parecía siempre recién salido de la ducha.

Bebimos café, le conté anécdotas de infancia, y en medio de todo soltó:

Pequeña, eres muy guapa, ¿lo sabías? Vamos a comprarte algo. Un vestido nuevo. Tengo amigas en las tiendas de Serrano, lo arreglan en un momento. Quiero verte con uno.

Y me vio. No en ese momento, pero sí por la noche, cuando me llevó al Pasaje, se sentó a esperar mientras el personal de la tienda me rodeaba y yo, azorada, me dejaba hacer.

¡Cómo me miraba! Con deseo, hambre Alberto jamás me miró así.

¡Nunca me pasó algo parecido! le confesé bajito a Covadonga, mi amiga más fiel. Solo lo había visto en el cine. Sentí que era una mujer Es horrible, pero me encantó.

¿Y Alberto? preguntó luego Cova, sensata.

No sabe nada. Y no tiene por qué. Ni yo misma lo tengo claro Sacudí la cabeza. Tú calla y guárdame el vestido en tu casa de momento. ¡No sabría cómo explicarle algo así! ¡Menuda pasta ha costado! Dios

Covadonga se encogió de hombros. Ya veríamos.

No lo entiendo, Inés Tu Alberto será tosco, pero ¿no te acuerdas de cuando iba a La Mancha en pleno enero solo para traerte leche recién ordeñada? Trabaja por vosotros, nunca falta de nada, va de vacaciones cada año. Un hombre honrado. Otros se tumban en el sofá y no mueven un dedo. ¿Y Miguel quién es? ¿De dónde saca el dinero?

No sé y no me importa. ¡Alberto me asfixia! No sabes lo que es aguantarle a diario. Le odias porque no es tu marido, Cova. Me envidias, admitelo.

Quizás tenía envidia, pero no por Miguel, sino por un marido normal.

Desde entonces volví a casa tarde, preparaba cualquier cosa, apenas comía; me quedaba ensimismada removiendo el té frío.

Mamá, por quinta vez, ¿me cortas un poco de pan? me llamaba Carmen, que acababa levantándose a buscarlo ella, descubriendo con fastidio que ya no quedaba ni una miga.

Yo asentía, fruncía el entrecejo y me marchaba al dormitorio a soñar despierta.

Carmen y Alberto me seguían con la mirada, desconcertados.

Soñaba yo, y soñaba largo, sintiendo cómo se me humedecían las manos.

Miguel era atento, cariñoso, se reía de mis torpezas, me mimaba, me decía Pequeña, me dopeaba de regalos que guardaba con Covadonga, me ingresaba dinero de vez en cuando, y hasta llegó un momento en que me mandaba WhatsApps a horas prohibidas. Yo huía al baño, leía, borraba, me mojaba la cara y volvía a acostarme.

Alberto, medio dormido, me echaba el brazo encima y musitaba algo. Yo me quedaba tiesa. Lástima que existiera Alberto Lástima no haber sabido nunca lo que era ser la Pequeña, bonita y apasionada. Cuánto tiempo perdido

Pero ahora tenía a Miguel, y él era mi pequeña felicidad.

Nos veíamos en su piso, modernísimo, lleno de luz y ventanales sin cortinas, con vistas a la Gran Vía iluminada. Todo parecía mágico: el champán, su colonia, las sábanas de satén

Cuando regresaba a casa, ya nada era lo mismo. Me pesaba el ambiente. Sentía que todos lo sabían: Carmen, Alberto.

Empecé a inventar excusas para llegar cuando todos ya dormían, y así quedarme sola en la cocina, tomando café amargo y soñando.

Inés, ¿dónde andas? He traído col, hay que cortarla, quedamos en eso escuché la voz de Alberto en el móvil, mientras veía a Miguel nadar a lo largo de la piscina. Me invadió el frío; aquel día Miguel me llevó a la histórica piscina de Chamberí, La Isla. Nunca había nadado en un sitio así; Miguel me animó a ponerme el bañador y zambullirme, y juntos contemplamos el vapor subiendo hacia el aire fresco. Pocos clientes, toda una bendición. Desde la torre veíamos las luces del Retiro. Pero yo solo tenía ojos para Miguel. Por fin, me sentía enamorada.

¿Col? dije, envuelta en la toalla. Déjala para mañana, Alberto. Hoy iré tarde. Vamos con Cova al gimnasio, que dijeron que me vendría bien para la espalda. Ya hemos pagado el abono. La col la hacemos mañana, de verdad. ¡Me llama Cova, adiós!

Colgué rápido y le mandé un mensaje a Covadonga, por si Alberto decidía llamarla.

Esperé a que Cova respondiese antes de seguir, y cuando lo hizo, ya estaba de vuelta en la piscina, Miguel subía de nuevo a la torre, en plan show, y unas chicas jóvenes lo miraban embobadas.

¿Preparadas, pequeñas? ¡Una, dos y tres! gritó antes de lanzarse de cabeza. Salió a la superficie y me saludó con la mano. ¡Inés, ven! ¡Que esto acaba de empezar!

Las chicas me miraban, y yo me vi de repente vulgar, con esa barriga flácida y los muslos blandos. Mi forma de nadar era torpe. Se esfumó la magia. Ellas empezaron a jugar al waterpolo con Miguel, todas sonrisas y coqueteo.

Él reía, y no pareció molestado cuando notó que yo había desaparecido. Bueno, ya vendrían más Pequeñas, seguro.

En casa, todo estaba oscuro, menos la luz de la cocina.

Alberto me puso un plato de huevos fritos delante.

Tendrás hambre. ¿Quieres chorizo? dijo, sirviéndome té a rebosar.

Negué, incapaz de mirarlo, jugueteando con el tenedor.

¿Lo sabe? ¿Qué debo hacer? ¿Por qué está tan tranquilo?

Inés, dijo, tras un largo silencio, Cova ha traído unas cosas. Quiso ponerse a organizar, pero la eché fuera. Dice que los paquetes son tuyos. ¿Son tuyos de verdad?

Levanté la esquina del mantel, miré los bolsos, y me encogí de hombros.

Yo también lo decía, menuda tontería pareció alegrarse Alberto. Sírvenos más té, anda. Mejor aún, tráeme el brandy. Me apetece un buen trago.

Salté del asiento hacia la alacena, pero me detuve en seco al escuchar:

Pequeña dijo de pronto mi marido, y me giré con rapidez. Digo, que hay migas en la mesa, pásales un trapo. Es Carmen, siempre tirando pan. Hay que limpiarlas.

Terminó la frase con calma, me miró con sus ojos pesados, y se volvió para mirar el reloj.

Bebimos brandy en silencio, sin cruzar la mirada.

Al final, Alberto se levantó y se marchó.

Cova, ¿te das cuenta? Se ha ido. Se ha vestido, dejó las llaves sobre la mesa. ¡Cova! lloré por teléfono, notando cómo se me deformaba la cara reflejada en el espejo. La Pequeña hacía unas horas nadaba feliz en la piscina con Miguel; ahora el pelo olía a cloro, la espalda me dolía. ¿¡Cómo ha podido?! ¿Eso hace un hombre de verdad? Nos ha abandonado.

La rabia me poseyó, golpeé la mesa.

Un hombre de verdad, Inés. Otro te habría pegado. Alberto solo se ha ido. Y es su casa. Y todavía tienes valor para hablar mal de él. ¿Sabes? Siempre he sospechado que vuestro malvivir tenía más que ver contigo que con él. No le faltaba esfuerzo, ni cariño a Carmen, ni honradez. Callado, sí, pero mejor que un bocazas. ¿Y ahora te molesta que no te trate como a una princesa? No puedo apoyarte en esto, lo siento. Buenas noches.

Colgué el móvil y me dejé caer sobre la mesa, llorando en silencio.

Carmen aprobó los exámenes, se fue de vacaciones con sus amigas a Santander. Dejó una nota: Mamá, no me llames.

Miguel volvió una semana después, esperándome en la puerta del portal. Salió de entre las sombras.

Hola, pequeña dijo, escondiendo la cara en la bufanda. ¿Me has echado de menos?

Le había llamado varias veces los días anteriores. Nada. Y ahora venía a buscarme

Miguel ¿qué haces aquí?

Busqué con la mirada su coche.

Vengo a verte, que es hora de saldar cuentas, pequeña dijo pasándome el brazo por el hombro.

¿Cuentas? ¿Qué dices?

Me asustó y quise soltarme, pero me apretó con fuerza.

Te he dado de comer, ¿verdad? Te he cuidado Ahora me toca a mí, gatita. Tengo problemas y esa casa de tu madre vale por lo menos medio millón de euros. Hay que venderla. Y esta donde vives también. Vamos, sube y hablamos.

Solté un grito, intenté zafarme, pero apenas podía. Caminé temblando, pidiendo a Dios que alguien apareciese. Pero el patio estaba vacío.

Abre, Pequeña, que tengo frío empujó Miguel.

Me desplomé sobre la nieve, sollozando, cuando de pronto vi cómo lo apartaban de un empujón. Era Alberto, despeinado, sin abrigo, presto a pelear.

¡Fuera de aquí! ¡Fuera, y no vuelvas a mirar a Inés! le gritó, lanzándose sobre Miguel, que intentó hacerse el gracioso, pero recibió un buen puñetazo y salió corriendo.

Alberto recogió la bufanda caída, me tendió la mano, y con voz cansada, susurró:

Vamos a casa, hace frío…

De qué hablaron esos dos esposos durante la noche, solo lo sabe la luna y el aire gélido entrando por la ventana entreabierta. Dos tazas de té intactas en la mesa y el viejo reloj marcando una hora oscura en la que solo quedaban ellos dos: marido y mujer, decidiendo si vivir lo que les queda juntos…

Nadie volvió a llamar a Inés Pequeña”. Si alguien lo hiciera, ella solo temblaría y apartaría la mirada.

Miguel nunca volvió. No le salió bien la jugada: aquel marido era demasiado insistente.

Al enterarse por casualidad de la herencia de Inés, Miguel pensó que podría solucionar la soledad de la Pequeña y, de paso, su propia vida. Si todo hubiera ido suave, le habría arrancado todo; ya la tenía encandilada. Pero tenía prisa, los problemas aprietan.

Tuvo que largarse de ese piso con vistas a la Gran Vía. Nada. Miguel encontrará nuevas pequeñas, tristes y necesitadas. Eso seguro. Y quizá, al final, la vida le ajuste las cuentas.

Por mi parte, he aprendido por fin que ser cuidada por otro no compensa dejar de cuidarse a uno mismo. Ni la tristeza ni el miedo valen la pena. Ese, y no otro, es el verdadero valor de llamarse Pequeña.

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La Pequeñita
¡Vaya, cómo ha cambiado nuestra querida Ana! Es cierto lo que dicen, el dinero transforma a las personas… Yo no entendía de qué hablaban ni en qué había ofendido a la gente. En su momento tuve un matrimonio feliz, con mi esposo y nuestros dos hijos. Pero de repente todo se desmoronó: mi marido falleció en un accidente de tráfico de camino a casa. Pensé que jamás superaría el dolor, pero mi madre me convenció de que debía seguir adelante por mis hijos. Así que me armé de valor, trabajé mucho y, cuando ellos crecieron, me fui a buscar trabajo al extranjero para asegurarles un futuro, ya que apenas recibía ayuda. Primero aterricé en Polonia, después en Inglaterra. Cambié de empleo varias veces hasta conseguir un sueldo estable. Mes tras mes enviaba dinero a mis hijos, más tarde pude comprarles pisos y reformar el mío. Me sentía orgullosa de lo que había conseguido y pensaba en volver a España de forma definitiva, pero hace un año mi vida dio un giro: conocí a un compatriota que lleva 20 años en Inglaterra y sentí que podía surgir algo especial entre nosotros. Sin embargo, las dudas me invadían. Arturo no puede regresar a España y yo quiero volver a casa. Hace poco viajé: primero vi a mis hijos y después a mis padres. Pero no encontraba el momento de visitar a mis suegros, entre compromisos y asuntos pendientes. Hasta que mi amiga, que trabaja en una tienda, vino a casa y me soltó: — Tu suegra está muy dolida contigo. — ¿De dónde sacas eso? — La he oído comentarlo con una vecina; dice que te has vuelto engreída por el dinero y que nunca les has ayudado económicamente. Aquello me dolió muchísmo. Crié sola a mis hijos y todo lo hice por ellos. No podía dar dinero también a mis suegros, tenía que quedarme algo para mí, ¿lo entendéis? Después de esto, no tenía ganas de ir a verles, pero lo acabé haciendo: llevé algo de comida y fui. Al principio todo bien, pero el recuerdo de aquella conversación me rondaba la cabeza. Al final les conté: — No lo he pasado bien todos estos años, hice todo por mis hijos porque no tenía apoyo. — Nosotros también nos quedamos sin ayuda. Otros reciben ayuda de sus hijos, pero nosotros estamos solos, ¡también somos huérfanos! Deberías volver y ayudarnos. Mi suegra me lo hizo sentir como un reproche. Ni siquiera me atreví a confesar que tengo pareja en Inglaterra. Me fui de allí muy triste. Ahora no sé qué hacer. ¿De verdad tengo que ayudar a los padres de mi marido fallecido? ¡Ya no puedo más!