Pequeñín

Chiquilla

La llamó Chiquilla desde el primer momento, nada más desplomarse en el asiento contiguo, tan rojo, de terciopelo y lustroso de tantos codos, igual al que ocupaba Inés.

Tardó un minuto en recorrer con la mirada el salón antes de fijar sus ojos en su vecina.

¿Qué pasa, chiquilla, te aburres? suspiró, intentando cruzar la pierna, pero el paso angosto de las butacas del auditorio se lo impidió: el zapato acabó encajado en la silla de delante, el tobillo se le torció incómodamente y Miguel frunció el ceño.

Inés fingió no escucharle, absorta en el escenario, aunque allí no sucedía nada interesante: mesas alineadas, un atril, técnicos y organizadores yendo y viniendo ajustando cables, todo aburridamente típico de las conferencias. Y ese aire denso.

Siempre se sentía inquieta en espacios repletos, pegada a desconocidos, incapaz de escaparse.

Ya alargó Miguel, rascándose la barbilla. Esto está perdido, chiquilla. Vamos, que no vas a escuchar nada nuevo aquí. Te lo juro, he leído todas las ponencias, cosas del trabajo. No hay nada que valga.

Inés se giró y miró a su nuevo compañero con seriedad.

Bien vestido, con traje y corbata, los zapatos impecables. Pero algo no cuadraba, parecía recién colocado de un recorte de otra época. Un gamberro, un bromista, con sonrisa de pillo. El pelo lo llevaba corto, con dos remolinos en la coronilla, haciendo ricitos suaves y tiernos.

Miguel le ofreció la mano, grande y franca, sin dejarle a Inés abrir la boca. Vente a comer. Eres tan pequeña, tan delgadita Tengo que alimentarte. Así será, venga. ¡Vamos de aquí!

Ya estaban apagando las luces y los jefes, adjuntos y empleados valiosos aparecieron en el escenario entre aplausos, pero a Miguel le dio igual: tiraba de su Chiquilla, pisando pies y murmurando disculpas mientras empujaba la corbata de vuelta a la chaqueta, empeñada en sobresalir y sacar la lengua a todos esos señores tan serios.

¿Pero qué hace? ¡Suéltame, hombre! Inés forcejeaba, pero acabó dejándose arrastrar hacia la salida.

Aparecieron en el vestíbulo justo cuando los aplausos tronaban más fuerte y alguien golpeaba el micrófono pidiendo silencio.

¡Déjame! Tengo que volver, tomar notas, ¡es mi trabajo! Inés se zafó, contra el pecho el cuaderno, dejó caer el bolígrafo, se agachó a recogerlo, pero Miguel se le adelantó.

Anda, olvida el trabajo, Chiquilla. Yo te envío luego los resúmenes, los lees tranquilamente. Ahora toca comer. Pero antes, agua. Estás blanca y el pulso te va a mil. ¡Lo sabía! tocó su muñeca, chasqueando la lengua. Aire, comida y nada de conferencias.

Lo cierto es que Inés se sentía mal, con el corazón acelerado, retumbándole en las sienes.

Nadie le había cuidado así nunca. Siempre era ella la que cuidabade su madre, de su marido, de su hija. Eso era lo natural. A veces, claro, deseaba sentirse ligera, dejarse llevar, beber vino, reírse como una de esas actrices en comedias románticas, pero la ocasión nunca llegaba.

Hasta que Miguel se la regaló.

Sin darse cuenta, allí estaba en una mesa acogedora de un restaurante al otro lado de la calle, y el camarero llegaba con dos vasos de zumo recién exprimido, de un naranja tan vivo como si hubieran apretado el propio sol español, apesinado, intenso, imposible.

Bebe esto. Y agua, también. ¿Y qué comemos? musitó Miguel.

Estaba claro que le gustaba. Inés era bonita, muy fina, sin un gramo de sobra. Podría haber triunfado entre los hombres si no fuera por esa eterna sombra de cansancio, esa resignación que marcaba su rostro. Pasaba de los cuarenta, una familia, el amor ausente, la rutina que la había apagado¿cómo iba a lucir como una rosa en mayo?

Pero a Miguel le gustaba tal cual: la Chiquilla cansada de la vida.

No necesito nada. Ya estoy mejor, voy a volver al auditorio musitó Inés.

Como quieras Miguel asintió, pero antes un lubina con verduras, una ensalada y ¿qué vas a beber, Chiquilla?

Levantó la vista del menú, todo encanto rebelde, elegantemente desordenado, con ese olor a cigarrillo y colonia intensa, fuerte y vivo. Miró a Inés con ojos profundos.

Ella se ruborizó, frunció el ceño.

¡Qué locura! Un desconocido la había sacado a comer, la llamaba Chiquilla, ya incluso le arreglaba un mechón del flequillo y ella se sentía derretida, como si todo su cuerpo se hubiese rendido.

Donde Miguel la tocaba, su piel ardía, y un escalofrío le recorría la columna.

Compartieron un vino blanco y Miguel le contaba historias de juventud, de trabajos eventuales, de cuando se fue a Galicia a levantar paredes, años aquí y allá en obras, y después

Y después, Chiquilla, Montxo y yomi amigomontamos una empresilla. Nada del otro mundo, construíamos chalés, reuníamos cuadrillas y listo. Todos quieren vivir bien, cómodos, con radiadores y sin salir al patio helado. Nosotros sabíamos hacerlo. Anda, come, Chiquilla. ¡A tu salud! Mira, cuando te vi, pensé: Esta niña necesita calor y comida. ¿Quieres otra cosa?

Ella negó, flotando por el vino, la comida exquisita y porque, por primera vez en la vida, alguien la quería alimentar, sólo porque era una Chiquilla flaca y exhausta.

En casa era distinto. Toda la infancia de Inés vivió con su madre, Consuelo. Siempre trabajando, nunca estaba de mañana, el desayuno sola; la madre regresaba derrengada y Inés calentaba la cena, fregaba los platos mientras Consuelo se duchaba. Dormían tarde.

En Nochevieja, Consuelo volvía casi a las once, del supermercado, el último turno repleto de clientes y pesetas. Llegaba pálida, los pies hinchados. Inés le preparaba el vestido, le ayudaba a hacerse un moño alegre y salían a saludar a los invitadosvecinos, amigas, parientes lejanos, siempre risueños y medio borrachos. Mientras todos brindaban, Inés velaba para que su madre no se durmiera tras el primer chupito.

Consuelo solo bebía orujo, el champán le parecía cosa de niños, pero el orujo, ese sí, de corazón. Eso síel cuerpo no aguantaba y caía dormida al instante, roncando en la mesa. Inés la empujaba, ella despertaba desconcertada, pedía otra ronda, proclamaba un brindis, reía con una amargura triste. ¿Cómo iba Inés a permitirse la debilidad? No era posible.

Se casó joven. Francisco era diez años mayor, sensato, con carrera, pero poco cariñoso, lacónico; solo la había engarzado en la maquinaria de su vida, la pieza perfecta, buena ama de casa, sin dar más. Inés pensaba que suficiente, no quería más: el romanticismo, la pasión, esos desvelos, era cosa de la carne y poco más; después, naufragaba la rutina. Lo importante era tener su propia familia, su propio piso, con la biblioteca de Francisco, la cocina, el balcón grande. ¡Todas le envidiaban! Independizarse, lejos de la suegra, todo un logro.

Y desde pequeña, Cecilia le llamaba Inés a secas, o Doña Inés para ser más exacta. Francisco, su madre, los amigos. Nadie la llamó Chiquilla.

Sencillamente, Miguel la bautizó así. Y era vino, y viandas, y entonces a alguien le importaba lo que pensaba y lo que deseaba la Chiquilla.

Francisco nunca tenía tiempo para ello. Sí, hablaban de la casa, de la lista de la compra, de las vacaciones, pero solo informaba de sus planes; sus objeciones se perdían con el aire fresco por la ventana, que Francisco jamás cerraba, ni en pleno invierno.

Miguel, en cuanto llegaron al restaurante, pidió una mesa a cobijo de corrientes.

Un detalle bonito.

Siempre preguntaba, y a Inés le daba vergüenza contestar: sí, tenía marido; sí, también una hija, Carlota. Estudia en la Facultad de Filología, gracias a un profesor que Inés le buscó; pronto a una beca Erasmus. Carlota no fue buscada ni soñada, simplemente era su turno. Pero la maternidad tardó, tuvieron que esforzarse.

Cuando por fin Inés supo del embarazo, Francisco la mantuvo a distancia, ni caricias, ni palabras al vientre, nada de los gestos dulces de las películas. Todo eso le parecía absurdo.

Nacerá, y lo criaré, ¿vale? cortaba él. Si te llevo en coche al ambulatorio, ya podrás darte por satisfecha.

Y la recogió en el hospital, cuando tocó: con invitados, flores y la frase Gracias por la hija. Supervisaba el peso, la leche, la alimentación, las vacunas. En la primera visita de la enfermera, revisó que se lavara bien las manos y calentó el fonendoscopio. Muy atento en la superficie.

¿Cansada? le preguntaba su amiga Martina. Un hijo no es una flor, Inés; es esclavitud. ¿Te ayuda Francisco?

Ella encogía los hombros. Sí, quizá.

Ser víctima tenía su punto dulce: siempre agotada, la gente compadecía a Inés, y recriminaba a Francisco por no cuidarla.

Pero Miguel la cuidaba de verdad, ofreciéndole delicatessen, y ella se sonrojaba tímidamente.

¡Venga, chiquilla! insistía Miguel. ¡Come, o no te dejo irte!

Inés mordisqueaba el pan y miraba apenada a su salvador.

Ese día la acompañó al metro; ella prefirió continuar sola.

Por la noche, le llegó el resumen de ponencias a su correo.

Para mi Chiquilla, de Miguel.

Rápido cerró el portátil, pero Carlota había leído algo y gruñó por lo bajo.

¡Qué apodos más tontos! protestó Inés. Son documentos oficiales, y con esas chorradas

Carlota ya no la oía, se dio la vuelta, auriculares y música.

¡Inés, Carlota, a cenar!resonó desde la puerta.

Francisco, exhausto tras el metro y el bus, se despojó de la camisa a medio pasillo, se puso unos bermudas estampadas de palmeras y abrió el balcón, respiró a pleno pulmón.

Olía a sudor agrio, de ayer aún.

¡No me ducho tan seguido! Déjame, Inés, se me pone la piel de gallina luego. Mañana. ¡A cenar!

Comieron en silencio. Inés pensaba en Miguel, lo fresco, su elegancia

Él la llamó al trabajo al día siguiente.

¡Hola, Chiquilla! ¿Cómo estás? ¿Has comido? escuchó su voz en el móvil, sobresaltada, temerosa de que alguien escuchara. Sentía el altavoz tronando su secreto.

No Todavía no. Ando liada. Chiquilla. Era débil, era suave. La recorrieron cosquillas.

Deja todo y baja. Estoy en el bar de abajo. No es gran cosa, pero hay que comer. ¡Venga, que espero!

Inés balbuceó y pidió permiso para salir. En el ascensor, dudó del botón. Las mejillas, encendidas. Todos sabían seguro que Doña Inés iba a una cita.

Y así la llamó en sus pensamientos: amante. Atrevido, emocionante.

Miguel iba hoy de camiseta y vaqueros, despeinado, fresco.

Tomaron café. Ella contó anécdotas de infancia, Miguel escuchó.

Chiquilla, eres guapa, ¿sabes? dijo de repente. Vamos a comprarte algo. Un vestido. Conozco gente en esas boutiques, te quedará perfecto. Quiero verte con vestido.

Y la vio. No ese instante. Por la tarde, cuando la llevó al Corte Inglés y se sentó en un banco mientras las dependientas revoloteaban alrededor de la confundida Chiquilla.

¡Dios, cómo la miraba! Voraz, hambriento. Francisco no podía compararse.

Nunca lo había sentido así susurró Inés a Martina, su eterna amiga. Solo en las películas, pero en mí, nunca. Me sentí mujer, de verdad. ¡Y eso, aunque suene horrible, me encantó!

¿Y Francisco? preguntó Martina al rato.

Nada. No lo sabe. Y ni debe. ¡Ni yo misma sé nada! Por favor, guárdalo tú. El vestido guárdalo en tu casa, anda, que no sabría cómo explicarlo. ¡Es carísimo! ¿Qué voy a hacer?

Martina encogió los hombroslo que tenga que ser, será.

No lo sé, Inés Haces locuras. Francisco será tosco, pero ¿no te acuerdas cómo iba a Segovia a por leche fresca en invierno? Y trabaja, lo intenta. Otro estaría al fútbol con cerveza. El tuyo es recto, respetado. Cuando os hacía falta, él compró el coche, hizo reformas, os lleva al mar cada año. Es transparente, fácil. ¿Y Miguel? ¿De dónde saca el dinero?

No sé, Gema. ¿Qué importa? Tú no has vivido con Francisco, es es insoportable. Me agobia. Me tienes envidia.

Martina encogió los hombros. Sí, a lo mejor era eso. Pero no por ese tipo, sino por el esposo.

Inés empezó a llegar más tarde a casa, preparaba cualquier cosa y no comía, sólo removía el té frío.

Mamá, ¿me cortas pan ya? insistía Carlota. ¡Que se acabó el pan! protestaba cabizbaja.

Inés asentía, se encerraba en su cuarto. A soñar.

Soñar mientras las manos le sudaban de nervios.

Miguel era tierno, besaba como un experto, se reía de la fragilidad de Inés, la mimaba, la llamaba Chiquilla, la daba regalos que iba a esconder a casa de Martina, le enviaba transferencias, incluso a medianoche mensajes. Inés huía al baño para leer en secreto. Luego apagaba el móvil, se lavaba la cara y se acostaba.

Francisco se daba la vuelta y le pasaba el brazo encima, mascullaba algo, y ella asentía. Sí Qué lástima que exista Francisco. Qué lástima tantos años sin saber lo que era ser Chiquilla, bonita, sensual. Tantos años tirados

Ahora tenía a Miguel, y eso era felicidad.

Se veían en casa de Miguel, amplia, llena de luz, ventanales hasta el suelo Madrid iluminada más allá. La cabeza le daba vueltas con el cava y el aroma de Miguel. Sábanas limpias, de auténtica seda

La realidad estallaba en chispas, fuegos artificiales por la noche, joyas brillando sobre las sábanas. Magia.

En casa, la atmósfera era sorda y pesada; Inés sentía que todos sabían su secreto. Carlota la vigilaba, Francisco la miraba recio.

Inés se buscaba excusas para atrasar el regreso, llegar tardísimo, sentarse a solas con el café y soñar

¡Inés! ¿Dónde andas? He comprado col, la tenemos que cortar, que lo dijimos, bramó Francisco por el altavoz. Inés miró aterrada a Miguel nadando por la piscina exterior en la Casa de Campo, aquel prodigio técnico.

Nunca había nadado en La Isla, pero Miguel la llevó allí ese día. Nadaban bajo el vapor, el frío en la piel, el agua cálida. Pocas personas. Si subías a la torre, el Retiro y las luces del Palacio de Cristal asomaban al fondo. Pero Inés miraba sólo a su caballero. Por fin, amor. Por fin.

¿La col? murmuró débil, envolviéndose en la toalla. Da igual, hoy llegaré tarde. Hemos quedado en la piscina, Martina y yo. Lo de la espalda, los médicos lo dijeron. Tenemos bono. La col, mañana. Perdona, me llama Gema. ¡Hasta luego!

Rápido colgó, tragando saliva. Tenía que avisar a su amiga, ¡en caso de que Francisco llamara!

Esperó a que Gema contestara, le susurró lo del supuesto viaje a la piscina, respirando entrecortado, hasta que quedó en silencio.

Inés, os he traído comino. Para la col, siempre lo pones tú. sonó tranquila Gema. Fui al mercado y pasé a dejarlo. Francisco ya ha puesto el hervidor. Os traigo comino

Inés mordisqueó el labio, buscó a Miguel con la mirada. Él, pavoneándose con sus músculos, ya asomaba en la torre, listo para saltar. Desde abajo, unas chicas lo miraban y reían, jóvenes, ágiles, divertidas.

¿Qué pasa, chiquillas? ¡Uno, dos, tres! gritó sobre el agua, Miguel saltó perfecto, emergió y saludó a Inés¡Eh, Inés, ven! ¡La noche empieza!

Las chicas cuchicheaban mirándola. De pronto, Inés se sintió corriente, con el vientre algo caído, muslos gordos, nadando torpemente con los brazos. Volvió la expresión de pena en su cara.

Las nuevas chiquillas de Miguel jugaban a waterpolo, zambulléndose, tocándole descaradas.

Él reía, sin importarle demasiado cuando Inés desapareció. Lo entendía: obligaciones, familia, la col. Que vaya.

En el recibidor, oscuridad. En la cocina, luz.

Francisco puso delante de ella una sartén con huevo frito.

Tendrás hambre después de la piscina. Toma. ¿Quieres chorizo? Y le sirvió té en una jarra grande.

Inés negó, evitando mirada, hurgando la comida.

¿Lo sabía o no? ¿Y ahora qué? ¿Por qué ese silencio?

Inés dijo por fin Francisco. Gema dejó unas cosas. Siempre quiere meter mano, pero la eché. Tu cocina, tus cosas. Dejó bolsas. ¿Dice que son tuyas? ¿No se habrá confundido?

Inés levantó el mantel y miró las bolsas, sin decir nada.

Eso, es tontería se animó Francisco. Ponme té también. O mejor, un poco de coñac. Me apetece.

Inés saltó, abrió el mueble, y de pronto se quedó quieta.

Chiquilla oyó la voz de su marido, se giró sobresaltada y le miró a los ojos. Digo, que hay migas en la mesa, de pan. Tomás siempre desmigaja. Hay que pasar un trapo. Concluyó en calma, mirándola severo, luego se giró.

El coñac lo bebieron juntos, en silencio, incapaces de cruzar miradas.

Por fin Francisco marchó.

Gema, se ha ido. De verdad. Se vistió, dejó las llaves en la cómoda. ¡Gema! Inés lloraba, mirándose al espejo, viendo el surco triste de su boca, las ojeras de una Chiquilla que hace tres horas nadaba con Miguel y huele aún a cloro y derrota. ¡Gema! ¿Así se va un hombre? ¿Nos abandona a Carlota y a mí?

Inés se enfadó, apretó el puño y golpeó la mesa.

Como un hombre, Inés. Otro te habría pegado. Francisco se ha ido, y de su propio piso. Y aún te quejas Antes no entendía por qué no eras feliz. Si hay dinero, Carlota va bien, Francisco no es un borracho. Sí, callado, pero mejor callado que de juerga. ¿No? Pero tú querías flores y caricias. ¿Y tú, le decías algo bonito? Los hombres son niñoshálagos, y lo dan todo. No, Inés, aquí no cuentes conmigo. Buenas noches.

Inés dejó el móvil y se encogió, llorando suavemente.

Carlota aprobó el curso y se marchó con amigas al pueblo. Ni habló con su madre, solo una nota: no me molestes.

Miguel apareció una semana después, esperó agazapado, emergió de la sombra del portal.

¿Qué tal, Chiquilla? susurró, la cara roja del frío clavada en la cazadora. ¿Me has echado de menos?

Inés le había llamado sin éxito, deseando desahogarse. Y él apareció.

Miguel musitó sin vida. ¿Qué haces aquí?

Buscó su coche con la mirada.

Vengo a cobrar lo mío, Chiquilla la abrazó Miguel.

¿Qué lo tuyo? ¿Qué dices?

La asustó, intentó zafarse, pero él apretó fuerte.

¿Te alimenté? Sí. ¿Te gustó? Sí. Ahora necesito ayuda, nena. Dame dinero, gatita. Tengo problemas, tu piso heredado, cinco millones de euros pueden sacarse. Vamos a venderlo. Y este también. Venga, a tu casa a hablar de negocios.

Chiquilla gritó, pataleó, sin poder soltarse, caminó tiritando al portal, suplicando que alguien les viera. Pero la calle estaba vacía.

Abre, Chiquilla, que me muero de frío empujó Miguel.

Inés empezó a hundirse en la nieve y, de repente, él la soltó, sacudiendo la cabeza, cayó de lado y soltó un gemido.

Detrás de él, Francisco, despeinado, sin abrigo, furioso, jadeaba con el puño en alto.

¡Fuera de aquí! ¡Largo, o te rompo los huesos! gritó, abalanzándose sobre Miguel, pero Inés lo paró tirando de su brazo.

Miguel, reconociendo a su rival, sonrió burlónya tienes cuernos, Franciscopero se calló cuando recibió un puñetazo seco en la mandíbula.

¡Lárgate! ¡Como te vea cerca de Inés, te mato! bramó Francisco, recogió su gorro de punto, se secó la nariz y miró a Inés. Vámonos ya. Hace frío.

De lo que esos dos hablaron esa noche, quién lo sabe: la luna testificó, y el viento escuchó desde la ventana abierta. Dos tazas de té olvidadas, el reloj antiguo marcando el tiempo. Luego, la oscuridad: marido y mujer, decidiendo seguir por algún motivo.

Nadie volvió a llamar a Inés Chiquilla. Y de serlo hablaran, ella sólo se estremecía y se alejaba.

Miguel nunca regresó. Con Francisco resultó difícil competir.

Oírlas a Inés, una tarde en el autobús, confesando lo cansado de la herencia materna, de su propia soledad, hizo a Miguel pensar que podía arreglar la situación, resolver el asunto inmobiliario y la soledad. Si lo gestionaba bien, todo sería suyo, porque la había domesticado, alimentado, calentado. Pero se precipitó: las deudas le presionaban, Montxo le exigía el dinero y el dolor le quemaba los costados Apuró demasiado, exigió demasiado pronto. No salió bien. Pero no pasa nada: hay muchas otras chiquillas solitarias, nostálgicas. Miguel las encontrará, ofrecerá su estímulo y luego cobrará la deuda.

Por ahora, tuvo que abandonar el piso de sábanas de seda auténtica y vistas a Gran Vía. No importa. Miguel aún sobrevivirá, seguro, salvo que Montxo decida otra cosaEl invierno terminó con parsimonia, como si la ciudad no se atreviera a entregarse de pleno al sol. A veces, Inés cruzaba el parque sola y recordaba, con una punzada de vergüenza y deseo, el apodo que le pesaba en la nuca: Chiquilla. El eco de esa palabra le rozaba todavía la piel, aunque ya era otra.

Un sábado, Inés preparó café y pan tostado para Francisco. Él hojeaba el periódico y murmuraba de vez en cuando sobre el precio de la gasolina. Entre las noticias asomaban reportajes de playas y destinos cálidos, y también anuncios de pisos en venta. La rutina les envolvía otra vez, pero ahora una herida abierta recorría el suelo de la cocina, invisible para los que no supieran mirar donde se habían roto.

Francisco la miraba a veces, de soslayo, como si tratara de descubrir algo nuevo en su rostro de siempre. Ya no hablaban del pasado; la col volvía a hervir en la olla, y Carlota, desde lejos, mandaba mensajes cortos: Estoy bien, besos.

Un domingo, Inés abrió la ventana y dejó entrar el aire suave de abril. Con el viento, una brizna de música callejera trepó hasta el salón, y por un segundo creyó distinguir la risa de Miguel flotando entre las notas. Cerró los ojos, inspiró hondo y supo, como quien traga medicina, que la nostalgia no la salvaría. Había aprendido a fuerza de heridas nuevas: nunca sería delgada como un suspiro, ni ligera como una flor de comedia romántica, pero erade alguna manerafuerte.

Por la tarde, salió sola, caminando sin prisa. Compró flores en el mercado y las llevó a la tumba de su madre. Depositó el ramo y se sentó un rato, dejando que el silencio la acunara. Entre las palabras que nunca dijeron, Inés sintió un calor inesperado, tímido, como el sol de marzo.

No volvería a ser “chiquilla”. Era Inés, y bastaba. Cuando regresó a casa, Francisco la esperaba con una taza de té, torpe, humilde. Ella aceptó, y se sentaron juntos, dejando que el tiempo, al menos por un instante, no pesara tanto entre los dos.

Y mientras afuera caía la tarde y las luces de la ciudad encendían de nuevo la promesa de otros días, Inés pensó que, tal vez, no era tarde para empezar a cuidarse ella misma. Que si alguien debía llamarla por un nombre dulce, sería su propia voz, pronunciándolo en silencio, con cariño, desde dentro.

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