Papá, mejor no vengas más a vernos. Es que cada vez que te vas, mamá se pone a llorar. Llora hasta que amanece.
Yo me duermo, me despierto, vuelvo a dormir… y cuando me levanto, sigue llorando. Le digo: Mamá, ¿por qué lloras? ¿Es por papá?
Pero ella responde que no, que no llora, que solo está resfriada. Pero yo ya soy mayor, ya sé que ningún catarro te hace llorar así, con lágrimas y todo.
El padre de Carmen se sentaba con su hija en una cafetería de Madrid, removiendo distraídamente su café en una tacita diminuta, que hacía rato se había enfriado.
Su hija ni había probado el helado que tenía delante, aunque en la copa le habían servido una obra de arte: bolas de varios colores, con una hojita de menta y una guinda encima, todo cubierto de chocolate.
Cualquier niña de seis años se habría rendido ante semejante tentación. Pero Carmen no, porque ya desde el viernes pasado, por lo visto, decidió que tenía que hablar muy en serio con su padre.
El padre callaba, mucho rato, hasta que por fin le dijo:
¿Y entonces qué hacemos, hija? ¿No vernos nunca más? ¿Cómo voy a vivir yo así…?
Carmen frunció la naricilla tan bonita como la de su madre, un poco respingona, pensó él y respondió:
No, papá. Yo tampoco puedo estar sin ti. Mejor hacemos una cosa: tú llama a mamá y dile que los viernes tú me recoges del cole.
Así podemos pasear juntos o ir a tomar algo si quieres, a una cafetería… Y yo te iré contando cómo vivimos mamá y yo.
Carmen se quedó pensativa, y al cabo de un minuto siguió:
Y si tú quieres ver a mamá, yo puedo grabarla con mi móvil cada semana y enseñarte las fotos. ¿Te gustaría?
El padre miró a su hija sabia, le sonrió y asintió con la cabeza:
Vale, hija, así lo haremos entonces…
Carmen suspiró aliviada y empezó a saborear su helado. Pero veía que aún le quedaba algo muy importante por decir, así que, cuando ya tenía bigotes de colores de tanto probar las bolas, se los lamió y volvió a ponerse seria, casi como una adulta.
Casi como una mujer. Porque sentía la responsabilidad de cuidar a su padre, que ya no era tan joven: la semana pasada había sido su cumpleaños. Carmen le había pintado una tarjeta en el cole, coloreando con esmero un enorme 28.
El rostro de la niña se volvió otra vez serio, juntó las cejas y dijo:
Creo que deberías casarte…
Y con mucha generosidad le soltó una pequeña mentira:
Total… no eres tan mayor, papá…
El padre valoró ese gesto de buena voluntad y soltó una pequeña risa:
Venga ya, no tan mayor…
Carmen insistió con ánimos renovados:
¡Que no, que no, de verdad! Mira, el tío Manolo, que ya ha venido a ver a mamá dos veces, ni siquiera tiene pelo, está calvo aquí…
Y Carmen se tocaba la coronilla, suavizando los rizos con la mano. Entonces se dio cuenta, al ver la cara tensa de su padre y su mirada directa, que acababa de contarle un secreto de mamá.
Por eso, enseguida se tapó la boca con las dos manos y abrió bien los ojos, fingiendo susto y sorpresa.
¿El tío Manuel? ¿Qué tío Manuel es ese que os visita tanto? ¿El jefe de mamá, quizás? preguntó el padre, ya bastante alto y casi para que lo escuchara toda la cafetería.
Yo no sé, papá… se desinfló Carmen, sorprendida por esa reacción de su padre . A lo mejor es su jefe, no sé. Pero él viene, me trae chuches, y una tarta para todos.
Y además… Carmen dudó si contar ese detalle tan secreto, pero al ver a su padre tan raro decidió seguir . A mamá, flores.
El padre entrelazaba los dedos sobre la mesa, mirándolos fijamente. Carmen percibió que en ese momento, justo ahí, su padre estaba tomando una de las decisiones más importantes de su vida.
Por eso la jovencita esperó, sin prisas ni apuros. Ya intuía, o al menos sospechaba, que los hombres necesitan tiempo para llegar a las conclusiones correctas y que era trabajo de las mujeres ayudarles a encontrar el camino.
¿Y quién mejor para animarles que una mujer que les quiere tanto?
El padre calló unos segundos más, y al final se atrevió. Soltó un suspiro fuerte, levantó la cabeza y habló… Si Carmen hubiera sido mayor, habría reconocido en ese tono algo propio de una tragedia de Shakespeare.
Pero todavía no sabía de Otelo, ni de Desdémona, ni de los grandes enamorados. Solo aprendía de la vida mirando a los adultos, y se daba cuenta de cómo, a veces, se complican y sufren por cosas pequeñas.
Entonces el padre dijo:
Vamos, hija. Es tarde, te acompaño a casa. Y de paso hablaré con mamá.
Carmen no preguntó de qué iba a hablar con mamá, pero entendía que era muy importante, así que empezó a comer su helado a toda prisa.
Y comprendió que lo que iba a hacer su padre era aún más importante que el helado más rico del mundo. Así, dejó la cucharilla con decisión sobre la mesa, se bajó de la silla, se limpió la boca con el dorso de la mano, sorbió por la nariz y, mirando de frente a su papá, dijo:
Estoy lista. Vamos…
No salieron caminando, sino casi corriendo a casa. Mejor dicho, corría su padre. Pero como la llevaba cogida de la mano, Carmen casi volaba a su lado, como una bandera.
Al llegar al portal, vieron cómo las puertas del ascensor se cerraban, llevándose a algún vecino hacia arriba. El padre miró a Carmen con un gesto de duda. Ella, mirando hacia arriba, preguntó:
¿Bueno? ¿A qué esperamos? ¡Solo estamos en un séptimo!
El padre cogió a Carmen en brazos y subió las escaleras a toda prisa.
Cuando, tras timbrar varias veces, la madre por fin abrió la puerta, el padre fue directo al grano:
¡Esto no puede ser! ¿Qué Manuel ni qué historias? ¡Si yo te quiero! Y tenemos a Carmen…
Y sin soltar a su hija, abrazó también a la madre. Carmen abrazó a los dos por el cuello y cerró los ojos. Porque los adultos… se estaban besando.
A veces ocurre que una niña pequeña consigue reconciliar a dos adultos algo torpes, a los que quiere y por los que es querida, aunque ellos se empeñen en alimentar su orgullo y sus rencores…
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