A Sashka le horrorizaban los días en que llegaban posibles padres adoptivos al orfanato: en los siete años que llevaba allí, nunca la habían escogido.

A Isabel nunca le gustaron los días en que a la Casa de Acogida llegaban posibles adoptantes. Llevaba siete años allí y jamás la habían elegido. Cuando era pequeña, esperaba esos días con ilusión; miraba embelesada a las señoras y caballeros elegantes que parecían magos venidos de otro mundo, capaces de llevarla con ellos a un palacio. Imaginaba que tendría una madre nueva que la arroparía y le daría un beso de buenas noches, un padre que la subiría a sus hombros, su propio cuarto y que nunca más tendría que ver al odioso Ernesto, siempre empeñado en tirarle de las trenzas y llamarla Jilguero.

No comprendía qué significaba esa palabra, pero le parecía profundamente hiriente. A Ernesto no le faltaba repertorio:
¡Jilguero! ¡Jilguero!
Isabel tenía cinco años cuando llegó al orfanato. Sus padres habían fallecido en un accidente, y durante mucho tiempo no entendía por qué ni mamá ni papá venían a buscarla ni por qué la habían dejado sola. Los años apagaron en su memoria los rostros y las voces de sus padres, olvidó el olor de su hogar y la calidez de aquel tiempo ya lejano.

Anhelaba con toda el alma ser elegida algún día, pero el milagro nunca se daba, y crecía sabiendo que a ella jamás la escogerían. No era una niña bonita; los adoptantes siempre se llevaban a las que lucían lazos brillantes en melenas perfectas y sonrisas de ángel.

Ernesto seguía persiguiéndola, pero con los años Isabel descubrió que el jilguero era un pajarillo cualquiera. Ese día, de nuevo, llegaron adoptantes. A todas las niñas las vistieron con esmero y les hicieron bonitos lazos. Isabel, en cambio, cogió unas tijeras y se cortó el pelo al estilo de los chicos. Ya no quería que la eligieran; decidió que, de ahora en adelante, sería ella quien eligiera todo en su vida. Las cuidadoras se llevaron las manos a la cabeza cuando la vieron, y Ernesto, como siempre, le gritó a la espalda:
¡Jilguero!

Isabel acababa de cumplir doce años. Ernesto le sacaba tres. Aquella jornada, de nuevo, nadie se fijó en ella. Su pelo mal recortado y sus ojos, que chisporroteaban rebeldía, resultaban demasiado intimidantes.

Tres años después, Ernesto dejó la Casa de Acogida. Se despidió de todos, y al final se acercó a Isabel.
¿Hasta luego, Jilguero?
Hasta luego le contestó ella, sin emoción.
¡Resiste! Ya te queda poco, tres años más. ¡Y luego vengo a buscarte! afirmó con decisión.
¿Ah, sí? ¿Quién te ha dicho que te elegiré? ¡Eres un tonto! espetó Isabel.

Él la miró largo rato con un gesto extraño y se marchó sin volverse.
Cuando Isabel cerró esa puerta tras de sí, sintió el aire fresco de la libertad y el peso de la vida adulta. En esos años, la niña feúcha se había transformado en una joven deslumbrante: melena dorada hasta la cintura, enormes ojos verdes, figura delicada. Se dirigía al apartamento que fuera de sus padres, cuando de pronto oyó:
¡Hola, Jilguero!

Se giró y vio a Ernesto delante de ella.
¿Qué haces aquí? inquirió, a la defensiva.
Te prometí que vendría a por ti Aquí estoy. Ernesto apenas la había reconocido, pues ahora era alto y ancho de hombros.

Ya te dije que ahora yo elijo le replicó Isabel, mirándolo de abajo arriba.
¡Elígeme, Isabel! suplicó.
Ya lo pensaré respondió mientras avanzaba hacia su nuevo hogar.

Ernesto la seguía hasta la entrada. Esperaba a que Isabel entrara y solo entonces se iba. Desde ese día, cada anochecer se sentaba en el banco bajo su ventana y aguardaba a que se apagara la luz de su piso.
El verano ardiente dio paso al otoño gris y lluvioso, luego llegó el crudo invierno. Ernesto, sin embargo, seguía allí. Una tarde, Isabel se le acercó, se sentó a su lado y preguntó:
¿No te has cansado? ¿No pasas frío?
No importa, aguanto. Sólo quiero que me elijas, por favor musitó, mirándola con ternura infinita.

Isabel saltó del banco acalorada y corrió a su casa. Espió desde la ventana entre los visillos cómo él miraba sus ventanas.
El 31 de diciembre, Isabel volvía deprisa del trabajohabía que poner la mesa y vestirse con el vestido nuevo ¡Se acercaba el Año Nuevo! Ernesto no estaba en el banco; el corazón se le encogió ¿Habría pasado algo?
Acabó las tareas y llenando la copa de cava, se asomó. Ernesto seguía sin aparecer. Una punzada de temor le atravesó el pecho

¿Qué hago? ¿Busco? ¡Si ni siquiera sé su dirección o teléfono! ¡Qué tonta soy! se reprochaba Isabel.

Y entonces, algo estalló bajo su ventana.
Ya empiezan con los petardos pensó, acercándose para ver los fuegos.
En la nieve ardían, enormes, letras de fuego:
¡ELÍGEME, ISABEL!

Ernesto, sentado en el banco, miraba hacia su ventana y le saludaba con la mano.

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