El cigüeñón que se ofreció a llevarme a casa de mis padres resulta ser bizco perdido. Me dejo caído, como un saco de patatas, justo enfrente del antiguo hospicio, ¡qué caradura! Y ya desde entonces, todo empezaba torcido.
Pero bueno, al llegar a los cuarenta, puedo decir que fui remontando el vuelo desde aquel agujero donde me metió ese pájaro insensato. Logré construir una casa, casarme, comprar un coche, aunque de segunda mano Me faltan plantar algo y criar a alguien.
Entre Luz y yo, criar a una personita nos vemos capaces. Más de uno ni nos lo planteamos.
Y justo mientras pienso en plantar, criar y ese día lluvioso y gris, estoy preparando café. El aire mueve suavemente los calzoncillos familiares colgados en el tendedero, aquellos que compré mucho antes de ni siquiera tener familia, ironías de la vida.
De pronto, llaman al cristal de la terraza. ¿Será otra vez la chiquillería del barrio lanzando piedras a las palomas? Un poco de cigüeña os hacía falta, gamberrillos.
Llaman de nuevo. Y otra vez. ¿Quién demonios será a estas horas? ¡Si estamos en un tercer piso!
Corro la cortina y, para mi sorpresa, ahí está ese mismo cigüeñón bizco de las historias infantiles, picoteando el suelo del balcón.
¡Lárgate, bicho! grito por el susto, haciendo que el bocadillo se estrelle en el suelo.
Perdona, Pacheco, perdóname se asoma la cabeza afilada del ave por la rendija de la puerta, tienes razón, culpa mía, lo admito. Venga, pica, pero mejor del ala derecha, que es más grande.
Fuera de aquí intento empujarle el pescuezo para que desaparezca.
Pacheco, no seas bruto tose el animal, escucha un segundo lo que te voy a decir
¡Encima hablas! sigo forcejeando, te voy a hacer un nudo en esa garganta de espagueti.
He venido a pedir disculfas farfulla torciendo el pico.
Ya llegas tarde, narigón.
En ese momento el timbre suena urgente. Ya ha subido Luz.
¡Fuera! espeto al cigüeñón, empujándolo para que se largue al balcón. Cuando vuelva, ni se te ocurra estar aquí.
Me giro y corro hacia la entrada.
Disculfa, Pacheco de verdaf ¡lo he arreglado! grazna la cigüeña mientras saca el cuello por la ventana.
Luz entra a toda prisa, empapada y radiante, el pelo pegado a la cara, los ojos chispeantes. ¿Será que también se ha topado con la cigüeña?
Sin darme tiempo a decir nada, tira el paraguas y se lanza a mi cuello.
¡Cuatro! ¡Van a ser cuatro! chilla de pura emoción.
¿Cuatro? le miro sin comprender.
¡Que estamos esperando cuatrillizos, hombre! ¡Cuatro pequeños terremotos!
Entonces todo me cuadra, las palabras de la cigüeña y nuestros futuros cuatrillizos. Salgo disparado al balcón, justo cuando el pájaro bizco sale volando. Hago el amago de agarrarle por la cola.
No lo consigo.
¡Vuelve aquí, animal! le grito mientras se va. ¡Vuelve, narigón!
¡Ya lo arreglé! responde desde las alturas.
Me doy la vuelta y allí está Luz, llorando de felicidad.







