Un producto único
Recuerdo como si fuera ayer aquel verano en la casa de los abuelos en Segovia, donde el tiempo parecía seguir un paso diferente, lento y melodioso. Aquella mañana, abrí los ojos con parsimonia, dejando que mi mente se empapase de esa calma honda que sólo se encontraba en el campo castellano. El silencio era tan profundo que el tic-tac del reloj de la cocina, en la planta baja, parecía un lejano campanario perdido entre los pinos.
Lía, mi fiel perra pastor, no paraba de gimotear al pie de mi cama, tirando suavemente de la manga de mi pijama a cuadros, como pidiéndome que saliéramos a pasear. De vez en cuando asomaba su lengua húmeda y áspera para lamerme la mejilla, se agitaba en círculos entre la puerta y mi colchón, y cuando veía que no le hacía caso, golpeaba la madera con su cola antes de regresar a mi lado.
Tenía muy claro que hoy no pensaba madrugar. Había decidido dormitar hasta exprimir toda la tibieza de aquellas sábanas, rindiéndome al sopor y a los sueños perezosos que la placidez del pueblo propiciaba.
¡Julia! ¿Ya estás despierta? ¡Anda, que hay que aprovechar el fresco! escuché la voz de mi abuelo Hermenegildo tras la puerta, tan entrañablemente recia.
¡Y dale! Siempre advertía que no me molestasen por la mañana, pero ni abuelo ni la perra parecían comprenderlo. El día anterior, a la caída del sol, nos arrastraron a ambos a contemplar luciérnagas al prado tras la iglesia, brillando entre el esparto. Lía, la consentida pastora alemana de abuelo, las vigilaba ladeando la cabeza con un punto de envidia.
Esta loba entiende más que muchos cristianos presumía mi abuelo Hermenegildo, ya entrado en canas, con el aire solemne del que ha visto el tiempo discurrir por mucha Castilla.
Abuelo, estoy agotada, no hago más que bostezar y me duelen hasta los pómulos de tanto abrir la boca farfullé refregando mi cara contra su hombro fuerte.
¿No oyes cómo avanza la tarde, Julia? Se cuela entre los chopos, en pasos de puntillas, blanditos como pelusas susurró.
Anda, Hermen, que sólo oigo crujir mi mandíbula. Vale, iré
Me incorporé de mala gana, mirando de soslayo el reloj digital, que ya no paraba de decirme que el día sería lluvioso y que mi cuerpo había dormido a pierna suelta.
¡Abuelo! ¡Sólo son las seis! Por favor, necesito dormir un poco más grité mientras me tapaba con la manta y espantaba la testarudez de Lía.
La perra, resignada y paciente, obedeció el silbido de Hermenegildo, que la reclamó escaleras abajo. Hoy irían sin mí, pero mañana…
Al final, tras desperezarme como un oso, bajé, haciendo muecas frente al espejo del tocador de mi abuela, ligeramente oscurecido por los años pero aún encuadrado en un hermoso marco de cobre lleno de rizos y relieves.
¡Julia! Sé que andas por ahí. Baja a desayunar que se enfría resonó la voz de abuelo, mientras crujían las maderas antiguas de la escalera.
El pobre todavía andaba desorientado con mis veintitantos años y se ruborizaba cada vez que yo me cambiaba de ropa en su presencia.
¡Voy, abuelo! Lía, suelta ese calcetín. ¡Abuelo, tú díselo! No seas sinvergüenza.
Pero la pastora ya corría escaleras abajo con el calcetín en la boca, gruñendo alegremente, para pronto perder el interés al ver entrar una mariposa desorientada en la cocina. Saltaba y la perseguía por las cortinas entre golpes de cola y quejas lastimeras.
Déjala, corazón. A ti te veo muy crecida para andar saltando como un cachorrito regañaba cariñosamente abuelo, mientras, torpemente, daba la vuelta a los crepes con sus dedos gruesos y la ayuda de un tenedor de mango de madera.
El aroma a tortitas doradas inundaba la estancia. Abuelo decía, categóricamente, que en Castilla los crepes se fríen con generosidad de aceite de oliva, no se hornean ni se cuecen.
¡Abuelo, ese colesterol! me quejaba yo, vigilando sus maniobras.
¡Mira que bien te sientan! No critiques a quien te alimenta, que si el cocinero se ofende, se acabó la fiesta.
Aquel delantal de cuadros con un gato travieso y las manoplas a juego se los traje a la abuela Mercedes de Salamanca, en un viaje con la orquesta. Lo compré en una tiendita de artesanía donde, entre bufandas, monederos y mitones de lana, lo vi y supe que era perfecto para ella.
A este también le va una manopla preciosa, si quieres me ofreció la tendera, sonriendo.
Y esas manoplas de zorrito, ¿me las llevo también? me animé.
¡Por Dios, Julia, eso es de pueblo! susurró entonces mi compañera Clara, con aire moderno. Mejor hubieras comprado en el corte inglés.
El hogar no depende de la moda, Clara le repliqué. Aquí importa el calor, la autenticidad. Son piezas únicas, para gente única.
La tendera, orgullosa, desplegó sobre el mostrador una chalina de hilo violeta trenzada como un encaje.
Llévatela, es especial. Mi hija Elena la hizo. Es una artista me explicó, añorando la época de las buenas manos.
Clara, claro, no entendía nada de todo aquello, le parecía cosa de abuelas. Pero yo, criada por Mercedes, sabía que el calor de una prenda hecha a mano era un regalo mayor que cualquier tendencia.
¿Quién hace estas maravillas? le pregunté a la vendedora al pagar en euros, claro.
Mi hija Elena, que hoy cuida al nieto en casa por su salud, y yo lo traigo aquí a vender mientras tanto.
Suspiré. Mi abuela, antes de jubilarse, se dedicaba a ayudar a niños con necesidades especiales y sus madres, enseñando masajes y remedios para sus dolencias. Era fuerte Mercedes. Le cambió la vida a mucha gente.
Clara, imprudente, intervino con su desparpajo madrileño, diciendo que los niños se pueden dejar en residencias o con una cuidadora, porque una mujer «en casa se amarga». No entendía el esfuerzo y amor que había en todo aquello.
La tendera le cortó seco. Yo misma enfadada, tiré de Clara y salimos a la plaza, ella refunfuñando porque yo prefería calcetines artesanos y faldas a la moda.
Recuerdo los sábados en el mercado de Segovia con la abuela, rodeadas de vendedores de miel, pan casero, utensilios de madera y cuerdas de embutido colgando. Yo volvía siempre con alguna cuchara pintada o una matraca. Para Mercedes, cada objeto era como las personas: único, insustituible, y debíamos valorarlo como tal.
Las meriendas de crepes con mermelada y té en la glorieta, con las avispas rondando hasta que el abuelo las apartaba, dándoles un poco aparte Mercedes reía diciendo que Hermenegildo era capaz de convencer hasta al diablo con sus palabras tranquilas.
Por la noche, me quedaba mirando algún regalo y pensaba: «¿Quién lo habrá hecho, en qué pensaba, estaba feliz o triste?». La vida, como los objetos valiosos, está hecha a mano.
La abuela cuidaba su chal elegante como si fuera bruma tibia. Quiso saber el nombre de su artesana, para encenderle una vela en la iglesia. Al no saberlo, la dedicó por todos los artesanos y niños, que «también lo merecen».
Con los años el porche se fue torciendo, perdiendo fuerza tras la ausencia de Mercedes. Abuelo se consumía, yo le traía alegría organizando parterres, convidándole a paseos por el pinar o improvisando recetas. Pero si cruzaba la mirada con el delantal colgado, sentía que la nostalgia me anudaba los ojos.
No te escondas, Julia dijo un día Hermenegildo. Ven, lloremos juntos.
Y así hicimos. Lía se nos acurrucaba y lamía las mejillas hasta que la tristeza se hacía menos aguda.
Aquella visita inesperada fue la que lo cambió todo. Volví a casa de improviso, sin avisar, con el capó del Renault empapado y una bolsa repleta. Abuelo, semiciego con las gafas, se acercó al portón.
¡Abuelo! ¡Abre ya! grité al entrar. No sabía si lloraba de verdad o era la lluvia, pero la alegría de abrazarle fue real.
La rutina volvió en seguida. Tocó desayuno de tortitas con mermelada casera, cuando al fin acepté, después de resistirme a preguntas sobre por qué había vuelto aquella vez, tan de repente, y con esa angustia en el pecho que sólo el abuelo podía leerme entre líneas.
Tras jugar a medias con Lía y limpiar cada rastro de polvo, me senté a soltarlo todo al calor de la cocina.
Tienes que contarme, hija, no ves que te carcomen las cavilaciones exigió con ese tono entre severo y dulce.
Abuelo, sólo quería un poco de paz, me agobia todo: en Madrid, con mamá, parece que todo me sale mal. Hasta con el amor me he equivocado. No encajo en nada, no me sirve ser la chica rara A nadie le importan las cosas únicas hoy en día, sólo lo moderno y vistoso vale.
Hermenegildo engulló un silencio para apaciguar la marea en su garganta.
¿Te pasa algo?… ¿Estás encinta?
¡No lo sé todavía! Los análisis no han llegado. Mamá sospecha, pero no quiero preocuparla.
El abuelo me rodeó con esos brazos que vencían inviernos y penas: Aquí siempre tendrás refugio. Si viene un niño, pues lo criaremos, igual que te crió a ti la abuela Mercedes El padre se borró, ¿verdad? Pues les irá mejor a los tres. Todo armará cuando deba. Yo soy feliz siendo bisabuelo, ¿te lo imaginas?
Solté la risa, entre lágrimas, porque por primera vez no sentí vergüenza ni miedo. Poder llorar en casa de los abuelos era curativo.
Aquel verano trajo, además, una visita inesperada. Llamaron a la verja una mujer y su hijo. Buscaban a Mercedes para una consulta. El chico, Timo, necesitaba masajes y cuidados, y la madre, María, viajó desde Ávila hasta nuestro rincón.
La vida es una rueda. Resultó que María era hija de la misma artesana que me vendió el delantal y la chal. Cuando vio las prendas, las reconoció enseguida: ¡Timo, mira, este es el gato que tú elegiste! Yo, emocionada, subí corriendo al desván a buscar la chalina embellecida con hilo violeta.
La conversación selló la amistad. Hermenegildo les hizo té y ofreció buscar en la agenda de la abuela los teléfonos de especialistas. María aceptó, emocionada de saber que sus trabajos estaban en manos queridas.
El especialista, antiguo compañero de Mercedes, aceptó ver al niño. Poco a poco, Timo empezó a mejorar a base de cuidados y afecto. María y su hijo frecuentaron en adelante nuestra casa, y el abuelo hizo hueco en la despensa y el jardín para todos.
Años después, me casé con un médico de los de antes: humilde, pausado, más de leer que de levantar pesas. Yo seguí siendo la rara, única como dicen ahora, la que valora los productos hechos a mano, los recuerdos prendidos en lanas y maderas, y las historias que pasan de una generación a otra.
Ser un producto único, no un calco ni una moda, fue la mejor herencia de la abuela Mercedes. Y entre crepes y manteles, aprendí: la verdadera belleza, la auténtica vida, se reconoce porque sólo existe una vez. Como nosotros.







