La hijastra

Hijastra

Cuando conocí a Marina y nos enamoramos, Alba tenía seis años. Habiendo crecido sin padre, ansiaba tanto el cariño que entre ella y yo no hubo ninguna dificultad en acostumbrarnos el uno al otro. Vivíamos en perfecta armonía, hasta que llegó esa temida etapa crucial: la adolescencia.

¡Tú no eres mi padre! me gritó Alba una tarde, desbordada de emociones.

¿Cómo que no soy tu padre? A ver, ¿quién ha escuchado durante años tus historias sobre las discusiones con tus compañeros? ¿Quién ha dado la cara por ti en las reuniones del colegio? ¿Quién escondía el último trozo de chocolate en la casa para dártelo cuando tenías un mal día? ¿Quién mantuvo en secreto aquel asunto de la muñeca robada a la mandona de Carmen, tu vecina del segundo? ¿Y quién, bajo el abrigo de la noche, se desvió a escondidas para devolver la dichosa muñeca entre los arbustos, dando a entender que siempre estuvo allí? Además, acordamos hace años que las palabras se respetan y que, si desde pequeña me llamabas papá, ¿por qué ahora he dejado de serlo?

Las palabras de mi hijastra, a quien yo siempre sentí como mi propia hija, me dolieron más de lo que pueda explicarse, pero no quise mostrar mi herida. Primero, porque soy hombre, y segundo, porque entristecerme no iba a arreglar nada, sino a empeorarlo.

Notado y entendido el argumento le respondí alzando una ceja teatralmente y saludando militarmente. ¿Te parece que charlemos sobre nuestros nuevos roles? Lo que implica ser no padre y no hija.

Aunque dentro de mí sangraba, sentía que debíamos hablar. Alba necesitaba libertad, pero dentro de unos límites, los que ella misma marcase. Sin embargo, me sorprendió al replicar: No quiero hablar y cerrar la puerta de un portazo. Nunca había hecho nada parecido, ni de niña. Siempre expresaba claramente lo que deseaba o temía. Juntos analizábamos si sus ideas tenían sentido: si quería saltar desde el tejado del trastero volando, le explicaba, con imágenes de Internet, las consecuencias físicas; pero si me decía, por ejemplo, que en primero de primaria quería casarse con Alfredo Sánchez y mudarse con él, yo le prometía mudarla en cuanto la ley lo permitiese aunque por supuesto, después de un mes se le pasaban esas ideas.

Siempre dialogábamos juntos cada conflicto, pero de repente sólo recibía no quiero y no eres mi padre. Alba, la niña que hasta justificaba su rechazo a las gachas de avena: No están ricas, tienen poco azúcar y esa nata arriba, ya ni eso explicaba. Era sencillo entonces: su madre cocinaba otra cosa, o le dábamos el pastelito que quería.

Me quedé unos instantes mirando la puerta, buscando una respuesta tallada en las vetas de la madera, y salí pensando que el tiempo nos daría la solución.

Marina se lo tomaba con mucha calma. Solía contar que en su juventud su padre habría dado cualquier cosa por que ella se marchase lejos, a donde fuera. Decía que cuando las hormonas se calmaran, todo volvería a la normalidad. Pero los tiempos de regreso del país del no quiero y no eres mi padre varían en cada caso, y a mí, para ser sincero, ya me pesaba no compartir con Alba ni los partidos de fútbol por la tele, ni las risas a costa de la amiga de Marina, Maribel, que cambiaba más de color de pelo que el tiempo en Madrid.

Al cabo de un tiempo, Alba salía a ratos de su caparazón, pero luego volvía aún más arisca. Sólo ella sabía cuándo y por qué. Y yo, en los momentos en que reaparecía mi niña de siempre, me sentía dichoso, casi como un crío.

¿Chicas, y si el sábado nos vamos de excursión al campo? propuse. Dan buen tiempo, llevamos cañas y la tienda.

¿Verdad que sí, Alba? se entusiasmó Marina.

¡No voy a ninguna parte con vosotros! Pescad solitos, campeones contestó entre dientes y, acto seguido, portazo y miradas de asombro entre su madre y yo. Minutos antes todo parecía normal.

Supongo que ahora también odia la pesca… suspiré.

Luego, una noche, Alba no volvió a casa. No respondía al móvil. Llamamos a todas sus amigas y, no aguantando la espera, salí a buscarla. Primero paré en casa de Daniel, quien había sido su amigo, aunque hacía tiempo que no sabía de él.

Ni idea de dónde puede estar me gruñó Daniel.

¿De verdad? ¿Seguro que no te lo imaginas?

Desde que me llamó aburrido, hablamos poco

Mira, a mí me ha llamado no padre, y sigo aquí preocupándome. Es cosa de amigos, ¿no?

Bajé resignado las escaleras.

Oye, quizá esté con Nico…

¿Quién es Nico?

Un chaval de su curso. Pero no es muy recomendable. Mejor que vayáis vosotros, porque lo que encontraréis…

Justo por eso. Vamos, dime dónde está.

Yo no voy.

Daniel, a veces la gente necesita ayuda aunque no la pida. Siempre pensé que eras más valiente que unas palabras feas.

El chico me miró, suspiró y aceptó.

Llegamos a unos garajes donde la música sonaba desde lejos.

Si quieres, quédate en el coche le dije.

No, puedo hacerlo.

Junto a la puerta había unos chicos y una chica, pero Alba no estaba. Nos acercamos.

¿Alba está aquí? me esforcé por hablar alto.

¿Buscas al tesoro perdido? bromeó uno.

De repente salió Alba.

¿Por qué has venido?

A por ti.

Sé ir sola a casa.

Ya, pero es tarde y no quiero recogerte en comisaría. El taxi está esperándote, princesa.

Puso los ojos en blanco, pero se subió al coche no sin llamar traidor a Daniel.

A partir de entonces, comenzó a salir más y a faltar. Yo, erre que erre, iba a buscarla donde hiciera falta, soportando las bromas sobre su taxista particular. Hasta que una noche, se negó en redondo a venir:

¿Qué quieres? ¡Déjame en paz, soy mayor! Salgo y vuelvo cuando quiero.

Habla con el Congreso, que la Constitución está clara sobre los menores

¡Vete a paseo!

Pues de aquí, ni me muevo, ni aunque me invites a irme de tu vida.

Ojalá no hubieras conocido a mamá. ¡Ojalá no existieras! dijo mientras, resignada, entraba al coche.

Eso fue una estocada. Durante el trayecto, apenas veía por las lágrimas. Pensé en tirar la toalla pero si la dejo sola, ¿quién estará para ayudarla si tropieza? Aunque me rechace, no me iré.

Poco después ella y sus amigos cambiaron de escenario; ya no eran los garajes y Daniel me dio nuevas pistas, pero tampoco tuve suerte. Alba volvía a casa cuando quería, a veces de madrugada. Marina también empezó a preocuparse, aunque simulaba tranquilidad y preparaba una calma falsa para protegernos.

Una noche, sonó mi móvil.

Señor Santiago, escuché la voz de Daniel Alba me ha llamado. Está en un piso en la Gran Vía y no puede salir.

¿Sabes cuál es?

Por la descripción, lo ubico.

Sube al coche.

Miré a Marina. Le temblaban los labios.

No te preocupes. Quédate en casa, haznos unas torrijas, que siempre me entra hambre en noches así Y no sufras besé su nariz, notando el sabor salado de sus lágrimas.

Con Daniel, cruzamos el Madrid nocturno a toda prisa, sorteando taxis, turistas y un par de locos bebiendo cervezas. Uno hasta lanzó la botella al coche, por suerte falló.

Al llegar, le pedí a Daniel que esperase en el coche. Subí. Observé las ventanas, algunas con luces, otras cerradas. Busqué el piso que Alba había descrito.

En el portal, una vecina mayor me abordó. Insomne y deseosa de charla.

¡En este bloque hay tres pisos raros! ¡Todos llenos de jóvenes que seguro se meten cosas! me susurró alarmada.

¿De verdad?

¡Lo he visto yo, mire usted!

Agradecí la información y me dio los números.

En el primero vivía un hombre con una mujer bastante desmejorada y un perro elegante y espabilado. En el segundo, silencio. En el tercero, ya en el rellano, apareció una chica. Por un segundo, pensé que era Alba. Pero sus ojos, duros y perdidos, me asustaron. Entré rápidamente al piso, mi corazón encogido de miedo.

¡Alba! grité, abriéndome paso entre botellas y jóvenes sorprendidos.

Por fin, su voz me llamó desde el baño.

¡Papá! ¡Papá! lloraba.

Entré y la abracé. Temblaba; solo quería esconderse.

Cuando bajábamos, ya subía la policía. La vecina, cumplidora, había avisado.

¿Han retenido a su hija? me preguntó el agente.

Sí Bueno, soy su padrastro.

Es mi padre respondió Alba, alto y claro.

De regreso en casa, cenamos torrijas con leche, quizás algo saladas por las lágrimas de Marina, pero tan deliciosas. Y entre charla y confidencias, le expliqué a Alba que, aunque quisiera expulsarme de su vida, jamás dejaría de amarlas. Que la vida es compleja y crecer no es fácil, que uno cae y vuelve a levantarse. Ellas me escuchaban, sonriendo, apoyadas en la mano. Y pensé, viendo su mirada tan querida y cómplice, que la verdadera familia no la da la sangre, sino estar allí en los momentos difíciles. Ese es el secreto de sentirse siempre en casa.

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