Pide y recibirás

Pide, y se te dará

Como siempre, al volver a casa del trabajo, Inés caminaba sin prisa, no tenía a quién esperarla. A sus cincuenta años, la vida transcurría en soledad. Su hija hacía tiempo que se había casado y se marchó con su marido, militar de profesión, y hasta le dieron un nieto, pero apenas los veía.

—No es vejez todavía, cincuenta años, pero en el alma me siento más joven. Aunque por otro lado, ya no tengo fuerzas ni ganas de empezar de nuevo. Así pasa mi vida, monótona. Además, tengo que cuidar de mi madre. Solo trabajo y trabajo. Mis compañeras hablan de amor y relaciones, pero ¿de qué amor puedo hablar yo? Adiós a mi felicidad como mujer —pensaba Inés, sin mirar a su alrededor.

Su marido había muerto siete años atrás, el corazón le falló. Desde entonces, vivía sola. Con él hubo de todo, pero en general, tolerable. A veces lo echaba de menos.

Al llegar al portal, vio a las vecinas de siempre, sentadas en el banco.

—Buenas tardes —saludó Inés con educación, y las tres le respondieron.

—¿Vienes del trabajo, Inés? —preguntó Zoraida, la abuela del primer piso.

—Sí, del trabajo. ¿De dónde más?

—¿De dónde más? Quizá de una cita —dijo riendo otra vecina, Nina. —Tú qué joven estás…

—¡Ay, por favor! Mis años ya son cincuenta, cumplidos hace tres meses.

—Inés, no digas tonterías, comparada con nosotras eres una chiquilla —añadió Zoraida.

—Sí, fui una chiquilla, ahora soy una señora madura —se rio Inés.

—Una señora encantadora —intervino la tercera vecina—, no te metas en la tercera edad antes de tiempo. Estás espléndida, elegante, delgada. Y recuerda que a los cincuenta la vida empieza de nuevo. Yo conocí a mi Arcadio a esa edad, nos casamos, y llevamos veinticinco años juntos, sin arrepentirme.

—Bueno, no a todos nos toca esa suerte —respondió Inés y abrió la puerta del portal.

Esa noche, en la soledad de su casa, las palabras de la vecina resonaban en su mente.

—¿Por qué me afecta tanto esto? —pensaba—. A mis cincuenta, no me espera esa clase de felicidad. Pablo, el de la oficina, también me pidió salir, pero ¿para qué? Su mujer lo echó, bebe, no deja pasar a ninguna mujer… ¿Esa es la felicidad que quiero? No, definitivamente, los buenos maridos ya están casados. Y un cualquiera no me interesa. Mejor sola.

Inés salía del trabajo con Laura, siempre caminaban juntas un tramo, pues iban en la misma dirección, hasta que Laura se desviaba hacia su casa.

—Hasta mañana —decía Laura, agitando la mano.

—Hasta mañana —respondía Inés.

—El fin de semana tendré que limpiar las ventanas, la primavera ya se deja sentir, el sol calienta —pensaba—. Odio limpiar ventanas, pero toca.

De pronto, Inés reparó en un hombre que venía en dirección contraria. Nunca miraba a su alrededor, siempre caminaba cabizbaja, pero esta vez algo la impulsó a alzar la vista.

El hombre, de estatura media, algo entrado en carnes, con canas en las sienes, llamó su atención por su aspecto cuidado: zapatos relucientes, vestido a la moda, con estilo.

—Me gustan los hombres con zapatos caros y limpios —pensó.

Al cruzarse con él, notó que también la miraba con interés, no como a una desconocida cualquiera, sino con curiosidad. Bajó la vista y siguió caminando, pero no sin percibir una sonrisa en sus labios.

—¿En qué estaría pensando ese hombre? Sonreía con dulzura… —reflexionó en casa, durante la cena.

Esa noche, Inés no podía dejar de pensar en él.

—¿Qué me pasa? ¿Será la primavera? —hablaba sola—. Solo un desconocido, una sonrisa… ¿Por qué me obsesiona? El aislamiento me está afectando.

Al día siguiente, volvió a cruzárselo, la misma mirada, y otra noche entera sin poder sacárselo de la cabeza. Toda la semana repitiéndose el encuentro, hasta que ella no pudo más.

—Perdone, ¿por qué me mira así?

—¿Y cómo mirar a una mujer interesante? —sonrió él.

Inés había recibido muchos cumplidos, pero ninguno la conmovía como la mirada de este hombre, singular, distinta.

De pronto, una oleada de alegría la inundó de pies a cabeza.

—¿De dónde sale esta felicidad? —pensó—. Creía que mi alma estaba seca, que el corazón solo bombeaba sangre. Pero no. El corazón se detuvo, y un calor se expandió dentro de mí, tan intenso que temo no poder contenerlo. ¿Y a mi edad sentir esto?

Lo rodeó y, con paso inseguro, siguió hacia su casa. Antes de entrar, se volvió: él la seguía con la mirada. Entró como en trance, se dejó caer en su sillón favorito, incapaz de entender lo que sentía.

—Le rogué a Dios que me diera amor. ¿Y si esto es amor? ¿Podrá mi corazón soportar este torbellino? ¿Será esto lo que pedí? —meditó Inés, sin apetito para cenar.

Pasaron los días, y seguían encontrándose, ya se saludaban, se sonreían. Por las noches, Inés recordaba su sonrisa amable. Y antes de dormir, imaginaba una vida junto a él, durmiendo sobre su hombro, sintiendo sus labios cálidos… en sueños.

Mateo tampoco estaba seguro. No era un chico, viudo, cincuenta y tres años. Estaba de visita en casa de su hermana, y cada tarde salía a pasear, hasta que conoció a esta mujer. No se atrevía a acercarse, pero sentía que debía decidirse.

—Olga, cada tarde me encuentro a una mujer que me inquieta, pero no me atrevo a hablarle. ¿Y si está casada? ¿Qué hago? Si me acerco así, ¿se ofenderá? Tú eres mujer, ¿qué piensas?

—Por Dios, Mateo, no tienes quince años, eres un hombre maduro y respetable. ¿Qué tonterías dices? Acércate y pregúntale directamente —respondió su hermana—. Si está sola, se alegrará; si no, te lo dirá. No pierdes nada.

Pasaron tres semanas, la primavera florecía, el aire olía a lilas. Inés vivía en un limbo, esperando algo. Los arrebatos de emoción se mezclaban con nostalgia, recordando los besos y abrazos de su juventud.

—Inés, ¿no estarás enamorada? —le preguntó Laura en el trabajo.

—¿Por qué lo dices?

—Pareces distraída, pensativa… como en las nubes.

—Es la primavera, debe de afectarme —se rio Inés.

Un día, él no apareció. Inés se sintió extrañamente triste. Al llegar a casa, se cambió y sonó el timbre.

—¿Quién será? ¿Alguna vecina?

Abrió, y allí estaba él, con un ramo de lilas. El aroma de las flores y su colonia invadieron el recibidor. Sonreía.

—Perdone, ¿puedo pasar?

—Pase.

Entregó las flores.

—Mateo, me llamo Mateo. ¿Usted es Inés? La verdad, pregunté por usted a las vecinas del banco —confesó—. Perdone la intrusión. Temía que estuviera casada.

Inés, nerviosa, aceptó las flores.

—¿Quiere un té?

—No me negaré

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