¡Mamá! ¡Otra vez, por favor! – Nina cerró la tapa del váter con desdén y pulsó el botón de la cister…

¡Mamá! Venga, otra vez Jimena cerró la tapa del inodoro con fastidio y pulsó la cisterna. ¿Tan difícil es acordarse de tirar de la cadena?

Molesta, salió del baño y se dirigió al cuarto de su madre.

Carmen González estaba sentada encogida en la cama, tan pequeñita, frágil, casi parece que se vuelve invisible. ¿Cuándo fue que esa mujer tan fuerte y elegante se transformó en esta dulzura delicada?

Jimenita, ¿otra vez lo he olvidado? ¿Verdad? me miró, desorientada, con esos ojos grandes que no pierden nunca el brillo. Perdona, cariño, sabes que no lo hago a propósito.

¿Qué hago contigo, mamá? Ya no es que yo lo vea… Lo ve también Agustín y lo ve Diego.

Perdóname, perdóname, hija, intentaré estar más atenta Carmen me miraba suplicando.

Bah, ¿qué te voy a decir? le hice un gesto y salí.

Mamá envejece tan rápido… Recuerdo perfectamente que hace nada Carmen era una mujer independiente, lista y de lo más vivaz. A ella podía acudir para cualquier cosa, pedir consejo o simplemente charlar porque siempre era un placer.

Tan culta, tan inteligente… Y encima tenía un carácter cálido y alegre. Todas mis amigas de siempre decían que yo había tenido muchísima suerte con mi madre.

Nadie tenía una madre como la mía. Toda la vida supe que tenía a quien recurrir, que nunca estaba sola. Pero de repente, la vejez se le ha colado a mamá… Tan insidiosa, fría, pegajosa, con ese olor raro y esa torpeza.

Ahora ya no hablamos como antes. Ya no puedo buscar su consejo, ni sentarme junto a ella, esconderme en su regazo y llorarle mis penas por el jefe o el cansancio. Ahora es casi como una niña… Lenta y despistada.

Fui a la cocina, donde estaban mi marido Agustín y el hijo, Diego, de quince años, absortos en un rompecabezas. Sólo ver sus caras concentradas me calmó un poco.

Mamá murmuró Diego de repente ¿por qué cortas la carne del puchero tan grande?

No sé, hijo… me quedé cortada ¿No te gusta?

Me gusta…, pero la abuela no puede masticarla, saca los trozos de la boca y los pone encima de la mesa.

Te incomoda, ¿verdad? asentí, sintiéndome culpable Le diré a la abuela que no lo haga.

No, yo estoy bien siguió Diego, sin dejar de mirar el rompecabezas pero la abuela come mal y eso no le hace bien.

Ah, vale le respondí, pensativa Cortaré la carne más pequeña.

Mejor haz albondiguillas me miró Diego como me hacías cuando se me cayeron los dientes y no podía masticar. La abuela también te las hacía cuando eras pequeña.

Sí, me hacía asentí, notando cómo me ruboricé.

Además, Jimena intervino Agustín no regañes a Carmen por lo del baño. Que con Diego y yo, ya nos apañamos. Cuando la riñes, luego ella se siente incómoda, y nosotros también.

Sí, mamá, no regañes a la abuela Diego me miró con los ojos abiertos de par en par Yo te prometo que cuando vosotros seáis mayores no os regañaré.

Vale, hijo salí casi llorando de la cocina.

Me quedé un rato en el pasillo, intentando calmarme, y después fui de nuevo al cuarto de mamá.

Mamá la llamé, y Carmen, sentada junto a la ventana, miraba la calle.

¿Qué pasa, Jimenita? ¿Te ha pasado algo, cielo?

Por ser tan torpe y gruñona… me puse la cabeza en su regazo Y por ser poco paciente. Y por ser desagradable.

Jimena, no digas esas cosas me reprendió Carmen, con esa seriedad suya que nunca pierde No me gusta cuando hablas así de ti. ¿Qué te ha dado ahora?

Prométeme que no te vas a morir, por favor le solté, rompiendo a llorar.

Pero, hija, ¿cómo dices eso? me acarició la cabeza Claro que no voy a morir, mujer. Ni lo pienso.

Es que me da muchísimo miedo quedarme sola sin ti…

Pero si estoy contigo, Jimenita. No vas a estar sola. Anda, ¿qué te pasa de verdad?

Nada, nada… me sequé las lágrimas y me incorporé Bueno, voy a preparar la cena. ¿Quieres puchero con albondiguillas?

Claro, hija, ¡me apetece mucho! Carmen me sonrió.

¿Cómo puedo ponerme así con ella, como un perro rabioso?, pensaba yo. Hasta Diego me lo ha dicho, qué vergüenza… El crío entiende más que yo. Y ni quiero pensar qué será de mí cuando ella ya no esté. No la voy a regañar más, te lo juro, aunque me castigue el mismo Dios si se me escapa otra vez.Albondiguillas, pensé. Como antes. Me arrodillé a su lado y busqué sus manos, tan finas, tan suaves, aferrándome a ellas como si así pudiera retenerla, reviviendo esas tardes en las que me enseñaba a formar las bolitas perfectas, añadiendo perejil y sal en su justa medida. Sentí a Carmen tan presente, tan viva en ese gesto compartido, que el miedo se desvaneció como el vapor de la olla.

Mamá, ¿me ayudas a hacerlas? pregunté, intentando sonreír.

Por supuesto, Jimenita respondió, y su voz, aunque algo temblorosa, estaba cargada de esa alegría de siempre. Juntas, preparamos las albondiguillas, mientras Diego y Agustín revolvían el rompecabezas y la casa se llenaba del aroma familiar.

Al servir la cena, vi a Carmen partir su albondiguilla en pedacitos minúsculos y mirar a Diego, guiñándole un ojo. Diego se rió, y yo también. Por un instante, la mesa parecía anclada a una felicidad que ni el tiempo ni la vejez podían arrebatar.

Y supe, de repente, que mamá no se iba. Mientras pudiera recordar el brillo de sus ojos y el calor de su voz, mientras la cocina se llenara de risas y albondiguillas, Carmen seguiría aquí, conmigo, en cada gesto pequeño de amor.

Así, la noche siguió, sin reproches ni miedos, solo la certeza de que, aunque todo cambiara, siempre habría puchero, albondiguillas y abrazos, y la vida, muy a pesar de todo, seguiría latiendo en esa mesa.

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