La hija se apagaba, la madre florecía El otoño aquel en el pueblo de Zarzuela fue duro y frío. La …

La hija se apagaba, la madre florecía
Ese otoño en Valverde fue cruel, húmedo y frío. La lluvia repicaba en los cristales de la consulta desde el alba, como si quisiera entrar y calentarse. Yo repasaba expedientes, pero tenía el alma encogida, como si una bandada de gorriones revoloteara dentro. Todo parecía tranquilo, nadie enfermo de gravedad, pero el desasosiego persistente como las moscas antes de la tormenta no se iba.

De repente, la puerta chirrió, pesada, como si costara abrirla. En el umbral aparecía Verónica Ruiz.

Ay, Verónica… Mujer de cincuenta y tantos, pero parece que la sepultura la va a embellecer aún más. El pañuelo gris torcido, el abrigo colgando de sus hombros flacos como de una percha. Bajo los ojos, unas sombras negras, como si alguien la hubiera pintado con carbón. Y sus manos… ay, esas manos. Rojas, hinchadas por el agua fría, temblando, jugueteando con un botón del abrigo.

Mercedes susurra, apenas le sale voz dame alguna gota. El corazón me martillea, parece que se me sale por la garganta. Y para mamá para mamá, un poco de valium, que anoche le volvió a dar otro ataque, sin dormir toda la noche.

La miro por encima de las gafas, y siento hielo por dentro. No le queda vida, pienso. Ahí está, y apenas queda chispa, como agua en un pozo seco.

Siéntate, le digo, sacando el tensiómetro ¿Cómo te maltratas tanto, hija? No tienes ni cara.

No me da tiempo, Mercedes, ni se sienta, se apoya en el quicio. Mamá está sola. Si quiere agua, o le sube la tensión, tengo que estar. Dame solo el medicamento.

Le doy los frascos, los agarra con esos dedos rígidos y desaparece. Solo el viento frío se cuela por la puerta. La observo desde la ventana caminar, encorvada, por el barro hacia su casa, y me pregunto: Dios mío, ¿por qué le has dado tal destino?. Y no es una madre lo que cuida, sino una piedra al cuello.

Carmen Ruiz era una mujer imponente, de voz fuerte. Toda la vida en el ayuntamiento, mandando con pasión. Y jubilada, se tumbó.
Las piernas no me sostienen, gritaba, el corazón se me para.

Diez años postrada. Diez años Verónica girando a su alrededor como una enredadera.

Al día siguiente no resistí y fui a su casa, como quien visita para ver cómo están. Entro en la casa limpieza de quirófano, alfombras crujientes, y el olor no es de enferma. Huele a empanadas y repollo cocido.

Carmen está en la cama, alta como una reina en su trono. Montaña de almohadas bajo la espalda, cara roja, lisa, sin una arruga de más, los ojos brillantes y exigentes.

Ah, Mercedes, voz de bajo ¿Has venido? Porque de esta inútil señala hacia la cocina no se puede esperar ayuda. Le digo Verónica, me quema el pecho, y ella Mamá, ahora mismo ordeño la vaca. Le duele más la vaca que yo.

Y Verónica arrastrando un cubo de agua, pesado, de esmalte. Las piernas le tiemblan, la espalda encorvada. Deja el cubo, se arrodilla y empieza a frotar el suelo. En silencio, solo su resuello se escucha.

Carmen le digo seria. Deberías cuidar a tu hija. Se está volviendo transparente.

¿Cuidarla? Carmen se levanta en las almohadas. ¿Y a mí quien me cuida? Yo la crié, no dormía por ella, y ahora no puedo ni pedir un vaso de agua. Esta es mi cruz, Mercedes, la enfermedad maldita. Y ella es hija, es su deber.

La miro y pienso: tiene salud para tres hombres. Su enfermedad se llama egoísmo. Sorbe la vida de Verónica como una araña. Y lo peor, se lo cree de verdad, tanto que los demás también.

Verónica ni levanta la cabeza, sigue con el trapo. La fricción del suelo, shush-shush, es un sonido que aún resuena en mis oídos. Aún me da la sensación de desesperanza.

Un mes pasó. El invierno estaba a punto, la primera nevada caía, afilada como cuchillas.

Me tomo un té con galletas, cae la noche, y de pronto, un golpe en la ventana. Tanto que tiembla el cristal.

Abro está el chaval del vecino, Mateo.

Mercedes, ¡corre! ¡Tía Verónica se ha caído! Junto al pozo, no se mueve.

No recuerdo cómo corrí. Las piernas viejas me llevaron solas. Verónica estaba tirada sobre la tierra helada, cubos volcados, el agua congelándose. La cara blanca como la nieve, labios morados.

Con los vecinos conseguimos meterla en casa.

Carmen grita desde la habitación:

¿Qué pasa? ¿Dónde está Verónica? ¡La bolsa caliente se me ha enfriado!

Me inclino sobre Verónica, le tomo el pulso, apenas un hilo. Llaman a la ambulancia, la llevan al hospital. Infarto, grave.

Carmen se queda sola.

Entro en su cuarto. Está sentada, parpadeando.

¿Dónde Verónica? ¿Quién me trae el orinal? ¿Quién hace la papilla?

Está en el hospital, Carmen, le digo dura, sin aguantar más. La has llevado al límite. Está muriendo.

¡Mentira! chilló. Lo hace a propósito, quiere escapar, dejarme sola. ¡Egoísta!

Me dio tanto asco, amigas, que hubiera escupido, pero la vocación médica me obliga. Le doy agua, una pastilla y me voy. Pienso: ¿cómo vas a sobrevivir?

Pero el destino tiene imaginación. Al día siguiente llegó el autobús de Madrid. Y se bajó de él Natalia, nieta de Carmen, hija de Verónica.

A Natalia nunca la quisieron mucho en Valverde. Se fue a Madrid hace unos diez años, nada más terminar el instituto. Nunca volvió. Decían que era orgullosa, que despreciaba el pueblo. Verónica lloraba a escondidas, escribía cartas, no tenía respuesta.

Ahora estaba allí. Chaqueta de cuero, pelo corto, mirada firme y dura. No se parecía ni a madre ni a abuela.

Primero vino a verme.

¿Cómo está mamá? preguntó, seca.

Mal. En cuidados intensivos. Completamente agotada.

Natalia apretó los labios, se le marcó la mandíbula.

Entendido. Voy a ver a la abuela.

Qué ocurrió ahí dentro, todo el pueblo murmuraba. Al día siguiente paso por su casa, escucho gritos. Carmen vocifera. Pienso que la están matando. Entro.

Escena de novela. Carmen sentada en la cama, roja como un tomate, gesticulando. Natalia de pie ante ella, tranquila como una roca, con un plato de sopa en la mano.

¡Eso no me lo como! ruge la abuela. ¡Está frío y sin sal! Verónica me lo traía caliente. ¡Dónde está mi hija!

En el hospital, porque la llevaste al límite. Y yo no soy Verónica. No le voy a echar sal. No la quieres, no la comas. Cuando tengas hambre, comerás.

Y deja el plato en la mesita. Se va.

¡Agua! grita Carmen. ¡Dámela, desalmada! ¡Me muero!

Natalia se detiene en la puerta, se gira:

Ahí tienes el jarra y el vaso. ¿Puedes mover las manos? Pues adelante.

Pensé que Carmen la mataría. Llevaba diez años sin tocar ni un vaso por sí misma.

¡Mercedes! me ve. ¡Sé testigo! ¡Me tortura con hambre y humillaciones!

Natalia me miró con sus ojos grises, y en ellos vi tanto dolor que me dieron ganas de llorar. No era crueldad, amigas. Era cirugía. Cortaba para sacar el pus.

Dos semanas Natalia adiestró a la abuela, sin piedad.

El orinal, no lo llevaré. Tienes la silla para el baño, si puedes sentarte, puedes moverte.

¿La cama? Cámbiala tú misma. Tienes manos.

Si gritas mucho, cierro la puerta y me voy al patio.

El pueblo murmuraba: La matará, decían las mujeres en la fuente. Pero yo callaba. Porque veía que Carmen… revivía.

Al principio, su rabia la inflaba. Después, por hambre, cogió la cuchara. Cuando Natalia no le daba agua, vi con mis propios ojos cómo Carmen se levantó, apoyándose en la cabecera, hasta llegar al vaso.

Y al mes, o poco después, Verónica volvió a casa.

La trajo Natalia en taxi. Verónica aún débil, muy pálida, pero ya no transparente. Caminaba, apoyada en su hija, temiendo entrar en casa. Pensaba que la abuela le empezaría de nuevo con ¿Dónde has estado, holgazana, tengo el talón picando?

Entraron. Silencio.

El cuarto está vacío, la cama hecha.

Verónica se lleva la mano al pecho:

¿Ha muerto?

No se ríe Natalia. Está en la cocina.

Van a la cocina. Allí está Carmen Ruiz. Sentada en la mesa, con gafas, pelando patatas. ¡Ella misma!

Al ver a Verónica, dejó el cuchillo.

Silencio tan denso que se oye el reloj de pared. Tic-tac. Tic-tac.

Verónica se apoya en la jamba, lágrimas bajan por sus mejillas.

Mamá… te has levantado…

Carmen la mira, luego a su nieta. Su mirada es rara, no agresiva. Sino desconcertada, como si despertara de un largo sueño.

Cómo no iba a levantarme murmura, sin veneno. Con esta… sargento en falda.

Después calla y añade bajo:

Siéntate, Verónica. La patata se enfría.

Las miro, joven y vieja, y pienso: cuánto esfuerzo se gasta en manipular, en teatrillos de enfermedad y desgracia. Y la vida es única, no se puede reescribir. A veces, para salvar a alguien, no hay que acomodarle la almohada, sino arrancársela.

El invierno pasó. La nieve se fue, arrastrando con ella la vida rancia y estancada.

Llegó mayo. ¿Sabéis qué mayo tenemos en Valverde? El aire perfumado de azahar, dulce como de cuchara. Atardeceres azulados, y los ruiseñores cantando en la ribera hasta voltear el alma.

Paseo una tarde frente a la casa de los Ruiz.

Portón nuevo, pintado. En el jardín, tulipanes rojos, orgullo de Verónica.

En el patio la mesa puesta. Una tetera brilla al sol del ocaso.

Están los tres.

Carmen en la silla de ruedas (andar mucho ya le cuesta), pero ella sostiene la taza y moja galletas. Pañuelo elegante, con hilos dorados.

Natalia al lado, ríe, con su portátil sobre las piernas trabaja desde casa.

Y Verónica… Verónica pasea por el jardín. Ya no corre encorvada, sino camina despacio, tocando ramas de manzano, oliendo flores blancas. Su rostro sereno, luminoso. No han desaparecido las arrugas, claro, pero sus ojos sus ojos viven.

Verónica me ve, saluda:

¡Mercedes! ¡Ven a tomar un té! Hemos abierto la mermelada de grosella, tu favorita.

Entro, la puerta cruje conocida, hogareña. Me siento con ellas. El té caliente, fuerte, humeante.

¿Sabes, Mercedes? dice Carmen, mirando al sol poniente.

Yo pensaba que el amor era que te cuiden, te lo den todo Y ya ves, el amor es que no te dejan rendirte. Te obligan a vivir, incluso cuando no tienes fuerzas.

Verónica la abraza. Natalia posa su mano sobre la de la abuela.

Así nos quedamos, en silencio, solo el grillo afinando su violín tras la estufa, y una vaca lejana muge el rebaño vuelve. Qué paz, bendito sea Dios. Tranquilo. Y parece que ahora todo irá bien.

Miro luego a mi consulta, nuestras rutas polvorientas, las casas con ventanas talladas, y pienso: no hay lugar mejor en el mundo que el pueblo querido, cuando en las casas hay armonía. Aquí hasta el aire cura, la tierra da fuerza, si conseguimos arrancar la mala hierba del rencor del corazón.

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Los felices siempre sonríen