Los felices siempre sonríen

Paula miraba por la ventana del piso en el centro de Madrid; la lluvia de verano caía tenue, el sol asomaba entre las gotas y el día seguía gris. Había llegado a casa temprano del trabajo y estaba a punto de preparar la cena cuando su mente divagó.

Cuando mi hija Begoña sea mayor y empiece a salir con un chico Ese tal Damián no me agrada. Es mayor, tiene una mirada esquiva, algo turbio pensó Paula, golpeada por la culpa. ¿Cómo decírselo a Yaneli? Es su primer amor, y si arruino su relación me convertiré en su peor enemiga. Le he insinuado que Damiño no es el indicado, pero ella ni lo ha notado. ¡Si tan solo supiera cómo actuar!

Paula había criado a Begoña sola; nunca se había casado. Cuando estudiaba tercer año de Derecho, salió con Víctor, otro estudiante que, al terminar el curso, fue expulsado. Paula, al enterarse del embarazo, decidió contarle la noticia.

No se me ocurre nada más gruñó Víctor. ¿Cómo voy a saber si ese bebé es mío? No quiero hijos replicó con crudeza y desapareció.

Paula quedó paralizada; no tuvo tiempo de explicarle que él era su único sostén. Víctor nunca volvió a acercarse a ella en la universidad, se mezcló con otras chicas y, al final, la expulsaron.

¿Qué te ha pasado, hija? le preguntó Ana, su madre, al encontrar a Begoña sollozando en su habitación.

¡Mamá, Víctor me dejó! Y estoy embarazada exclamó la niña.

¡¿Qué?! ¡Te lo dije mil veces! Debes pensar con la cabeza, pero ahora Tienes que terminar la universidad, no criar a un niño. No contarás con mi ayuda, así que ve al hospital y habla con el médico. Ya eres mayor, hazte cargo de tus actos replicó Ana, con voz de acero, cuyo frío mirar hirió a Paula más que sus palabras.

Al día siguiente, Paula entró en el hospital. La sala de espera estaba casi vacía; a su lado, una mujer joven con barriga y su hija de seis años, Lucía, esperaban. Cuando la puerta se abrió, la madre de Lucía se levantó, sujetándose el vientre:

Espera aquí un momento, hija, vuelvo enseguida.

Lucía se sentó junto a Paula. La niña, curiosa, se fijó en los carteles de la pared y luego en la mujer que acababa de entrar. Sus ojos se encontraron y Lucía sonrió tímidamente.

Tía, ¿por qué estás triste? ¿Estás enferma? preguntó.

No, no estoy enferma es que Paula balbuceó, sin querer cargar a la pequeña con su tormento.

¿Tienes hijos? insistió la niña.

No

Qué lástima, mi madre dice que los hijos son la felicidad. Yo soy su felicidad, aunque a veces la regaño y sigue diciendo que soy su alegría. Y siempre me dice que hay que sonreír, nunca llorar. Ayer Miguel me tiró del cordón de la coleta, y lloré; mi madre me dijo que sonriera. Lo hice, y Miguel me dio una golosina. Ahora volvemos a ser amigos.

El rostro de Paula se iluminó. La honestidad infantil le abrió una grieta en el pecho.

¿Qué hago aquí? Que me haya dejado Víctor, que mi madre me rechace No voy a ceder.

En ese instante, la madre de Lucía salió del consultorio, se tomaron de la mano y sonrieron. La calidez que emitieron fue tan intensa que Paula se levantó de golpe y salió del hospital, arrastrada por una fuerza que la llevó hasta la casa de su suegra, Catalina, la madre del padre de Begoña. A pesar del divorcio, Paula siempre había visitado a Catalina, quien adoraba a su nieta.

Ven, niña, aunque tu madre se oponga, aquí tendrás techo. Puedes vivir conmigo, te ayudaré en todo, no cargues con culpas. Después me darás las gracias dijo Catalina, acariciando la cabeza de Begoña.

Paula se quedó inmóvil, recordando las palabras de su madre y el consejo de Catalina.

Mi hija Begoña es mi alegría, mi vida, mi todo. No sé cómo habría sido sin ella susurró en voz alta.

El crujido de la llave resonó en el pasillo; Begoña apareció, los ojos hinchados de llanto.

¿Qué ha pasado, hija? Siéntate y cuéntame la abrazó Paula y la sentó en la cocina, junto a la mesa.

Damián balbuceó Begoña, y un nuevo torrente de sollozos inundó la habitación.

Paula le ofreció un vaso de agua; la niña bebió mientras la madre le acariciaba el hombro, y ambas se abrazaron con fuerza. De pronto, Begoña estalló en una nueva ola de lágrimas.

Mamá, está casado sollozó al fin. No lo sabía.

¿No te habías dado cuenta? preguntó Paula, incrédula.

Vive en Sevilla con su esposa y dos hijos. Está aquí por trabajo, alquila un piso. Nunca vi a su mujer, siempre me recibía en su casa. Pero una tarde su esposa apareció, tomó el móvil de Damián, encontró nuestra conversación, mi número y me lo mostró.

Paula sintió una extraña mezcla de alivio y furia. Damián era un embaucador, y Begoña merecía algo mejor.

¿Te llamó ella? inquirió Paula.

Sí, me pidió encontrarnos en un café. Su mujer, muy tranquila, me pidió que dejara a su marido porque tiene hijos. Fue como un rayo que cae en pleno día exclamó Begoña, recuperando la compostura.

No te culpes, hija. Es un hombre sin escrúpulos. Si hubieras sabido que estaba casado, no habrías aceptado. dijo Paula, firme.

Lo sé, mamá. Le dije que no volvería a verlo y lo bloqueé. respondió Begoña.

Bien, te lo mereces. asintió Paula.

De pronto, Begoña volvió a soltar un sollozo.

Mamá, yo estoy embarazada

¿Cuántas semanas? preguntó Paula, tratando de calmarse.

Cerca de dos, apenas dos meses murmuró Begoña, bajando la mirada.

El corazón de Paula se encogió. Todo volvía a repetirse, pero ahora había una luz: la vida que llevaba en su vientre.

Tranquila, hija, lo vamos a superar. Nacerá un niño, nuestro nieto, y lo cuidaremos con todo el amor. le aseguró, tomando la mano de Begoña.

Gracias, mamá, eres la mejor sollozó la joven, aferrándose a su madre.

Pasaron los meses y Paula recibió a Begoña con su recién nacido, envuelto en un pañuelo beige con lazo azul. La casa de Catalina estaba decorada con globos y flores; ya había una cuna, cochecito y juguetes. Paula y Begoña se miraron, sonriendo, mientras la alegría inundaba el hogar.

Los felices siempre sonríen.

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Los felices siempre sonríen
Olga pasó todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año sin sus padres, sino junto a su pareja. Llevaba ya tres meses viviendo con Toli en su piso. Él le sacaba quince años, estaba divorciado, pagaba la pensión de sus hijos y, de vez en cuando, le daba por beber… Pero a ella todo eso le parecía insignificante cuando se ama de verdad. Nadie entendía qué tenía él para que Olga se enamorara: no era guapo, se podía decir que incluso era feúcho, tenía un carácter pésimo, era más tacaño que el Tío Gilito y siempre andaba sin dinero. Y si tenía dinero, era solo para él. Aun así, de este “fenómeno” Olga se enamoró perdidamente. Durante esos tres meses, Olga esperaba que Toli valorara lo dócil y apañada que era. Soñaba con que quisiera casarse con ella. Él se lo decía claro: “Hay que vivir juntos para ver cómo eres como ama de casa. No vaya a ser que seas igual que mi ex.” De su ex, Olga no sabía nada, porque Toli nunca le aclaraba nada. Por eso Olga lo daba todo, se esmeraba al máximo: no se enfadaba cuando él llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, hacía la compra con su propio dinero (no fuera que pensara que era interesada). Incluso puso la mesa de Nochevieja con su paga y le compró de regalo un móvil nuevo. Mientras Olga preparaba la fiesta, su fenómeno Toli no perdía el tiempo y “se preparaba” a su manera, o sea, bebiendo con los amigos. Llegó a casa animado y anunció que iban a venir sus colegas por Nochevieja. Amigos suyos, desconocidos para ella. Olga terminó de preparar la mesa, quedaba solo una hora para la medianoche. Tenía el ánimo por los suelos, pero se aguantó: ella no era como la ex de Toli. Media hora antes de las campanadas apareció una panda de amigos y amigas borrachos. Toli se alegró y sentó a todos, y siguió la juerga. Ni siquiera presentó a Olga a los invitados y nadie le hizo caso; se sentaron a beber y a hablar entre ellos, como si ella fuera invisible. Cuando Olga dijo que faltaban 2 minutos para las doce y que había que llenar las copas de cava, la miraron como si fuera una intrusa. —¿Y esa quién es? —preguntó una chica, bebida, con acento de barrio. —La vecina de cama —soltó Toli entre risas, y sus amigos se partieron de risa con él. Comían la comida que Olga había preparado y se burlaban de ella. Con las campanadas se reían todavía más de su ingenuidad y felicitaban a Toli por haber “pillado una cocinera y asistenta gratis”. Y Toli, en vez de defenderla, se reía con ellos. Se puso las botas con la comida que Olga había comprado y preparado, y no tuvo ni el detalle de agradecerle nada. Olga salió silenciosa de la habitación, recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres. Jamás había tenido una Nochevieja tan horrible. Su madre, como siempre, le soltó un “Ya te lo dije”, su padre suspiró aliviado, y Olga, tras llorar toda la rabia contenida, se quitó de los ojos la venda del amor. Una semana después, cuando Toli se quedó sin un duro, apareció en casa de Olga, tan pancho: —Anda, ¿pero tú por qué te has ido? ¿Te has mosqueado o qué? —y viendo que Olga no se daba por aludida, decidió ponerse chulo—: Muy bien, tú aquí, tan a gustito con tus papás, y yo con el frigo más vacío que el bolsillo del paro. ¡Te estás comportando igual que mi ex! Al oír tal desfachatez, Olga se quedó sin palabras. Había ensayado mil veces mentalmente cómo le diría todo lo que pensaba, pero en ese momento solo supo mandarle a freír espárragos y cerrarle la puerta en las narices. Así, aquel Fin de Año marcó el comienzo de una nueva vida para Olga.