Nina Pérez recuerda perfectamente el día en que tuvo que decidir el destino de un niño que no era suyo. Era miércoles, su marido llegó del trabajo antes de lo habitual, con el ceño fruncido. Sin decir palabra, Víctor le entregó un sobre.

Mira, te voy a contar una historia que siempre me toca el corazón, porque va sobre decisiones complicadas y ese instinto que tenemos en España de cuidar a los nuestros, aunque no sea de sangre.

Te hablo de Marisa Sánchez, que todavía recuerda perfectamente el día en que le tocó decidir el futuro de un hijo ajeno. Era un miércoles, que de normal no pasa nada interesante, pero aquel día su marido, Fernando, llegó del trabajo mucho antes de lo habitual, y con una cara larga que ni en los lunes más duros. Sin decir ni media palabra, le entregó un sobre.

¿Qué pasa, Fer? le preguntó ella, preocupada.
Ya no está Marta. Y sin mi permiso, no pueden llevar a Jorge al centro de acogida.

A ver, Marisa sabía desde antes de casarse que Fernando tenía un hijo. Nada del otro mundo, la historia típica. Fernando estuvo en la mili por Zaragoza, se enamoró locamente, y al volver, se trajo a la chica de Almería. Vivieron juntos un tiempo en un piso pequeño, pero a la muchacha le entró el tembleque y al poco, hizo las maletas y volvió a su tierra. Luego, por correo, le mandó un telegrama: Enhorabuena, tienes un hijo. Nunca le contó Fernando los detalles ni ella se los pidió. Mira, pasado, pisado, ¿no?

Pero cuando Marisa estaba de cuatro meses de embarazo, la ex se plantó en Madrid con el niño ya cumplido el año. Montó el pollo, que si quería volver, que si no sé qué Pero Fernando se quedó con su mujer, y Marisa ni le echó nada en cara. ¿Para qué remover lo que ocurrió antes de conocerse?

Marta, la madre biológica, pidió su pensión de manutención, que Fernando pagaba puntualmente. Y de ahí, nunca más se supo. Ya después supieron que la mujer se casó dos veces y tras el segundo divorcio no pudo con la vida: se suicidó tomando pastillas.

A esas alturas, Marisa y Fernando tenían ya dos niños: Pablo, apenas algo más pequeño que Jorge, y la pequeña Inés, que justo había cumplido un año. Se animaron a buscar el segundo hijo cuando al fin pudieron comprarse una casita a las afueras de Valladolid: toda de madera, sin lujos, con cuatro habitaciones, su huerto y hasta una caseta para el perro. ¡Para ellos eso era gloria después de tanto piso cutre alquilado! Pablo, te juro, se pasó una semana corriendo como un loco de un lado para otro, sin creérselo.

Y claro, Marisa no se imaginaba lo de criar al hijo de otra. Sólo había visto a Jorge hace siete años, no sabía nada de él, ni cómo era ni lo que había vivido. Y, sinceramente, le daba miedo. Si ya a veces no podía con el torbellino de Pablo, ahora iban a ser dos chicos casi de la misma edad. ¿Cómo se llevarían? Fernando trabajando todo el día y ella encargada de la tropa Buf, menudo marrón.

Todo esto se le cruzó en la cabeza en un instante. Fernando, callado, seguía en la entrada, con una cara que daban ganas de llorar.

A Marisa le dio un pellizco el corazón. Se imaginó en el lugar de él, y pensó: ¿Qué haría yo si mi Pablo estuviera en esa situación triste de orfandad? Y de pronto lo vio claro:

Fer, no hay nada que hablar. El niño se viene con nosotros, claro que sí. Es tu hijo, y para los nuestros, su hermano. Si no lo hacemos, ¿cómo vamos a vivir tranquilos? Donde caben dos, caben tres. ¡Vamos a poder con esto!

Y así fue. Un mes después, llegó Jorge. Un chaval tranquilote, tímido, obediente. No tenía nada que ver con el monstruo inquieto que era Pablo. Quizá esa diferencia hasta les ayudó: Jorge llegó sin ganas de mandar, Pablo ni se sintió amenazado y al rato ya jugaban juntos como si fueran primos de toda la vida. La que siempre ponía la guinda era Inés, tan risueña y cariñosa, que parecía que el mundo giraba sólo para hacerla reír.

Cuando llegó el otoño, Jorge entró en primero de primaria. Muy aplicado, se notaba que su madre lo había preparado bien antes de marcharse. El tema económico era una ruina, pero Fernando hacía lo que podía, y Marisa pronto encontró un trabajo en una panadería. Los peques crecieron y vaya si ayudaban en la casa; te juro, ni una sola vez hicieron distinciones entre hijos propios y ajenos. Siempre juntos, siempre a una.

Luego, Jorge entró en la Universidad de Salamanca, pero ahí fue cuando a Marisa le pegó una enfermedad bien dura. La tuvieron ingresada meses, le operaron Se pasó miedo, pero ella nunca perdió la esperanza, pensando siempre en sus niños, creyendo que tenía que salir adelante sólo para verles crecer, para conocer a sus nietos.

A Fernando, sin embargo, el golpe le pudo. Empezó a beber, y fuerte, como no había hecho jamás.

Ahí brilló Jorge, con solo dieciocho. Se pasó a estudios a distancia, se buscó curro y, sobre todo, se volcó en cuidar a su madre. Iba cada día al hospital, le leía, le preguntaba recetas que les gustaban a Pablo e Inés y se las llevaba para que ella las probara. Le ocultó todo lo grave sobre Pablo, que en esos meses se metió en líos de malas compañías y acabó en juicio. Por suerte, le cayó una sentencia suspendida y nada de cárcel.

Marisa mejoró. Pero la relación con Fernando nunca volvió a ser igual. No pudo perdonarle sus bajones y ausencias justo cuando más le necesitaba. Ahora, aunque viven en la misma casa, es como si fueran vecinos. Él a ratos lo deja, a ratos recae. Cosas de la vida, ¿no?

Y hace un año, Jorge apareció en casa con su novia. Andrea, con la que ya se miraba desde preescolar. Estudia Psicología y, mira tú por dónde, se empeñó en ayudar al suegro a dejar la bebida. Hoy, la familia sigue adelante, y hace poco se enteraron de que Andrea y Jorge van a tener mellizos, así que pronto la casa se llenará de risas de niños otra vez.

Cada día, Marisa agradece al cielo haber abierto las puertas al hijo de otra y cree de verdad que sigue viva gracias a que, en su momento, supo hacerle un hueco inmenso en su corazón. ¿Ves? Así somos aquí, corazón no nos falta.

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Nina Pérez recuerda perfectamente el día en que tuvo que decidir el destino de un niño que no era suyo. Era miércoles, su marido llegó del trabajo antes de lo habitual, con el ceño fruncido. Sin decir palabra, Víctor le entregó un sobre.
No podré ser tu madre ni podré quererte, pero cuidaré de ti y no debes enfadarte. Al fin y al cabo, con nosotros estarás mejor que en un orfanato. Hoy ha sido un día duro. Iván ha enterrado a su hermana. Aunque no fuera ejemplar, seguía siendo de su sangre. Hacía casi cinco años que no se veían y llegó esta tragedia. Vika, como pudo, apoyó a su marido, intentando hacerse cargo del mayor número de cosas posible. Sin embargo, tras el funeral aún les quedaba una tarea muy importante: Irina, la hermana de Iván, dejó un hijo pequeño. Y todos los familiares que vinieron a despedirse de Irina ese día pusieron sin discusión toda la responsabilidad sobre el hermano menor de Irina. ¿Quién si no su tío debía cuidar del niño? Así que no se discutió; todos dieron por hecho que era la única opción correcta. Vika lo comprendía, y tampoco tenía especial objeción, pero había una cosa: ella jamás había querido hijos. Ni propios, ni ajenos. Tomó esa decisión hace muchos años y había sido honesta con Iván antes de casarse. Él lo tomó con ligereza; con poco más de veinte años, ¿quién piensa en hijos? “No y no, viviremos para nosotros”, así decidieron hace diez años. Pero ahora debía aceptar a un niño completamente ajeno. No había alternativa. Iván jamás permitiría que el niño fuera a un centro de menores, ni Vika se atrevería siquiera a sugerirlo. Sabía que nunca lo amaría ni podría sustituir a su madre. El pequeño era muy maduro e inteligente para su edad, y Vika decidió serle completamente sincera. —Volodia, ¿dónde prefieres vivir, con nosotros o en un centro de menores? —Quiero vivir en casa, yo solo. —Pero no te dejarán, solo tienes siete años. Así que debes elegir. —Entonces, con el tío Iván. —Está bien, vendrás con nosotros, pero debo decirte algo. No podré ser tu madre ni podré quererte, pero cuidaré de ti y no debes enfadarte. Al fin y al cabo, con nosotros estarás mejor que en un orfanato. Y una vez resueltos los trámites, por fin pudieron volver a casa. Vika pensaba que tras aquella conversación no tendría que fingir ser una tía cariñosa; podría seguir siendo ella misma. Darle de comer, lavar la ropa, ayudarle con los deberes, no le costaría, pero entregar su alma —eso no. El pequeño Volodia no olvidaba ni un momento que no era querido, y que para no acabar en un orfanato debía portarse bien. Ya en casa, le asignaron la habitación más pequeña. Pero había que reformarla por completo para el niño. Escoger papeles pintados, muebles y decoración era lo que Vika adoraba. Con entusiasmo organizó la habitación infantil. Volodia eligió el color de las paredes y el resto lo hizo Vika. No escatimó en gastos; ella no era tacaña, simplemente no le gustaban los niños, así que la habitación quedó preciosa. Volodia estaba feliz. Lástima que su madre no pudiera ver su nueva habitación. Ojalá Vika pudiese quererlo. Era buena, amable, solo que no amaba a los niños. A menudo Volodia pensaba en esto antes de dormir. Sabía alegrarse por todo, por cada detalle. Circo, zoo, parque de atracciones… El niño se maravillaba tanto, que Vika empezó a disfrutar de esos paseos. Le gustaba sorprenderle y ver su reacción. En agosto iban a viajar al mar, y una parienta cercana cuidaría a Volodia durante diez días. Pero casi en el último momento, Vika cambió de opinión. Deseaba con todas sus ganas que el niño conociera el mar. Iván se sorprendió, aunque se alegró en el fondo, pues había cogido mucho cariño al niño. Volodia casi era feliz. Si tan solo le quisieran… Bueno, al menos vería el mar. El viaje fue todo un éxito. El mar cálido, la fruta jugosa y el ánimo excelente. Pero todo lo bueno se acaba, y también las vacaciones. Volvieron a la rutina. Trabajo, casa, escuela. Pero algo había cambiado en su pequeño mundo. Una nueva sensación, quizá el pulso de la vida, una alegría sutil, la espera del milagro. Y el milagro ocurrió. Vika regresó del mar con nueva vida en el vientre. ¿Cómo pudo pasar tras tantos años evitando sorpresas así? ¿Qué debía hacer? ¿Contárselo a Iván o decidir sola? Desde la llegada de Volodia, ya no estaba segura de que su marido siguiera convencido de ser childfree. Le encantaba jugar con el niño, hacer cosas juntos, hasta lo había llevado varias veces a fútbol. No, Vika ya había dado un paso importante, pero no estaba lista para el siguiente. Tomó ella sola la difícil decisión. Llevaba tiempo esperando en la clínica cuando le avisaron desde el colegio: Volodia había sido llevado al hospital en ambulancia, sospecha de apendicitis. Así que la decisión quedaría aplazada. Corrió al hospital. Volodia estaba en la camilla, muy pálido y tiritando. Al verla, rompió a llorar. —Vika, por favor, no te vayas, tengo miedo. Sé mi mamá, solo hoy. Por favor, solo un día, y prometo no pedir nada más. Le apretó la mano con toda su fuerza, las lágrimas corrían por sus mejillas. Parecía una auténtica crisis; nunca antes le había visto llorar así, solo el día del entierro. Ahora era como si se hubiese roto por dentro. Vika apretó su mano contra su mejilla. —Mi niño, aguanta un poquito. Pronto vendrá el médico y todo irá bien. Estoy aquí y no me voy a ir. Dios, cómo le amaba en ese momento. Ese niño de ojos enormes era lo más importante de su vida. Childfree, ¡qué tontería! Esta noche le contará a Iván lo del bebé. Lo decidió cuando Volodia aún le apretaba la mano de dolor. Han pasado diez años. Hoy Vika casi celebra su aniversario redondo: cumple 45. Habrá invitados, felicitaciones. Pero ahora, con la taza de café, se desbordaron los recuerdos. El tiempo pasó volando. Se fue la juventud y la adolescencia. Ahora es una mujer, feliz esposa y madre de dos hijos maravillosos. Volodia tiene ya casi dieciocho, Sofía diez. Y no se arrepiente de nada. Bueno, salvo de una cosa. De aquellas palabras de no amor. Cuánto desearía que Volodia no las recordara, que las olvidara para siempre. Desde aquel día en el hospital, intentó decirle más a menudo que le quería, pero nunca se atrevió a preguntarle si él aún recordaba su primera confesión.