Amiga Imaginaria
Desde hace tres días, alrededor de Lucía no paraba de juntarse la mitad del cole. La niña se había hecho famosa en el instituto como vidente y auténtica consejera. Todos querían un poco de su sabiduría. La abordaban en el pasillo, le dejaban notas en la bandeja del comedor, le traían caramelos, cuadernos llenos de deberes y otros regalitos, que ella siempre rechazaba, vaya tú a saber por qué.
Lucía, es que a mí me gusta Javier, el de 5° B. ¿Tú crees que podríamos algún día casarnos? preguntó con ojitos soñadores Sofía, su compañera de clase.
No te aconsejo, Sofía. Javier, aunque parece muy majo, luego se pasa el día hurgándose la nariz y comiéndose lo que encuentra. Problemas de comida no vais a tener, pero de ahí no vais a pasar. Así se os va a ir la vida, contestó Lucía, mordisqueando una rosquilla y sorbiendo su colacao.
¡Puaj! ¡Qué asco, tía! ¿Y qué me dices de Daniel? Él saca todo dieces y está aprendiendo a tocar la guitarra la niña volvió a relamerse de ilusión.
Ese Daniel se mete con los gatos, los persigue atándoles latas a la cola por los patios. Va a salirte cruel y encima, acabará de borrachín.
¿Por qué piensas eso?
¿Tú cuándo has visto a un guitarrista que no le dé a la bebida? Además, preocúpate menos por los chicos, que ya tendrás tiempo. Concéntrate en Matemáticas y deja de morderte las uñas, que luego te llenas de bichos.
Es que no tengo amigos. Todo el mundo me llama gordo y nadie quiere jugar conmigo, se quejó Pablo, de 4º C, empujando sin querer a Sofía hasta el otro extremo del banco.
El miércoles abren inscripciones para Judo. Puedes apuntarte en Educación Física. No es que vayas a adelgazar, pero por lo menos te respetarán y dejarán de meterse contigo. Y oye, no vayas empujando así a tu futura mujer.
Lucía se levantó con su bandeja y fue a dejarla en el fregadero.
Lucía, ¿tú crees que este año debería sacarme el carné de conducir o lo dejo para el siguiente? soltó, como quien no quiere la cosa, la profe de Geografía mientras aclaraba vasos.
Mire, Carmen, para sacarse el carné hace falta coche, y el que tiene usted es el Seat Ibiza viejo de su padre. ¿Me entiende la diferencia?
Creo que que sí
Lucía puso los ojos en blanco, se lavó las manos y siguió:
Véndalo, cómprese mejor una bici y unos pantalones cortos. Ya verá como en dos meses la recogen sus compañeros para ir al curro. Mejor aún, pida una hipoteca. Los intereses están en mantequilla y, con treinta y cinco años, viviendo todavía con sus padres, no es muy serio. Se lo digo por experiencia.
Bajo una mirada atónita, Lucía se marchó a su clase de Tecnología.
Mientras sus compis se peleaban con la regla de patronaje y metían el hilo en la aguja de la máquina, Lucía remendó unos pantalones que había traído de casa, le cogió la cintura a su falda y hasta le hizo un par de calcetines de ganchillo a la profe de Tecnología, diciendo que a las embarazadas había que cuidarle los pies. La profe puso una excusa y salió corriendo a la farmacia a por un test. Al día siguiente, toda la clase pudo probar una tarta de chocolate espectacular que trajo la profe de agradecimiento a Lucía.
En casa también estaba rarísima. Echó la bronca a su madre por comprar carne picada ya hecha y se puso ella misma a hacer croquetas. Por la noche, en vez de ver TikTok, se sentó a leer Los tres mosqueteros y de vez en cuando susurraba cosas a alguien invisible. El padre, espiando desde su portátil, la veía de reojo, y Lucía no se cortó en decirle que se estaba encorvando y que podría ir a sacudir la alfombra en vez de pasar el rato navegando por webs inútiles.
Empezaron a circular rumores, los profes se preocuparon un montón y llamaron al orientador. Montaron un comité entero durante las clases, con la directora incluida.
Lucía, cariño, ¿te hace alguien algo en el colegio? preguntó el psicólogo con barba de moda y gafitas redondas.
A mí lo que me molesta es que le han dado al cole un montón de euros, y en el gimnasio sólo nos han puesto un potro viejo y dos cuerdas para trepar.
Toda la sala giró la cabeza hacia la directora, que discretamente salió por la ventana abierta a una falsa reunión.
¿No tienes amigos en clase?
La amistad es un concepto relativo, contestó Lucía con aire aburrido, girando entre los dedos sus trenzas. Hoy estás en el recreo jugando al escondite con tu mejor amiga, y mañana resulta que en su casa frega tus platos mientras tú rellenas la declaración de la renta.
Pero, a ver, ¿qué declaración de la renta? ¿Qué platos? ¿Quién te mete esas cosas en la cabeza?
Mi amiga.
¡Eso es! El problema es tu amiga. ¿Nos la puedes presentar?
Si quiere, está aquí respondió tan tranquila, dejando a todos helados.
No la vemos. ¿Cómo se llama?
María del Pilar.
¿Y cuántos años tiene?
Setenta.
¿Y qué más te dice?
Que hay que cepillarse los dientes desde la encía, que el perro de mi portal no es malo sino asustado y con hambre, que nunca hay que olvidarse de la familia. Y también que a ustedes, en estos cinco años, les calcularon mal el impuesto de bienes inmuebles. Que vayan al catastro y pidan el cálculo según el valor del mercado, porque se lo hacían por el valor catastral.
El psicólogo tomó nota, y esa frase la subrayó dos veces.
Finalmente llamaron a sus padres por megafonía, que estaban currando.
¡Espera, espera! gritaba el padre al teléfono. ¡Así se llamaba mi madre! Falleció hace diez años.
En el despacho sólo se oían suspiros y murmullos de Avemarías.
Eso, diez años y ni una visita dijo Lucía medio mosqueada. La hierba cubre la tumba, y la verja ni se sostiene.
Jo, hija siempre he tenido intención, pero nunca me coincide el tiempo balbuceaba el padre.
La conversación acabó así.
Al día siguiente, la familia entera fue al cementerio. Lucía nunca había conocido a la abuela, sólo las pocas historias que el padre contaba de vez en cuando. Costó encontrar la tumba, era increíble cómo había crecido ese campo de mármol donde antes sólo había pinos.
Lucía llevó un ramito de tulipanes amarillos metido en una botella de agua cortada. El padre arregló la verja, la madre quitó toda la maleza.
Papá, dice la abuela que eres bueno, pero que estás siempre enterrado en el trabajo y el internet, y por eso no tienes tiempo para nada ni para mí.
El padre se puso rojo como un tomate y sólo le asintió con la cabeza.
Que sí, que sí, le decimos que lo vamos a hacer mejor murmuró, acariciando la cabeza de Lucía y luego la foto descolorida de la lápida.
Ahora ella ya está tranquila y no volverá a visitarme, aunque la voy a echar mucho de menos porque era muy lista, divertida y tierna.
Toda la razón. Tu abuela era buenísima y veía a la gente con sólo mirarla. ¿Te ha contado algo más?
Sí. Dice que esa dieta tuya de sólo pepinos es una tontería. Si quieres perder peso, vete al gimnasio. Y que lo de abrirte una cuenta en dólares, un disparate. Las cosas así se piensan bien antes de hacerlas. Y sobre ese cemento barato que tú compraste para la base de la casetaEl padre soltó una carcajada, entre lágrimas, y abrazó a Lucía con fuerza. Ella lo sostuvo igual de fuerte, como si en ese momento llevara abrazando a dos personas a la vez. La brisa removió los tulipanes, y un gorrión saltó justo sobre la verja recién arreglada, cantando bajito.
Cuando regresaron a casa, Lucía ya no contestaba con frases de mayor ni aconsejaba a todo el mundo. Su mirada seguía siendo aguda, pero a la hora de la cena fue ella quien pidió ayuda para atarse el delantal y quien reclamó sentarse al lado de sus padres. Nadie volvió a preguntar por su amiga invisible.
Eso sí, al día siguiente, cuando la profe de Geografía abrió el correo, encontró una nota manuscrita con una sola frase:
“Recuerda: para ver bien a la gente, a veces hay que mirar con los ojos de quien más te quiso.”
Y abajo, estampadas en tinta morada, dos pequeñas iniciales: L y M.P.







