La decisión correcta
Carmelita, hija, tienes que entender que eso no es serio le decía con cariño tía Leonor, mientras tocaba con la uña el montón de carpetas con bocetos que había sobre la mesa del comedor.
Su amiga, la madre de Carmela, María Dolores, le había pedido que hablara con la chica, porque lo que le digamos en casa le da igual, no hace caso a su madre, y cuando el padre empieza con el sermón de la profesión decente, sólo consigue un abrazo y se le pasa el enfado.
No para de andar con esas maderillas, las pinturas, los pinceles, ¡como si fuera pintora de brocha gorda! protestaba esa misma mañana María Dolores, mientras tomaban café en la consulta de Leonor. Eso es una tontería. Como hobby pues vale, pero de profesión ¡un desastre!
María Dolores ponía los ojos en blanco, Leonor sacaba un bombón envuelto en dorado de la caja que le habían regalado y le ofrecía uno a su amiga.
Las dos, junto con el padre, Vicente, trabajaban en el Hospital General de Salamanca. Médicos, una profesión respetada, importante, de la que todo el mundo habla bien, con peso y solera. Tenían la esperanza de que Carmela siguiese la tradición familiar, pero…
La niña va cada día más por libre. Sale después de clase, se pierde por ahí, no asoma por las clases de repaso, vuelve oliendo a chorizo barato y, estoy segura, a trementina, y siempre con esos dibujos horribles. No los soporto, Leonor. ¡No puedo! Colores chillones, líneas duras. Dice que es realismo mezclado con abstracción; para mí, esto es el principio de la locura o algo por el estilo. Léete, por favor, ¡ayúdanos! suspiró María Dolores, mirando su reloj dorado. ¡Madre mía, si ya son las ocho y diez!
Se fue a toda prisa, taconeando por el suelo, mientras las puertas se cerraban tras ella.
Por la noche, las dos, María Dolores y Leonor, con los brazos cruzados, observaban cómo Carmela ataba una cinta a su pelo tras dejar otra carpeta en la mesa y tarareaba una melodía.
Carmela, tienes que pensarlo bien. Ya vale de tanto descanso, chiquilla. Es hora de estudiar para los exámenes, ¡prepararse de verdad! dijo tía Leonor abriendo las manos, luciendo varios anillos como si fueran joyas de familia.
¿Prepararme para qué? preguntó Carmela, alisándose el pelo en las sienes. Sabía que iba a empezar la retahíla.
¿Dice de dónde? ¡A Medicina, por supuesto! Aquí no hay discusión. Te echamos un cable, te preparamos, y si hace falta llamamos a quien haga falta, ¡te cogen en la primera tanda! Pero toca sentarse con los apuntes, empollar, repasar. Carmela, por favor, ¡espabila ya!
Leonor hizo un gesto amplio con la mano, tirando sin querer una pila de acuarelas que bailaron hacia el suelo como hojas en otoño.
Carmela corrió a recogerlas, arrodillándose torpemente.
¡Pero bueno, Carmela! ¿Esto qué es? se escandalizó Leonor, señalando un dibujo de un hombre semidesnudo. ¡Qué asco! ¡Tira eso ahora mismo! María, ¡Mira esto!
María Dolores cogió el dibujo antes de que Carmela pudiera quitárselo y se fue derecha a la cocina, donde al momento freía unas croquetas de pescado, porque el tiempo nunca le daba para hacer una buena merluza como Dios manda.
Leonor levantó las cejas y enseñó la joya a María Dolores.
Ella miró la silueta masculina y luego, abriendo mucho los ojos, se giró hacia Carmela.
¿Qué pasa? ¡No miréis así! cruzó los brazos Carmela. Es normal que los pintores estudien el cuerpo humano. ¡Y está en calzoncillos, si eso! Pero no se ve.
Hija, lo normal es que pienses en tu futuro, en que eres nuestra hija, y no estar mirando cuerpos medio desnudos en estudios de mala muerte. Eso es… eso es inmoral, ¡una pérdida de tiempo! Carmela, ¡vergüenza debería darte! María Dolores apartó el dibujo con la espátula aceitosa, dándose cuenta de que las croquetas se doraban demasiado y bajó el fuego. ¡Mira, qué bochorno!
Habló como quien teme que la hija acabe en la mala vida.
Madre, qué hipócrita eres. Vosotras, los médicos, también estudiáis cadáveres en Anatomía y no pasa nada. Carmela cogió el dibujo, frunciendo el ceño al ver la mancha gorda de aceite. Y ¿sabéis qué? Hay una diferencia gorda entre tú y yo, y por eso no logras entenderme, madre.
¿Y cuál es, criatura? Leonor, saca los platos, que me muero de hambre dijo María Dolores, girándose.
Tú no quieres ni puedes ver belleza en el mundo, sólo ves órganos, enfermedades, exudados, hinchazones y placas. Yo veo a las personas, las veo de verdad. Quiero pintarlas para que se quieran viendo sus retratos. No quiero ni puedo limitarme a mirarles como máquinas que arreglar. Yo voy a la Facultad de Bellas Artes, y punto.
Carmela dio un pisotón y salió disparada por la cocina, pero volvió pronto, pidiendo disculpas.
Tía Leonor, ¿quiere que la pinte? Vestida elegante, peinada guapa, no con la bata blanca y el moño, ¿le apetece? preguntó, pinchando una croqueta y dándole un beso en la mejilla a su madre mohína.
Hija, no tengo tiempo ni de ponerme vestidos bonitos. El trabajo no deja y, francamente… Leonor negó con la cabeza.
Póntelos, verás cómo el trabajo te da permiso y todos tus peros se desvanecen soltó Carmela con una sonrisa, mordiendo la croqueta antes de que quemase del todo.
Carmela, ¿pero tú te crees esto? Venga, a tu cuarto, a estudiar, que mañana te toca clase de Anatomía. ¡Me han llamado, dibujas cabezas en vez de copiar apuntes! Así no, no puede ser.
¿Cabezas? Carmelita, lo del cráneo humano es difícil, puedo ayudarte si quieres… se metió Leonor.
Dibuja a los compañeros y luego les regala los dibujos, y distrae a los demás. En fin, en primavera entras en Medicina. Llamaré yo al decano. Tenemos contactos, y tu padre que mueva hilos en la vieja facultad. De aquí no escapas. ¡No somos unos don nadie, tenemos lo nuestro ganado! María Dolores, orgullosa, estiró el mentón.
Carmela sólo negaba con la cabeza.
Vivir entre el fuego cruzado de su madre, convencida de que Carmela era médica nata, y de don Timoteo Álvarez, su profesor del taller de arte, al que ella se escapaba cuando debía estar en biología. Don Timoteo, que le repetía que tenía talento, que el arte era su camino, que sus retratos miraban el alma y no sólo la cara. Los ojos de sus cuadros, aunque algo torpes y aún inexpertos, parecían estar vivos.
Carmela, tienes que seguir, estudiar, quien sabe si algún día en París o Florencia. Pero antes la Facultad. Yo llamaré, ya buscaré a alguien, eso se arregla. Primero lo esencial, la técnica; luego, la vida… reflexionaba don Timoteo mirando por la ventana. La vida y el arte.
Él mismo nunca llegó a estudiar bien Bellas Artes; lo intentó pero no pudo. Terminó siendo autodidacta, enseñando en una pequeña academia donde aprendía de sus propios errores e intuiciones. Recibía con paciencia a todo el que buscaba, perdido, un sitio en el mundo. No pedía mucho dinero, lo daba todo, total, no tenía familia ni quien le esperase. Vivía en la trastienda del taller, donde las tardes doradas del sol se alargaban sobre el parqué y los bodegones de fruta de mentira.
Con Carmela se conocieron en el mercado de abastos comprando uvas. Ella seleccionaba racimos y nada le convencía.
Si es para merendar, llévate estas; feas por fuera, pero dulces por dentro. Si es para pintar oyó la voz a su espalda.
Timoteo, en gabardina gris y boina raída, le señaló unos racimos de uva moscatel. Carmela le contó, sin reparo, que no era para comer sino para hacer un bodegón, que quería regalárselo a su madre.
Y él, claro, lo entendió.
Toda la vida dibujando, desde chica contaba María Dolores mientras ponía el puré de patatas. Lo ha gastado todo en papel y pinturas. Las demás, muñecas y cochecitos, y ella, pinceles y cosas raras. Ahora se ha puesto en las suyas: ¡voy a ser artista! Y yo pienso, ¿a qué viven los artistas, si no tienen ni para pipas? Carmela lo regalaría todo. Y luego, mira esas clases de modelo, esos viajes de no sé qué, a saber… ¡Depravación, libertinaje! Hippies, vamos concluyó María Dolores, sirviéndole otra croqueta a Leonor. Come, que Vicente está de guardia y no cena jamás recalentado. Haré unas nuevas mañana.
Leonor comía, cansada, soñando con llegar a casa, mientras María Dolores no paraba de darle vueltas al tema Carmela.
Después del instituto, apuntaron a Carmela a un curso preparatorio para Medicina, porque así la podemos ayudar, tenemos contactos y sabemos movernos. Pero Carmela se lo saltaba y ni intentaba disimular.
La juventud de hoy no tiene vergüenza ni sentido del deber se exaltaba María Dolores.
Leonor asentía, pero a veces suspiraba.
Quizá es lo mejor, ¿no, María? Yo, cuando entré, ni sabía si Medicina era lo mío; y mira, acabé, saqué la plaza y… Pues no soy una artista; soy una profesional, sí, pero, ¿vocación? No sé Leonor levantó los ojos del plato.
¡No sé a qué vienes con eso, Leonor! Ya está todo inventado, el sistema es el que es, y tú te apañas bien, así que no digas tonterías se defendió María Dolores.
Lo que quería era que Leonor apoyase su versión ante Carmela, no que dudase de la suya.
El caso es que cuesta mucho estar fuera de sitio, María susurró Leonor, dejando el tenedor.
Ella sólo estudió medicina para probarse a sí misma y a sus padres, que trabajaban como obreros y jamás creyeron que llegaría lejos. Quiso dedicarse al diseño y crear vestidos, pero su madre, que era modista, siempre tenía cara triste y Leonor temía ese destino. Ahora ni la aguja usa, lo deja todo en la tintorería. ¿Se sentía feliz? Pues bueno: tenía dinero, poco tiempo para pensar, y nada de familia, volcada en el hospital.
En fin, pintar es fácil Y tú quejándote, Leonor. Tenemos buen trabajo, un nombre, lo nuestro. ¿Un té? Es tarde ya para café. decidió María Dolores.
A la media hora, Leonor consiguió marcharse con el pretexto de un dolor de cabeza. María le resultaba agotadora, porque podía pasarse horas justificando a gritos que Carmela no tenía razón. Pero las cosas de Leonor, esas nunca interesaban
Desde la ventana, Carmela miraba a Leonor marcharse, ensimismada
Don Timoteo acabó entrando en casa casi por casualidad.
Aquí vivimos. Pase, que pongo la tetera; hace fresquete le decía Carmela. Coja las zapatillas, por favor, de verdad, el suelo está helado y todavía no han encendido la calefacción.
El invitado se puso las zapatillas de mala gana, con los calcetines todo gastados, y se guardó las manos en los bolsillos.
El olor a colonia, uno de esos suaves, le envolvía. No era del tipo denso ni fuerte, sino delicado. Tranquilizador.
Carmelita, igual es mejor que me vaya dudó Timoteo.
¡Pero qué dices! Solo un té, me ayudas a elegir qué dibujos llevo al concurso. ¡Que no encuentro ninguno decente!
Carmela se fue a su habitación, trasteando entre los dibujos y los lienzos, recolocando todo contra la pared.
Nada Esto tampoco… Y esto, que dice mi madre que es marranada. ¿Sabe?, mi madre odia la pintura, no el arte en sí, sino la mía. Cree que tengo que ser médico, como ella. Me ha metido en cursos, pero voy a veces. ¡Don Timoteo, apague la cocina, que pita la tetera!
Don Timoteo no la oyó. Estaba sumido en los retratos en blanco y negro que colgaban: allí estaba toda la familia de Carmela. Su madre, jovencísima y hermosa en un vestido claro y con mangas abullonadas. El padre en una finca, deportista y sonriente. Carmela con seis años y sin los dientes delanteros; divertidísima.
¡Qué hace, hombre! ¡La tetera! Carmela se asomó.
Mejor me voy Y de los cuadros, elige tú, debes decidirlo sola dijo Timoteo rápidamente.
Carmela no entendía nada; tanto trabajo para pedirle ayuda al profe, que le hacía falta para ganar el concurso, para que su madre viese que valía, que no se equivocaba.
No llegó a tiempo de escaparse.
María Dolores apareció de golpe, mirando los zapatos raídos del visitante.
No soportaba las visitas inesperadas, se sentía insegura de que la casa no estuviera perfecta, ni brillante, ni digna de médico.
¿Carmela? ¿Quién hay? preguntó, deteniéndose al ver quién era.
María, esto es un malentendido, no era mi intención, yo ya me voy, no te preocupes; nunca más me acerco, te lo prometo…
Carmela, extrañada, dio un paso adelante.
Nadie se va. Mamá, descalza y ven, que hierva el agua. Hay pasteles, preparo la cena y habláis. Mamá, es mi profe. Le he invitado a ayudarme a elegir el cuadro para el concurso. Si gano, me dan una beca. Y entonces
María Dolores no dejó acabar a su hija.
Tirando el bolso, se encaró a don Timoteo, apretando los puños y endureciendo la mirada.
¿Tú? ¡Otra vez tú! Pero, ¿es que no tienes otra cosa que hacer en la vida? ¡Desaparece y no te me acerques! ¡Jamás quiero verte cerca de mi hija! Mira por dónde, ahora me lo explico… ¡Por tu culpa le ha dado por el arty! Pero qué mala suerte la mía y casi se echa a reír, nerviosa.
Entró a la cocina haciendo ruido con los platos, sólo para cubrir el silencio.
Me voy dijo Timoteo poniéndose los zapatos, dispuesto a abrir la puerta, pero Carmela se le plantó delante.
¡Ni hablar! Ahora entran y hablan de adultos, ¿queda claro? ¡Ya está bien de dramas! les señaló con firmeza el pasillo que acaba en la cocina.
Entraron. Como cuando eran jóvenes
A veces he pensado, cuando a Carmela le dio por pintar, que igual es hija tuya, no de Vicente, ya ves. En esencia, tuya. Qué horror suspiró María Dolores, corriendo la cortina. Mira que querer ser la nueva Sorolla, el nuevo Romero de Torres. Ridículo, vamos. Por tonterías así nos dejamos, ¿te acuerdas?
Se giró. Timoteo servía el té.
El azúcar está en el armario. Sólo hay de ese blanco, no terrones musitó.
Recordaba todo: cómo le gustaba el té, muy dulce, sus ramos de margaritas recién cortadas, los paseos por la sierra saltándose las responsabilidades.
Se amaron, de verdad, con mayúsculas, pero nunca hicieron planes de futuro: a Timoteo le iba crear en el momento y pintar retratos felices de los que ganaban concursos y luego acababan en despachos de gente rica. Para él, ver sus cuadros vendidos era un consuelo agrio.
Nunca viniste entonces, ni llamaste… Te busqué, pensé que te había pasado algo. Luego me metí de lleno en la carrera, me puse a trabajar en el hospital para no pensar. Tomaré café, deja la cuchara en paz atajó María Dolores.
Timoteo asintió.
Me salió ir a Venecia con un grupo. El amigo de mi padre pudo organizarlo, y no podía decir que no. Aprendí mucho, de veras. Intentó justificarse.
Ya. Por eso no dejo que Carmela sea artista. Que pinte por gusto, por afición, pero que trabaje en algo serio y sea buena persona. María se encogió de hombros. ¿Entendido?
No todos los artistas hacen lo que yo. Y en tu gremio también hay de todo, María. Mi madre Nunca la conociste, pero la dejamos en el hospital, falleció y nadie la atendió ni la despidió. Desde esa vez, no soporto a los médicos. No a ti ni a Vicente, sino a los médicos como estamento. Así que la profesión da igual, lo importante somos nosotros. No hagas que Carmela pague por lo nuestro. Timoteo bajó la voz.
María se levantó, tiró la taza; el té corrió por el mantel, pero le dio igual. Rojo, temblorosa, negó con la cabeza.
¿Por ti? ¡No te des tanta importancia! Yo sé lo que hacemos nosotras. Y Carmela decidirá por sí misma. Y tú lárgate: a Venecia, a Florencia, o donde quieras.
Timoteo salió tropezando, dejó caer los paraguas, murmurando una disculpa.
María lloraba, manchándose la cara de rímel.
Mamá, sabes, se nota que está solo. No porque no tenga muebles, sino porque le falta algo. Su taller está vacío ¿Le querías, verdad? Si quieres, dejo de pintar. Si te hace daño, lo dejo. Me meto en la carrera y ya está, ¿de acuerdo?
Carmela besaba a su madre en los hombros, las manos, la cara. María por fin se calmó, bebió agua y, limpiándose los labios con la mano, suspiró.
No, Carmela. Haz lo que sientas. No tienes que arrastrar mis fantasmas. Vive tu vida. Espero que lo que te enseñé es amar y no marcharte dejando problemas atrás. ¿Vale? No llores, hija. Te lo permito. ¡Hasta si quieres ser barrendera!
No, mamá, que en educación física siempre saqué malas notas. Mamá, ¿te puedo pintar contigo y con tía Leonor? Os haré guapas. Pero ahora, vamos al té. Quedan pasteles. ¿Cuál te cojo, de rosa o de nueces? Mejor café, ¿no? ¡Eso!
María miró a su hija y por dentro sintió una paz enorme, como si por fin soltara un peso gigante, dejando atrás el pasado. Miró al frente con alivio. Había soltado, al fin. Había perdonado.
Carmela esperaba en el pasillo de la Facultad con sus cuadros bajo el brazo. La fila era larga y el ambiente serio.
¿Tienes retrato? Los retratos se entregan arriba, en la segunda planta le soltó un funcionario de voz sonora.
¡A ver, Sánchez! Que los retratos no son como botellas, no se entregan, van a concurso, hombre le corrigió una mujer con gafas. Chica, arriba, que te orienten bien. Sánchez, échale una mano, por favor.
Sánchez era un chico grandón, manos fuertes, no parecía artista. Pero era amable.
Venga, que te las subo yo. Estoy de voluntario, ayudando así al gremio de los creativos explicó encogiéndose de hombros.
¿Y tú qué estudias? se animó a preguntar Carmela, pensando si había elegido bien el jersey ese día.
Arquitectura. De la Politécnica. Oye, tenemos pronto baile; vente, aunque yo bailo fatal…
Y Carmela fue, y el tal Alejandro era un desastre bailando, pero de lo más gracioso.
El cuadro de Carmela dos mujeres vestidas de gala frente al Teatro Real de Madrid llamó la atención del jurado. Un profesor no paraba de mirar, ponía y quitaba las gafas, se alejaba y acercaba.
¿No te convence, don Óscar? Pues a mí me parece precioso gimoteó de alegría otro profe, el de la escuela de artes de Valladolid. Las mujeres guapas se acercan al arte, ¡qué gloria! Ay, si yo tuviera de nuevo diecisiete…
Y se marchó.
Don Óscar esperó, luego asintió. Habrá que llamar a Leonor ¿Será porque es ella? ¿O me confundo? Pensó que el mundo es pequeño, y ciertas coincidencias nunca son casualidad.
Leonor estaba en casa sentada, sonriendo. Había recibido una llamada telefónica, era Óscar, el del pasado, atento y cortés, proponiendo verse. Ella dijo que se lo pensaría. Carmela la había retratado de maravilla y Óscar la reconoció. ¡Qué alegría!
Leonor, desde hacía tiempo, no pensaba así. Ahora sí. ¡Qué gusto da sentir que todo encaja!







