Clara llegó a casa antes de lo previsto, cargando con productos típicos que le habían dado sus padres. Planeaba sorprender a su marido, pero en vez de recibir una calurosa bienvenida, Javier la mandó a hacer la compra. Las consecuencias fueron del todo inesperadas.
La bolsa pesaba tanto que el hombro de Clara le molestaba desde la primera manzana. Su espalda, cada vez más dolorida durante los últimos dos meses, protestaba incluso más cada vez que intentaba colocar los bultos sobre el desigual bordillo de la parada del autobús.
Clara soltó el aire de golpe. Notó cómo el bebé en su vientre se movía incómodo. Ya iban seis meses de embarazo, y desde luego no era ninguna broma. Especialmente porque había decidido volver de Toledo a Madrid tres días antes de lo acordado, solo por las ganas del reencuentro. El último tramo del autobús lo pasó contando las farolas, deseando llegar a casa.
¿Qué estaría haciendo Javi ahora? Probablemente ni imaginaba que estaba a diez minutos de casa andando. El camino al portal se le hizo eterno. Las bolsas, repletas de tarros de mermelada, embutido de pueblo y manzanas enormes, pesaban como si llevara piedras.
A los cincuenta metros, Clara se rindió. La espalda diría basta antes de tiempo.
Cogió el móvil y llamó a Javier.
Javi, cariño, hola susurró cuando al fin contestó.
¿Clara? ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? respondió él, nervioso.
No pasa nada, ya he llegado. Estoy en la parada de siempre, justo frente al portal. ¿Puedes bajar a ayudarme? Las bolsas pesan una barbaridad, mi madre no ha escatimado
Un silencio extraño se apoderó de la línea. Clara miró la pantalla, pensando si se habría cortado la llamada.
¿Estás en la parada? ¿Ahora mismo? Pero ¿por qué no avisaste? Dijimos el jueves
Quería darte una sorpresa Clara frunció el ceño. ¿No te alegras? Estoy agotada. Venga, baja.
¡Espera! gritó Javier de repente. No vengas aún. Es decir, sí, pero… Clara, el piso está patas arriba. Ayer terminé todo lo que había. Mira, haz una cosa: pásate por el súper de la esquina y compra carne, de la buena, ternera. Hoy he cogido el día libre para preparar una comida en condiciones y recibirte bien.
Pero Javier Clara parpadeó, confusa. ¿Me escuchas? Estoy embarazada, de seis meses, en la calle con dos bolsas enormes. ¡Me duele la espalda! Si hay patatas y huevos en casa, ¿no basta por hoy? Solo quiero que vengas a buscarme y poder tumbarme.
No lo entiendes su voz sonó aún más apurada, interrumpiéndola. Quiero que todo esté perfecto. No te cuesta nada, el súper está a un paso. Compra ternera, patatas frescas las nuestras están fatal. Pide ayuda si hace falta, o ve llevando poco a poco Por favor, es para nosotros. Mientras tanto, yo lo preparo todo.
Clara observó sus manos, enrojecidas por el peso. En su corazón subió una oleada amarga y cálida.
¿Lo dices en serio? su voz temblaba. ¿Quieres que, embarazada y con bolsas, vaya ahora al súper a por carne solo porque te apetece cocinar?
¿Tan difícil es que bajes tú?
¡Es que ya he empezado… eh… a preparar todo! Si bajo ahora, lo estropeo. Cla, por favor. He esperado tanto tu vuelta. Compra 800 gramos de ternera y una malla de patatas pequeña. Te espero.
Javier colgó. Clara se quedó mirando el móvil. No se lo podía creer. Le dieron ganas de romper a llorar bajo la luz fría de la farola, allí, sola. En vez de abrazos y una cama caliente, una carrera al supermercado. Quizá esté preparando algo magnífico pensó, suspirando. Cogió sus bolsas y, cojeando, encaminó sus pasos al Ahorramás.
Dentro, llevaba el carrito entre las estanterías, bajo la mirada lánguida y comprensiva de la cajera de guardia.
La carne pesaba, la malla de patatas casi la tira al suelo. Cuando salió, los dedos apenas le respondían; se habían vuelto rígidos como garfios.
El móvil sonó de nuevo.
¿Lo tienes? Javier preguntó, animado.
Sí respondió Clara, conteniendo el enfado. Estoy ya en el portal. Abre.
¡Espera! casi chilló él. ¡No subas todavía! Quédate sentada en el banco, diez minutos nada más.
¿Diez minutos? Clara alzó la voz, sin importarle los pocos transeúntes. ¡Estoy de seis meses, me duelen las piernas!
¡El sorpresa aún no está listo! insistía. Si entras ahora, lo echas todo a perder. Cinco minutos te lo juro. Si no, no me da tiempo.
Clara dejó caer su cuerpo en el banco de madera junto al portal. Las bolsas cayeron con estrépito a su lado. Dan ganas de lanzar la carne por la ventana de su tercer piso.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Toda ella hervía por dentro. ¿Qué le esperaba arriba? ¿Un mar de flores, desayuno con velas, un violinista en la esquina? Nada de eso justificaba que la obligara, en ese estado, a esperar y cargar peso tras un viaje tan largo.
Al cabo de treinta y cinco minutos, la puerta del portal se abrió de golpe. Javier apareció con la camiseta del revés, sudando, el pelo en punta.
¡Hala, ahí estás! forzó una sonrisa, cogiendo las bolsas. ¿Por qué estás así de seria? Con lo bueno que hace bueno, venga, sube.
¿Por qué hueles tanto a productos de limpieza? preguntó Clara, poniéndose en pie y agarrándose a la barandilla.
¡Ya lo verás! respondiendo con un deje de misterio, fueron al ascensor.
Al llegar, Javier abrió la puerta y se paró, esperando aplausos. Clara entró al recibidor y el olor fuerte a lejía y ambientador barato de brisa marina le llenó los pulmones.
Fue al salón, luego a la cocina y al baño; todo estaba limpio, hasta demasiado: nada sobre las sillas, la alfombra recién aspirada, rastros húmedos, el polvo desaparecido. Las figuritas que coleccionaba lucían tristes, arrinconadas.
¿Y bien? Javier estaba radiante. ¿Qué te parece el sorpresón?
Clara le miró.
¿Ya está? preguntó en voz baja.
¿Cómo que ya está? ¡He estado tres horas limpiando! He fregado, hasta debajo del sofá. Toda la vajilla, el baño reluciente. Quería que al llegar lo tuvieras todo hecho, que estuvieras a gusto. Pedí el día solo para esto.
A Clara se le hizo un nudo en la garganta.
¿Y por esto intentó contener las lágrimas por esto me mandaste sola al súper? ¿No pudiste bajar a buscarme porque estabas limpiando?
¡Claro! Quería sorprenderte, que dejaras de decir que no hago nada, que vieras que también valgo para esto. Si hubieras venido el jueves, habría terminado a tiempo. Pero no, te adelantas y…
Javier, estás fatal ya no podía contener el grito. ¡Tus suelos me dan igual! ¡Me duele hasta el alma! ¡Estoy esperando a nuestro hijo, solo necesitaba que me ayudaras y me acompañaras a casa, no que jugaras a la chacha!
Javier se encendió, lanzó el estropajo al fregadero.
Siempre igual. Nunca nada es suficiente. He madrugado para esto, he hecho el esfuerzo para verte bien, preparo tu sorpresa ¡y aún así protestas! ¡La casa nunca ha estado tan limpia ni en la boda!
¿Y qué más me da la limpieza si he sufrido así? Me dejas esperando media hora en la calle, congelándome, con los pies hinchados. Me obligas a cargar con la compra sin fuerzas. Eso no es una sorpresa, ¡es una tortura!
¿Una tortura? ¡Claro, claro! Javier agitaba los brazos por la cocina. No me quieres nunca contento. Oye, ¿y yo? Yo también estoy cansado. No dormí esperando tu llegada, dándole vueltas a cómo agradar.
Clara se tapó la cara.
No entiendes nada sollozó. Has preferido tu orgullo y el resplandor del suelo a mi salud y al bebé.
¡Eso no es verdad! gritó él. Si hubieras venido cuando tocaba
Javier salió dando un portazo.
Dentro, el bebé volvió a moverse. Clara cayó desplomada sobre una silla, mirando la bolsa de carne que nadie había metido en la nevera. El estómago le daba arcadas.
Un rato después, él asomó en la puerta.
¿Cocino la carne, entonces? masculló. O tampoco quieres, solo por fastidiar.
No hace falta. Solo quiero descansar. Déjame tranquila, por favor.
¡Pues muy bien! cerró de un portazo.
Clara fue al baño, se miró en el espejo: pálida, ojerosa, el pelo pegado a la frente.
Recordó las horas en el ALSA, soñando con el abrazo de Javier: Gracias a Dios, ya estás en casa. Menudo recibimiento Cuando salió a secarse las lágrimas, la discusión siguió por cualquier tontería.
Finalmente, Clara salió tal cual, ni siquiera se cambió. Volvió donde sus padres, una vez más.
Nadie quería que se separasen, ni su suegra, ni su cuñada, ni los primos de Ávila. Javier llamaba cada día, prometiendo que lo había entendido todo. Pero Clara ya tenía clara su decisión: no quería un marido que ponía por delante la limpieza de la casa al bienestar de la madre de su hijo.
Porque a veces, un hogar no necesita estar reluciente, sino habitado de cariño y apoyo. Las tareas se pueden dejar para mañana; lo que importa es estar cuando de verdad hace falta.







