¡Cámara! ¡Acción!

¡Cámara! ¡Acción!

¡Madre mía del amor hermoso! exclamó la abuela Tomasa, avanzando trabajosamente por el camino con dos grandes bolsas, pues hoy era día de mercadillo en la estación, y sin demasiadas ganas de subir al bordillo, cuando de repente un rugido de motor tras ella la sobresaltó. Al final, saltó de un brinco justo a tiempo, cuando una furgoneta adornada con pegatinas y un par de coches pasaron volando a una velocidad que a Tomasa, acostumbrada a la vida pausada y tranquila del pueblo, le pareció de locos.

¡Ni que esto fuera el Gran Premio, demonios! ¡Así no hay quien camine! murmuró, ofendida, mientras veía cómo los coches desaparecían calle arriba. ¡Rubén! Rubén, hijo, ¿qué demonios les pasa hoy que corren como caballos hacia el bebedero? ¿Ha pasado algo gordo? ¿Se ha muerto alguien?

¿Morirse? Qué bestia eres, abue contestó el chaval sentado en el banco, se encogió de hombros mientras hurgaba en una bolsa de patatas fritas, sacó unas cuantas y se las llevó a la boca. Vienen de la tele. Van a rodar una peli aquí, dicen que viene hasta la mismísima Culebra añadió orgulloso.

¿Culebra? ¿Van a traer un bicho? ¡Estamos apañados! Aquí hay niños, paz, tranquilidad, y van y traen alimañas venenosas ¿Y eso quién lo ha decidido? Tomasa, con las manos en las caderas, bufaba y resoplaba, hinchando los mofletes de indignación.

Ay, abuela Tomasa, cada día más desactualizada en temas modernos Rubén cogió otra patata, y con la otra mano apartó la bolsa cuando vio que la abuela se animaba a probar. ¡Que no puedes, abue, el colesterol! le dijo, escondiéndola tras la espalda.

Pero, hijo, que solo quiero probar una ¿Qué daño te hace mi colesterol? Mira, como dicen, el que no fuma ni bebe, también se muere sano ¡Déjame aunque sea una miguita! suplicó Tomasa, moviendo sus cortas piernecitas de abuelilla y mordisqueándose el labio como una colegiala.

Abue, no seas trapisonda, que luego la culpa me cae a mí Anda, toma, llévate todas, pero no resoples más cedió Rubén, exasperado.

Tomasa, con su cabecita apoyada en las manos, recuperó fuerzas en un instante, pescó unas pocas patatas de la bolsa, las olió con placer, y su cara, arrugada como un buñuelo y con una naricilla de patata, se iluminó.

Están un poco churruscadas, pero están riquísimas, tus patatas. Oye, entonces, ¿eso de la culebra va en serio? ¿Y de qué va la película, de «El hombre y la tierra» o qué? Como se escape la bicha me mata todas las gallinas ¿Tú crees que la controlan?

Rubén alzó la mirada a la abuela-buñuelo, con cara de resignación.

¡Pero abue, espabila! Que no es una serpiente, es una actriz famosa, la Culebra. Esa que salía en ¿A cómo está el aceite?, ¿te suena?

Tomasa arrugó el ceño, cogiendo otra patata.

¿La del pelo largo y el traje rosa? preguntó.

No, mujer, morena, jovencita, tendrá unos veintitrés. Guapísima, por cierto Rubén bebió un poco de refresco y le ofreció la botella a Tomasa, que rechazó.

Guapa y de melena, joven No, no me suena esa Culebra. ¿Y para qué hablaba del aceite? ¿Decía que subía? ¡Mentirosa! Que yo hoy he estado en el mercado y está igual Bueno, me voy, que se me va a derretir la mantequilla. Y tú, Rubén, no andes mucho por ahí, que nunca se sabe lo que buscan esos de la tele ¡Vete a casa, hombre!

Y allá iba Tomasa, apretando el paso camino de su casita, donde llevaba viviendo años, agasajando a los niños con caramelos y regalándoles huevos de Pascua pintados a mano, como le enseñó su difunto marido, con filigranas y motitas amarillas de mimosa, quedaban preciosos.

Rubén, en verano, siempre rondaba la valla de Tomasa, saltaba en la barra de ejercicio, hacía como que boxeaba, colgaba y se balanceaba, pero ni una sóla flexión. Tomasa decía que tenía la faja blanda y que lo que necesitaba el chaval era darle al trabajo duro, así crecen los músculos. Pero a Rubén, como buen adolescente perezoso, no le daba la gana, así que pasaba el verano vageando por el pueblo y comiendo patatas mientras compartía con la abuela.

Ahora era tradición: se sentaban, comentaban el tiempo, Tomasa contaba sus batallitas, Rubén le daba el visto bueno, luego la abuela relataba cómo había dormido, qué compró en el mercado, él soltaba alguna ocurrencia de internet, ella resoplaba, movía la cabeza imitándole, y seguía su camino arrastrando los pies.

Pero hoy la abuela caminaba deprisa, daba taconazos como una potrilla, porque la mantequilla, de verdad, se derretía.

Al pasar por la plaza, Tomasa se paró ante las caravanas y furgonetas llenas de cajas, mesas, contenedores y bancos ocupados por gente trajeada con ordenadores, mordiéndoles bocadillos casi sin mirar la vida alrededor. Le miró con lástima a aquella gente tan seria, tan tensa, como si nada les alegrara la vida.

“Mariposa”, “Pelusa”, “Chispa”, “Estrellita”, “Bolita” muchos nombres simpáticos en los cartelitos de las caravanas; a Tomasa hasta le hizo gracia uno, Pelusa, como su antigua gata.

Había bastantes y cada uno parecía tener dueño, quizás un actor repasando su papel. Qué cosas

Tomasa buscó algún rincón con sombra para dejar las bolsas, pero no había. Las dejó sobre la hierba, sobre lo mullidito, para que no se rompieran los huevos, y se puso a curiosear los trajes colgados en perchas de acero, faldas, pantalones y cosas incomprensibles para ella.

Separaba lo que le gustaba y lo que no apenas lo apartaba.

¡Eh, seguridad! ¿Por qué hay gente ajena aquí? El hombre delgado que asomaba de la caravana Chispa le pareció la viva imagen del malo de la película . ¡Saquen a esta mujer, que está fisgando y tocándolo todo!

¡Que no fisgo! Si esto parece un mercadillo, y encima me pisáis el trébol donde me sentaba con mi marido a soñar Encima, con la ropa esta, si eso es segunda mano, que mi nieta me ha contado que hoy día la gente recicla lo que lleva, pues eso, que no me líe la cabeza se defendió Tomasa.

¡Vamos, esto es el colmo! gritó el Chispa ¡Venga, sacadla de aquí!

Dos roperos cachas vestidos de negro se acercaron, la cogieron con delicadeza pero firmeza. Tomasa pataleaba en el aire, y los grandotes se reían.

¡Soltadme! ¡Tengo las bolsas, os digo que son mías! forcejeó Tomasa, apañándose el chándal azul de lana del difunto, herencia en vida”, y de golpe soltó un grito de esos que en los pueblos anuncian desgracia:

¡Por las ánimas benditas! ¿Pero esto qué es? ¡Que me matan! ¡Socorro, gente!

Inspiró hondo para seguir, pero en esto apareció Rubén.

No grites, abue Tomasa, que esta gente es seria y nosotros no podemos contra ellos. Vamos a casa, que se te va a derretir la mantequilla, y tus gallinas están por todo el barrio, ándate con ojo susurró él.

La amenaza de ver perder las gallinas le despejó la mente. Se zafó, cogió las bolsas y marcharon a casa. ¿Cómo se habrían escapado? Si Rubén le enseñó a cerrar bien la cancela

Abue, no la líes, que esta peña tiene contactos. Y la Culebra esa, dicen que es amiga de la consejera de la Junta. Lo mismo te encierran le advirtió Rubén.

¿Qué me van a encerrar? ¿Al exilio como al abuelo, por robar un puñado de harina? Le pillaron, pero uno se apiadó y le largaron en un tren, no le mataron por poco suspiró Tomasa.

¿Por un puñado? Si eso ni da para un bizcocho se sorprendió Rubén.

Antes cada migaja contaba, hijo, era el hambre, recién acabada la guerra ¡¿Dónde están mis gallinas?! ¡Pío, pío, pío! clamó Tomasa Si la cancela sigue cerrada Anda, suelta las bolsas que te voy a dar de comer. ¿Y tu madre?

Estoy bien, la mamá está en el centro, hace dos turnos hoy, le falta personal contestó Rubén.

La mamá de Rubén, Estrella, trabajaba en el centro de salud del pueblo. Faltaban manos, ella a veces no venía ni en tres días y luego se caía rendida en la cama. Rubén esperaba a que se repusiera, luego le llevaba un té con miel como Tomasa le enseñó. Estrella le sonreía, y él le besaba la frente.

Perdona, hijo mío, otra vez sin ir al cine susurraba ella. Y Rubén, como un cachorrillo, se metía en su melena y la mimaba.

No pasa nada, mamá. Tú te tomas el té y yo te caliento la cena. Hoy he hecho croquetas y patatas. ¿Te apetece?

Rubén era autosuficiente, un apoyo para su madre desde que el padre murió, hacía dos años, por un cáncer. Estrella no se perdonaba no haberle salvado, aunque sabía que no estaba en su mano.

¿Con cebollita? preguntaba ella.

Sí, mamá.

¿Y las croquetas, tienen ese toque tostadito?

Claro, lo que tú quieres.

Pues entonces, voy enseguida.

Tomasa miró a Rubén, arrugó aún más la cara y resopló.

Mira, tu madre salvando gente y tú rescatando a la abuela, qué seria yo sin vosotros. Ea, lávate que voy a hacer unas tortitas de requesón. ¿Las quieres con mermelada de grosellas o de fresa? preguntó, arremangándose y sacando el cuenco con leche y requesón, el bote de harina

Rubén se lavó las manos y se puso a ayudar.

Ni Rubén ni Estrella eran familiares de Tomasa, ni siquiera vecinos directos. Cuando llegaron al piso de ladrillo desde la ciudad, por el trabajo en la consulta, no conocían a nadie, hasta que Tomasa apareció por casualidad.

Un día la abuela apenas se arrastró hasta la consulta. Sentada en el banco, sujetándose el brazo, suspiraba, hasta que Rubén que iba a ver a su madre, la vio.

¡Ay mujer, que tenía que haber llamado al 112! la regañó luego Estrella.

Para qué molestar, si sé bien que vais de cabeza. Aguanté la noche, solo fue una caída en la huerta Me senté y luego cuando el mareo pasara, iba para Urgencias explicó Tomasa.

Le escayolaron el brazo y aunque quisieron que se quedara un día, ella se negó, pero invitó a madre e hijo a merendar.

¿Y cómo va a hacer tartas con un solo brazo, eh? bromeó Estrella.

Pero la abuela resultó entrañable, con su chándal azul heredado, cara de buñuelo y andares torpones. Por mucho que Estrella le rogaba que cambiase las zapatillas por unas deportivas nuevas, no había manera.

Desde entonces, Rubén se convirtió en visita frecuente de Tomasa, ayudando y así su madre estaba tranquila, aunque aún era un chaval de quince años con la cabeza llena de aire, como decía Tomasa.

Fritaron tortas de requesón, Rubén puso a la abuela en el sitio de honor, repartió la mermelada, puso cucharas, tenedores y sirvió el té.

Menudo anfitrión, hijo se felicitó Tomasa con una sonrisa cansada. Las piernas le dolían, los hombros encajados como si la agarrotaran tenazas: seguro que cambiaba el tiempo, y la fresa se iba a aguar con tanta agua

Apenas habían repartido las tortitas cuando sollozos apagados llegaban de la ventana.

Come, Rubén, ya voy yo, será la vecina de enfrente, que con lo de Manolo, su marido, en paro, está hecha polvo.

Tomasa se levantó, fue a la ventana, llamando a alguien; la puerta se abrió, y entró una mujer enorme. Rubén se asombró de ver alguien tan grande.

Siéntate, Carmen, toma algo caliente. Venga, mujer, no llores, Manolo se repondrá, ya verás Tomasa la animaba.

Rubén la atendió, sin dejar de mirarla impresionado.

Al rato, la cartera, Pili, que era una chiquilla risueña, entró, mirando a Rubén con cierta envidia de ciudadana reciente.

¡Habéis visto, que hay rodaje en el pueblo! soltó Tomasa mientras revisaba la mesa . Rubén dice que incluso han traído culebras Así que, cuidado por la noche, chicas, que estos de las pelis no son de nuestra tierra.

Que no es serpiente, abuela, es una actriz espetó Rubén, un poco irritado.

Yo digo lo mismo, hija, actriz será y en el circo, todos los artistas son animales de cuatro patas, ¿no? le tocó la mano Tomasa con cariño.

¡Que va, la Culebra hace pelis de acción! saltó Pili, la cartera . Aquí, ella, la mismísima ¡No me lo creo! Vi una peli suya hace nada, pelea como una fiera, menuda mujer

Bah, esas peleas las hacen los dobles de riesgo, hija replicó Carmen . Si son de hueso y pellejo, esas actrices ¡Dónde estará la madre!

¡Pues con lo que gana la hija, rehace la dentadura y arreglado! Todas esas artistas, si les pagan, te bailan hasta el pasodoble Pili se rascó una pierna picoteada por los mosquitos.

Bueno, mujeres, no seamos chismosas ¡Está lloviendo que da gusto! dijo Tomasa mirando por la ventana. Espero que no les estropeen los disfraces bajo esa tromba. Y que no me encarcelen, menos mal que Rubén me defendió

Y la abuela relató lo de los actores, el flaco Chispa, los guardaespaldas y cómo Rubén la rescató, adornando un poco el relato, claro.

Las mujeres escuchaban boquiabiertas. Tomasa exageró, asegurando que Rubén se enfrentó ella sola a los grandullones y la cargó a cuestas como un valiente.

Charlaron, se rieron, chismorrearon sobre las actrices y directores, y acabaron bostezando, aletargadas por el repiquetear de la lluvia en el tejado y el té caliente.

Rubén se levantó para irse, pero aún iba a pasar más cosas.

De repente, irrumpieron cinco personas: Chispa delante, murmurando disculpas y piropeando los muebles, tres hombres con equipo y una mujer con un maletín. Tomasa no sabía ya qué pensar, las mujeres se pusieron en guardia, Carmen bloqueando a la abuela mientras Pili chillaba y Rubén miraba sorprendido.

Rubén, ¿qué quieren? Te lo juro, no he cogido nada, ni hay más tortitas susurró Tomasa angustiada.

Que no quieren tortitas. Abuela, tienes que ir con ellos, es importante explicó Rubén, apretando su hombro.

Que no, no la llevo se impuso Carmen. ¡Aquí no entra quien yo no quiera!

Mientras los técnicos montaban cámaras y focos, iluminando todo de blanco.

El fin del mundo suspiró Tomasa, a quien le encantaba esa expresión.

Fina, maquíllala un poco, pero respetando el tipo. Vosotras, pañuelo en la cabeza, ¿los tenéis? gritó Chispa.

¿Pañuelo? ¿Eso no es de funerales? Carmen.

Es para la escena, queridísima, vosotras vais al ayuntamiento y habláis con la contable, que es esta señora señaló a Tomasa. Ella os regañará por molestar. Traedle papeles y una máquina de escribir ¡Qué grande eres, Mirón! se encolerizaba el Chispa director.

Desde que vio a Tomasa entre los disfraces, le pareció una joya: la personalidad de los secundarios suele salir de la gente común.

No te preocupes, Kike, hacemos la escena y listo murmuró Fina, esparciendo un poco de polvos en la cara-buñuelo de Tomasa, que casi se dormía del ajetreo.

¡A rodar! A ver, sin relojes ahora venga ordenó Chispa, mientas Carmen resoplaba y Pili brillaba en su papel.

Todos iban de un lado a otro, y de pronto entró una chiquilla menudita, botas de agua y pelo chorreando, con una naricilla respingona, igualita a Tomasa de joven. Se lanzó sobre la mesa donde la contable Tomasa tecleaba en la máquina de escribir y gritó que estaban ardiendo las vaquerizas.

Por un segundo hubo silencio, y Tomasa se levantó, apartó a Carmen, casi derribando a Chispa, y corrió hacia la puerta.

¿Pero dónde va, señora? La Fina le cerró el paso . ¡Está cayendo la mundial!

¡¿Y a mí qué?! ¡Las vacas! ¡No se enteran de nada ustedes! Rubén, ¡llama a los bomberos!

Tomasa, liada en el chubasquero, lo tiró y se echó a la calle.

Chispa la alcanzó en la cancela.

Tomasa, mujer, que es para la película, no tenemos vaquerizas aquí. ¡Queríamos naturalidad! Y usted lo ha bordado con sus vecinas. El sonido lo arreglamos y nos queda de cine. ¡Ya está bien, señora!

Chispa jadeaba, con la mano al pecho.

Tomasa inspiró, y miró alrededor. Cierto, no había vaquerizas.

¿Y la niña esa por qué monta el show? Venga, que yo les invito a unos pepinillos en vinagre, que les van a animar. No me asuste de esa manera, hombre le dijo, llevándoselo a casa.

El equipo ya les mostraba la escena grabada en el portátil: el susto de Carmen, la confusión de Pili, la determinación de Tomasa y Rubén rascándose la barbilla, que dijeron que tendría que repetir.

La chica que dio la alarma seguía de pie, mirando por la ventana.

Oye, bonita, ven, tengo un bata para que te cambies de ropa mojada, que te vas a constipar dijo Tomasa, acariciándole el hombro . Flaca, ¿allí no te dan de comer? Rubén, hazle un té, por favor

La muchacha sonrió:

No se preocupe, señora, es que este olor a harina y a mermelada me recuerda a mi bisabuela. Era igual, y este mismo ambiente ¿Puedo quedarme aquí un ratito?

Sí, pero vete con mi bata y sécate la cabeza insistió Tomasa.

La muchacha obedeció.

Rubén se acercó a Tomasa, le murmuró al oído:

Es ella, abuela, ¡la Culebra!

¿Dónde? los ojos como platos de Tomasa.

¡La que has mandado a cambiarse!

¿Tan pequeñaja? ¿Cómo hará acrobacias tan siendo tan cría? Y tú diciendo que es famosa Qué cosas musitó Tomasa, pensando en la gran actriz Gracita Morales.

Luego todos seguían a la mesa, Chispa llevó chorizo, Tomasa sacó los pepinillos, conversaron todos, rieron, y Rubén no apartaba la vista de la Culebra.

Es una chica normal con un apodo rarísimo, se sorprendía él. Luego pensó que sería artístico, y sonrió.

Ordenaron y pagaron una gratificación: Kike se peleaba con la productora asegurando que era por la calidad, no malversación. La Culebra, la actriz, sonreía escuchándole. Por fuera parecía frágil, pero tenía sustancia.

Cuando la película se estrenó al otoño, el pueblo entero vio a Tomasa la contable, a Carmen, Pili y Rubén en su breve papel, y todos se sentían orgullosos de sus paisanos.

La peli era divertida y realista, gustó a todos.

La Culebra, para Tomasa solo era Marta, que siguió visitando en cuanto podía, trayendo dulces de la ciudad, queriendo agradar. ¿Por qué? Porque con Tomasa todo el mundo, famosos, Carmenes, Rubenes o Martas, sentían esa calidez única, ese calor de hogar de verdad, algo que, si lo pruebas una vez, ya lo buscas para siempre

Y así aprendí que, por muy sencillo que sea el lugar donde vives, ese calor humano vale más que cualquier éxito, película o fama. Lo sencillo y lo auténtico siempre es lo que más llena la vida.

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¡Cámara! ¡Acción!
Papá de los domingos. Relato. ¿Dónde está mi hija? — repitió Olesia, sintiendo cómo le castañeteaban los dientes por el miedo o el frío. Había dejado a Zlata en la fiesta, en la ludoteca del centro comercial. Apenas conocía a los padres de la cumpleañera, pero dejó tranquilamente a su hija allí; no era la primera vez en un evento infantil así, era algo habitual. Solo que hoy había llegado tarde —el autobús se demoró mucho—. El centro comercial estaba en un sitio incómodo, todos llegaban en coche, pero Olesia no tenía. Por eso llevó a su hija en bus, volvió a casa para dar sus clases, que no podía cancelar, y después regresó a recogerla. Pero llegó con quince minutos de retraso; corrió por el aparcamiento helado hasta quedarse sin respiración. Y ahora, la madre de la cumpleañera, una chica baja de ojos azules y redondos, miraba a Olesia con sorpresa y repetía: —La recogió su padre. Pero Zlata no tenía padre. Bueno, sí tenía, pero él jamás había visto a su hija. Olesia conoció a Andrés por casualidad —paseaba con una amiga por el Paseo del Retiro, la amiga se torció el pie, dos chavales ofrecieron ayuda. Como en las películas, presumieron de estudiar en la Complutense, que uno era hijo de general y el otro de catedrático. Nadie sabía por qué decían eso; eran jóvenes y muy ingenuos. Cuando Olesia se quedó embarazada y Andrés supo que ella estudiaba Magisterio y que su padre era conductor de autobús, le dio dinero para abortar y desapareció. Pero Olesia no abortó, y nunca se arrepintió. Zlata era su compañera; madura y confiable para su edad. Siempre estaban juntas —mientras Olesia daba clase, Zlata jugaba discretamente con sus muñecas, y luego preparaban juntas sopa de leche o huevo pasado por agua, merendaban con té y galletas untadas con mantequilla. No había mucho dinero: todo se iba en el alquiler, pero ninguna de las dos se quejaba. —¿Cómo pudieron entregar a mi hija a un desconocido? La voz de Olesia temblaba, se le llenaban los ojos de lágrimas. —¡¿Desconocido?! —se impacientó la madre de la cumpleañera—. ¡Si es su padre! Olesia podría haberle explicado que no tenía padre, pero no valía de nada. Tenía que correr a seguridad, pedir las grabaciones de las cámaras… —¿Cuándo fue? —Hace diez minutos… Olesia se dio la vuelta y corrió. Cuántas veces había advertido a Zlata: “¡Nunca te vayas con extraños!” Sus piernas no la obedecían del miedo, se le nublaba la vista, chocó varias veces contra alguien, pero ni se disculpó. Por instinto gritó: —¡Zlata! ¡Zlataaaa! El gran patio de comidas estaba ruidoso, casi nadie prestó atención, aunque algunos se giraron. Olesia, jadeando, intentaba decidir: ¿por dónde empezar? ¿Y si no la habían llevado aún…? —¡Maaamá! Al principio no creyó lo que veía. Su hija corría hacia ella con la chaqueta abierta, la cara manchada de helado. La agarró como si soltara a Zlata y fuera a desplomarse ahí mismo (quizás era así). Olesia clavó la mirada en el hombre: respetable, corte de pelo corto, jersey absurdo de muñeco de nieve y helado en la mano. Parecía leer en sus ojos lo que Olesia estaba lista para recriminarle, porque le salió del tirón: —¡Perdone, ha sido culpa mía! Debí esperarle aquí, pero quería vengar a esos monstruitos. ¿Sabe? La estaban molestando. Decían que no tenía padre y que por eso nunca vendría por ella, que era fea. Quise darles su merecido: me acerqué y le dije, “hija, mientras mamá no está, ¿quieres un helado?” Perdón, no pensé que se asustaría así… Olesia temblaba. No iba a confiar en ese desconocido. Pero, ¿de verdad habrían molestado a Zlata? Miró a su hija y esta lo entendió enseguida. Se sonó la nariz y levantó la barbilla. —¡Me da igual! ¡Ahora yo también tengo papá! El hombre sonrió tímidamente, Olesia seguía sin poder articular palabra. —Vámonos —consiguió finalmente decir—. Es tarde, perderemos el autobús. —¡Espere! —el hombre adelantó un paso, se detuvo y saludó nervioso—. ¿La acerco a casa? Ya que hemos coincidido… No piense mal, no soy ningún monstruo, me llamo Arturo. ¡Soy buena persona! Mire, ahí está mi madre, ella puede confirmarlo. Señaló a una señora de rizos violetas sentada con un libro. —Si quiere, vamos con ella. ¡Ella le hablará bien de mí! —No lo dudo —gruñó Olesia, que aún tenía ganas de golpear al desconocido—. Gracias, pero preferimos ir solas. —Mamá… —Zlata tiró de su abrigo—. Que todos vean que papá nos lleva en coche. Junto a la ludoteca aún estaban la cumpleañera con su madre y otra niña cuyo nombre Olesia no recordaba. Los ojos de Zlata suplicaban, y no era fácil andar por el hielo temblando así. Olesia cedió. —Bueno —dijo cortante. —¡Genial! ¡Un segundo, aviso a mi madre! “Un hijo de mamá”, pensó Olesia con sorna. En ese momento la madre, muy sonriente, la saludó, y Olesia se apartó rápidamente. ¡Vaya situación tonta! De camino procuró no mirar a Arturo, pero no dejó de notar su tacto hablando con Zlata. La niña no paraba de hablar; Olesia nunca la había visto así. Al llegar al portal, Zlata se apagó de golpe. —¿No nos veremos más? —susurró a Arturo, mirando de reojo a su madre. Olesia se sintió observada y comprendió que Arturo le pedía permiso. Quería decir “no, Zlata, eso es de mala educación”, pero al ver la carita triste no pudo. Miró a Arturo, asintió. —Bueno, si tu madre acepta, puedo invitarte al cine el sábado a ver una peli de dibujos. ¿Has ido alguna vez? —¿De verdad? ¡No! ¡Mamá, puedo ir al cine con papá? Olesia se sintió incómoda, así que empezó a hablar atropelladamente: —Zlata, te lo permito, pero con dos condiciones. Uno: llamar “papá” a un desconocido no es educado, dile tío Arturo, ¿me oyes? Dos: yo también voy al cine, porque ¿qué te digo siempre? ¡Nunca irse con extraños, aunque parezcan simpáticos! —Eso mismo le dije yo —intervino Arturo—. Que con desconocidos no se va. —¿Entonces puedo ir? —Ya te he dicho que sí. —¡Bien! Olesia sabía que debería cortar esa tontería de raíz, pero no podía. No tenía a nadie más en el mundo que Zlata. ¡Si al menos pudiera consultarlo con alguien! Por ejemplo, su madre. De ella apenas se acordaba —murió cuando Olesia tenía cinco, justo la edad de Zlata. Un niño cayó a un lago helado, nadie se atrevía y ella sí; salvó al niño, pero enfermó, y en una semana se apagó —tenía diabetes, ya tenía problemas de salud. Zlata también heredó la diabetes, y eso angustiaba mucho a Olesia. Hasta el siguiente fin de semana le dio mil vueltas a todo, pero al final fue inútil: todo salió diferente a lo que había imaginado, porque al cine, Arturo llevó también a su madre. —Para que no pienses que soy raro, mi madre me puede recomendar —sonrió. —¡Pues claro que eres raro! —soltó su madre con tanta ternura que era evidente que lo adoraba. Y mientras Arturo buscaba palomitas con Zlata, su madre la recomendó de verdad. —¿Sabes…? ¿Te puedo tutear? Él también creció sin padre. Me casé cuatro veces, el último marido fue perfecto, Arturo es igual de bueno. Pero la vida quiso que ni pudiera sostenerle en brazos. Un infarto. Di a luz antes de tiempo, no sé cómo sobreviví. Y mis primeros maridos ayudaron… ¿Por qué me miras así? Nos llevamos bien, el primero aún me quiere, el segundo es más de hombres y el tercero ama demasiado a las mujeres, y no le bastaba solo yo. Todos quisieron ser padre para Arturo, pero un padre es un padre. Por eso empatizó tanto con Zlata, también le hacían bullying en el cole. Pobre, cuánto visité a los profesores, pero fue inútil. Se metía en líos solo para demostrarles que era valiente; una vez casi se mata… Era una mujer interesante: bajita y delgada, pelo violeta, vestido de Chanel y leyendo a Almudena Grandes. Olesia la encontraba fascinante. —No te preocupes, Arturo no planea nada malo, solo tiene buen corazón —sonrió y guiñó un ojo—. Y tú también le interesas. Olesia se sonrojó. ¡Solo faltaba eso! Sabía que no debía meterse en nada, pero le daba tanta pena Zlata… Al salir, intentó pagar las entradas, pero Arturo se negó. —Si invito al cine, pago yo. Tampoco le gustó: ella siempre pagaba lo suyo y no dependía de nadie. Lo de gustarle a Arturo, tonterías. Al llegar a casa, Zlata preguntó: —¿Papá, adónde iremos la próxima vez? —¡Zlata! —la regañó Olesia. La niña se tapó la boca riendo. —Tal vez podamos ir al Museo de Ciencias Naturales, ¿qué te parece? —¡Estupendo! ¿Vamos, mamá? —Id vosotros solos —respondió seca Olesia—. Llevad a Catarina, le encantan las mariposas. Fue la primera en salir del coche; quería acabar esa escena. Oía de fondo cómo Arturo decía a Zlata: —Cuando mamá no escucha, puedes llamarme papá. Así Zlata consiguió su “papá de los domingos”. A veces Olesia iba con ellos, otras veces dejaba a Zlata con Arturo solo si se sumaba Catarina —ella siempre consideraba a Arturo un extraño dudoso, aunque Zlata contaba mil maravillas sobre sus salidas. Sin querer, Olesia se contagiaba de la alegría de su hija, pero no dejaba ir más allá: la vida no era un cuento con príncipes en corcel blanco. Además, la madre de Arturo lo ensalzaba tanto que Olesia sospechaba: ¿qué tenía? ¿Por qué una madre así buscaría una chica sencilla para su hijo? Pero poco a poco, el corazón de Olesia se ablandaba. Arturo lo hacía con mucha delicadeza: le dejaba chocolate en la estantería, la consultaba siempre antes de invitar a Zlata, buscaba su mirada en el coche. Le gustaba especialmente Catarina: ¡qué gran conversadora! Si Arturo no fuera su hijo, habría confiado en ella. Un día llamó y habló sobre ir al cine. Zlata, al escuchar, se acercó: —¿Es Arturo? Se sentó, muy contenta. —Sí, claro, Zlata va encantada —contestó Olesia por costumbre. —¡Espere! Llamo por Zlata, pero también por ti. O sea, para que vayamos juntos. Tú y yo. Entonces, de fondo se oyó a Catarina: —¡Por fin! —¡Mamá, no escuches! Oh, Olesia, perdón… Lo siento, es siempre igual, cotillea. Zlata susurró: —¿Te ha invitado al cine? Olesia se rió. —Aquí todos escuchan. Arturo, yo… —¡No me rechaces, te lo ruego! Dame una oportunidad; te juro que seré un caballero. —Lo de los ojos, dile lo de los ojos, —insistía Catarina—. Dile lo que me dijiste, que tiene los ojos de su madre… Como si le tiraran agua fría. Olesia no entendía nada: ¿a qué venía su madre en esto? Arturo discutió con su madre, luego dijo: —Olesia, voy a ir y te lo explicaré. ¿Puedo? Una explicación no le venía mal… Olesia paseaba nerviosa esperando, mientras Zlata dibujaba en su mesa, como si lo sintiera. —Debí confiarte esto desde el principio —dijo Arturo al llegar—. Y quería, pero tú me gustaste tanto… No quería que pensases que lo hacía por tu madre. La tuya. Además, temía que me odiaras. Porque ella murió por mi culpa… No paraba de saltar de un tema a otro, la miraba suplicante. Olesia temblaba igual que aquel día en el centro comercial. —¿Me perdonas? No dijo una palabra. Le costó decir: —Tengo que pensarlo. —Mamá, por favor perdona a papá… Arturo miró a Zlata recordando su acuerdo. Miró de nuevo a Olesia. Ella repitió: —Necesito tiempo. Pensarlo. ¿Lo entiendes? Quería hacerle mil preguntas, pero no podía hablar. Cuando llamó Catarina, sí que habló, y se enteró de todo. —Él no supo que tu madre murió —yo protegía su infancia. Más tarde lo descubrí, y entonces quiso encontrarte. Aquel día quiso conocerte y ayudarte, pero primero pasó lo que pasó con Zlata, y luego tú… Se enamoró a primera vista. Temía que lo malinterpretaras. No lo culpes, él quiso demostrar que era un hombre aunque no tuviera padre. Nadie se atrevía a cruzar el hielo, y él sí… Catarina no presionaba, pero defendía a su hijo. Zlata, en cambio, sí presionaba: —Mamá, es bueno, y te quiere, ¡él mismo me lo dijo! Y podrá ser mi papá, ¡de verdad! Olesia lo comprendía. Pero sentía que no era correcto. Pasó casi un mes sin poder hablar con él. Ni respondía llamadas ni leía sus mensajes. Cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de llamar, pero aquello se hacía imposible. Zlata la despertó llorando una noche: le dolía la barriga. Ya se había quejado ayer, pero Olesia pensó que sería por un yogur pasado. Pero tenía fiebre; ni necesitó termómetro. Con las manos temblorosas llamó a emergencias, y por impulso, a Arturo. Él llegó junto con la ambulancia, en pijama y despeinado. Se fue al hospital con ellas, calmando y prometiendo que todo saldría bien, aunque su voz también temblaba. —La peritonitis no es tan grave —repetía—. Todo saldrá bien, seguro. Olesia le cogió la mano —tal vez para calmarle, tal vez para calmarse. La sala de espera estaba fría, y se acurrucaron juntos para darse calor. Fue el primero en preguntar al médico por la operación. Olesia ni se movía: si le pasaba algo a Zlata, ella no sobreviviría. Pero todo salió bien. Los médicos lo hicieron de maravilla, y Zlata luchó por su vida según el doctor, pues el pronóstico era crítico. —La cuida un ángel bueno —comentó el médico. Olesia susurró: gracias, mamá. Arturo agradeció al médico y este les mandó a casa: Zlata estaba en reanimación, y los padres debían descansar. Él la llevó hasta el portal; Olesia pensó que Arturo pediría entrar, pero se calló. Así que dijo: —Ya está amaneciendo. ¿Subes? Tengo café. Y descubrió que realmente quería que se quedara. Para siempre. Zlata se recuperó sorprendentemente rápido, según médicos y enfermeros. —Es que ahora tengo mamá y papá —decía ella. Y nadie, salvo Olesia y Arturo, comprendía la alegría de aquella niña…