Y soñó con su querido Iván
Doña Gracia escuchaba los gritos que llegaban desde la cocina. Discutían su nieta y su bisnieta. Su nieta, la cuarentona Marina, reprendía a su hija la jovencísima, larguirucha y rebelde Lucía, que acababa de llegar de la calle entrada la noche.
Seguro que Marina había dado a Lucía algún golpe con el trapo de cocina. Lucía lloraba, se defendía, gritaba aún más; Marina la inundaba de reproches, desbordada de rabia y cansancio.
¿Era momento de pelear? Ya era de noche. Y desde lo alto de los años vividos, las peleas a doña Gracia le parecían siempre lo mismo: un sinsentido, un derroche de energías y amarguras, algo que en nada servía. Solo alimentaba el miedo y la tristeza.
Ella pensaba en lo eterno, en sus propios errores, y ya traía clasificadas todas las discusiones de la vida como un pecado más. Ahora, la vejez la había dejado solo para pensar, observar y reflexionar.
¡Dios mío, tranquilízalas! rezaba doña Gracia. ¡Por tu misericordia, concédeles calma!
Sentía doña Gracia que su hora ya se acercaba. Pero había algo que aún la retenía. Nada le dolía ni le asustaba; solo le irritaba no poder desprenderse aún de su cuerpo débil y anciano. Aún sentía hambre, a veces ganas de girarse, de sentarse sobre la cama y mirar por la ventana.
Por la noche pedía a Marina que la pusiera más alta entre los cojines, que abriera la ventana y corriera las cortinas. Desde allí contemplaba la calle y sentía, al mirar arriba, que veía las estrellas. Así estaba ahora, cuando se escuchaba la nueva bronca: ya la habían preparado para dormir.
¡Mari… Mari…! llamaba doña Gracia en voz alta, intentando distraerla, pero su nieta, enfurecida con su propia hija, no la oía.
Pero poco después, de pronto, Lucía abrió la puerta, se desplomó en el sillón a los pies de la abuela, y se abrazó a sí misma en un ovillo. Lloraba, sollozaba, se sonaba la nariz sin parar.
Marina entró unos minutos después, como si necesitara hacer algo, arregló unas cosas junto a doña Gracia y lanzó una mirada fulminante a su hija:
¡A la cama!
Déjame. Esta noche duermo aquí contigo, abuela. Arreglo el sillón.
Lucía se levantó de un salto, trajo mantas y sábanas. La habitación donde dormía doña Gracia se situaba en la otra punta de la casa, lejos de la cocina. Lucía, al pasar la noche con la bisabuela, quería demostrar a su madre cuánto la hería: no quería dormir en la mitad de la casa de su madre.
El hermano estaba en el campamento de verano, y el padre de Lucía, Eugenio, trabajaba en Alemania. Era un buen hombre, siempre defendía a su hija, pero ahora nadie protegía a Lucía de la estricta Marina.
Mira, abuela… Se le ha dicho: ¡a las once en casa! ¡Y ya son más de la una! Y otra vez con ese memo de Bernardo. Que está fichado por la policía desde hace meses. Todo en vano… Le hablo y le hablo farfullaba Marina, ya sin fuerza para gritar, más dirigida a su hija que a doña Gracia. ¡Y así no va a acabar la universidad nunca!
Lucía preparaba el sillón en silencio. Movimientos bruscos. Doña Gracia también callaba; nada de echar leña al fuego. Solo tomó un peine de la mesilla ya se lo había quitado para dormir, se peinó despacio y lo dejó de nuevo, resignada a permanecer despierta.
Lucía fue al baño, se desnudó, se metió en la cama solo en camiseta y braguitas. Su nariz seguía lloriqueando.
Abuela le llegó la voz al rato desde el sillón, ¿la luna no te molesta para dormir?
¿A mí? Pues ya casi ni la distingo. Solo un poco, si acaso contestó doña Gracia. Si te molesta, cierra las cortinas, cielo.
No… Déjalas. Parece que es la única que me comprende…
¿Cómo que sola? El amor, Lucía, el amor lo comprenden todos. Solo que los jóvenes os confundís a menudo. Por eso tu madre se preocupa.
¿Acaso ella también se equivocó?
Y tanto… Algún día habláis y te contará.
¿Y tú no puedes contármelo tú? Lucía asomó su melena rubia sobre el respaldo. Así igual entiendo por qué es así… Si le pasó algo en la vida…
Uy… ya casi ni me acuerdo, hija. Pregúntale tú…
¡Ya! ¡Como si alguna vez ella me lo fuera a decir! La bisnieta se dejó caer otra vez en la almohada.
Sin sinceridad es difícil entenderse, Lucía. Pregúntale.
No todo se le puede contar a los hijos, abuela… Aunque… Yo en un mes cumplo dieciocho. ¿No tengo ya derecho a mi vida privada? ¿A quién voy a pedir consejo sino a ella? ¿A Inés? Si ya me dice que soy boba…
¿Por qué boba? doña Gracia se incorporó, asombrada.
Bah… Lucía se encerró en sí misma.
Y se produjo un silencio.
¿Sabes? Lucía necesitaba abrir su corazón. A veces el amor se queda atrapado en un callejón sin salida. Que no avanza, ¿entiendes? Pero debería. Y si tú misma decides No, hasta aquí, no puede ir a más, él se enfría… ¿me comprendes?
Doña Gracia frunció el ceño, intentando comprenderla y sostener la conversación. Pero la cabeza ya no respondía tan rápida. No entendía del todo el sentido de las palabras de su bisnieta. Así que respondió lo que sentía en el fondo.
El amor es amor, Lucía. Trae dolor, amargura, felicidad. ¿Pero un callejón? El amor no tiene callejones, cielo. Eso nunca lo oí. Si hay amor, no hay obstáculos.
Cabe decir que doña Gracia era mujer culta. De muchacha, tras la guerra, trabajó en hospitales de campaña como enfermera, donde maduró por dentro de una manera que no dan los diplomas. Luego estudió, fue toda la vida enfermera en el hospital.
Que sí, abuela, pasa…
Otra vez el peso del silencio. Lucía pensaba que su abuela era de otro mundo, con unas reglas ajenas a la pasión que sentía ella por Sergio y por lo que ardía dentro de sí. A Gracia en cambio le parecía que Lucía seguía siendo una cría y hablaba de sentimientos a tontas y locas.
Ninguna de las dos conciliaba el sueño. Lucía se removía, suspiraba.
¿Miras el cielo, Lucia? preguntó doña Gracia. Desde su altura, apenas veía a la bisnieta en el sillón. ¿Sabes lo que decía tu bisabuelo? Que si miras mucho rato una estrella, puedes sentir que hay alguien, desde esa estrella, mirándote a ti. ¡Como si respondiera!
¿Lo quisiste mucho, abuela? preguntó desde el sillón.
¿A quién? ¿A tu abuelo? Uf… Hubo de todo. La vida es muy larga. Pero todavía lo echo de menos, y ahora ya sé cuánto lo quería entonces.
¡Anda! Lucía recordó y asomó la cabeza por el lateral del sillón. Tú te casaste muy joven, ¿no? A los dieciséis. Entonces sí podíais, pero a nosotras ni con dieciocho nos dejan… soltó con cierto reproche, y volvió a su almohada.
Era otra época, hija…
¡La época no importa! contestó Lucía. El amor es siempre el mismo.
Doña Gracia no le llevaba la contraria. El amor era misterioso… Quizá tenía razón Lucía, aunque en su tiempo lo valoraban de otra manera. Miraban a los hombres como sostén de la casa, apoyo del futuro, no solo romance. ¿Acaso seguía siendo igual ahora?
Abuela, ¿Sabes lo que pensé? Él era quince años mayor. Y tú eras solo una niña. Es fácil entender qué buscaba él: ¡A quién no le va a gustar una jovencita! Ya ves, que amor ni que nada…
Doña Gracia calló, y Lucía también, incómodas por lo que se había dicho.
¿Abuela, soy boba, verdad? Anda, cuéntame lo que quieras… Ya que no dormimos ninguna de las dos. Cuéntamelo todo, la verdad. Si quieres te pongo los cojines más altos…
Enseguida apartó sus sábanas, brillando bajo la luna sus piernas y braguitas blancas, acomodó los cojines a doña Gracia y se sentó al pie, esperando como niña a un cuento.
Doña Gracia, cansada de todo el día, con la lengua torpe, empezó el relato solo para calmar esa inquietud.
Qué historia va a haber, hija movió la mano débilmente. Solo queda dolor. En el hospital nos conocimos. Final del 43, el hospital lleno de heridos. Vendajes, sangre, operaciones, estábamos agotadas. Yo era más un chaval que una mujer. Pelo corto por los piojos, uniforme de soldado, casi nadie me veía como chica. Me llamaban hermanito. Mis manos, llenas de alcohol y desinfectante Y en la ciudad, las columnas de soldados, camiones, parece que fluía el mundo entero hacia el oeste. Nosotras recibíamos a los que esa corriente destrozaba.
Morían en mis brazos uno tras otro. Les esperaban en casa, pero ellos… Una vez acogimos a un chico de dieciséis, como yo. Un explorador partisano. Creían que no sobreviviría, pero aguantó días. Me encariñé. Al final, sus ojos me miraban, yo caí de rodillas a su cama, le besé la cara, desesperada, en su fiebre seca.
“¡No te vayas, Santi! ¡No te vayas, por Dios!”
Y entonces vi esa neblina familiar en sus ojos, supe que moría, me aparté, caí al suelo, llorando. Fue la primera vez. A cuántos perdí… Pensaba que me había acostumbrado. Pero las lágrimas ahogaban, me estallaba todo en el pecho.
Entonces alguien se sentó a mi lado, me abrazó los hombros, me acarició la cabeza. Me habló suavemente.
“Desahógate, hermana”, me decía, “tienes demasiado sobre tus hombros. Nosotros nos endurecemos, pero tú eres una criatura.”
Suspiró doña Gracia.
Lloré largo rato en el hombro de ese herido. El médico, luego, me riñó, me avergonzó. Después los dos fumaron fuera, el doctor y ese hombre, Iván. No sé de qué hablaron, pero el doctor estaba muy serio.
Ese Iván tu bisabuelo, era aquel herido.
¿Y? ¿Se encaprichó contigo?
Bueno… ¿Encapricharse? Le dejaron en la ciudad, aún cojo por la herida. Había que reconstruir fábricas, talleres arrasados por la guerra. Venía mucho al hospital porque su pierna no curaba. Siempre me traía algo, una manzana en el bolsillo. Yo no lo veía como novio. Con la barba, la cojera Pasaba de treinta, y yo lo veía un viejo.
Se detuvo, la voz rota.
Pero cuando cerraron el hospital, ya era como de mi familia prosiguió, bajito. Sabía que quería ser enfermera. Un día se afeitó, buscó al doctor. Sabía que yo no tenía a nadie. Mi madre murió antes de la guerra, la abuela también, padre y hermano cayeron en combate. El doctor me llamó, allí estaba Iván. Me preguntaron a dónde iría yo ahora, repetía que quería estudiar.
El doctor me dijo que no tenía suficientes estudios aún. Y yo que quería aprender de todas maneras.
Entonces Iván carraspeó y dijo:
“Perdí a mi familia. A mi mujer y a mi hija, en un bombardeo. A mí me destinan a Valladolid. Allí hay una escuela de enfermería. ¿Quieres casarte conmigo, Gracia? Así te llevo conmigo, te ayudo a estudiar. Si luego no resulta, no te obligaré. Lo juro delante del doctor”.
Se detuvo de nuevo. Mudo el tiempo.
Ni viva ni muerta me quedé. Para mí era más padre que otra cosa, y me proponía boda. Pero le miré, tan guapo en esa chaqueta de soldado, aunque demacrado, y me miraba con una dulzura tan profunda… Ay, hija, si me hubieras visto entonces… Las bragas me las hacía yo con sábanas de hospital, el pelo me brotaba de cualquier parte, sin pecho, seca como un palo, mi uniforme demasiado grande, sujetado con cuerdas. Una novia… ¡Vaya novia!
Movía hombros, bajaba ojos. El doctor le susurraba algo…
“No temas, Gracia, solo será en los papeles, para viajar juntos. Nada más.”
Silencio.
¿Y? Lucía volvía a interesarse.
¿Y qué? Pues eso, hija. Yo tenía diecisiete ya, no dieciséis. Nos casaron en el ayuntamiento, recogí mis cuatro cosas, el doctor me regaló un uniforme nuevo y nos fuimos. Él nervioso, como incrédulo, no paraba de mirarme con ternura.
Vivimos dos años como padre e hija, nada más.
De nuevo la pausa del cansancio.
¿Cómo se puede vivir así? ¿Separados en la misma casa? ¿Y para cambiarse? ¿Cómo es eso posible?
Así era, Lucía. Cuando quería cambiarme, le pedía que saliera y él lo hacía enseguida. Luego me acostumbré a meterme en su cama a veces para no tener frío y contarle mis cosas. Ya de mayor, pensaba que debió sufrir, pobre hombre, y yo tan tonta… Pero él me quiso mucho, me protegía. Me regalaba ropa, vestidos, zapatos… Uno azul con estrellitas lo llevé durante años. Volví a engordar, a tener trenzas y pecho, acabé las clases para adultos, entré a la escuela de enfermería. Algunos médicos jóvenes empezaban a fijarse en mí. Y a veces me dolía estar casada sin más, que nadie supiera que era una chica aún Pero comprendí que solo había un hombre para mí: Iván.
¿Cómo puede ser tu hombre y comportarse como un padre? explotó Lucía.
No del todo, cielo. Es cierto, no me daba vergüenza, como con un padre; dos camas, los armarios… Pero yo lo quería, de un modo especial. Él me hacía sentir bien, compartíamos todo. Cuando le dieron un coche en la fábrica, me llevaba a la escuela. Me sentía importante…
No lo entiendo. Se enorgullecía de su marido, pero… ¿Y después?
Y después, todo mal…
¿Por la represión? ¿La de los años cincuenta?
Sí… Lo arrestaron de noche. Como a tantos. Lo acusaron de sabotaje en la fábrica. Estuvo una semana aquí, esperando el juicio. Le llevaba comida, le calcé calcetines en una noche. El día del juicio, entre decenas de familias, me gritó cuando conseguí acercarme:
“Divórciate, Gracia. Hazlo rápido y te liberarás. Ahora soy un enemigo.”
Doña Gracia cayó de nuevo. Una lágrima le rodó por la mejilla.
Lucía se subió a la cama, apoyándose en los pies.
¿Lloras, abuela? No llores le acariciaba las piernas. Aquello fue terrible, abuela…
Sí… Sobre todo ver a los niños acurrucados con sus madres mientras las cargaban a los trenes… Yo…
¿Tú le seguiste, verdad? Mamá me lo contó…
Sí, dejé la escuela y me fui a León, primero a los bosques, luego los llevaron a las minas. Allí hacía falta un médico y me admitieron. Volví a pelear como en el hospital.
Allí vivíamos codo con codo. Fui yo la que quiso al final ser su esposa de verdad. Y allí nació Eugenio, y luego tu abuela Elena ya en Madrid, cuando regresamos tras la amnistía, yo a punto de terminar embarazada el curso. Y Nicolás llegó después, ya en esta casa, cuando yo tenía casi cuarenta y él más de cincuenta. Pronto le perdimos, y Nico solo tenía nueve…
Lucía se quedó pensativa, abrazada a la alfombra, barbilla sobre la rodilla.
Abuela… Yo de la vida no entiendo nada, creo… Todo es al revés en lo vuestro.
¿Al revés? Quizá. ¿Por qué?
Pues… Vosotros os quisisteis de verdad solo después de mucho vivir juntos. Y ahora… ahora parece que nos exigen estar enamorados antes de cualquier cosa…
¿Exigen? No entiendo, hija. El amor no se exige. El amor se merece, o se da como un regalo de Dios, sin condiciones. Pero exigir, eso nunca lo oí…
Quizá hablamos de cosas diferentes, abuela…
¿De cosas diferentes? doña Gracia la miró, y al notar la cabeza gacha de su nieta, comprendió al fin, aunque tarde. ¡Ah! ¿Hablas de la cama?
De eso asintió Lucía, deseando por fin soltarlo. Ahora se llama intimidad, abuela…
Inés lleva diciéndole que si no cedo con Sergio, aquello no avanzará jamás…
Eso es otra cosa alargó las palabras doña Gracia. ¿Amor, dices tú, es eso?
Llámalo como quieras, abuela. Pero es lo máximo, según dicen.
No, Lucía, cariño. No es lo máximo. Lo máximo fue cuando tu bisabuelo me llevaba en brazos al baño después de parirte, o cuando tu padre atravesó Madrid de punta a punta cuando explotó la fábrica donde trabajaba tu madre, o cuando tu tía Carmen saltó al río sin saber nadar para salvar a su marido. O cuando alguien te espera en casa, te cuida, te protege. Eso es amor, eso es lo más alto.
Doña Gracia se ahogó y tosió, agotada.
Toma agua, abuela Lucía desenroscó el termo. Gracia solo aceptaba agua templada.
Doña Gracia dio un sorbo y se recostó sobre los cojines.
¿Y si él dice que tanto amor le supera, que no puede esperar más? ¿Que si no cedo es porque no lo quiero y se acabó? Hasta lo comentó con Inés, que la otra, Almudena, sí le espera y le corresponde…
¿Y tú? ¿Qué temes? ¿Que no se case contigo? ¿O qué?
No lo sé, abuela. A veces temo haberme equivocado yo, o él. No quiero hacerlo solo porque sí. Quiero algo para siempre, como tú, como mamá, como papá…
Entonces escucha a tu corazón, hija. Nadie que ama de verdad fuerza nada más. La pasión desenfrenada da miedo. El amor verdadero es claro y sereno. Yo me lancé porque no tenía dudas, iba segura. Me daba hasta vergüenza, pero más lo deseaba.
Ni siquiera doña Gracia se hubiera imaginado nunca ser tan franca. Y menos delante de su bisnieta, una chiquilla…
Pero miraba la noche, una estrella, y sentía que desde allí alguien la miraba y la forzaba a recordar todo aquello.
Cansada, ni notó cuándo empezó a dormirse. Al despertar, Lucía ya dormía en su sillón. Ni recordó cuándo volvió al suyo, ni si terminaron de hablar…
Y ¿por qué se había desahogado así? Seguro que fue el cielo. Las noches son mágicas.
Se acercó a mirar a Lucía: acurrucada en braguitas blancas. ¡Con las cosas tan serias que hablaron! ¿Habría hecho mal? ¿O bien? ¿La habría mandado Dios a ella esa noche? Quién sabe…
Su hija, Elena, había muerto joven, de enfermedad cruel. Había dejado a Marina, fuerte y ruidosa, pero de corazón blando, a su cuidado. Le costaba: una casa grande, el trabajo, dos hijos, y encima la abuela… De ahí sus nervios.
Esa mañana doña Gracia durmió hasta tarde.
Marina, al verla despierta, la ayudó con el baño, la aseó con mimo y luego trajo la papilla. La acomodó con los cojines, le tendió el plato.
No la riñas tanto, Marina le recomendó doña Gracia con dulzura. Las cosas van a pasar igual, quieras o no. Habla con ella, cuéntale tu historia.
¡Ay, abuela! ¡Eso no se puede! ¡Si aún es una cría! Solo de verla Lo único que veo es que él viene con cerveza en mano y el otro la agarra como de su propiedad. Ella le mira embobada, como una perrita… Y tú come, que he de salir aún.
Tú fuiste igual, hija. ¿A ti que te decían tus padres? ¿Les hiciste caso?
Por favor, abuela, calla… ¡Mejor ni recordar! Y vosotras, ¿hablasteis toda la noche? Oí murmullos…
Hablamos, hija. Me salió contarlo todo, no sé de dónde saqué fuerzas.
Marina se fue, y Gracia rememoraba aquellos tiempos en que sufrieron por Marina. También la suya fue una historia de amor y desamor. Se iba a casar, esperaban conocer al prometido. Pero volvió sola, y peor aún, embarazada y llorando. Y del otro, ni rastro.
Mucho sufrieron entonces. Pero Gracia dijo enseguida: “Tendremos ese niño, lo criaremos”. Pero no pudo ser: Marina perdió el embarazo en el quinto mes, por más que intentaron impedirlo, ni quedándose en cama
Los hijos de Marina nunca supieron esa historia. Por su parte, su marido lo sabía, y la seguía queriendo con un amor inmenso. Buen hombre, su Eugenio, la adoraba.
Esa tarde pasó por casa la amiga de doña Gracia, la vecina de toda la vida. Recordaron viejos tiempos, lloraron juntas.
Al día siguiente, de pronto Marina susurró agradecida.
Abuela, no sé lo que le dijiste a Lucía, pero ya lo ha dejado con ese Bernardo. ¡Gracias a Dios! Dice que para siempre. Que ya anda con otra…
¿Ah, sí? Bueno, mejor así. Se le pasará… ¿Está mal?
Sí, no sale de la habitación. Mejor no molestarla.
Cuéntale tú tu historia…
¿Crees? Uf, no sé si debo. Qué vergüenza… Y soy su madre…
Cuéntaselo. Es el momento.
Bueno… Lo intento.
A la abuela Gracia le llegaban los cuchicheos de madre e hija, confidencias susurradas. Acurrucadas una junto a la otra, hablaban de lo más íntimo, de lo que tanto cuesta a las madres compartir con las hijas. La habitación se llenaba de una luz cálida y limpia.
Y cuando salieron a la cocina, entre el ruido de las ollas y el bullicio de la reconciliación, doña Gracia se durmió tranquila.
Y soñó con su Iván. Fuerte y amado, colmado de dulzura y ternura, bajando como de una estrella.
Y corría ella hacia él por los campos mojados y frescos, vestida de azul con estrellitas, viendo cada flor, cada brizna claramente.
Y lo veía allí, de pie en medio del campo, en camisa blanca y brazos abiertos, joven y vigoroso. Y ella caía en sus brazos, dulcemente, como si sus almas se fundieran al encontrarse.







