La fea Gallega

La poco agraciada Inés

¡Madre mía, pero cómo va a ser ese un hombre! ¡Si parece un esperpento! ¿No ve Inés en lo que se quiere meter casándose con él? Bajo, enclenque y más feo que un pecado.

No exageres tanto. Sí, es cierto que talla no tiene, pero de la cara no se vive. Inés tampoco es precisamente una belleza.

Eso sí que es verdad. Pero imagínate qué hijos pueden tener ¡Un horror!

Las jóvenes madres, que de puro aburrimiento chismorreaban en el banco de la plaza, ajustaron las mantitas en los carritos, sonriendo al contemplar a sus propios bebés. ¡Cómo iban a comparar a sus pequeños angelitos con esos futuros y supuestos hijos de Inés!

Mientras tanto, Inés, descargando del coche las bolsas de la compra para su madre, saludó con una sonrisa a las vecinas y se puso a organizar:

¡Luis, cariño, seguro que no pesa demasiado? Déjame que coja alguna bolsa trató de agarrar uno de los paquetes, pero él no la dejó.

Inesita, mejor sujeta la puerta del portal. ¡Estas cosas no son asunto de mujeres! No puedes cargar peso.

Las vecinas en el banco se miraron, maliciando:

¡Vaya desfachatez! ¿No es asunto de mujeres, dice? Ya verás, eso antes de la boda, a ver cuánto le dura la consideración. Luego bien que cambian.

Inés y Luis desaparecieron en el portal, pero las vecinas siguieron hablando de sus estaturas, los rasgos, el modelo de coche de Luis y el paso firme o no de Inés. ¿Y qué les costaba? El cotilleo es lo suyo.

Pero a Inés no le preocupaban los murmullos. Tenía prisa por ver a su madre, a quien no había visto en dos semanas. Entre un viaje de trabajo y las obras en el piso nuevo que querían terminar antes de la boda, el tiempo volaba. Su madre le había ordenado que se cuidara, se ahorrara los viajes: la nevera llena, el teléfono funcionando y faltaba nada para la gran fecha.

Aun así, Inés no pudo más y fue. Ella nunca había estado tanto tiempo apartada de su madre y todavía no sabía bien cómo calmar la ansiedad.

A Inés su madre la tuvo ya a los treinta y cinco años. María, con su nariz afilada, cuerpo desgarbado y más bien fea, trabajaba como dependienta en un supermercado de barrio. Parientes y amigos hacía tiempo le habían puesto la cruz: solterona típica, decían. ¿Qué hijos iba a tener?

Pero María sorprendió a todos. Se fue de vacaciones a la playa y volvió con novio. Y no uno cualquiera: un hombre guapísimo, alto, de hombros anchos y ojos claros. A su lado, ella parecía una ratoncita gris junto a un gato enorme y elegante. No daban ni de lejos el tipo de pareja ideal.

Pero tras la llegada de Alejandro a la vida de María, la del abrigo lujoso era ella. Alejandro era trabajador y listo. No sólo sabía ganar dinero, sino hacer que cundiera. Y si era para la mujer que adoraba, no escatimaba en nada. María floreció, se arregló, se puso de moda y ahuyentó a todas esas amigas interesadas que sólo pasaban a pedir favores o conseguir leche condensada del último lote llegado a la tienda.

No tenía amistades de verdad. Nunca cuajó. Le hubiera gustado, pero la apartaban. Era demasiado fea, decían. No era compañía deseada ni para salir ni para bailar. ¿Para qué fastidiarse la noche?

Por eso, cuando dejó de ver incluso a esas conocidas que sólo iban a su casa por interés, no lo lamentó. Temía el chismorreo: ya se sabe, maledicencia es peor que una pistola, no sabes nunca de dónde vendrá el tiro. Temía que alguien convenciera a Alejandro de lo poco que ella le pegaba y que debía dejarla. Por eso hizo de su casa una fortaleza cerrada, sólo para los suyos. No iba a perder su felicidad.

Pero todo fue en balde. Alejandro sólo tenía ojos para María. Había entendido desde pequeño que el dicho la belleza está en el interior era más que palabras. Nadie mejor que él podía saberlo: se crió sin padres, con una abuela alcohólica.

A Alejandro le faltaban aún tres años cuando perdió a sus padres en un accidente. Su padre, algo bebido tras la boda de un amigo, perdió el control del coche en una curva. Alejandro se quedó con la abuela, que perdió el rumbo tras tan dura pérdida. Primero bebía un poco, luego sin remedio. A los ocho años Alejandro ya sabía cocinarse, planchar sus camisas del colegio para que nadie preguntara y estudiar. Su belleza era más un lastre que otra cosa: todos se fijaban en él, le abordaban los adultos, y eso le incomodaba.

Creció testarudo y enfurruñado. ¿Cómo sentirse querido si nadie nunca lo abrazaba? La abuela prefería la botella al nieto y la gente se limitaba a comentar su guapeza, pero nadie le preguntó jamás cómo estaba en el mundo.

Nadie, salvo una panadera del barrio, Isabel, que también criaba sola a dos hijos propios y entendía bien el abandono. Ella misma creció en un orfanato, pero conseguía dar a los suyos una casa sencilla pero cálida; en la mesa, pan fresco, patatas fritas y té con miel que le traía el vecino apicultor.

¡Mil gracias! ¿Cuánto es?

¡Déjalo, mujer! Si tú te desvelas por los demás, ¿cómo no te voy a cuidar yo?

A Alejandro, Isa siempre le daba, junto con el pan, una pieza dulce.

¡Para el recreo! le decía, alborotando sus rizos.

Esas caricias inmerecidas, gratis, llenaban el corazón del niño y le ayudaban a sobrellevar el mundo. Al principio rechazaba aquel bollo, pero luego entendió que ofendía con su negativa; terminó dándole las gracias y ayudando en la panadería tras el colegio. Sin darse cuenta, Isabel se convirtió en su madre del alma.

Cuando la abuela murió, él tenía quince años. El corazón de la anciana no aguantó más, e Isabel, sin pensarlo, se hizo cargo de él.

Tú hace tiempo que eres hijo mío. Ahora sólo lo haremos oficial.

Así Alejandro se encontró por fin en una familia: madre y hermanos. Y su carácter se suavizó, porque ya tenía quien ahuyentara sus penas.

Acabó sus estudios de Formación Profesional, encontró trabajo, arregló el piso donde vivió con la abuela, pero la vida sentimental no le cuajaba. Las chicas se le arrimaban encantadas, pero siempre acababan alejándose. Una de ellas ni siquiera se molestó en disfrazar su rechazo:

Mira, Álex, no quiero nada serio. Eres demasiado guapo. Me vas a dejar, seguro. Y suerte si me dejas sola, y no con un niño a cuestas. Con lo buen partido que eres, todas detrás de ti. Elige, que puedes.

Otra vez la rabia le punzó el pecho, pero Alejandro sabía a dónde acudir con sus cuitas.

Hijo, esa no era la tuya. La tuya anda aún por ahí, esperándote. No pierdas la fe, sin fe nada se logra en esta vida. ¡Ya verás, llegará!

Isabel siempre sabía cómo consolarle. Alejandro decidió esperar, que para eso tenía paciencia, y que ya llegaría lo demás.

Pasaron los años y la indicada no llegaba. De nuevo se entristeció y tuvo que intervenir su madre adoptiva. Por primera vez, aceptó ir al mar.

¡Alejandro, tienes que ver el mar! Es

¿Cómo es, mamá?

¡Es enorme, dulce y a la vez fiero! Siempre distinto, hijo. Ya vas tú y lo ves. ¿Para qué te lo cuento?

En ese viaje Alejandro conoció a María. Para los demás, era tan discreta y poco atractiva que nadie reparaba en ella, mirando el mar desde el paseo. Pero Alejandro, al verla, perdió el habla. Resultaba ser un vivo retrato de Isabel: al conocerla vio que la vida le daba el mayor regalo tras su madre adoptiva. Era igual de luminosa, buena, llena de ternura y ganas de querer. Entendió: era lo que llevaba buscando años.

Y no dejó escapar la ocasión.

A su hija Inés la quisieron tanto, Alejandro y María, que hasta temían mimarla demasiado.

Ojalá que no la echemos a perder, Alejandro. ¿No la estaremos malcriando?

¡No podemos! decía él besando la coronilla de su hija. Es tan lista

Tan convencido estaba que a Inés le quedaba sólo alegrarles la vida con estudios y buen carácter.

¡Es igual de buena que su madre! decía la abuela Isabel acariciando a la nieta. Cuida de estas mujeres, hijo. La felicidad es eso: amor en casa.

Alejandro mantenía la mejor relación con su madre y hermanos. Por eso, al sentirse mal, lo contó primero en casa antes de preocupar a su esposa y madre.

Bien hecho, Álex. Vamos a buscar solución sus hermanos eran hombres de acción.

En nada le buscaron médico. Y cuando llegó el diagnóstico cruel, no le dieron pie a hundirse.

¡Ni se te ocurra! ¡Tienes una hija! Estamos todos contigo. ¡Hoy en día la medicina avanza!

La lucha duró diez años. Alejandro resistió, sorprendiendo a médicos y a propios.

Cualquiera habría tirado la toalla, pero usted es increíble.

Él sonreía venciendo el mareo, pensando que su fuerza estaba en María y en Inés, quien, tras el colegio, se iba volando al hospital para llevarle la comida y asegurarse de que comía.

Papá, mamá me ha dado sopa salada de tanto llorar haciéndola, pero yo le he dicho que no llore más, que te vas a curar y a volver. ¿He hecho bien?

Lo has hecho perfecto, hija

Y siempre volvía a casa, aunque el pronóstico era peor cada vez. Siempre había quien lo esperara.

Se fue suave, en casa, sobre el hombro de su María, dormido, sin más. Ella, arropándolo toda la noche, recordaba lo vivido.

No tengo queja, Álex. Mira que he sido feliz contigo. Gracias, mi amor

Al despertar, Inés corrió a la habitación de los padres antes del desayuno y gritó como un pajarillo herido.

Tranquila, pequeña. Papá ya no sufre. Ahora está bien, ¿me oyes? María, ya sin luchar contra las lágrimas, la abrazó. Estoy contigo.

No se quedaron solas. Los hermanos de Alejandro las cuidaban, Isabel iba de visita. La familia se unió para compartir el duelo y entender que a solas no se puede.

Pasaron los años. Inés crecía, y cada día odiaba más su imagen en el espejo. Sabía que era fea y nada podía hacer.

¿Se puede acortar la nariz, agrandar los ojos a voluntad? Ni la zanahoria que devoraba con la esperanza de crecer un poco le ayudaba.

En el colegio se mofaban de su aspecto, pero María la consolaba entre lágrimas:

Tiempo al tiempo, hija. Ya veremos quién es feliz.

Inés terminó el instituto, entró en la universidad, y ni allí encontró quien valorase su bondad y serenidad. Todos preferían a las guapas y lanzadas. Los compañeros sólo acudían a ella para pedir los apuntes perfectos. Mientras en clase, tan discreta, sabía que en un grupo con tantas chicas poco tenía que hacer.

¿Y ahora, hija, qué? preguntó María, apenada de verla sola y volcada sólo en el trabajo.

¡Pues al mar! confió Isabel con una sonrisa. Una vez funcionó. ¿Por qué no probar suerte de nuevo?

¡Buena idea! Pero sola, Inés, ¡no va ni de broma!

¡Vamos todos en familia! Invitamos a los primos, que traigan también a los niños. Así Inés tendrá que escapar de nuestro bullicio. ¿No viste cómo se las ingenió y se escapó una vez al centro? Isabel reía, acordándose de la guerra de los nietos. Son tantos y ella tan sola, ¡tendrá que buscar respiro!

¡A preparar maletas! asintió María.

Pero el destino tenía otros planes.

Inés fue al mar, pero se negó a separarse de la familia. Por mucho que la animaran, ella se mantuvo firme:

¡No quiero ir sola a ningún sitio!

A la familia no les quedó otra que aceptarlo.

Y el destino ya andaba tramando una de las suyas. Apenas volvió a la ciudad tras las vacaciones, Inés se topó con su suerte, no en la playa dorada, sino justo frente a casa. Regresando del trabajo, aparcó el coche y de pronto cayó un chaparrón formidable.

Despidió las sandalias nuevas, recién estrenadas, se las quitó y echó a correr descalza por los charcos para llegar pronto a casa, sabiendo que su madre la esperaba inquieta. Justo a la esquina de casa, una furgoneta pasando la empapó entera de barro.

¡Vaya tela! acertó a decir Inés.

Y entonces se echó a reír tan fuerte, que el conductor, que había frenado para disculparse, se quedó prendado de ella en ese instante.

El destino sonrió, puso otra marca en su libreta y siguió su camino, seguro de que a Inés y Luis les iría bien.

Y así fue.

Varios años después, las mismas vecinas, ahora cuidando a sus nietos adolescentes en el banco, cuchicheaban al ver llegar el coche de Luis:

¡Pero has visto el abrigo de visón que lleva esa sosaina! ¡Yo no logro ni unas botas nuevas y a ella la tienen como a una reina!

¿Otra vez con eso?

Ese corte no le sienta nada bien, ni el abrigo… ¡Nada!

¡Qué tiquismiquis eres! Tienes envidia y mala lengua, te molesta que Inés sea feliz. Tendrá un marido feo, pero la cuida y mima a todos en casa. ¿Y tú? Echando pestes, así no llegarás a nada.

Pues sí, me corroe. No entiendo por qué la vida reparte las cartas así; a unos todo, a otros nada. ¡Mira a sus críos! Padres feos y, sin embargo, los hijos preciosos. ¿Por qué será?

Por el abuelo. Que la madre de Inés decía que el padre era de los guapos del barrio. Así que esto es genética, y nada más.

¿Y cómo puede ella ser siempre tan amable? ¡Lo que le digas, sonríe, te da las gracias, nunca reprocha! ¿No debería odiar al mundo por la poca belleza que le dieron al nacer?

Debería, pero no lo hace. Y si envidiaras menos, igual hasta te volvías más guapa de lo que crees.

Anda ya. Yo pregunto por Juan y tú me sales con Juanillo. ¿Cómo hace esa para que su marido la quiera así, la lleve en palmitas?

Pregúntaselo, lo mismo te cuenta el secreto.

¡Hombre, no! Jamás voy yo a tomar ejemplo de ella.

Allá tú. Crujir los dientes de envidia no va a cambiar nada.

A Inés no le preocupaba el cotilleo de las vecinas. Tenía bastante con su propia familia. Su madre, aunque se esforzaba en estar animada, iba desgastándose; Isabel amenazaba con mudarse para vivir más cerca y echar una mano con los bisnietos; los tíos invitaban todos los fines de semana. Luis prometía ayudarles con la reforma de la casa. A los niños no se les podía quitar ojo de encima.

¡Santi, Lucía, adentro! ¡La abuela acaba de sacar la tarta del horno, no la hagáis esperar!

Y así pasaba otra tarde, con tiempo para confidencias, canciones con la guitarra o un cuento que la abuela María narraba con dulzura a los nietos antes de dormir.

Y la vida continuaba.

La verdadera belleza no reside en el espejo, sino en el corazón, en la bondad, en las ganas de compartir amor y alegría. Sólo quien sabe ver con los ojos del alma comprende lo que de verdad importa y puede hallar la felicidad, aunque el mundo no lo entienda.

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La fea Gallega
Solo con prueba de ADN. No queremos a nadie ajeno, — soltó la suegra. — ¡Apenas cien mil euros! — se burló Isabel. — ¡Eso sí que es barato para comprar la libertad de tu hijo! ¿Y si encuentras doscientos mil? — Si hace falta, los reuniré — gruñó María. — Entonces, ¿estás de acuerdo? Si la cuestión es solo económica… — María, dime la verdad: ¿te costó mucho llegar a hacerme esta propuesta? — preguntó Isabel. — ¡Dejemos el dinero! Hablémonos de mujer a mujer. — Vamos a ahorrarnos los sermones — María puso mala cara — nadie está exento de culpa. Y tú, como madre de familia numerosa, deberías entender que por un hijo… — ¿Así que solo quieres comprarme? — dijo Isabel. — ¿O comprar a mi hija Clara? Como si fuéramos pobres necesitadas y todo se resolviera con dinero. Y tu Iván primero le llenó la cabeza de promesas a Clara, la dejó embarazada y ahora… Ni sé cómo decirlo. ¿Huye? ¿Se esconde bajo las faldas de su madre? Para que, digamos, limpien el desastre que dejó. — Isabel, seamos sinceras — dijo María. — Iván solo tiene dieciocho. ¿Qué va a saber de familia y niños? ¡Primero debe estudiar! Encontrar trabajo. ¿A dónde irá si carga con la familia y el niño a cuestas? — ¿Y antes tu Iván no pensó en eso, cuando se acercó a Clara? — repuso Isabel con sorna. — Que empiece a acostumbrarse a la vida adulta y responsable. Si hay un bebé, que cumpla. Si no, hay otros caminos: juicios, pensión alimenticia… El asombro dejó a María boquiabierta. — ¡Te va a entrar una mosca! — bufó Isabel. — Que me pase el día trabajando no significa que no sepa nada. — No vengo a pelearme — se contuvo María. — Vengo a arreglar esto sin conflictos. Y estoy dispuesta a compensar, por así decirlo, las molestias. — ¿Y eso lo vas a pagar por…? — preguntó Isabel. — ¿Por el embarazo de Clara a manos de Iván? ¿O por que él lleva dos meses sin dar la cara? ¿O tal vez porque mi Clara debe abortar? ¿O es el primer pago de la pensión cuando Clara dé a luz? A María no le gustó la lista, y menos el último punto. ¡Podían agarrar a su hijo en cualquier momento y exigirle cuentas! — ¡No me líes! — María levantó el dedo. — Te ofrezco dinero real para que el asunto se cierre de una vez. Como lo soluciones me da igual. Si quieres, abortáis, o te quedas el niño, o lo das en adopción. ¡Eso sí, que mi Iván no tenga nada que ver! Y si no te basta el dinero, deja la moralina y di cuánto necesitas. Si hace falta, pido préstamo a mi marido. — ¡María, vete de aquí! — dijo Isabel. — Como mujer decente no te diré a dónde, pero tú, con semejante propuesta, ni sabes lo que es la decencia. ¡Ya sabes dónde ir, cuánto tiempo quedarte y dónde meter el dinero que traes! — Isabel, intentemos la vía pacífica — despechada, insistió María. — ¡Pues vete con tu paz! — contestó Isabel. — ¡O suelto al perro! No se supo si María logró proteger a su hijo, pero mientras Isabel estuviera enfadada, mantendría a su hija lejos de Iván. Así él tenía tiempo para centrarse y seguir estudiando. Si Isabel cambiaba de idea, ya no habría rastro de Iván; se iría a estudiar a Madrid. En una ciudad siempre se puede esconder uno y no lo encuentran ni en cien años. María apenas pudo contenerse y no arrancar los moños a Isabel: — ¡Será orgullosa! ¡Desdeña el dinero! Y encima fui con buena intención. ¡Y ella amenaza con el perro! ¡Vaya tela! ¡Con gente así ni sentarse en el campo, te retuerce por dentro! Aunque aún no sabía que aquello era solo el principio, no el final. La historia ya había empezado antes. Los padres rara vez se enteran a tiempo de los problemas de sus hijos. Descubren todo cuando ya es tarde para arreglarlo. Cuando María se enteró, gracias al cotilleo de la vecina, que su Iván había embarazado a la hija de Isabel, casi se desmayó. — ¿Para que mi Iván se fijara en Clara? ¡Si ella…! — se contuvo, — ¡es hija de familia numerosa! ¡No da buena vida! ¡Mi hijo no se fijaría! — Yo solo repito lo que se dice — respondió la vecina. — Si no me crees, pregunta en el pueblo, ya se sabe. Al volver a casa, María no tenía ni marido ni hijo: se habían ido al monte. Las manos se le caían y la cabeza le daba vueltas con la noticia. ¡Menudo desastre! — ¿Por qué? ¿Para qué? ¿A quién le hace falta? Tras pasarse la tarde sufriendo, casi perdió la razón. Cuando llegó el hijo, lo interrogó: — ¿No había chicas mejores en el pueblo? Iván confesó, creyendo pasar el verano y huir luego al pueblo del instituto. Allí sí que no lo encontrarían. Pero con el enfado de la madre no hubo escapatoria. Iván lloró y confesó, queriendo dar lástima. No era guapo, ni muy listo ni bien parecido: no era deseado por las chicas. Pero la adolescencia y las hormonas aprietan, y los amigos lo picaban: que se quedaría solterón. — Pero Clara aceptó… — ¡Clara acepta a cualquier desastre! — protestó María. — Tiene diecinueve y los chicos escapan como de la lepra. ¡Pocos se arman de valor con su familia! ¡Son pobres! ¡Muchos hijos y el padre enfermo! Coges a Clara y te esclavizas a mantener a toda su familia. — Mamá, es buena. Dulce y cariñosa — lloraba Iván. — ¿Y que sea fea no te importa? — gritó María. — ¿Cómo pudiste…? Iván sonrojado, cabizbajo. — ¡Qué mala suerte la tuya! — María se llevó la mano al pecho. — Solo fue un par de veces — murmuró Iván. — ¡Y con eso basta! — bramó María. — ¡Pronto verás las consecuencias! ¡Y el año que viene a la universidad! ¿Con niño? ¡Te pedirán pensión! — ¿Y si no es mío? — se ilusionó Iván. — Ojalá, pero ¿quién más se iba a fijar en ella? — suspiró María. — Si no hay acuerdo, solo con la prueba de ADN. No queremos hijos ajenos ni criados de otros. — Aunque jura y perjura que será fiel — musitó Iván. — Ojalá te mintiera — protestó María al sacar la caja donde guardaban los ahorros. — ¡Gracián! Eso era para el padre y el chaval se fue a otra habitación. — ¡Aquí no hay mucho! — gritó María. — Está en el banco, falta una semana — respondió Gracián. — ¿No te acuerdas? — ¡Cómo para acordarse! ¡Se pierde la cabeza! — María se dejó caer en el sillón con la caja en las manos. — ¿Has visto lo que hizo Iván? — ¡El niño ha crecido! — sonrió Gracián. — ¿Preparamos la boda? — ¿Te has vuelto loco? ¿Con quién? — respondió María atragantada. — ¡Jamás! ¡Habrá que comprar la libertad! ¿Crees que con cien mil bastará? — ¡Yo qué sé! — se encogió de hombros. — Aunque Isabel ahora acepta cualquier moneda… — No, esto no se arregla con céntimos — negó María. Recontó el dinero, añadió lo del banco. — Hay doscientos mil — concluyó. — Primero ofreceré cien, si regatea doy doscientos. Y si hace falta, la semana que viene habrá quinientos. María asintió, satisfecha con el cálculo. — ¿Voy contigo? — preguntó Gracián. — Si hubieras vigilado al niño, no tocaría pagar — gruñó María. — Yo me arreglo sola. *** La respuesta de Isabel no despejó nada y Clara apenas contaba. Iván acabó el verano y se fue al pueblo al instituto. Prohibido volver antes del año siguiente. Así que, fuera del pueblo — fuera de la historia. La gente rajó sobre Clara, embarazada y luego madre, y sobre Isabel. — Ni pensión ha conseguido sacarle a Iván. ¡Ahora a pasar hambre ellas! Isabel respondía: — ¡No es asunto vuestro! ¡No pedimos limosna! En junio Iván volvió al pueblo, pero los padres lo encerraron en casa. Que aprobara exámenes e irse a Madrid a la universidad. Pero los suspensos fueron tales que ni en la privada lo admitieron. — ¡Gracián, habla con el cuartel! — exigía María. — Si lo llaman a la mili, se le olvida todo. Igual el año que viene estudia. No hubo acuerdo y Gracián acabó con las costillas magulladas y quince días en el calabozo. Al volver explicó cómo retrasar la mili: — Tiene que casarse con Clara y reconocer al niño. Así tendrá prórroga hasta que el niño cumpla tres años. ¡Y si tiene otro, más prórroga! Hasta que le llegue la edad límite. — ¡Te han dejado tonto! — bramó María. — ¡Ni al enemigo le deseo tales suegros! — Si no, irá a la mili — respondió Gracián. María quería la mili mucho menos que la boda con Clara. Pero no había alternativa. — Tendremos que humillarnos — cedió María. — Gracián, coge la caja. A ver si acepta… — ¿Después de lo que te mandó a paseo? — se burló Gracián. — ¿Y tras todo lo que ha escuchado en el pueblo este año? Igual que se vaya a la mili… No queremos que Isabel nos persiga por el pueblo también. — ¡Nos arrodillaremos! Tú también — insistió María. — ¡Rogaremos! — No lo creo, María. Ni aunque lo pagues — negó Gracián. — Mejor que Iván se esconda en el monte hasta los veintisiete. — Coge la caja ¡y vamos! — ordenó María.