¡Ay, por favor! ¿Ese es el novio de Gema? Pero si parece un chiste, una anécdota mala. ¿De verdad no ve Gema a quién se va a casar? Pequeñito, escuchimizado… ¡más feo que un pecado!
Bueno, tampoco exageres, mujer. Alto no es, vale. Pero total, de la cara no se vive. Además, Gema tampoco es que sea la reina de la belleza
Eso también es verdad. Pero tú imagínate qué niños van a tener ¡Madre mía, menudo susto!
Las madres jóvenes, aburridas y dándole a la lengua sentadas en el banco de la plaza, se entretuvieron en colocar bien las sabanitas de sus niños dormidos en los carritos, orgullosas de sus pequeñas criaturas. ¿Cómo iban a comparar a sus angelitos con los hijos aún inexistentes de Gema?
Mientras tanto, Gema, después de ayudar a su prometido a sacar del coche todas las bolsas de la compra para su madre, se acercó a las vecinas con una sonrisa y se puso a toquetear:
Daniel, cielo, ¿no será mucho? Dame, que te ayudo al menos con alguna bolsa.
Intentó cogerle una, pero él ni caso:
Gemi, aguanta tú mejor la puerta del portal. Lo de cargar es cosa de hombres. No, mujer, ¡tú nada!
Las de la plaza se miraron entre ellas:
¡Vaya un caradura! Ahora todo es atención y caballerosidad, pero que se case con él y verás tú qué poca galantería queda después… ¡Ya veremos quién lleva razón!
Gema y Daniel ya se habían metido en el portal y las vecinas seguían con las habladurías: que si la altura, que si los kilos, que si la cara, el coche del novio, la forma de andar de la novia ¿Y por qué no? Criticar es de lo más fácil.
Pero a Gema aquello le importaba poco. Ella solo quería ver a su madre, después de dos semanas sin visitarla, primero por un viaje de trabajo y luego por las obras en el piso nuevo, que ella y Dani intentaban terminar antes de la boda. Su madre le había prohibido ir porque hay comida de sobra, el móvil va perfecto y a la boda queda un suspiro Pero Gema no aguantó más. Nunca había estado tanto tiempo separada de su madre y todavía no sabía cómo calmar esa inquietud en el pecho.
A Gema su madre, Beatriz, la tuvo con treinta y cinco. A Beatriz siempre la creyeron una solterona: feúcha, con la nariz grande, delgadilla, dependienta en el pequeño ultramarinos del barrio. Todos la daban por caso perdido, esa no tiene niños, ni marido ni nada.
Pero mira tú por dónde, Beatriz sorprendió a todos. Se fue unos días al Mediterráneo y volvió de vacaciones con Antonio, el hombre más guapo que haya visto su pueblo jamás. Alto, con hombros anchos y unos ojos azules como el cielo. A su lado, Beatriz parecía un ratoncillo pobre junto a un gato persa imponente. Todo el mundo murmuraba que no pegaban nada.
Pero después de conocer a Antonio, era a Beatriz a quien le sentaban las buenas pieles. Su marido era trabajador y espabilado y, lo poco que ganaba, lo multiplicaba. Y, a ella, que la adoraba, no le faltaba de nada. Beatriz floreció, estrenó peinados, ropa actual, y fue dejando retiradas a sus amigas de toda la vida.
Total, nunca tuvo amigas íntimas. No acababa de encajar. Beatriz sí lo quería, pero la trataban distante. Decían que era demasiado fea y que da mala suerte juntarse con alguien tan poco agraciada. Por eso, a las que venían de vez en cuando a pedir favores o productos de la tienda, las despidió sin dramas.
El miedo más grande de Beatriz siempre fueron los chismes. Sabía que su Antonio no era de su liga y que siempre habría quien le intentara convencer de que se quedara soltero o de que buscara algo mejor. Por eso, Beatriz convirtió su casa en un búnker: solo entraban los suyos. No quería perder su felicidad por la lengua viperina de ningún vecino.
Pero Antonio solo tenía ojos para su mujer. Bien sabía él que eso de la belleza va por dentro era muy cierto. Había crecido sin padres, solo con una abuela aficionada al vino. Nada le fue fácil.
Perdió a sus padres siendo niño, no tenía ni tres años cuando un accidente de coche se los llevó volviendo de una boda en carretera mojada. Antonio se quedó con su abuela, que nunca superó la pérdida de su hijo y se dio a la bebida. Así que, con ocho años, él ya sabía freírse un huevo, lavar sus camisas y contestar con las notas del colegio en mano para que nadie preguntara demasiado.
De guapo, sí que era, y eso solo le traía problemas. Todo el mundo lo miraba, sobre todo los adultos. A veces hasta le hacía sentir incómodo en vez de darle ventaja.
Creció testarudo y algo arisco, normal, con tan poco cariño y una abuela que prefería el tinto a su nieto. Solo una persona tuvo para Antonio un gesto amable: la panadera del barrio, Carmen. Madre soltera de dos niños, criada en un hospicio, que sabía muy bien lo que era quedarse sin madre.
Carmen le daba cada día, además de la barra, una pulguita para la escuela, anda. Le revolvía los rizos, y ese gesto, ese cariño sin pedir nada, le abrigaba el alma. Antonio primero se negó, pero pronto comprendió que para ella era importante, así que, después, le daba las gracias y ayudaba en la panadería siempre que podía. Pronto Carmen se le hizo madre casi de verdad.
A los quince, murió la abuela de Antonio. Así que Carmen no dudó en asumirlo como hijo. Si para ti ya soy madre, ¿qué más da hacerlo oficial?. Y así, Antonio ganó madre y hermanos.
Con los años terminó el instituto, arregló el piso de la abuela y se buscó la vida. Consiguió buen trabajo, pero en cuestión de novias nada. Le salían muchas, claro, por guapo, pero ninguna quería nada serio con un hombre tan apuesto miedo a que la dejara por otra más adelante, decían.
La que realmente le gustó no se cortó ni un pelo en decirle: Contigo ser novios, ni hablar. Eres demasiado guapo, me dejarás, si no ahora, más tarde, y vete a saber si no con algún hijo de por medio. Todas te miran, tú sólo eliges.
Con el corazón dolido, Antonio fue a pedir consejo a su madre adoptiva. Hijo, la tuya está por llegar, seguro. Confía. Sin fe no se consiguen cosas bonitas. Tú espera. Carmen siempre tenía razón.
Pero los años pasaban y Antonio no encontraba a la suya. Hasta que Carmen, con su empeño, le animó a hacer algo distinto: Antonio, tienes que ir al mar. Te va a encantar. Es inmenso, es dulce y a la vez salvaje. ¡Vete por favor, no esperes más!.
Y fue en Almería, de pie en el paseo tras la tormenta, donde vio a Beatriz, sola y sin que nadie le hiciera caso. Antonio se quedó pasmado: ¡era igualita a Carmen! Se acercó y, al conocerla, entendió que la vida le regalaba algo aún mejor que cuando Carmen le adoptó. Beatriz tenía la misma candidez, las mismas ganas de cuidar. ¡Eso era! Todo lo que había buscado, estaba allí mismo.
Y claro, él no dejó escapar su oportunidad.
La hija de Antonio y Beatriz, Gema, creció querida hasta el extremo que a veces les daba miedo a sus padres.
Antonio, ¿no estaremos mimándola demasiado? decía Beatriz preocupada.
No te preocupes le respondía él, besándole la frente. Esta niña es lista.
Él lo creía tanto, lo transmitía tan convencido, que Gema creció haciéndolo realidad.
¡Salió a su madre! decía Carmen, ya abuela, acariciando a la niña. Tan buena como su madre. Hijo, cuida a tus mujeres: la máxima felicidad es tener amor en casa.
Antonio siempre mantuvo el cariño y contacto con sus hermanos y Carmen. Así, cuando notó que algo malo le rondaba, se lo dijo primero a sus hermanos, sin preocupar a Beatriz o a Carmen. Pronto dieron con un buen especialista y cuando apareció la mala noticia, le hicieron frente juntos.
Nada de hundirse le dijeron sus hermanos. ¡Aquí estamos todos! Y tienes a tu hija.
La batalla fue durísima, una década entera, pero Antonio no se rendía nunca, para asombro de los doctores.
Otros ya habrían tirado la toalla decían. Pero usted debe ser de otra pasta.
Antonio sonreía pensando en su mujer y su hija, en Gema corriendo cada día al hospital, llevándole la comida.
Papá, tienes que comer, ya sé que a mamá le ha salido salado de tanto llorar, pero yo le he dicho que no llorase más, que tú pronto vas a curarte y volverás a casa ¿A qué sí?
Eso es, Gemi Eso es.
Siempre volvía, aunque los partes médicos fueran nefastos. No podía no volver, en casa le esperaban.
Cuando Antonio se fue, fue en casa, en los brazos de su mujer. Se durmió y no despertó. Beatriz pasó toda la noche abrazándolo, repasando su vida.
No puedo estar más que agradecida He sido tan feliz Gracias, mi vida.
Gema, de niña, cuando fue a la habitación por la mañana, rompió a llorar al ver a su padre.
Shhh, pequeña. Ahora a papá ya no le duele nada Ya no. Voy a estar contigo.
Beatriz y Gema no se quedaron solas: los hermanos de Antonio, Carmen y toda la familia las arroparon. Lloraron juntos, porque sabían que el dolor compartido es más llevadero.
Los años pasaron y Gema creció. Cada vez se miraba menos al espejo; era consciente de que no había heredado la belleza de su padre y no podía hacer nada. Ya podía comer zanahorias para crecer, agrandar los ojos o intentar disimular la nariz: nada funcionaba.
En el colegio era invisible o motivo de burla. Beatriz la consolaba:
Ya verás, hija, ya veremos quién ríe la última Solo espera.
Gema terminó el instituto y la universidad, pero nadie la veía más allá de sus apuntes (siempre perfectos). Los chicos preferían a las más guapas o lanzadas, y solo la buscaban para pedirle los apuntes antes de exámenes.
Mamá, ¿qué hago con mi vida? le preguntaba triste a Beatriz, ya profesional hecha y derecha, aunque sin saber qué hacer con su soledad.
Pues lo que hice yo, hija: ¡te vas al mar! contestó Carmen, la abuela. Ya funcionó una vez
¡Claro! añadió Beatriz. Pero sola no va, que es dura como una mula.
¡Pues nos vamos todos! Con los primos, tíos, sobrinos ¡Ya veréis cómo se quita de encima a toda la familia rápido!
Prepararon las vacaciones, pero la vida tenía otros planes.
Gema fue a la playa, pero se negó en redondo a separarse de la familia. Ni amigas, ni salir sola, nada. Se resignaron.
Pero la vida le tenía preparado otro giro: al volver de las vacaciones, trayecto del trabajo a casa, la sorprendió un chaparrón bárbaro. Aparcó deprisa el coche, se quitó los zapatos nuevos, y corrió por los charcos. Y justo enfrente de su portal, un coche la empapó de arriba a abajo con el agua sucia de una rueda.
¡Madre de Dios! exclamó Gema.
Y se echó a reír tan fuerte que el conductor, que paró para disculparse, se quedó embobado de verla.
Y así, la vida, entornando el ojo y sonriendo, les puso juntos en el camino.
Años después, las mismas vecinas, sentadas en el banco, la veían bajarse del Audi de Daniel.
¿Te has fijado en el abrigo de esa tía? Yo no consigo que me regalen ni una bufanda y a esa todo son regalos decía una.
Pues a mí no me gusta nada como le queda Negra, que es una pesada saltaba la otra.
¡Jo, qué envidia das! ¿Por qué te fastidia tanto la felicidad de Gema? El marido será feo, pero la cuida que da gusto. Se les ve felices.
Qué rabia me da, ¿por qué a algunos les toca todo y a otros nada? ¡Ni guapos ni nada y los críos parecen de anuncio!
Eso es genética, mujer. El padre de Gema era como un actor
Pero, ¿cómo puede estar siempre de buen humor? Siempre agradecida, jamás te corta. Podría odiar al mundo y, sin embargo, sonríe todo el rato…
Podrías aprender y te iría mejor.
Sí, claro Como si pudieras aprender a tener un marido entregado y cariñoso. ¿Ella sabrá algún secreto o qué?
¡Pregúntale! Igual te lo cuenta.
Sí, hombre, como si de esa voy a aprender yo
Mientras, Gema a lo suyo, corriendo detrás de los niños, organizando las meriendas, ayudando a la abuela Carmen, con Daniel arreglando la casa del hermano. Los hijos pidiendo tarta, la abuela sacando el bizcocho del horno.
¡Santi, Marta! ¡A casa, que la abuela ya sacó el bizcocho! No la hagas esperar.
Y así pasaban las tardes, con cuentos, guitarra, confidencias y vida, mucha vida, en familia. Porque la felicidad, a veces, no es cuestión de cara ni de cuerpo. Es cuestión de corazón.







