¡Soledad, te perdono! ¡Nuestra pelea fue absurda! ¡Basta de enfados! ¡Ya no somos unas crías! retumbó Aurora Jiménez, marcando el número de su hermana por primera vez en siete años. ¡Ya va siendo hora de madurar, Soledad! ¿Hasta cuándo
Lo siento… ¿Con quién quiere hablar? Yo no soy Soledad…
La voz era distinta. Joven, con un leve temblor, pero agradable.
Aurora se quedó a medio aliento, algo que le sucedía en contadas ocasiones.
Hija, ¿quién eres tú? ¿Por qué tienes el número de mi hermana?
Este es mi número. Desde hace más de un año. Lo siento, no la conozco a usted. Ni a la Soledad a la que llama. Que tenga un buen día.
Aurora, aún sin entender, ni siquiera contestó de inmediato. Mientras se recuperaba, el pitido sordo del teléfono cortó la comunicación, y una extraña inquietud se apoderó de ella
Decidió consultar, así que se calzó sus gafas y revisó el número en su desgastada agenda roja, esa que Soledad le regaló hace mil años. Soledad adoraba las cosas bonitas y, sabiendo que su hermana disfrutaba de esos detalles, pero que jamás gastaría dinero en chorradas, solía obsequiarle pequeños presentes: un bolso, una pluma elegante, un pañuelo de seda. Con Aurora eso nunca pasaba: siempre prefería los regalos grandes, imponentes, de esos que hacían que todos supieran cuánto quería a su hermana.
Al marcar el número manualmente, Aurora entendió que algo malo había sucedido, algo para lo cual no estaba preparada. La voz que contestó, dulce y calma, continuaba siendo igual de extraña.
Ya se lo he dicho antes, este es mi número la chica sonaba algo alerta. Por favor, no me vuelva a llamar, estoy trabajando. Tengo una clase.
¡Espere! Aurora temía que colgara. ¿Cuándo podría volver a llamarla? Es importante.
En media hora. Entonces tendré el descanso.
Aurora dejó el móvil a un lado y se quedó sumida en sus pensamientos.
¿Por qué había cambiado Soledad de número? ¿Por qué no se lo avisó? Sí, estaban distanciadas, pero no era motivo para dejarla incomunicada.
Cada vez más enfadada, Aurora refunfuñaba mientras limpiaba por enésima vez la mesa de la cocina, sus ojos puestos en el reloj. Nunca podía estar quieta; de niña siempre fue activa, impetuosa y llena de opiniones tajantes. Era el motivo de tantos roces y enfados familiares. Pero Aurora siempre se creía en lo cierto. ¿Para qué arrepentirse?
Soledad era todo lo contrario. Tranquila, cariñosa, terriblemente lenta. Mientras Are Aurora lo apañaba todo uniformes, trenzas, lazos Soledad aún bostezaba delante del espejo, trazando dibujos sobre el vaho del cristal.
¿Qué haces, Sole?
Pienso
¡Deja de perder el tiempo! ¡Llegaremos tarde! ¡Piensas demasiado!
¿Y no debería?
¡No! ¡Que piensen otros! ¡Tú límpiate los dientes y desayuna de una vez!
Siempre lo mismo. Sole a la retaguardia, Aurora ya coronando el Everest y bajando para regañarla.
¡Eres más lenta que una procesión! ¡Pareces que no tienes sangre, hija! ¡Así no se vive!
Pero a Soledad no le dolían los reproches. Miraba a su hermana con paciencia, hasta sonreía ante tanto ímpetu:
¡Ay, Aurorita! No todo el mundo tiene que ser un torbellino como tú. Tú eres nuestro orgullo. ¡Yo, poquito a poco!
¡Siempre igual, Sole! ¡Así se te pasa la vida mientras poquito a poco! ¡Muévete!
Soledad nunca se ofendía. Sabía del volcán interior de Aurora y esperaba, con serenidad, el día en que llegara el cariño. Pensaba que Aurora acabaría calmándose. ¿Cómo domar un volcán? Solo con mar. Así la vida, y así el amor. Donde arde el fuego aparece una isla, palmeras y todo se aquieta. Así imaginaba Sole el amor, aunque la realidad con su hermana era otra. Porque Aurora también amaba de un modo volcánico y arrasaba todo lo importante.
Cuatro maridos tuvo Aurora. A los tres primeros apenas les dió tiempo a aprenderse el camino a casa, y ya estaba firmando el divorcio.
No encajábamos, qué le vamos a hacer.
Con el cuarto duró algo más, tres años escasos. Pero también se fue. Su niña, Clara, apenas levantaba un palmo, y nada en el horizonte, salvo un profundo desencanto.
¿Qué clase de hombres quedan hoy día? Ni les interesamos, ni familia quieren, ni hijos les motivan. Y la esposa, un perchero más, sin opinión estallaba Aurora en las visitas a su hermana. ¿Y tú, cómo aguantas al tuyo, Inocencio? ¡Qué sopor!
El marido de Soledad, Inocencio, servía el té en silencio y se llevaba a su sobrina en brazos:
Hablad tranquilas. Yo acuesto a Clarita.
Aurora no tenía tiempo ni para ocuparse de la pequeña. ¡Demasiadas desgracias juntas! ¡A empezar de cero otra vez!
Ni chicha ni limoná sentenció al cerrarse la puerta tras Inocencio. ¿Cómo puedes vivir así? ¡Menudo aburrimiento!
Pues yo vivo bien, Aurora sonrió Soledad y le acercó la caja de polvorones. Toma, come algo. Vendrás muerta de hambre.
No he comido nada en todo el día admitió Aurora, abalanzándose sobre los dulces. Fíjate, otra vez sola.
Aurorita, ¿no va siendo hora de ablandarte? ¿Hasta cuándo esa guerra? ¡Se te escapa la vida! Un día Clara crecerá, se casará y se largará. Y tú… ¿qué harás sola?
¡Soledad, qué ilusa eres! ¡No es cuestión de eso!
¿Y de qué es entonces?
¡No se puede confiar en nadie! ¡Todos mienten!
¿Yo también?
¡Tú también! Me cuentas que quieres a Inocencio y ni te planteas tener hijos con él. ¿Eso qué es? ¡No hay amor!
¿De qué hablas? A Soledad se le borró la sonrisa.
¡Eso! Si una mujer no quiere tener hijos del hombre que ama, es que nunca le ha amado. Así de claro.
Soledad tardó en contestar. Se levantó, fue a la cocina, palpó la tetera, se secó una lágrima y murmuró tan bajo que Aurora apenas la oyó:
No es que no quiera… Es que no puedo, Aurora. Me gustaría, pero no puedo. Nunca voy a ser madre
Aurora corrió a abrazarla y a consolarla.
¡Eso lo dirán los médicos! No les hagas caso. Yo te busco a los mejores. ¡Tendrás tu felicidad, ya lo verás!
Pero ni con voluntad pudo cambiar nada. No todo se logra a fuerza de empuje, si la vida decide otra cosa…
Soledad fue madre, pero no de la manera que soñó. No tuvo hijos biológicos. Sin embargo, si alguien osaba decir que su hijo y su hija, acogidos desde la familia lejana de Inocencio tras un abandono, no eran suyos, Sole saltaba a la yugular. Incluso con Aurora se distanció mucho por defenderlos.
¡No necesitas niños ajenos, Sole! ¡Los tuyos vendrán!
¡Aurora, tengo ya casi cuarenta! Si eso fuera posible, habría ocurrido ya. Son niños, ¿qué iban a hacer? ¿Ir a un centro?
¡Qué más da! ¡Inocencio tiene parientes de sobra! ¡Que los acoja quien quiera!
¡Quiero yo! ¿Tan difícil es de entender?
¡Ay, Sole! ¡Cómo eres!
¿Cómo qué?
¡Cabezota y tonta! ¡Eso es una carga!
Basta, Aurora. Ya está bien. Tienes que irte; Clara te espera en casa.
Clara está en el campamento. No vuelve hasta la semana que viene. ¡Así que mejor ni te asomes por mi casa! ¿Entendido? Y ni me pidas ayuda si luego no vas a escuchar mi consejo.
¿Cómo puedes tener tanta rabia dentro, Aurorita? le preguntó Sole a su espalda, mientras Aurora se marchaba escaleras abajo, indignada porque nadie le hacía caso.
No hubo respuesta. Aurora cortó toda relación. No llamaba, no visitaba, ni permitía que Clara viera a su tía. Pero Clara no obedecía; adoraba a Soledad, amaba a sus primos adoptivos, y se las apañaba para visitarla. Vivían cerca.
Después ofrecieron a Inocencio un puesto fuera. La familia de Soledad se mudó a otro rincón de Castilla, dejando a Clara la dirección por si alguna vez la necesitaba.
La vida es caprichosa, Clarita la abrazó Soledad en el andén . Que sepas que aquí tienes familia. Pase lo que pase, aquí estaremos. Cuida de tu madre, cariño; sabes cómo es. Nadie más lo hará por ella
Clara intentó cumplirlo, le costaba. Pero cuando fue mayor le resultó imposible.
Todo por culpa del amor. Clara se fue a casar y Aurora no aprobó al novio.
¿Pero qué clase de pelagatos es ese? disparó Aurora nada más verle en la puerta, sujetando la mano de Clara. ¡Podrías buscar algo mejor, hija!
Clara no se molestó en discutir. Miró a su novio y, tomándole de la mano, se marchó sin siquiera escuchar los gritos de su madre.
Ese “pelagatos”, Mario, en realidad era un programador inteligente, con oficio. Propuso mudarse a la ciudad de Soledad:
Allí, Clara, tenemos más oportunidades. Vendo mi piso aquí, compramos algo allí. ¿Qué más nos ata a Madrid?
Nada ya lloró Clara, recordando la mirada de sorpresa de su madre.
Mario quería tanto a Clara que habría ido a cualquier lugar con tal de verla sonreír. Sus padres ya no vivían, y ella se había convertido en el centro de su mundo, soñando juntos con su propia casa, familia y toda una vida por delante.
Así fue.
Soledad, al enterarse del nuevo desencuentro, quiso hablar con Aurora, pero no la dejaron ni empezar.
¿Se han ido contigo? ¡No hace falta decir más! ¡No me llamen! ¡No quiero saber nada de vosotras! Aurora rompía a llorar a voz viva.
¡Basta ya, Aurora! se enfadó por fin Soledad. Romper siempre es fácil. Pero lo tuyo ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Has echado a tu hija por un capricho. Menos mal que tiene a quién acudir. ¿Y si no hubiese sido así? ¿Qué clase de madre corre a echar a su criatura de casa por elegir a quién amar? ¡No eres tú la que tiene que vivir con Mario! ¡Es su vida! Tú deberías apoyarla. ¿Y si el futuro le sale mal? ¿A dónde irá? ¿A la calle? ¿Porque a su madre le faltó humanidad?
Pero es que intentó Aurora, pero Soledad no la dejó seguir.
Ya está, Aurora. Cuando quieras recapacitar y tender la mano, aquí estaremos. Pero será en nuestros términos. Ya está bien de tus rabietas. Piensa. Y cuando cambies de idea, llámanos. Estaremos esperando.
Aurora se enfadó más aún. Juró no llamar ni a su hermana ni a su hija. ¡A ver cuánto les duraba la inteligencia sin ella!
Tiró la invitación a la boda en pequeños trozos y la echó a la basura. Ignoró las llamadas, las cartas, incluso las fotos que le envió Soledad. Ni las abrió. Su orgullo era más fuerte que el amor posible.
El tiempo pasó, y nadie dio el brazo a torcer. Las familias prosperaban. Soledad educaba a los niños y ayudaba a Clara con el primer nieto, Mario e Inocencio construían una casa para la pareja.
Y aquel pelagatos resultó tener manos de oro. Ya no era tan flaco ni tan pálido; su esposa lo mimaba. Inocencio no paraba de admirarlo:
¡Qué arte, Mario! ¿Cómo lo sabes hacer todo?
Leyendo, tío Ino. Y en internet. Todo se aprende si uno quiere.
Clara esperaba a su segundo hijo cuando inauguraron la casa nueva. Cuando la tía preguntó si invitarían a la abuela, Clara suspiró:
Ya la he llamado, tía Sole. Siempre la llamo. No responde. Y si lo hace, cuelga enseguida. No quiere saber de mí.
¡Venga, no llores! la consolaba Soledad. Ahora no puedes.
No, no lloraré sollozaba Clara, sentida por la ausencia de su madre.
Pero Aurora no se ablandaba. Que esperasen. Ya volverían arrepentidas, y ella decidiría si perdonarlas o no.
El tiempo pesó, o tal vez el calendario, quizás esa noche vieja otra vez sola. Aurora por fin marcó el número de siempre, pero le contestó una voz que no conocía.
Esperó la media hora y volvió a llamar.
Dígame.
Ahora la escucho yo a usted. Aurora volvió a ser la jefa impaciente, esa que siempre dirigía empresas pero nunca supo lidiar con sus afectos. ¿Cómo obtuvo mi número?
Nada raro, compré un móvil nuevo y me dieron esta línea. Si no se usa durante un tiempo, se reasigna.
¡Qué disparate! ¿Y mi hermana?
No lo sé. El tono se endureció. Aurora supo que debía suavizarse si quería saber algo.
¿Podría hacerme un favor?
Hubo una gran pausa.
Lo pensaré. Diga.
Si le facilito los datos de mi hermana, ¿podría buscarla en su ciudad y decirle que necesito hablar con ella? Le pagaré todos los gastos.
La chica guardó silencio. Aurora casi colgaba cuando llegó la respuesta, tímida:
Lo haré, no hace falta dinero. Solo dígame la dirección.
Así lo hizo. Y esperó. Recibió respuesta, pero nada como la imaginaba.
Su hermana ya no está. Falleció hace un año y medio. Estuvo enferma dos años. No pudo más. Su marido le dice que será bien recibida si quiere visitarlos. Y además
¿Qué? Aurora, seca y descompuesta de dolor, balbuceó.
Su hija. También la espera. Y los nietos. Tiene dos nietos. Me encargó que le transmitiera unas palabras de su hermana. No quiso hacerlo directamente, creyó que así sería mejor. Usted no solía escucharla…
¡Dímelas!
Aurora, no seas tonta. Todo lo tuyo está aquí. Ya es hora de madurar. Aquí todavía te queremos.
Silencio. Aurora sollozó, sabiendo que había perdido casi todo lo que importa.
¿Eso es todo?
Sí.
Gracias…
No hay de qué.
El tono sonaba más cálido.
Venga a verlos. Tiene una familia preciosa y unos nietos guapísimos.
De nuevo los pitidos retumbaban junto al llanto irreprimible de Aurora. Jamás sintió tanto dolor; ni podía, ni quería expulsarlo. Se castigaba por tantos años creyendo que la razón y el orgullo estaban por encima del amor concedido y recibido.
Lloró toda la noche. Luego, recogiendo sus cosas, marcó de memoria el número de su hija.
¿Clara?
¡Mamá! ¡Por fin! ¡Te estamos esperando!
Hija, yo
No digas nada. Solo ven. Aquí estaremos.
La voz de su hija le sonaba extraña. Solo al preparar la maleta lo entendió.
En esa voz estaban la firmeza de Clara, la dulzura de Soledad, y algo nuevo.
Amor. Un amor sin condiciones, sin rencor. El mismo que Soledad sabía dar, y que Aurora apenas ahora comenzaba a comprender.
Y, aunque nada era seguro, Aurora esperaba, de corazón, conseguirlo por fin.







